La niña que soñaba con caballos
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Capítulo 1
T umbada bajo el viejo fresno, Merryn contemplaba el radiante sol que se colaba entre las hojas.
Le encantaba el verde luminoso que se despertaba en primavera, habiendo pasado los días oscuros y somnolientos del invierno oculto por la astuta naturaleza.
La vida parecía brotar de pronto en todos los rincones de su amado bosque costero.
Protegiéndose los ojos del sol, Merryn observaba a la pareja de reyezuelos que construían su nido en la copa del árbol. Iban y venían, llevando en el pico pedacitos de musgo, liquen y hierba seca, para desaparecer una y otra vez tras un telón verde oscuro de hiedra.
«Si yo fuese tan diminuta, me haría una bolita y me quedaría a vivir aquí», pensó.
Merryn se giró. La fresca humedad de la tierra le había empapado la camiseta.
—No importa, la piel es impermeable —murmuró, repitiendo una frase de su madre.
Pero el rostro que se le dibujó en la mente fue el de su padre. Un recuerdo repentino de volver con él corriendo a casa en pleno aguacero, tan mojados que ni se molestaban en esquivar los charcos, pisándolos entre carcajadas, compitiendo por ver quién salpicaba más.
Merryn echaba de menos las tonterías de papá, sus abrazos sin venir a cuento, que la sacase de casa en pijama para ver las estrellas.
Pasó los dedos por el montón de palitos que tenía delante.
Sobre ellos se había posado una pelusa blanca, regalo de los reyezuelos.
Sin fijarse demasiado, dio forma a un cuello curvo, un lomo largo, cuatro patas.
Creó los cascos con guijarros y añadió hojitas de acedera a modo de orejas.
Enrolló con esmero la pelusa blanca sobre tallos de hiedra para formar la crin y la cola.
—Ya está. Perfecto.
Su caballo de ramitas era precioso.
Cerró los ojos e inspiró los aromas del bosque, imaginando que galopaba por su playa secreta a lomos de un caballo fuerte y hermoso.
La melena al viento, el atronar de los cascos…
Merryn casi sentía el azote de la arena en los pies descalzos mientras cabalgaba con los brazos abiertos y los pulmones henchidos.
«Qué raro» , pensó, abriendo los ojos. Por debajo del aroma forestal a tierra húmeda, hojas secas y brotes nuevos asomaba algo distinto. Un olor a sal y a algas, fragancias marinas que solo alcanzaban la arboleda cuando cambiaba el tiempo.
Merryn sabía lo que significaba: se avecinaba tormenta.