CAPÍTULO OCHO
Kang y yo seguíamos discutiendo sobre cuál de los dos era más celoso mientras conducíamos. Desde que nos conocimos, siempre había habido un coqueteo juguetón entre nosotros. Nunca pasamos a mayores, pero quizás por eso nos llevábamos tan bien.
Nuestro destino eran las oficinas de contabilidad de Woo & Sons en el distrito de Richmond. Era el segundo Chinatown de la ciudad, un barrio donde vivían numerosas familias chinas acomodadas y de clase media.
Kang puso punto muerto y echó el freno de mano.
—Admite de una vez que estabas locamente celosa de Suzi.
Era la última novia de Kang, y yo la detestaba.
Y sí, lo admito... en aquel momento, más o menos, quizás, estaba un poco colada por Kang.
Pero también sabía que, antes de que ella apareciera, él había estado colado por mí.
El problema entonces era que uno de los dos siempre estaba en una relación.
Ahora que trabajábamos juntos de forma permanente, eso no iba a pasar.
—Ahí es donde te equivocas —dije—. No estaba celosa de Sushi...
—Ponerle motes... ¿no es eso señal de celos?
—Pbbbfffttt, simplemente no me caía bien. Además, quería ser buena amiga.
—¿Qué, separándonos?
Una amplia sonrisa se dibujó en su cara.
—Bueno, sí, o sea, estabas tan pillado que no había manera de que vieras al dragón escamoso bajo esa capa de maquillaje que siempre llevaba. Tú...
Lo señalé con el dedo.
—Tú deberías darme las gracias.
—Ya que hablamos de dar las gracias, deberías agradecerme que te salvara de ese hippie, Green.
El Dr. Timothy Green era el forense jefe de la ciudad. Trabajábamos juntos a menudo.
—¿Salvarme?
Arqueé una ceja.
—Por favooor, Green mide prácticamente lo mismo que yo, que no es mucho. No necesitaba que nadie me salvara, y además, siempre ha sido un perfecto caballero. Es majo.
Kang descartó mi respuesta con un gesto de la mano.
—Solo te gusta que te presten atención. Voy a por una caja de Schubert's. Ahora vuelvo.
Con Kang fuera, me puse a configurar el equipo.
Conecté un portátil al stingray y encendí el dispositivo de vigilancia.
Los móviles siempre buscan la torre más cercana, incluso cuando no están en llamada.
Lo único que hace el stingray es engañar al teléfono para que crea que es una torre.
Luego recopila los datos sin que el móvil se entere y los pasa a la torre real.
Eso nos permitía rastrear teléfonos concretos. Pan comido.
La puerta del coche se abrió y Kang entró con esa familiar caja de cartón.
—He traído dos napolitanas, dos tartaletas de cereza y dos trozos de tarta ópera.
—¡Sí!
Levanté la mano y Kang me chocó los cinco.
Se quitó la chaqueta y se frotó las manos antes de coger una napolitana y darle un buen mordisco. La masa hojaldrada estalló en las comisuras de la boca y le salpicó la pechera de la camisa.
Cogí un tenedor de plástico y ataqué la tarta ópera. El bizcocho de avellana con capas de chocolate y praliné de moca estaba de muerte. Siempre que podíamos, reducíamos la conversación al mínimo mientras nos poníamos morados.
Kang se ajustó los auriculares. Él monitoreaba el micrófono que teníamos en la oficina. Yo rastreaba las llamadas del móvil de Arthur.
—Está hablando por teléfono —dije—. Es su novia. Quiere ir de compras.
Arthur Woo andaba por los cincuenta y tantos, su novia por los veintitantos y su esposa por los cuarenta y tantos.
Solté un suspiro de derrota. Si esta llamada era un anticipo de cómo iba a ir el día, no habría manera de salvar la operación.
Le di otro mordisco a la tarta.
—¿Crees que a lo mejor nos hemos equivocado en todo?
Kang ladeó la cabeza de un lado a otro.
—Mi informante siempre ha sido fiable. No habría insistido tanto en todo esto —señaló a nuestro alrededor— si no creyera que hay algo. ¿Por qué? ¿Piensas lo contrario?
—No, sonaba creíble y prometedor. O sea, tenía que serlo, porque si no, nunca nos habrían dado luz verde. Lo raro es que no haya nada. Aparte de ponerle los cuernos a su mujer, el negocio de Woo parece bastante limpio.
—Oye, puede que no estén hablando de nada por teléfono ni en persona.
—Dudo que los chinos estén usando el correo electrónico.
Deja un rastro clarísimo. Además, Woo está usando un móvil de prepago.
No creo que sea porque se le haya estropeado el suyo.
Ojalá tuviéramos algo que convenciera a Reilly de dejarnos escuchar un poco más.
Me gustaría saber cada cuánto cambia Woo de teléfono.
—¿Crees que a lo mejor nos han pillado?
Me lo pensé un momento.
—Eh... si es así, probablemente haya sido el nombre pintado en la furgoneta señuelo lo que nos ha delatado.
—Venga ya. Supéralo de una vez.
—¿Qué?
Me encogí de hombros.
—He dicho probablemente, no seguro.
Usábamos una empresa de pintura como tapadera. Kang se había enamorado del nombre la Gran Muralla de Pintura, con una imagen de la Gran Muralla hecha con botes de pintura.
—Me acuerdo perfectamente de haberte dicho que sonaba demasiado falso.
—Ah, ¿y «Pintura Fácil» —dibujó un cartel imaginario con las manos—, «Tú señalas. Nosotros pintamos» es mejor opción?
—A mí me suena más creíble.
La verdad era que los dos nombres eran horribles, pero lo habíamos echado a suertes y Kang ganó.
—Es que estás acostumbrada a salirte siempre con la tuya, y esta vez las cartas del destino te jugaron en contra.
Kang sonrió.
Me reí.
Se rio.
Le amagué un puñetazo en el brazo y enseguida le di dos golpes.
—Dos por encogerte.