CAPÍTULO TRECE
El aroma me envolvió nada más cruzar la puerta principal: anís estrellado, chile, ajo, jengibre y canela china. Junto con el chisporroteo del wok que llegaba desde la cocina, supe que me esperaba un manjar de Sichuan. Mi estilo de cocina favorito, seguido del de Hunan. Po Po dominaba ambos.
—Mmmm, qué bien huele —exclamé mientras cerraba la puerta de nuestra casa victoriana.
Desde la entrada se veía casi todo el estrecho pasillo que atravesaba la casa. La cocina quedaba a mitad de camino, y hacia allí me encaminé.
Lucy asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—Mami, ya llegaste —dijo—. Estoy ayudando a Po Po con la cena.
—Mírate. Pronto serás la segunda mejor cocinera de la casa.
Le di un beso en la frente a Lucy.
Entré en la cocina americana. Po Po acababa de pasar lo último de un plato del wok a una fuente. Miré por encima de su hombro y vi Mapo tofu. Uno de mis platos favoritos.
—Huele de maravilla.
Le di un beso en la mejilla.
—Lucy, ¿dónde está tu hermano?
—Arriba, duchándose.
Cogió la fuente de manos de Po Po y fue hacia el comedor.
—¿Puedo ayudar en algo? —pregunté.
—No —respondió Po Po—. Todo ya terminado.
Como siempre, Po Po llevaba uno de sus tres vestidos de andar por casa, o al menos eso me parecía. Esa noche llevaba el azul claro con florecitas blancas, y zapatillas de felpa blanca en los pies. Hacían un frufrú sobre el suelo de madera.
Me puso en las manos una olla llena de arroz.
—Venga, venga —dijo mientras me echaba de la cocina.
La mesa del comedor ya estaba puesta.
—Lo hice yo solita —dijo Lucy con una sonrisa.
—Qué detalle ayudar a Po Po. ¿Tu hermano ayudó?
—¿Tú qué crees?
Lucy se puso en jarras e intentó arquear una ceja. En realidad solo parecía que abría un ojo más que el otro.
Po Po llegó a la mesa arrastrando los pies, con una tetera de té verde. La dejó sobre la mesa y le dijo a Lucy que llamara a su hermano. La niña fue hasta el pie de la escalera y se puso a gritar su nombre.
—¡Lucy! —dije—. Sube a buscarlo. No grites.
Me volví hacia la mesa y contemplé los platos.
—Tiene una pinta estupenda. A ver si adivino. Esto es Mapo tofu. Esas son judías verdes fritas al estilo Sichuan. Eso es pollo Kung Pao, uno de los favoritos de Ryan. Y esto...
Me incliné para ver mejor.
—¿Berenjena rellena frita con ajo?
Po Po asintió.
—Ese te encanta a ti. Y este último ya sé que le encanta a Lucy: fideos Dandan.
En realidad, a toda la familia le encantaba ese plato.
Los fideos Dandan no eran más que comida callejera sencilla.
Un cuenco pequeño de fideos de trigo con el acompañamiento que uno quisiera.
Po Po siempre preparaba un salteado de cerdo picado, chile, ajo, jengibre, vinagre y una mezcla de especias cuya receta se negaba a revelar.
Hubo un tiempo en que la habilidad de mi suegra para llevar una casa me intimidaba muchísimo.
Mis dotes domésticas no le llegaban ni a la suela del zapato.
Ella vigilaba todo lo que yo hacía, muy de cerca.
Me hacía sentir que nunca estaría a su altura, sobre todo cuando mi difunto esposo, Peng, su hijo, aún vivía. Fueron tiempos difíciles.
Hoy en día ya no me agobiaba por eso. Había aceptado que nunca sería tan buena como ella. Así que, en lugar de sentirme inferior a la hora de comer, prefería concentrarme en el hambre y disfrutar sin más del regalo que era su cocina.
Los niños entraron en el comedor.
—Hola, Abby —dijo Ryan mientras apartaba una silla y se sentaba.
—¿No te olvidas de algo?
Se levantó, vino hacia mí y me dio un abrazo y un beso.
En nuestra casa tenemos una tradición a la hora de comer, sobre todo en la cena.
Durante los primeros diez minutos, más o menos, nos dedicamos a comer.
No se oía ni una palabra, solo el ruido de sorber y los palillos repiqueteando contra los cuencos.
Vamos, que uno podía intentar hacer una pregunta, pero nadie contestaría. Así funcionaba nuestra familia.
Sentarse.
Comer.
Hablar.
Ese era el orden. Una vez que habíamos calmado el hambre un poco, empezábamos a conversar.
—Ryan, hoy te has duchado tarde —dije.
Tragó lo que tenía en la boca.
—Sí, me quedé más rato en el dojo ayudando a otro alumno. Pero no pasa nada. Me gusta echar una mano.
—Lucy, ¿qué tal el día? ¿Ha pasado algo interesante en el cole?
—¿Aparte de no llevar el mejor modelito ochentero de la historia?
—¿Eso no fue la semana pasada?
—Sí, pero mis amigas siguen sacándolo porque fui la única que no participó.
—Awww —dije mientras fingía enjugarme las lágrimas—. Aparte de eso.
—Un día normal.
Sorbió unos fideos.
—Ay, casi se me olvida —dije—. ¿A que no sabéis qué me ha pasado hoy? He descubierto que tengo una doppelgänger.
—¿Doppel-qué? —preguntó Lucy, intentando otra vez arquear la ceja sin conseguirlo.
Busqué la foto de la Niña de la Maleta en el móvil y se la enseñé a todos.
—Vaya, se parece un montón a ti —dijo Ryan, cogiéndome el móvil para verla mejor.
—Déjame ver, déjame ver.
Lucy saltó de la silla y rodeó la mesa corriendo hasta donde estaba Ryan. Po Po, sentada a su lado, se inclinó para ver mejor.
—¿Qué opinas, Po Po? —pregunté.
Me miró y luego volvió la vista a la foto. —Pobrecita.
—¡Madre mía! —gritó Lucy—. Parece tu doble.
—Lo sé. Raro, ¿verdad?
—¿Quién es? —preguntó Ryan.
—No lo sabemos. Uno de los guardias de FPS la encontró abandonada frente a nuestras oficinas.
—¿Su mamá y su papá la tiraron? —preguntó Lucy.
—Bueno, aún no estoy segura. Estamos intentando averiguarlo.
Po Po chasqueó la lengua, cogió los palillos y siguió comiendo.
—Espero que encuentres a su mamá y a su papá —dijo Ryan mientras me devolvía el teléfono—. ¿Es ilegal hacer algo así?
—Lo es, si la intención es causar daño a la niña. La cosa cambia si se perdió por accidente.
—Ah, como aquella vez que perdiste a Lucy en los grandes almacenes Macy's.
—Ah, sí. Me acuerdo de cuando me perdiste en Navidad —Lucy me sonrió desde su asiento.
—No te perdí. Dejad de decir eso.
—¿Tú perder a Lucy? —preguntó Po Po.
—No, no fue nada de eso —descarté la acusación con un gesto de la mano.
—Hiciste que la tienda la llamara por megafonía —continuó Ryan.
Me reí con picardía ante su comentario. —Solo estaba siendo meticulosa.
—No sé. Parecías presa del pánico.
—Esa es mi cara de concentración —murmuré.
—¿Eh?
—Mirad, basta ya. Estamos hablando de esta niña y de lo que hicieron sus padres. ¿Vale? Tenemos grabaciones de un hombre dejándola allí, así que no fue un accidente. —Omití lo de la maleta. No necesitaban saber ese horrible detalle.
Ryan levantó su cuenco de arroz. —Si su papá la dejó allí, ¿por qué se la devolverías? —Se metió en la boca lo que quedaba de arroz con los palillos.
—Buena pregunta. Si damos con sus padres, tendremos que determinar si puede volver con ellos sin peligro.
Más tarde, esa noche en el hospital, el personal nocturno ya había comenzado sus turnos, los visitantes se habían marchado hacía rato y todos los pacientes dormían. En la habitación cuatro, las luces estaban apagadas y la niña de la primera cama dormía profundamente.
Pero no la Niña de la Maleta.
Suaves quejidos escapaban de sus labios mientras dormía. Dio unas patadas antes de girarse de lado. Sus ojos se movían inquietos bajo los párpados.
Camina por un pasillo de paredes blancas. Luces fluorescentes se extienden en perpendicular sobre su cabeza. Un hombre pasa. Lleva una bata blanca larga. Tiene el pelo negro. No puede verle la cara. Él le agarra la mano.
—Date prisa —le oye decir mientras le tira del brazo, instándola a acelerar el paso—. Sé que estás cansada, pero es importante que no nos detengamos.
Otros dos hombres vestidos de forma similar caminan hacia ellos. Hablan en susurros al pasar.
El hombre que le sujeta la mano se detiene frente a una puerta de acero inoxidable. La abre y le ordena que entre. Ella duda.
—Vamos —dice el hombre, empujándola hacia delante—. Todo irá bien.
Le hace un gesto para que entre.
Los ojos de la Niña de la Maleta se abrieron de golpe y jadeó. Respiraba agitadamente mientras intentaba recordar dónde estaba exactamente. Poco a poco lo recordó y su respiración se calmó. Miró la mesita auxiliar junto a la cama y cogió algo antes de deslizar las piernas por el borde.
El suelo de baldosas estaba frío bajo sus pies descalzos y se le puso la piel de gallina en los brazos. Caminó en silencio hacia la puerta, deteniéndose un momento para mirar a la niña que compartía habitación con ella.
Giró el pomo lentamente y abrió la puerta apenas una rendija. Las luces del pasillo estaban apagadas salvo una cerca del puesto de enfermeras. Una enfermera estaba sentada sola en una silla detrás del mostrador.
Esperó.
Observó.
La enfermera se levantó y se alejó de su puesto, desapareciendo tras unas puertas dobles al final del pasillo. La Niña de la Maleta entró en el pasillo y se apresuró hacia el puesto. Cogió el teléfono y marcó un número.
Por un momento pensé que estaba soñando, pero no. Mi teléfono estaba sonando. Tanteé la mesita de noche hasta dar con él. Miré la hora. Poco después de las dos de la madrugada. Espero que no sea del trabajo.
—Soy Kane —dije en voz baja.
Nadie respondió, pero detecté ruidos de fondo, quizá una respiración. La línea seguía abierta, sin duda.
—¿Hola? —lo intenté una vez más—. ¿Puedo ayudarle?
Silencio absoluto. Luego la línea se cortó.