La niña de la maleta (Trilogía SG 1) (Thriller del FBI de Abby Kane 7) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

Nos reunimos con Hansen y Pratt cuando acabaron de interrogar.

—Según Lim y Dickson, todos se conocieron cuando estudiaban en Stanford —dijo Hansen—. Estos dos tortolitos siguen matriculados, pero se han cogido un semestre sabático.

En resumen, los tres que hablaron contaron la misma historia. Chow, en cambio, no soltó prenda.

—Abby, quizá las cosas son como parecen —dijo Kang—. Tres de ellos nos han contado exactamente la misma historia sobre la operación y Xiaolian. Si Chow no habla, lo más probable es que esté intentando cubrirse las espaldas. Sabe que está jodido.

—O sea que alguien gasta un dineral en meterla de contrabando en Estados Unidos solo para entregarla al FBI —dije—. No tiene ningún sentido. ¿Quién? ¿Por qué?

—Chow es el único que habló con esa persona o personas misteriosas —dijo Kang—. Necesitamos que hable, y no lo está haciendo. A menos que le ofrezcamos un trato, no tiene motivos para abrir la boca.

—¿Cuánto te importa encontrar a la persona que dejó a Xiaolian? —preguntó Hansen.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, tal como yo lo veo, desmantelamos lo que iba camino de convertirse en una enorme red de tráfico.

Llegamos a tiempo, y no porque estuviéramos investigando a estos cuatro.

Ni siquiera los teníamos en el radar. Paramos a la bestia en sus primeros pasos.

¿De verdad querrías ofrecerle un trato al tipo que organizó todo esto solo para averiguar quién dejó a la chica?

A ver, ella está bien. No está herida. No la obligaron a prostituirse.

Simplemente la dejaron ahí. Quizá venía de un hogar problemático y alguien quería sacarla de ese ambiente.

Tan lejos como para meterla de contrabando en Estados Unidos y luego entregarla al FBI con la esperanza de que solicitemos asilo para ella.

Hansen tenía razón. —Tienes razón. Al final atrapamos al pez gordo. Agente Hansen, agente Pratt, su corazonada sobre Craigslist dio resultado. Excelente trabajo.

—Puede que acabemos haciendo de vosotros dos unos investigadores de verdad —se rio Kang.

Dejé que Hansen y Pratt llevaran la voz cantante en el interrogatorio de las chicas y en avisar a los Servicios Sociales.

Dependiendo de su situación, podrían presionar para que se quedaran en el país, pero lo dudaba.

Al parecer habían venido por voluntad propia y esperaban volver a casa en cosa de un mes.

A menos que surgiera algo importante del interrogatorio, lo más probable era que las deportaran enseguida.

Eso también significaba que Xiaolian sería deportada. Había entrado en el país ilegalmente y no tenía vínculos familiares aquí. Como la investigación estaba llegando a su fin, el FBI no tenía motivos para retenerla.

Pasé el resto del tiempo en la oficina redactando un informe hasta que Lucy llamó para preguntar si llegaría a casa a tiempo para cenar. —Claro que sí. Hasta ahora.

Me despedí de Kang y asomé la cabeza por la oficina de Reilly para avisarle de que tendría el informe en su escritorio a la mañana siguiente.

—Y la chica... ¿la vas a entregar a los Servicios Sociales? —preguntó, lo que me recordó una vez más que no teníamos necesidad de retener a Xiaolian.

En el fondo sabía que Reilly no apoyaría ofrecerle un trato a Chow para averiguar quién era el contacto de Xiaolian. Habíamos conseguido un gran éxito para el departamento, y la investigación podía cerrarse sin cabos sueltos.

En todo caso, podría interrogar a Chow después de que hablara con su abogado para ver si podía ayudar con lo de Xiaolian, pero incluso entonces, ¿qué sentido tenía?

Al final la deportarían. Tanto si la habían obligado como si había venido por voluntad propia a Estados Unidos, había entrado ilegalmente.

Además, Reilly daba por hecho que ahora cerraríamos la investigación. Xiaolian no era un problema para él.

Llegué a casa y me encontré a Lucy quejándose de que se moría de hambre. Fingió mareos y arrastró los pies hasta la mesa del comedor. —Dios mío, yo no sobreviviría a una huelga de hambre —dijo.

Le pregunté que por qué demonios iba a hacer una huelga de hambre.

—Solo digo que, si tuviera que hacerla, no duraría mucho.

—¿Y tú, Xiaolian? ¿También te mueres de hambre?

—Sí, la comida de Po Po es la mejor.

Po Po le quitó importancia con un gesto juguetón de la mano.

Las dos parecían llevarse muy bien de verdad. Cada vez que le preguntaba a Xiaolian de qué hablaban durante el día, se encogía de hombros y decía: —No sé. De muchas cosas.

Las únicas personas con las que Po Po mantenía conversaciones animadas eran sus amigas.

Hablaba con Ryan, Lucy y conmigo, pero no era nada comparado con la cháchara incesante que tenía con su grupo.

Y siempre hablaban en chino, a gritos, señalándose con el dedo y haciendo gestos desdeñosos con la mano. Parecían más felices así.

Después de cenar y pasar un rato con Lucy y Ryan, Xiaolian y yo nos retiramos a su habitación para nuestra conversación nocturna.

Una parte de mí sentía que en realidad no necesitaba tener esa charla.

No era imprescindible encontrar a la persona que la había abandonado.

Y hasta ahora, eso parecía ser lo único que había pasado, aparte de que la hubieran traído ilegalmente al país.

Aunque presionara a los Servicios Sociales para que la acogieran de forma permanente, tendrían que solicitar un visado T-1, y ni siquiera eso garantizaba que se lo concedieran.

Ni yo misma sabía por qué tenía esos pensamientos. Xiaolian no era de mi familia. No era responsabilidad mía. Solo se parecía mucho a mí.

Se subió a la cama y yo me senté en el borde del colchón.

—Hoy hemos atrapado a los hombres que te sacaron del contenedor —dije sin rodeos.

—¿Ah, sí? ¿Qué les pasará?

—Irán a la cárcel. Hicieron algo muy malo.

No creí necesario explicarle lo que había pasado con las otras chicas, aunque supuestamente se hubieran presentado voluntarias.

—El líder del grupo tenía un tatuaje de dragón como el que describiste, así que nos ayudaste a atraparlos. Se llama Darren Chow. ¿Te suena de algo?

—No.

—No pasa nada, solo preguntaba. Pero hay algo que quería aclarar contigo. Cuando me hablaste del tatuaje, dijiste que lo viste cuando te inyectó. ¿Estás segura?

Xiaolian arrugó la frente. —Sí, creo que sí. Pero quizá lo vi cuando me metió en la furgoneta. Ahora estoy confundida. Ya no estoy segura.

—Vale, empecemos desde el principio. No hay prisa, así que vayamos con calma. Después de salir del contenedor, subiste a una furgoneta, ¿verdad?

—Sí.

—Puede que vieras el tatuaje entonces, pero ahora no lo recuerdas bien, ¿no?

—Lo siento.

—Lo estás haciendo bien. Vale, una vez en la furgoneta, ¿adónde fuisteis? ¿Lo recuerdas?

Respiró hondo y exhaló lentamente.

—La furgoneta se detuvo y esperamos mucho rato hasta que nos dijeron que bajáramos. Entramos en un edificio, subimos en el ascensor hasta el último piso y me dejaron sola en un apartamento.

—¿Y las otras chicas?

Se encogió de hombros.

Probablemente el edificio donde desmantelamos la organización de Chow .

—¿Y luego qué?

—Me quedé dormida. Más tarde, uno de los hombres me despertó.

—¿Le viste la cara?

—Llevaba gafas de sol y un abrigo grande que le tapaba la cabeza.

—¿Era el hombre del tatuaje?

—No estoy segura. No recuerdo haberle visto ninguno.

—Vale, ¿qué pasó después?

—Volvimos a la furgoneta.

—¿Solo vosotros dos?

Asintió.

—Recuerdo que todavía estaba oscuro fuera. Estuvimos dando vueltas, pero no sé por dónde. Me hizo tumbarme en la parte de atrás. Creo que me volví a quedar dormida.

—Entonces, ¿crees que quizá no recuerdas que te pusiera una inyección?

Desvió la mirada de un lado a otro mientras permanecía sentada en silencio unos instantes.

—No, recuerdo que me puso una inyección. Me quedé dormida, pero me desperté. Me dijo que tenía que darme la medicina. Después de eso, me sentí muy cansada.

—¿Recuerdas que te metieran en una maleta?

Busqué rápidamente la foto de la maleta en el móvil y se la enseñé.

La observó con atención.

—Tómate tu tiempo.

—Lo recuerdo.

—¿Qué? ¿Qué recuerdas?

—Me metió en la maleta.

—¿Estás segura?

Asintió enérgicamente.

—Sí, porque fue entonces cuando le vi el tatuaje en el brazo.