CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
Xiaolian se estremeció en sueños. Las escenas conocidas de sus sueños recurrentes habían vuelto.
Camina por el pasillo, sola al principio, hasta que un hombre con bata blanca la alcanza. Le toma la mano y la conduce.
—Date prisa, llegamos tarde —dice.
Todavía no puede verle el rostro, pero lo sigue. Dos hombres con batas similares caminan hacia ellos. Miran un expediente mientras comentan algo.
El hombre se detiene frente a una puerta. Esta vez ella alza la vista y logra mirarlo directamente a los ojos.
—¿Estás lista? —pregunta.
Xiaolian despertó con un jadeo, seguido de respiraciones entrecortadas.
¿Dónde estoy? Tardó un momento en recordar, pero cuando lo hizo, empezó a calmarse.
Parpadeó varias veces y bostezó. Las cortinas estaban echadas, aunque algunos rayos de sol se colaban por la parte inferior.
Aun así, la habitación permanecía bastante oscura.
Extendió la mano hacia la lámpara de la mesita de noche, solo para descubrir que una brida de plástico le sujetaba la muñeca a la cama. La otra mano la tenía libre, así que se giró de lado y la usó para encender la lámpara.
La pequeña lámpara proyectó un resplandor cálido por la habitación, iluminando dos camas individuales, una cómoda con un televisor encima y una mesita redonda con dos sillas. Había una puerta que daba a un pequeño baño y otra que daba al exterior.
Tenía la lengua pegada al paladar y le apetecía beber algo fresco. Respiró hondo y estiró las piernas. Miró el reloj: había dormido unas horas, aunque le parecía más tiempo.
Unos momentos después, el sonido de una llave en la cerradura captó su atención. La puerta se abrió hacia dentro y la silueta de un hombre apareció en el umbral. Cerró rápidamente tras de sí y echó el cerrojo.
—Ya estás despierta —dijo en chino—. ¿Tienes hambre? Claro que sí.
Dejó dos bolsas de papel blanco sobre la mesa, se metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón y sacó algo.
—Siento lo de tu muñeca. Espero que lo entiendas.
Se sentó en el borde de la cama, junto a ella. Aunque había despertado sola en una habitación desconocida y atada a una cama, no se sentía en absoluto amenazada por él, ni siquiera cuando sacó una navaja del bolsillo.
Mientras le cortaba la brida de la muñeca, ella le recorrió los rasgos con la mirada: ojos marrones, cabello corto entrecano, cejas pobladas, un lunar marrón bajo la comisura izquierda del labio inferior, manchas de sol en el dorso de las manos.
Eran rasgos familiares. Lo único que faltaba era una bata blanca y larga.
No le cabía duda. El hombre de sus sueños la había encontrado.