La niña de la maleta (Trilogía SG 1) (Thriller del FBI de Abby Kane 7) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

De vuelta en el cuartel general de Oyster, Lim y Dickson se dedicaban a atender a los clientes. Lim respondía los correos de Craigslist. Dickson llamaba por teléfono para cerrar las citas.

—Hoy está siendo un buen día —dijo ella—. Hasta ahora, cada chica ha atendido al menos a cuatro clientes, y todavía nos queda la noche, nuestra hora punta.

—Quizá deberíamos subir el precio de trescientos dólares la hora a trescientos cincuenta —dijo Lim—. Podemos seguir dándoles a las chicas la misma tajada y quedarnos con los cincuenta de más.

—Nuestra estrategia con estas chicas es la cantidad —dijo Chow—. Si seguimos subiendo el precio, el cliente medio irá a otro sitio a echar un polvo.

—No sé, tío. San Francisco es una ciudad tecnológica. Aquí sobra la pasta —dijo Lim.

—Tiene razón —añadió Sticks.

—Vale, hagamos pruebas A/B —dijo Chow—. Subamos el precio a nuestras cinco chicas más populares.

Si bajan los números, reducimos el precio.

Si no, seguimos subiéndolo de cincuenta en cincuenta hasta dar con el punto óptimo.

Ah, y no seamos demasiado codiciosos. A esas chicas les daremos su parte justa del aumento.

—Si funciona, podremos poner en marcha los otros contenedores antes —dijo Sticks.

—¿Por qué no seguimos prostituyendo a las chicas un tiempo y nos forramos?

—dijo Lim—. Total, estamos aprendiendo ese lado del negocio, ¿no?

O sea, seguiremos con nuestro plan original de montar un negocio de transporte, perfeccionarlo y luego venderlo.

Pero si nos quedamos con las chicas, podemos duplicar las ganancias. ¿No es así, Sticks?

Sticks asintió.

—Claro, así podremos salir antes del negocio.

El plan inicial de Oyster había sido montar el negocio de tráfico y acumular un buen colchón de dinero para una start-up legítima, aún por decidir. Una vez logrados esos objetivos, venderían la operación al mejor postor. Ninguno de los cuatro quería dedicarse al crimen de por vida.

—Yo, por mi parte, estaré más tranquilo cuanto antes salgamos de este chanchullo —dijo Lim.

—¿Qué mosca te ha picado hoy? —preguntó Chow.

—No estoy asustado; es solo que cuanto más tiempo estemos metidos en esto, más probabilidades hay de que nos pillen.

No me malinterpretes... Creo que lo hemos pensado todo bien, pero no podemos prever lo imprevisible.

Esos tipos que contratamos en los muelles.

Ellos son lo «imprevisible» de lo que hablo.

Podrían joderla y arrastrarnos con ellos.

—Tiene razón —dijo Sticks—. Es matemática pura. En algún momento, esos tipos la cagarán.

—Y luego está la chica que soltamos —continuó Lim—.

Eso se salió totalmente del plan. Sé que nos pagaron muy por encima de lo que pedíamos, pero no tenemos control sobre lo que le pase.

Al menos a las chicas que tenemos con nosotros podemos controlarlas.

Seamos realistas. Somos empollones, no mafiosos.

No conocemos todos los trucos para burlar a la poli.

—Te entiendo —dijo Chow—. Pero si nuestro objetivo es ser una empresa de transporte, no vamos a cuestionar para qué usan a las chicas ni quién las envía o las recibe.

Nuestro trabajo será solo el transporte.

La única razón por la que las prostituimos ahora es porque todavía estamos en fase de pruebas.

Nunca tendremos control total, sobre todo cuando empecemos a transportar para clientes.

Aun así, Chow se había sentido algo incómodo con las instrucciones que el cliente había dado para la chica, pero acalló sus reparos convenciéndose de que, con el tiempo, sus clientes tendrían todo tipo de peticiones de envío.

—Angie, ¿tú qué opinas? —preguntó Chow.

—Cuanto antes pongamos en marcha esos otros contenedores, antes alcanzaremos nuestro objetivo de capital y podremos retirarnos. Me gusta el riesgo, pero el riesgo calculado. Y Albert tiene razón: nos falta la experiencia que da llevar años siendo criminal.

—Vale, esto es lo que haremos. Solo garantizaremos la entrega segura de puerto a puerto. El cliente se encarga de dejar y recoger la mercancía. Si más adelante vemos que podemos ampliar los servicios, lo haremos. ¿Qué os parece?

Todos asintieron.

Lim miró el reloj.

—Ya ha pasado la hora de comer. Voy a preguntarles a las chicas qué les apetece.