CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
Kang y yo seguíamos en el refugio de mujeres cuando llegaron Sokolov y Bennie.
—Decidme que no os ha tocado a vosotros este marrón —dijo.
—Es el regalo del capitán —respondió Sokolov—. Abby, no bromeabas cuando dijiste que encontrarías la forma de meternos en esto.
—Siento haber cumplido mi palabra. ¿Os encargaréis de todos los cuerpos?
Negó con la cabeza.
—Solo de los quince de aquí —dijo con sarcasmo.
Miré a Bennie.
—Bienvenido a San Francisco. Venid, os enseñaremos la escena del crimen.
Les pusimos al día de todo lo que había sucedido desde nuestra llegada: la entrada al edificio y cómo fuimos despejando las habitaciones.
—¿Esta es la ventana por la que escapó nuestro tirador? —preguntó Sokolov, asomando la cabeza con cuidado de no tocar nada, ya que la científica aún no había procesado la habitación.
—Encontré a una de las supervivientes, una niña latina, en esta habitación. Vio a un hombre asiático que iba «vestido para una fiesta» —sus palabras— salir por esa ventana. Quizá recuerde más detalles con el tiempo.
—Oímos disparos justo al llegar —añadió Kang—. El tirador seguía sin duda dentro en ese momento.
Los llevamos fuera y rodeamos el edificio hasta la parte trasera, donde señalé la pintura desconchada.
—Parece reciente y encaja con alguien que bajó por la pared —dije.
Mientras volvíamos a la fachada principal, Sokolov dijo:
—No tenemos mucho con lo que trabajar.
Le di la razón. Kang y yo estábamos tan metidos en este lío como él y Bennie.
Sokolov miró los vehículos de emergencia aparcados en la calle.
—¿Ese es vuestro coche? —preguntó.
—Sí.
—¿Recordáis si había otro coche delante cuando llegasteis?
—Ahora que lo dices, sí aparcamos detrás de otro coche. Era dorado, aunque descolorido.
Kang asintió.
—Tienes razón. Un modelo antiguo... —Chasqueó los dedos—. Era un Monte Carlo.
—Monte Carlo dorado. ¿Estáis seguros? —preguntó Sokolov.
Ambos asentimos.
—Sin duda un modelo antiguo; de los del capó largo —dije.
—Supongo que ya no estaba cuando salisteis —dijo Bennie.
—Kang, tú saliste primero —dije volviéndome hacia él.
Frunció el ceño y lo pensó un par de segundos.
—No, ya no estaba. Estuvimos dentro diez, quince minutos como mucho antes de que yo saliera.
—Nuestro tirador escapa por la ventana mientras vosotros dos estáis ocupados despejando habitaciones. Da la vuelta hasta la fachada, se monta en su coche y se larga. Menudo hijo de puta con huevos —dijo Bennie.
—Vale, buscamos un Monte Carlo dorado —dijo Sokolov.
—Mi primo restauró un coche así. Tiene un capó larguísimo y el culo corto.
El modelo del que habláis salió en el 75, 76 y 77.
No pasan desapercibidos, sobre todo con pintura dorada y un conductor asiático.
Sin ánimo de ofender —dijo Bennie, mirando a Kang—.
Normalmente los que van al volante son de mi color de piel, latinos.
—Es una pena que las cámaras no vengan de serie en vuestros coches —señaló Sokolov.
Tenía que darle la razón a Sokolov. Esas imágenes habrían revelado la marca, el modelo, la matrícula y, lo más importante, a nuestro tirador. En cambio, tendríamos que hacerlo a la antigua, juntando piezas hasta completar el puzle.
—¿Se os ocurre alguien más que pueda estar en esa lista de objetivos? —preguntó Bennie.
Entonces caí en que Sokolov y Bennie no sabían que Xiaolian había desaparecido.
—Alguien se llevó a Xiaolian de mi casa hoy.
—Estás de broma, ¿no? —preguntó Bennie.
Les conté lo que sabíamos. Solo al repetir los detalles empecé a darme cuenta de que podría estar muerta.
—Podría estar muerta, pero ¿por qué no matarla allí mismo? —preguntó Sokolov.
—Ese es el dilema con el que estábamos antes de que llegarais —dije.
—Podrían ser dos personas trabajando juntas —dijo Bennie—. Envían a una a llevarse a Xiaolian. A la otra, a eliminar a todos los implicados.
Me mordí el labio inferior. Había algo en las palabras de Bennie que me hacía pensar en otra dirección.
—Mirad, todos estamos asumiendo que a esta gente la mataron por su participación en el contrabando.
—Bueno, sí, así fue —dijo Kang.
—De acuerdo, pero escuchadme. Olvidaos de la participación. Xiaolian siempre ha sido el elemento discordante en toda esta investigación. Estoy pensando que quizá a esta gente no la mataron por su participación, sino porque todos son testigos de la existencia de Xiaolian.
—¿Así que quien orquestó los asesinatos quiere mantenerla en secreto? —preguntó Kang.
—Es una idea interesante —dijo Sokolov.
Chasqueé la lengua mientras sopesaba las posibilidades.
—Hay una última persona relacionada con todo esto con la que no hemos hablado.
—¿Quién? —preguntó Kang.
—El abogado.