La niña de la maleta (Trilogía SG 1) (Thriller del FBI de Abby Kane 7) CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO

—¡Lucy!

Por mucho que forzara mis piernas a moverse más rápido, por mucho que agitara los brazos con fuerza, parecía que no podía alcanzarla.

¿Por qué tardaba tanto? ¿Por qué no hacía caso a mis gritos para que se alejara de la puerta?

¿Por qué seguía allí plantada? No había respuestas lógicas a la serie de porqués que llenaban mi cabeza.

Nada de esto tenía sentido. ¿Cómo podía el asesino al que había matado a tiros estar de pie en mi porche? Y sin embargo, ahí estaba.

—¡Lucy, aléjate de él!

Se volvió a mirarme, con una sonrisa en el rostro. ¿Acaso no lo sabía? ¿No reconocía al hombre que tenía delante? ¿No había visto su foto en las noticias?

En ese momento me di cuenta de que yo era la responsable.

Había hecho todo lo posible por protegerla de los asesinatos, y esos mismos esfuerzos se estaban convirtiendo en lo que ahora la ponía en peligro.

Si hubiera visto las noticias, si hubiera visto su foto, si hubiera sido consciente de los peligros que acechaban nuestra ciudad, nunca habría abierto la puerta a un desconocido.

Instintivamente llevé la mano a la cadera, donde siempre llevaba la funda. Pero supe antes de alcanzarla que no llevaba el arma encima. Nunca la llevaba en casa. Siempre la guardaba en mi dormitorio, arriba, en el segundo piso.

Por un instante pensé en darme la vuelta y subir corriendo a buscarla, pero sabía que no me serviría de nada. Su mano derecha ya se deslizaba por el torso hacia el interior de la chaqueta deportiva abierta que llevaba.

¡No! Esto no puede estar pasando.

Una sonrisa burlona apareció en su rostro. Sabía que yo estaba desarmada. Él tenía el poder de decidir lo que ocurriría en los próximos segundos.

Mientras luchaba por acortar la distancia entre nosotros, no podía apartar los ojos de su mano. La vi desaparecer brevemente dentro de la chaqueta antes de reaparecer.

Vi el metal negro del cañón de la pistola firmemente sujeto en su puño. Su mano describió un arco mientras dirigía el arma hacia su objetivo.

No era yo.

El cañón del arma giró y se detuvo justo por encima de Lucy. Su mirada no se apartó de la mía ni un instante mientras bajaba el arma. Lo vi apuntarle directamente a la frente. Ella ya no me miraba a mí, sino al hombre que tenía delante.

¿Qué estaría pensando? ¿Habría desaparecido su sonrisa en ese momento? ¿Era consciente del peligro que corría? ¿Se daba cuenta de que tenía que huir?

No se mueve.

No grita.

El peor desenlace posible se había materializado.

Se quedó paralizada.

Kang se había levantado de la silla de un salto en el instante en que oyó gritar a Abby. La conocía lo suficiente como para saber que aquel grito llamando a Lucy no tenía nada que ver con regañarla. El miedo impregnaba cada sílaba. Algo terrible había sucedido.

—¿Kyle? —llamó House. Había estado hablando con Reilly.

Kang no respondió, sino que se concentró en la puerta que daba al porche cerrado, un camino hacia el interior de la casa.

En ese momento, supo en lo más hondo que cada segundo contaba.

No podía perder ni un instante dando explicaciones.

Abrió la puerta mosquitera de un tirón y se deslizó entre una mesita y un sofá de ratán, con la mano derecha extendida hacia la puerta que daba al interior.

A diferencia de Abby, Kang llevaba el arma encima, aunque todavía no había pensado que fuera necesario desenfundarla.

Alcanzó el pomo de la puerta y lo giró mientras avanzaba, pero en lugar de atravesar una puerta abierta, se estampó contra ella.

Se había adelantado. Tiempo perdido innecesariamente.

Giró el pomo una vez más y empujó. La puerta se abrió de golpe, dejando ver el estrecho pasillo que conducía a la parte delantera de la casa. La luz de la cocina se derramaba en el pasillo oscuro e iluminaba la puerta frente a ella: el cuarto de invitados donde se había alojado Xiaolian.

Kang pasó corriendo junto a la habitación de Po Po.

Aún no sabía por qué había gritado Abby, pero sabía que tenía que seguir avanzando.

Justo delante tenía una vista parcial del salón.

La puerta principal quedaba a la derecha, fuera de su campo de visión.

Podía deducir que estaba abierta porque el sol aún no se había puesto del todo y la luz natural se derramaba sobre el suelo de madera.

—¡No! No lo hagas —supliqué mientras me acercaba.

No daba muestras de entender lo que le decía, pero sabía que me comprendía. Todavía tenía esa mueca burlona en el rostro. Estaba disfrutando cada segundo.

Estaba a pocos metros y acortando distancias. Mi cabeza era un torbellino de pensamientos sobre cuál sería mi próximo movimiento.

¿Ir a por el arma?

¿Tirar a Lucy al suelo para apartarla?

¿Placarlo a él y preocuparme por el arma después?

Pensara lo que pensara, ninguna de las opciones me parecía la correcta. Pero tenía que decidirme, y rápido.

El arma. Ve a por su arma y ponte entre ella y Lucy.

Esa fue mi decisión. Me aferré a ella. Todo lo demás desapareció. Sabía lo que tenía que hacer para salvar a mi hija.

Su sonrisa se ensanchó.

Sus hombros se sacudieron ligeramente.

No lograba entender por qué se estaba riendo hasta que caí en la cuenta.

Mis pasos.

¿Qué está pasando?

La suela de goma de las zapatillas que llevaba se había enganchado en la alfombra. Mi torso siguió hacia adelante, pero mis piernas libraban su propia batalla con mis pies. Una lágrima rodó por mi mejilla.

No, Abby. No te caigas. Recupérate. Puedes hacerlo.

Pero por mucho que lo intentara, no podía corregir mis movimientos. El tirón era demasiado fuerte. La batalla contra la gravedad estaba perdida.

Me estrellé contra el suelo y extendí una mano hacia él. Mi vista ya estaba empañada por las lágrimas. —A ella no —supliqué.

Era todo lo que podía hacer. Solo me quedaba confiar en que se apiadara de mí y cambiara de opinión. Si tenía que arrebatarme a alguien de mi familia, si no había forma de evitar que apretara el gatillo, entonces al menos que perdonara a Lucy.

—¡Llévame a mí! —grité—. ¡LLÉVAME A MÍ!