CAPÍTULO QUINCE
Rosales estaba en el refugio local para mujeres hablando con Miranda Massey, la directora de salud mental del centro, cuando le sonó el móvil. Habló brevemente y volvió a guardar el teléfono en el bolso.
—Nunca adivinarás quién era —dijo.
Massey se encogió de hombros. —¿Quién?
—El FBI. Al parecer les interesa la niña que acabo de traer.
—¿En serio? Bueno, eso es buena señal. Alguien está investigando.
—Eso espero. La agente con la que hablé no entró en detalles, solo dijo que querían volver a interrogar a la niña.
—¿Ya han hablado con ella una vez?
—Al parecer pasaron por el hospital después de que me fuera. No me había enterado. Me quedaré a supervisar la próxima conversación.
—Siempre eres bienvenida aquí —dijo Massey.
—Antes de la llamada estabas diciéndome algo sobre la niña...
—Ah, sí, la niña. Es completamente normal que los niños se cierren después de una experiencia traumática.
Muchas veces, si se niegan a hablar es porque simplemente no pueden recordar.
La pérdida de memoria es temporal y suele durar solo unos días, una semana en los casos más extremos.
Todo depende de lo que haya vivido el niño.
—¿Cómo clasificarías que la encerraran en una maleta y la dejaran fuera, a la intemperie?
—No es lo peor que he visto, pero se acerca. Depende mucho del niño. Algunos llevan mejor estas situaciones que otros. Si no te importa, me gustaría hablar con ella a solas antes de que llegue el FBI.
—Estaré aquí mismo si me necesitas —dijo Rosales.
Kang conducía. Poco después de entrar en la Oficina, había cambiado su querido Crown Vic por uno de los todoterrenos de la agencia, y nunca se había arrepentido.
—No sé por qué no te pides uno de estos —dijo—. Es genial.
—Bah, me gusta mi bestia deportiva.
Llegamos al refugio poco después de que terminara mi llamada con Rosales.
Ocupaba un edificio peculiar lleno de miradores, en la Misión, en la calle 18.
Murales coloridos que representaban a mujeres de todas las razas, edades y tamaños dedicadas a actividades como la agricultura, la cocina o la enseñanza cubrían casi todo el edificio.
La entrada daba a un espacio amplio y diáfano con varios sofás y sillones. Una mujer joven atendía detrás de un pequeño escritorio. Murales del mismo estilo que los del exterior adornaban las paredes.
Vi un viejo piano vertical con una banqueta acolchada de terciopelo rojo. Siempre que veo un piano, lamento no haber prestado más atención en las clases que me pagó mi padre de pequeña. A día de hoy, si hace falta tocar «Heart and Soul» en bucle, soy vuestra chica.
Con nuestros trajes, Kang y yo debíamos de cantar bastante, porque antes de que llegáramos al mostrador de recepción, una mujer se nos acercó.
—¿Es usted la agente...? —Se interrumpió con expresión de sorpresa: ojos muy abiertos, boquiabierta.
Saqué mi identificación. —Soy la agente Kane, y este es el agente Kang.
La mujer seguía con la boca abierta.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
—Lo siento. —Sacudió la cabeza y parpadeó varias veces—. Es que... ¿Alguien le ha dicho que...?
—La niña y yo nos parecemos. Sí, ya lo sé.
—El parecido es increíble. Perdone. —Me tendió la mano—. Soy Christine Rosales, de Servicios de Protección Infantil.
Nos estrechamos la mano.
—Tengo entendido que ayer pudieron hablar con la niña en el hospital.
—Así es. Solo unas preguntas.
—Como su trabajadora social, debo advertirles de algo: no pueden interrogarla a solas. Tengo que estar presente.
—Protocolo. Entendido —dije.
—Me alegra que lo entienda. Entonces, ¿debo suponer que el interés del FBI se debe a que averiguaron algo en su primera conversación?
—No lo llamaría un avance, pero oímos lo suficiente para creer que quizá no sea de California.
—¿Ah, sí?
—En realidad no respondió a nuestras preguntas como era de esperar. O asentía con la cabeza para decir «sí» o la negaba para decir «no» cuando le hacíamos preguntas cerradas. Determinamos que tiene doce años. Le fui nombrando las principales ciudades de alrededor, y a todas dijo que no.
—Conclusión interesante. Sea como sea, me alegra que se hayan implicado.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Miranda Massey la está ayudando a instalarse; ella dirige el centro. Cuando hablé con ella antes, me dijo que es normal que un niño que ha pasado por una experiencia traumática así sufra pérdida de memoria temporal. Si se recupera bien, debería empezar a recordar.
—Nos gustaría hablar con ella ahora, ya que ayer avanzamos algo.
Justo entonces apareció una mujer de unos cincuenta años con una falda clara de estampado cachemir y una blusa blanca. Tenía el pelo largo y castaño, veteado de blanco, recogido en una trenza que le llegaba más abajo de media espalda. Iba sin maquillar, pero lucía una sonrisa amable.
—Bienvenidos. Me llamo Miranda Massey —dijo con voz tranquilizadora—. Soy la directora.
Juntó las manos e hizo una leve reverencia.
—Soy la agente Kane. Este es mi compañero, el agente Kang.
—Vaya, vaya, vaya. Es usted idéntica a nuestra nueva huésped.
—Sí, es mi doble, o yo soy la suya, según se mire.
—La agente Kane acaba de informarme de que ayer logró avances con la niña a través de gestos con la cabeza —dijo Rosales.
Massey arqueó las cejas.
—Eso son buenas noticias. La curación ha comenzado. Imagino que querrán hablar con ella ahora.
—Sí, si no hay inconveniente.
—Por supuesto. Síganme.
Nos condujo por una puerta y a lo largo de un pasillo. Una tabla del suelo crujió bajo mis pies. Pasamos junto a una habitación donde varias jóvenes estaban viendo la televisión.
—Se aloja en una habitación con otras cuatro niñas, pero la sacaré para que puedan hacerle las preguntas en mi despacho, lejos de los demás residentes.
Massey señaló una puerta.
—Ese es mi despacho. Pónganse cómodos.
Kang, Rosales y yo esperamos en su despacho.
—¿Cuánto tiempo la cuidará el centro? —pregunté.
—Normalmente entre una y dos semanas. Tiempo suficiente para encontrarle un hogar de acogida o para que aparezcan los padres y la reclamen. ¿Sigue implicada la policía de San Francisco?
—Me temo que no. No recomiendan presentar cargos penales. Por lo que a ellos respecta, es responsabilidad de los Servicios de Protección Infantil.
—Como era de esperar. Es más fácil endosárnosla a nosotros.
—Si aparecen los padres, ¿qué probabilidades hay de que el estado la devuelva a su custodia?
—Depende. Los entrevistaré y haré una visita al domicilio. Los tribunales recibirán mi informe. Al final, la decisión es del juez.
En ese momento, Massey apareció con la Niña de la Maleta. Caminaba con la cabeza gacha y el pelo le caía sobre el rostro, cubriéndole casi toda la cara.
—Hola —dije.
Debió de reconocer mi voz porque levantó la vista de inmediato y sonrió.
—Esa es la primera sonrisa que le veo —dijo Rosales.
Le tendí la mano. Ella la tomó y la llevé hasta una silla, donde se sentó. Me agaché para quedar a su altura.
—¿Te acuerdas de mí?
Asintió. Fue sutil, pero estaba claro que se estaba comunicando.
—¿Puedes decirme tu nombre?
Su sonrisa desapareció y apartó la mirada, negando con la cabeza.
—¿No recuerdas tu nombre?
Me miró y luego volvió a mirar al suelo.
—Está bien.
Le froté el brazo con suavidad.
—Puede que tardes unos días en recordarlo. ¿Recuerdas dónde vives?
Negó con la cabeza.
—¿Y el nombre de tu mamá y tu papá? ¿Puedes decírmelo?
Su rostro se ensombreció.
—Está bien, cariño, si no puedes recordarlo. No pasa nada.
Miré a Massey.
—Hay una conexión entre ustedes dos —dijo—. Eso es positivo, pero probablemente necesite más tiempo. Normalmente, en casos como este, si hay familiares involucrados, les pedimos que vengan a menudo, que pasen tiempo con la niña.
—Entonces, ¿pasar más tiempo conmigo la ayudaría a recordar más rápido?
—Sí, sin duda.
Me volví hacia Rosales.
—¿Sería posible que yo la acogiera un par de días, para ver si funciona? Tengo sitio de sobra. Y dos hijos, de once y ocho años.
—Bueno, pues, mmm, no es usted la primera persona de las fuerzas del orden que hace esa petición. Tendría que visitar su hogar.
Se volvió hacia Massey.
—¿Alguna objeción a que la agente Kane la acoja?
—En absoluto. Me parece una idea maravillosa.
Me miró directamente a los ojos.
—Sus intenciones me parecen muy sinceras. Esto solo puede beneficiar a la niña.
—¿Cuándo puedo llevármela? —le pregunté a Rosales.
—El papeleo no lleva mucho tiempo. Podría llevarla a su casa esta misma tarde e inspeccionar el domicilio de paso.
—Perfecto.