CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE
Los rayos del sol centelleaban sobre las aguas tranquilas de la bahía mientras los veleros la surcaban. En lo alto, el cielo azul se extendía kilómetros y kilómetros sin que una sola nube esponjosa osara empañar su perfección.
Reilly conducía el todoterreno. Kang ocupaba el asiento del copiloto y House iba detrás.
Acababan de recogerla de la oficina satélite del FBI en Oakland y se dirigían a unas instalaciones en Silicon Valley.
Mientras cruzaban el Bay Bridge, Kang miraba distraídamente por la ventana sin fijarse en nada en particular.
Tenía la mente puesta en los acontecimientos de hacía unos días. De hecho, no pensaba en otra cosa.
Una y otra vez revivía aquella tarde en casa de Abby.
Él estaba cómodamente recostado en una tumbona, bebiendo su cerveza.
Abby, sentada a su lado. Ryan, de pie a unos metros, presumiendo de sus movimientos de judo.
«Tío Kyle, ¿quieres ver algo que aprendí con mis nunchakus?
». Reilly y House se reían de una historia que él les estaba contando.
Sokolov y Bennie seguían picoteando de unas costillas mientras Green les contaba que se había criado en una comuna hippie.
Po Po andaba ocupada intentando que la gente comiera más.
Lucy cantaba en voz alta mientras iba de grupo en grupo.
Un buen grupo de gente se había reunido aquel día para celebrar su primer aniversario en el FBI. Se alegraba de que Abby se hubiera tomado la molestia de organizar la fiesta, a pesar de que él había insistido en que no le interesaba. Ella lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo.
—Necesitamos más hielo —recordaba que había dicho ella antes de entrar en la casa. Había visto a Lucy correr tras ella, con Ryan pisándoles los talones.
Estaba mirando al cielo, apurando lo que quedaba de su cerveza, cuando lo oyó: el grito desde dentro de la casa. Recordaba haber recorrido el patio trasero con la mirada para ver si alguien más lo había oído. Pero todo seguía como siempre.
Sabía que no se lo había imaginado. No lo cuestionó. De eso estaba seguro. Se levantó de golpe, volcando la tumbona. Fue entonces cuando los demás se dieron cuenta de que algo iba mal. Pero su preocupación no era por el grito de dentro de la casa, sino por él.
Recordaba a House llamándolo por su nombre, y que él no había respondido. Sabía que no tenía tiempo que perder.
Extender la mano hacia el pomo, girarlo y calcular mal el momento de abrir. Idiota. Error de novato. No podía creer que le hubiera pasado.
Unos segundos perdidos ahí.
Correr por el pasillo no había supuesto ningún problema. No podría haberlo hecho de otra manera. ¿O sí? Podría haber aprovechado ese tiempo para sacar el arma. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Por muy aterrador que hubiera sonado aquel grito, ¿era motivo suficiente para echar mano de la pistola?
Cuando por fin llegó al salón, había tardado un par de segundos en comprender lo que estaba pasando. ¿Había perdido tiempo ahí?
Kang había acumulado más de quince años en la Policía de San Francisco antes de convertirse en agente del FBI. Tenía experiencia de sobra para evaluar una situación con rapidez y reaccionar.
¿Se había demorado innecesariamente? ¿Echar mano del arma un segundo más tarde le había costado un tiempo que no podía permitirse perder? ¿Importaba? No, no importaba, porque lo que ocurrió después fue lo que de verdad le había costado tiempo.
La mano le había resbalado de la culata.
Nunca le había pasado. Había practicado desenfundar al menos mil veces a lo largo de su carrera. Entonces, ¿por qué le había resbalado la mano ese día? Misma arma. Misma funda. ¿Se había bloqueado sin más? ¿Lo que había visto desplegarse ante sus ojos había bastado para desconcentrarlo?
Quizás.
No solo tuvo que hacer un segundo intento de sacar el arma, sino que tiró hacia delante demasiado pronto.
El cañón no había salido de la funda y, por eso, se le escurrió de la mano.
Darse cuenta de que acababa de perder el control del arma, de que estaba cayendo al suelo, de que tendría que volver a agarrarla, de que incluso podría rebotar lejos de él... fue demoledor.
La absoluta desesperanza que había sentido al mirar a su compañera, tirada en el suelo, gritándole a un hombre armado plantado en la puerta. Los dos, veteranos de las fuerzas del orden, y sin embargo ninguno capaz de hacer aquello para lo que años de entrenamiento los habían preparado.
El disparo retumbó entre las paredes. Un solo disparo. Con eso bastó.
¿Había fallado aquel día? En su mente, sí. La pequeña Lucy, una persona a la que quería muchísimo, había necesitado su ayuda más que nunca y él no había estado a la altura.
Pero alguien sí.
Ryan no se quedó paralizado cuando miró por la ventana del segundo piso y vio a un hombre con el cuello de la camisa rasgado y lo que parecía sangre salpicada en la cara, que avanzaba por el sendero hacia la puerta principal. No perdió el tiempo pidiendo ayuda ni esperando a que otro hiciera algo.
Reaccionó.
Giró sobre las puntas de los pies y corrió al dormitorio de su madre, al final del pasillo.
Cada segundo contaba. Sabía dónde guardaba Abby el arma.
Sabía cómo encajar el cargador en su sitio sin titubear, sin tener que pensarlo.
Sabía cómo empuñar el arma con firmeza con ambas manos.
Sabía cómo quitar el seguro. Y lo hizo todo de un tirón.
Bajó las escaleras a toda prisa, sabiendo perfectamente que su siguiente paso no era buscar a su madre y entregarle el arma. El grito que había oído antes se lo había dicho todo.
Vio a Kang pasar corriendo al pie de la escalera, pero eso no mermó su determinación. No lo frenó. No le hizo replantearse lo que estaba a punto de hacer. Si hubiera hecho cualquiera de esas cosas, los acontecimientos de aquel día habrían sido muy distintos.
En cuanto Ryan tuvo la puerta principal a la vista, plantó los pies en los escalones lo mejor que pudo. Levantó la pistola, respiró hondo, apuntó e hizo exactamente lo que había visto hacer a su madre una y otra vez. Proteger a la gente de los malos.