CAPÍTULO CINCUENTA
El hombre estaba sentado en la cama más cercana al televisor. Tenía el volumen bajo, apenas audible, mientras seguía la cobertura de la persecución. Informaban de que la policía había abatido al responsable, pero todavía no era oficial.
Se cortó el agua de la ducha, y él siguió mirando, con la mano preparada sobre el mando. El pestillo del baño hizo clic y pulsó el botón de apagado, pero no fue lo bastante rápido. Tuvo que intentarlo un par de veces antes de que el televisor se apagara.
—¿Qué está pasando? —preguntó Xiaolian al salir del baño, con la mirada fija en el televisor.
—No es nada.
—Había muchos policías. ¿Me están buscando?
—¿Por qué no te sientas y descansas un poco?
—Quiero saber qué va a pasar conmigo ahora.
—Por el momento, te quedarás conmigo.
—Pero ¿por qué no puedo volver a casa de Abby? No lo entiendo. Si no estás aquí para llevarme de vuelta, entonces ¿por qué tengo que quedarme contigo?
—Es por tu seguridad.
—No paras de decir eso, pero no me cuentas de qué me estás protegiendo.
El hombre suspiró con fuerza.
—Tienes razón. Deberías saberlo.
Volvió a encender el televisor y dejó que viera las noticias.
—Esa es la calle de Abby. La reconozco —dijo Xiaolian.
Los medios seguían informando en directo sobre la captura de un asesino. Él no se molestó en prepararla ni en darle más explicaciones. Simplemente dejó que lo asimilara todo.
Tras unos diez minutos viéndolo, ella se volvió hacia él.
—Los demás del barco, ¿están todos muertos?
—Me temo que sí.
—¿Por qué los mataron?
—Buena pregunta. No lo sé.
Justo entonces las cámaras recorrían la escena del crimen, y la agente Kane pasó por delante.
—Ahí está Abby —señaló el televisor—. ¿Atrapó ella al asesino?
—Creo que participó.
—Entonces ya es seguro.
—No está confirmado.
—Bueno, si lo confirman, puedo volver a casa de Abby.
Él no le respondió. Ni siquiera la miró, se limitó a seguir con la vista clavada en el televisor.
No sabía cuál debía ser su siguiente paso.
Había tenido suerte de sacar a Xiaolian de la casa cuando lo hizo.
De no haberlo hecho, ella podría estar muerta, y entonces todo su trabajo, toda la planificación, los riesgos y las vidas perdidas habrían sido en vano.
Y a decir verdad, él no era quien decidía. Él también seguía órdenes.
—No puedo volver con ella, ¿verdad? —preguntó, esta vez con más insistencia.
—No lo sé. No depende de mí. Eso ya lo sabes. Déjame preguntarte algo: ¿sabes por qué Abby te dejó quedarte con ella?
Xiaolian se lo pensó un momento antes de responder.
—No lo sé.
—Necesitaba respuestas, y tú podías dárselas.
—Pero a lo mejor le caigo bien. A lo mejor quiere que me quede con ella aunque ya tenga sus respuestas.
Él se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos en los muslos y agachó la cabeza. No sabía qué decirle.
—Están hablando otra vez —dijo ella, señalando el televisor.
Él levantó la vista. Una reportera entrevistaba a un hombre del FBI. El rótulo de la pantalla decía «Agente especial al mando Scott Reilly».
—Aproximadamente a las nueve y diez, recibí una llamada del agente Oliver Hansen.
Él y el agente Patrick Pratt habían parado a un hombre para interrogarlo.
Este individuo abrió fuego y el agente Pratt murió de un disparo.
El agente Hansen también resultó herido.
A pesar de sus heridas, persiguió al sospechoso.
Otros dos agentes federales y yo llegamos y encontramos al asesino con el arma desenfundada apuntando al agente Hansen. Abrimos fuego y lo abatimos.
—Creo que las preguntas que todos se hacen esta noche son: ¿quién es este hombre y qué lo llevó a matar a todas estas personas inocentes? —dijo una reportera.
—Son preguntas cuyas respuestas estamos intentando encontrar.
La reportera continuó con su línea de preguntas.
—¿Qué hay de las víctimas? ¿Había alguna conexión entre ellas o fue todo completamente aleatorio, un caso de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado?
—De nuevo, es algo en lo que estamos trabajando. Todavía no hemos identificado a todas las víctimas.
—Tenemos entendido que algunas de las víctimas encontradas en el refugio para mujeres eran de hecho mujeres que habían sido introducidas ilegalmente en el país y obligadas a ejercer la prostitución siendo menores de edad.
—Lo siento, pero eso no es algo sobre lo que pueda pronunciarme todavía, ya que seguimos investigando.
—¿No es cierto que estas mujeres, o más bien adolescentes, fueron rescatadas, y por eso estaban en el refugio?
—Así es.
—Entonces quizá los responsables de traficar con ellas fueron a por estas chicas para que no hablaran.
—Como he dicho antes, estamos investigando, y en cuanto sepamos más, lo comunicaremos. Eso es todo por ahora.
La reportera se volvió hacia la cámara.
—Lo han oído aquí primero en KTVU. El hombre responsable del peor tiroteo masivo que ha sufrido el Área de la Bahía ha muerto. Veinte personas han sido abatidas hoy, y de momento solo se ha identificado a unas pocas.
La reportera se ajustó el auricular.
—Un momento, me informan de que tenemos confirmación sobre algunas de las víctimas del refugio.
Las imágenes de tres víctimas aparecieron entonces en pantalla mientras la reportera explicaba que todas eran empleadas del refugio.
—A esa señora la conozco —dijo Xiaolian cuando apareció en pantalla una foto de Massey, la directora del refugio—. Fue muy amable conmigo.
Mientras observaba las noticias, el hombre se preguntaba si todo había terminado de verdad. ¿Había atrapado la policía al responsable? ¿Podían seguir adelante con su plan sin peligro?
Veinte minutos más tarde, la reportera anunció que tenían más noticias de última hora. La policía había difundido una foto del tirador. Segundos después, apareció en pantalla el rostro de un hombre asiático.
El doctor se inclinó hacia delante para verlo mejor. Sacó rápidamente una foto con el móvil para estudiarlo con más detenimiento. Mientras la reportera aseguraba que aquel era el responsable de las muertes de ese día, él escrutaba la imagen.
¿Por qué me resulta familiar?
Se devanó los sesos tratando de recordar. Y entonces cayó en la cuenta. La policía había capturado al responsable, sí, pero no al otro.
—¿Por fin ha terminado? —preguntó la niña.
La miró y negó con la cabeza.
—No creo que esto termine nunca.