La niña de la maleta (Trilogía SG 1) (Thriller del FBI de Abby Kane 7) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Dentro encontramos a una sola chica. Estaba sentada en el suelo, en la esquina de la habitación, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas. Me acerqué a ella mientras Kang inspeccionaba una ventana abierta. Se asomó al exterior.

—No veo a nadie —dijo—. Si salió por aquí, probablemente bajó trepando. Es factible.

Volvió a meter la cabeza dentro.

—¿Estás bien, cariño? —le pregunté a la chica asustada.

No respondió, solo se balanceaba hacia delante y hacia atrás.

—Escucha, ahora estás a salvo. Nadie te hará daño.

—Voy a bajar para reunirme con el equipo táctico.

Asentí y luego ayudé a la chica a ponerse de pie.

—¿Estás bien?

Finalmente habló:

—Creo que sí.

La examiné y no vi ninguna lesión visible. Enseguida supe que no estaba con el grupo de chicas del contenedor: era latina, probablemente no mayor de diez años.

Señalé la ventana.

—¿Viste a alguien salir por ahí?

Asintió.

—Un hombre malo. Daba mucho miedo.

—Lo sé, pero te diré algo. No pararé de perseguirlo hasta que lo atrape y lo encierre en la cárcel. ¿Puedes decirme cómo era?

—Parecía japonés.

—Mmm, ¿crees que podría haber sido chino? —supuse que probablemente no sabría distinguirlos, pero dado que las chicas eran de China, tenía que suponer que quien las perseguía también podría ser chino. Por supuesto, podía estar completamente equivocada.

—Puede ser, no estoy segura.

—Vale, esa es muy buena información. ¿Puedes decirme qué tipo de ropa llevaba?

—Tenía vaqueros negros y una camisa de manga larga, de las elegantes que te pones para ir a una fiesta. Era negra con líneas rojas onduladas.

—¿Tenía barba o bigote? —me froté la barbilla.

—No.

—¿Y tatuajes?

—Tenía demasiado miedo para mirarlo. Lo siento.

—No pasa nada, cariño. Lo estás haciendo muy bien.

La ayudé a ponerse de pie.

—¿Adónde vamos?

—Fuera. Quiero que un médico te examine y se asegure de que no estás herida. ¿Puedes hacer algo por mí?

Asintió.

—Cuando salgamos de la habitación, es muy importante que mires hacia delante. Quiero que te concentres en las escaleras; no mires dentro de las habitaciones. ¿Puedes hacer eso?

—Sí.

—Bien. Lo haremos juntas.

Salimos de la habitación y la llevé rápidamente por el pasillo.

—Mira las escaleras, cariño. Sigue mirando hacia delante. Puedes hacerlo.

Eché un vistazo a un lado y vi un cuerpo. Se me encogió el corazón por esas chicas. Bajamos las escaleras.

—Sigue mirando hacia delante —repetí. Me interpuse para que no viera a las dos mujeres muertas en el sofá.

Al salir del edificio, nos topamos con la unidad táctica.

—¿Hay alguien más dentro? —preguntó el comandante.

—No lo sé. No puedo estar segura de que hayamos revisado todas las habitaciones.

—Haremos un registro completo.

La policía de San Francisco había llegado al lugar y comenzó a asegurar el perímetro. Había dos ambulancias, y los paramédicos atendían a las chicas a las que habíamos ordenado salir del edificio. Llevé a la última chica con los paramédicos y luego busqué a Kang.

—¿Sabes si tenemos a todas las chicas localizadas? —le pregunté.

—Creo que sí —dijo—. No puedo estar seguro. Cuando salí, había unas cuantas junto a aquel árbol de allí. Todavía no las he interrogado —apoyó las manos en la cintura—. Tenemos quince cadáveres aquí más Chow y su banda. Una puta masacre.

—Y según la chica que saqué, una persona está detrás de esto, o al menos de lo que pasó aquí. Vio a un hombre salir por la ventana.

—¿Solo un tipo?

—Eso es lo que dice. También dijo que parecía japonés y que iba bien vestido.

Rodeamos el edificio, atentos a huellas de zapatos o cualquier cosa que pudiera identificar a nuestro tirador.

Detrás del edificio, localizamos la ventana de la última habitación en la que habíamos estado.

No estaba muy alta, quizá unos seis metros.

Una persona podría haber trepado o saltado fácilmente.

Kang examinó la hierba bajo la ventana.

—No veo ninguna marca.

—Quizá bajó trepando —dije—. Ahí —señalé.

La pintura del edificio tenía muchos años encima, estaba agrietada en muchos lugares, pero había una zona donde se había descascarillado bastante. Examinamos el suelo bajo la ventana más de cerca y vimos las escamas de pintura.

—Definitivamente bajó trepando —dijo Kang.

—Así que alguien ha puesto precio a la cabeza de todos los implicados en el tráfico de las chicas, incluidas las propias chicas —dije.

—No olvides a las trabajadoras del refugio —dijo Kang.

—Daños colaterales. El tirador podría haber disparado a todas las chicas que estaban aquí, pero solo disparó a las de ese contenedor.

—Tenía una lista e hizo todo lo posible por seguirla.

—Eso creo. El responsable descubrió que Chow y los suyos habían sido detenidos. No querían que hablaran.

—¿Sobre qué? No creo que hayamos sacado gran cosa de ellos aparte de lo de sus operaciones —dijo Kang.

—Obviamente saben algo que no nos revelaron. Chow no abrió la boca; puede que tuviera información que los demás desconocían. También era el único que había estado en contacto con quien los contrató para transportar a Xiaolian. Esa tiene que ser la conexión.

—Así que esta persona decidió que la única forma de cortar el flujo de información era eliminar a todos los implicados.

—Más vale tarde que nunca —dije mientras cambiaba el peso de un pie a otro.

—Las únicas otras dos personas vinculadas a la red de contrabando son Medina y Watts, que están bajo custodia. Lo mismo que los dos hombres que reabastecieron el barco en Honolulu. Por suerte para ellos, porque si no, seguramente estarían muertos.

—Aun así, las piezas no encajan —me crucé de brazos—. Si pensamos que quien contrató a Chow para transportar a Xiaolian es el mismo que ordenó el asesinato de toda esta gente, ¿también es responsable de su desaparición?

—¿Crees que está muerta? —preguntó Kang.

—Es muy posible, pero si fue parte del golpe, no sigue el modus operandi. A todos los demás los mataron a tiros donde estaban. A ella no.

—Bueno, si creemos que no se la llevaron de tu casa por la fuerza, eso me dice que o conocía a esa persona o no se sintió amenazada.

—Entonces, ¿quien ordenó que la transportaran volvió a buscarla?

—Quizás —Kang se rascó la nuca—. Parece que cada vez que creemos tenerlo resuelto, resulta que no.

—Bueno, si hay algo que sabemos es que quien contrató a Chow tiene la clave de mucho de lo que ha pasado aquí.

Para cuando volvimos a la entrada del edificio, ya había llegado la primera furgoneta de los medios. No habría forma de contener esto: múltiples homicidios por toda la ciudad, con niños de por medio. La historia pedía a gritos cobertura continua.