CAPÍTULO ONCE
Nos acercábamos a las cuatro de la tarde, la hora límite que Reilly nos había dado. Si para entonces no teníamos nada que respaldara nuestras acusaciones, debíamos recoger los bártulos y dejarlo por hoy.
Y no teníamos nada.
Cero.
Nada de nada.
Nuestra operación de un mes había sido un completo fracaso.
Y eso me cabreaba.
Siempre me había enorgullecido de ser productiva y resolver casos: yo metía a los malos entre rejas. La operación Woo sería ahora un borrón en mi currículum. Uf.
—Vamos, no es el fin del mundo —dijo Kang mientras apagaba el escáner—. Esto es parte del trabajo. Pasa. Imagínate si no lo hubiéramos investigado y hubiera resultado ser algo.
Tenía razón, pero aun así odiaba la sensación que me dejaba en el estómago.
—Oye, ¿todavía tienes esa foto de la Niña de la Maleta?
—Espera —dijo.
Me arrastré hacia la parte delantera de la furgoneta y me acomodé en el asiento del copiloto. Kang se dejó caer en el asiento del conductor y me reenvió la foto.
—Es un poco inquietante lo mucho que se parece a mí —dije, mirando la foto.
Kang arrancó la furgoneta y nos pusimos en marcha.
—¿Sabes qué será de ella ahora? —pregunté.
—Si es un caso de abandono infantil, la derivarán a la unidad de personas desaparecidas. La registrarán en el sistema junto con los demás niños desaparecidos. Supongo que Servicios Sociales ya estará al tanto.
—Es una pena. Parece tan dulce. ¿Por qué sus padres la abandonarían así? Qué crueldad.
—Hay mucha gente trastornada en este mundo. Parece que la niña te ha llamado la atención.
—Supongo que es porque la miro y veo una parte de mí. Me hace preguntarme si hubiera tenido una hija… ¿se parecería a ella?
Seguí mirando la foto de la Niña de la Maleta. Kang siguió conduciendo. Ninguno de los dos dijo nada.
Probablemente habríamos seguido así hasta llegar a la oficina, pero Kang marcó un número en el móvil. Lo puso en altavoz y oí el tono de llamada.
—Sokolov —dijo la voz al otro lado.
—Somos Kang y Kane.
—¿Qué tal la vida en la furgoneta? Seguro que ese tipo de investigaciones hicieron que mereciera la pena pasarse al FBI. Qué envidia —dijo con sequedad antes de soltar una risita.
—Sí, sí, sigue así —dije—. Ya encontraré la manera de meterte en un equipo conjunto que opere desde esta furgoneta.
—¿Qué pasa? —preguntó Sokolov.
—La Niña de la Maleta —dijo Kang—. ¿Cómo vais con el caso?
—La verdad es que no avanzamos porque técnicamente no es nuestro caso.
Estamos haciendo un poco de seguimiento, pero se derivará a personas desaparecidas.
La niña está en el Saint Francis. El médico dice que está bien.
No hay signos de abuso físico ni sexual, pero le hicieron las pruebas de agresión sexual de todos modos.
Servicios Sociales ya está al tanto. Volverán mañana por la mañana para hacerse cargo de ella.
—¿Alguna idea de cómo acabó en la maleta? —pregunté.
—Hay grabaciones de vídeo. Se ve a un hombre solo dejando la maleta a primera hora de la mañana. Hablamos con el agente del FPS que estaba de guardia. Resulta que justo estaba en el baño cuando ocurrió. No vio la maleta hasta una hora después, en la siguiente ronda.
—¿Parecía ser un familiar?
—Demasiado oscuro para distinguirlo. Intentamos hablar con la niña, pero no suelta prenda. No ha dicho ni una palabra a nadie desde que la encontró el FPS.
—Probablemente esté en estado de shock —dijo Kang.
—¿A qué viene el interés? —preguntó Sokolov—. ¿Os vais a meter? Tenemos a un técnico tomándole las huellas. Nos vendría bien que las pasarais por vuestra base de datos.
—Claro, sin problema —dije—. ¿Habéis podido determinar su edad?
—El médico cree que tiene entre diez y doce años.
—Sabes mucho de su situación para ser alguien que debería estar investigando homicidios —dije.
—Es por la maleta. ¿Por qué meter a la niña dentro y dejarla allí?
—Sí, parece mucho esfuerzo para tratarse de un abandono —dijo Kang.
—A menos que… la intención no fuera abandonarla —respondió Sokolov.
—¿Crees que deberían haber encontrado a una niña muerta? —pregunté.
—El laboratorio del hospital encontró rastros de sedante en la sangre, suficiente para dejarla inconsciente. Me pregunto si la intención era hacer algo más.
—Interesante hipótesis —dijo Kang.
—Si descubrimos algo más, os avisamos —dijo Sokolov.
Kang colgó.
—Podemos pasar las huellas de la niña a ver si hay coincidencias, pero ya sabes, poco más podemos hacer.
—Esta corazonada de Sokolov es interesante. ¿Se suponía que debían encontrarla muerta?
—Casi puedo oír cómo te da vueltas la cabeza. ¿Qué estás pensando, Abby?
—El FBI puede intervenir en casos de niños desaparecidos si el menor es de corta edad, normalmente doce años o menos.
—Eso es si se trata de un secuestro, ¿no? No estoy tan seguro de que las pruebas apunten en esa dirección. Sokolov lo habría mencionado. Esto parece más bien negligencia, malos padres, ese tipo de cosas.
Me encogí de hombros. —Quizá, pero como dijo él, ¿por qué dejarla en una maleta? Desde luego, no sería para transportarla más fácilmente.
—Yo no descartaría esa idea tan rápido. Parece muy probable que así fuera más fácil abandonar a la niña.
—Saint Francis está cerca de la oficina. Pasemos un momento a hablar con la niña.
—¿Hablas en serio?
—Mira, estoy de acuerdo: todo lo que hemos oído hasta ahora apunta a que la niña fue abandonada. Pero coincido con Sokolov. Lo de la maleta es un cabo suelto que no se puede atar fácilmente. Y tampoco me trago que la usaran para facilitar el abandono.