CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
Alonzo le dijo a Walter que girara a la derecha en la siguiente intersección. Siguió mirando el mapa en su teléfono, viendo cómo el punto azul se acercaba cada vez más al marcador que había colocado.
—Aquí —dijo señalando un edificio con murales coloridos.
Walter aparcó el Monte Carlo frente al edificio. Alonzo metió balas en un cargador y lo encajó de nuevo en la pistola. Se miraron, asintieron y salieron del vehículo.
Alonzo entró primero en el edificio. Había una mujer joven sentada en el mostrador de recepción y otras dos mujeres en un sofá cercano, revisando papeles. Walter vigilaba a estas dos últimas. Alonzo sacó el móvil y mostró fotos de las chicas del contenedor.
—¿Dónde están? —preguntó a la recepcionista, plantándole el móvil en la cara.
—¿Puedo preguntar quién es usted? —dijo ella con una sonrisa. Todavía no había visto el arma en su otra mano.
—¿Dónde están? —preguntó una vez más.
—Primero tengo que registrarlo. Es obligatorio para todos los visitantes.
Alonzo miró a Walter, que asintió.
Alonzo levantó el arma y apretó el gatillo. La cabeza de ella se sacudió hacia atrás antes de que el cuerpo se desplomara en la silla.
El sonido del disparo sobresaltó a las mujeres del sofá. Una de ellas abrió la boca, a punto de gritar. Walter le disparó antes de que terminara de coger aire.
Las salpicaduras de sangre cubrieron a la mujer sentada a su lado. Sus ojos se clavaron en el desastre sangriento. Luchaba por respirar, ahogándose con cada boqueada.
Walter se acercó a ella y levantó el arma hasta que el cañón quedó a centímetros de su sien. La mujer aún no había podido apartar la mirada de la muerta. Apretó el gatillo y se alejó.
Los hermanos entraron en un pasillo corto con tres habitaciones. Las dos de la izquierda tenían las puertas cerradas. Walter fue hacia ellas. Alonzo comprobó la habitación con la puerta abierta. Era un despacho.
Dentro encontró a una mujer hablando en voz baja por teléfono. La última palabra que le oyó decir antes de dispararle fue: «Deprisa».
Alonzo oyó disparar a su hermano. Volvió al pasillo justo cuando Walter salía de un dormitorio.
—Hecho —dijo mostrándole a Alonzo la foto de la chica que había encontrado.
Ambos miraron la escalera que subía al segundo piso.
El equipo forense aún no había llegado al apartamento de Chow, pero sí un par de agentes de la policía de San Francisco. Aseguraron la escena del crimen y nos fuimos al refugio de mujeres.
De camino, llamé al refugio. —Nadie contesta —dije.
—¿De verdad crees que las chicas están en peligro? —preguntó Kang.
—No estoy segura, pero por si acaso, deberíamos trasladarlas a un lugar más seguro hasta que averigüemos qué demonios está pasando.
El refugio estaba a unos diez minutos, así que llegamos bastante rápido. Aparqué detrás de un Monte Carlo dorado. Entonces oímos un grito desde dentro.
Walter y Alonzo estaban en lo alto de las escaleras, mirando un largo pasillo con varias habitaciones a cada lado. Algunas puertas estaban cerradas; otras, abiertas.
Alonzo entró en la primera habitación a la derecha. Había dos literas y cuatro chicas. Las miró una por una con cuidado, comprobando dos veces las fotos del móvil. Luego disparó a la chica de la litera superior derecha. Muerta. Una de las chicas gritó.
Mientras iba a la siguiente habitación, oyó a Walter disparar varias veces.
Alonzo encontró cinco chicas en la siguiente habitación.
De nuevo estudió sus rostros con cuidado y los comparó con las fotos del móvil.
Dos de las chicas no coincidían. Dos sí: les disparó de inmediato.
Le costó identificar a la quinta. No estaba seguro de si coincidía con alguna de las fotos. Se parecía un poco a una de ellas.
Se acercó más.
La chica levantó las manos en actitud defensiva. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Alonzo se sentó en la cama junto a ella.
La chica temblaba como si estuviera desnuda en medio de una tormenta invernal. Todavía no estaba seguro. Otro disparo resonó al fondo. La chica soltó un grito y lloró más fuerte. Le suplicó que no le hiciera daño. Alonzo siguió comparándola con una foto. Incluso le acercó el móvil a la cara.
Levantó el arma.
Sus ojos iban de ella a la foto y de la foto a ella.
Inspiró hondo y exhaló despacio.
Frunció los labios, pensativo.
Lentamente, su dedo fue apretando el gatillo.
Walter entró en la habitación. —¿Cuántas?
—Me encargué de cuatro —respondió Alonzo.
—Hemos terminado. Ella no es una de ellas —dijo Walter.
Alonzo clavó la mirada en los ojos de la chica. Aún no había bajado el arma, el cañón a centímetros de su cara. —¿Estás seguro?
—Me encargué de siete. Se acabó.
Alonzo bajó el arma. —Lo siento —le dijo a la chica.
Antes de entrar, informamos del tiroteo y pedimos refuerzos, pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados. Teníamos que entrar. Oímos más gritos. Y disparos.
Lo primero que vimos al entrar fue a la joven recepcionista. Estaba desplomada sobre el escritorio, con un charco de sangre extendiéndose desde su cabeza.
—Psst —dijo Kang, señalando a las dos mujeres inmóviles del sofá. Se acercó deprisa y les tomó el pulso. Negó con la cabeza.
Encontré a Massey, la directora del refugio, en su oficina. Le faltaba la parte superior de la frente. Respiré hondo y aferré con más fuerza la empuñadura de mi arma.
Kang apareció en la entrada de la oficina de Massey con dos niñas a su lado, cada una aferrada a él como si les fuera la vida en ello. Lo cual era totalmente posible.
—Hay otra chica en la habitación de al lado. Está en el suelo.
—El tirador podría seguir aquí —susurré señalando hacia arriba.
Volvimos lentamente al pasillo. Yo iba en cabeza. Kang estaba justo detrás de mí con las dos pequeñas, que sorprendentemente mantenían la compostura. Las escaleras eran la única forma de subir al segundo piso. Me detuve en la esquina y eché un vistazo. Vacío.
—Despejado —dije en voz baja.
Kang señaló la puerta principal, que seguía abierta de par en par, y les dijo a las niñas que salieran corriendo.
Me acerqué al pie de las escaleras con el arma en alto. Subí paso a paso, mirando hacia arriba. Me agaché más al llegar al rellano y agucé el oído. Oía llanto. Y luego un grito desgarrador que me heló la sangre.
Al llegar arriba, pude ver el pasillo. Seguía oyendo llanto. Kang se colocó a mi lado. Me indicó que cubriera las habitaciones de la derecha; él se encargaría de las de la izquierda.
Avanzamos con cautela.
El corazón me latía con fuerza. Hacía tiempo que no me encontraba en una situación así. Imágenes de Lucy, Ryan y Po Po me vinieron a la cabeza. Tenía una familia. Dependían de que siguiera viva. Que no te disparen, Abby.
Con la espalda pegada a la pared, avancé.
Al otro lado del pasillo, Kang hacía lo mismo.
Yo podía ver el interior de las habitaciones de su lado antes que él, y viceversa, lo que nos daba una protección adicional antes de entrar a ciegas en cualquier habitación.
Era nuestra danza, y la ejecutábamos a la perfección.
Miré dentro de la habitación a la que Kang se acercaba y vi a una chica tumbada boca abajo en el suelo, inmóvil. Le indiqué con la cabeza que entrara, y él me dio el visto bueno para entrar en la de mi lado.
Encontré dos literas. Dos chicas muertas. Dos vivas.
Saqué a las chicas de la habitación a toda prisa, diciéndoles que bajaran corriendo y salieran del edificio. Kang salió al pasillo con una chica y la mandó fuera.
Continuamos hacia las dos habitaciones siguientes. En mi fuero interno, esperaba no encontrar más víctimas. Esa esperanza se desvaneció en cuanto vi a otra chica inmóvil en la habitación a la que Kang se acercaba. Había más en la de mi lado.
Con cada habitación que despejábamos, el recuento de muertes aumentaba.
Estaba claro que algunas chicas se habían salvado, incluso asiáticas, y otras no.
Supuse que las que habían recibido disparos formaban parte del grupo que habían metido de contrabando en Estados Unidos en aquel contenedor; al menos por edad coincidían con lo que Hansen me había contado. No conocía bien sus rostros.
Las supervivientes estaban en estado de shock, llorando, incapaces de moverse o hablar por sí solas.
Solo había una salida, y nadie nos había adelantado. ¿Dónde estás?
Kang y yo nos detuvimos en el pasillo. Quedaban dos habitaciones por despejar. La de mi lado tenía la puerta cerrada. La del lado de Kang, no. Nos ocupamos primero de la suya. Dos muertas.
Luego nos plantamos ante la puerta cerrada de la última habitación. El tirador tenía que estar dentro. Me acerqué y agucé el oído. Nada. Kang quería esperar refuerzos. El sonido de las sirenas se intensificaba. Lo más sensato habría sido dejar que un equipo táctico se encargara de la habitación.
Pero yo no funciono así.
Me ajusté el chaleco antibalas e hice un gesto a Kang para que se preparara. Probé el pomo con cuidado. No tenía echado el pestillo. Él se pegó a la pared junto a la puerta. Yo me coloqué en el lado opuesto. Con la puerta entre nosotros, volví a agarrar el pomo.
Uno.
Levanté el arma.
Dos.
Me preparé.
Tres.