La niña de la habitación número 11 21 Boscastle
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VEINTIUNO

BOSCASTLE

—Ya sabía yo cuando te vi aparecer en mi puerta que ibas a causarme problemas.

—James le dirigió una mirada de hielo, sacudió la cabeza en un gesto de lamento—.

Eres mucho más lista que tu madre, pero no lo suficiente como para saber lo que te conviene—.

Sonrió—. Niña, niña, niña. ¿Qué voy a hacer contigo?

—Soltó una carcajada que más pareció cacareo, la miró con respeto—.

Unos añitos atrás se me hubiesen ocurrido unas cuantas cosas—.

Otra risa—. Eres un bombón. Clavadita a tu padre.

Has heredado sus ojos y el cabello castaño.

Nada más verte supe que eras hija de ese pobre diablo.

Sienna dio un paso atrás, cogió aire. Y la ira estalló por fin.

—¡Hijo de puta! —le espetó entre dientes, adiós a las buenas maneras – estaban fuera de lugar—. Mataste a mi madre porque había descubierto que habías sido tú.

James la estudió un instante, luego hizo una mueca.

—Me temo que te equivocas —explicó—. No supe nada de tu madre durante todo este tiempo, ni siquiera sabía que había vuelto, hasta que oí hablar de una periodista alemana a la que supuestamente habían agredido.

Sienna lo miró confundida.

—¿No fuiste tú?

James negó con la cabeza.

—Pero me imagino quién fue. El chico siempre ha sido muy rencoroso.

Sobre todo, en lo tocante a lo que le pasó a su madre.

Porque creyó lo que decía la gente, esas historias de que me había abandonado.

Empezó a hacer preguntas, recordó finalmente la noche en la que vino tu madre a hablar conmigo.

—Soltó un suspiro teatral—. Seguro que nos escuchó a escondidas, a tu madre y a mí.

Estábamos comentando lo que Marlene había descubierto acerca de su marido y mi hijo se enteró cómo dijo que sabía que tu padre también había matado a Mary.

La mujer estaba convencida de saber toda la verdad, cuando en realidad seguro que nunca en su vida estuvo tan equivocada.

Sienna se sobresaltó.

Ahora por fin cobraba sentido lo que su madre había dicho sobre aquel niño pequeño.

Isak Wood…

El chico de la foto.

Él había matado a su madre. Porque pensaba que había sido el marido de ella el que a su vez había matado a la suya.

—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué mató Isak a mi madre? Aunque hubiese sido mi padre, ¿qué culpa tenía mi madre?

James esbozó una sonrisa maliciosa.

—No oyó toda la historia, solo la parte en la que tu madre aseguraba que había matado a la madre de mi chico y a aquella niña porque por lo visto sabían demasiado.

Amelie estaba al tanto de la pelea y Mary, de todas las chicas con las que supuestamente había acabado tu padre.

—Otra risita malvada—. Pero el muchacho no se enteró de que tanto tu madre como yo ya sabíamos cómo iba a acabar todo para tu padre…

«el asesino». Todos estos años creyó que habíamos permitido que el asesino de su madre se largara sin más y que no había recibido el castigo que se merecía.

Supongo que por eso fue por lo que se hizo policía.

Pasó mucho tiempo buscando a tu padre, pero al final se frustró tanto que se le cruzaron los cables cuando volvió a ver a tu madre después de tanto tiempo.

—¿Por qué no fue a la policía en su día? ¿Por qué no contó lo que había oído?

James hizo un gesto de rechazo.

—Era un niño manipulable. Yo no podía correr el riesgo de que involucrara a la policía.

Había demasiado en juego. Así que lo convencí de que no había oído bien, que estábamos hablando de otra cosa, pero con el paso del tiempo, a medida que se iba haciendo mayor, empezó a investigar por su cuenta.

Juntó las piezas a su propio modo. ¿Entiendes?

Sienna asintió con la cabeza.

Así que su madre había muerto porque el niño de entonces, al igual que ella ahora, lo había interpretado todo mal.

Se le anegaron los ojos de lágrimas.

—Usted mató a todas esas chicas. Primero aquí y luego en el extranjero. Mi padre lo descubrió, por eso lo mató e hizo que cargara con la culpa.

El hombre alzó las cejas.

—¿Crees que eso fue lo que pasó? —Se rio—.

Qué equivocada estás. Al menos en lo referente a la muerte de tu padre.

—Cogió aire, la miró con lástima—. Voy a contarte todo desde el principio.

Mi Mary y tu padre hacía mucho que estaban liados, porque yo…

bueno… viajaba mucho por trabajo y no le prestaba a Mary la atención que esta exigía.

La cosa duró unos cuantos meses hasta que ella puso fin a la aventura, por lo visto porque se sentía incómoda por Isak y por mí.

Remordimientos y esas cosas. Me lo confesó todo y me juró que no volvería a pasar y durante unas cuantas semanas estuvimos como antes.

Al fin y al cabo, yo también tenía mis secretitos…

—Soltó una carcajada—. Por aquel entonces ya limpiaba en el Cliff Ville.

Un día encontró un colgante en forma de mariposa en mi armario.

Me preguntó de dónde había salido y no me quedó más remedio que decir que era un regalo para ella por nuestro aniversario de boda.

Se lo puso y no se lo volvió a quitar, lo llevaba incluso al trabajo.

»Y un día se cruzó con tu padre en el hotel.

Parece que reconoció el colgante porque, por la razón que fuera, seguía lo que se publicaba sobre los asesinatos.

Empezó a comerle el coco a mi mujer. Esa fue la pelea que vio la peque.

Mi Mary me vino con el cuento porque creía que tu padre se estaba pasando y que lo hacía por celos, porque ella había roto con él.

»Me di cuenta de que tu padre, y también Mary por mucho que lo sintiera, se estaban convirtiendo en un peligro.

Así que esa noche la golpeé, la llevé mar adentro, la hice desaparecer, al día siguiente denuncié su desaparición.

Obviamente también hice desaparecer un par de cosas suyas para que desde el principio se pudiera barajar la posibilidad de que se había largado.

Poco después se cayó la pequeña Amelie por el acantilado y ya solo se habló de ese accidente, cosa que me vino de perlas, porque además introdujo a tu madre en el plan.

Un día, tras la muerte de Amelie, se presentó en mi casa contándome entre lágrimas que creía que su marido había matado tanto a Mary como a la pequeña—¿Mi madre vino por motu proprio? ¿Por qué iba a hacer algo así?

—¿Porque hacía tiempo que estaba hasta el moño de tu viejo? Estaba al tanto de todas sus aventuras, que se follaba todo lo que se movía. Un día encontró un par de fotos de unas chicas denunciadas como desaparecidas. Se ve que se lo comentó, pero su maridito la mandó a paseo.

»Luego os vinisteis de vacaciones, que fue cuando discutieron tu padre y mi mujer.

Él reconoció el colgante de inmediato, hizo averiguaciones sobre mí, lo descubrió todo.

Intentó convencer a Mary para que fuera con él a comisaría, pero ella se negó.

Por desgracia le arrancó el colgante del cuello, poco después lo encontró tu madre y obtuvo con ello la prueba definitiva de que, aparte de ser un infiel compulsivo, tenía otro lado oscuro.

Cuando Amelie se cayó y tú le contaste lo que tu amiguita te había contado, o sea, que había visto a tu papá discutir con mi esposa, ya no hubo más excusas.

Marlene se plantó aquí. No tuve ni que molestarme en convencerla de que su marido era un pirado, ella ya lo sabía.

Así que repasé con ella sus opciones. La fue guiando en la dirección correcta y al final optó por lo mejor para ti.

Ir a la poli quedaba descartado por ti porque las consecuencias también recaerían sobre vosotras.

Pero tragar con todo y callar sin más, tampoco podía porque ¿y si morían más chicas a manos de tu padre?

Así que no me costó mucho convencerla de que lo mejor era matar a tu padre y hacerlo desaparecer y hacerlo pasar como que se había largado y que os había dejado tiradas.

Para darle mayor credibilidad, escondí el resto de mis trofeos en el maletero de su coche.

Tu madre los encontró poco antes de llevarlo al bosque, donde yo ya estaba esperando.

Acordamos que yo me encargaría de hacer desaparecer su ropa y su coche y que de vez en cuando te mandaría alguna postal haciéndome pasar por él. Y ya.

—¿Mi madre estuvo involucrada en la muerte de mi padre?

—¿Involucrada? —James soltó una carcajada sonora—.

¡Lo hizo ella, cariño! Menuda tía. Le echó algo en la copa, luego lo metió a él en el coche con la excusa de que tenía una sorpresa para él.

Poco antes me había llamado por teléfono para decirme que llevara un martillo al punto de encuentro.

Una vez allí, no perdió el tiempo, cogió el martillo y le destrozó el cráneo a tu padre.

Luego lo enterramos y yo me encargué de que tu padre siguiera existiendo durante algún tiempo.

Usé su tarjeta de crédito en el extranjero, le mandé a tu madre algún mensaje desde su móvil, dejando claro que el tío estaba hasta los huevos de su familia.

Sienna no daba crédito.

—¿Mi madre fue quien mató a mi padre? —Retrocedió hasta chocar con la pared, cayó de rodillas—. No… me lo creo.

—Y, sin embargo, así fue —dijo James sonriendo—. A saber, lo que me hubiera hecho si no llega a intervenir mi hijo.

—¡Hijo de puta, maldito! —La voz iracunda y profunda salió de la nada. Luego tanto James como ella notaron una sombra.

Isak estaba al otro lado del pasillo, apuntando su arma a la cabeza de su padre.

Al acercarse, Sienna recordó al joven agente con el que había hablado el otro día, solo que en esta ocasión su rostro no reflejaba amabilidad alguna, sino que se había convertido en una mueca pétrea.

Representaba a alguien cuya vida y fe, en cuestión de segundos, no solo se habían hecho añicos, sino que se habían desintegrado en polvo.

Se acercó hasta estar pegado a su padre, primero le lanzó una mirada sombría a Sienna, luego a James.

Tenía la vena de la garganta hinchada y le latía, los músculos del cuello estaban tensos.

Parecía estar luchando consigo mismo, debatiendo consigo qué hacerle a ese hombre, después de enterarse de que él era quien le había destrozado la vida.

De repente profirió un grito desgarrador que caló hasta lo más hondo de Sienna.

Observó a Isak, lo vio inspirar varias veces, sacar el seguro del arma, pegar el cañón en la sien de su padre.

—¿Algo más que quieras decir? ¿Que lo sientes, tal vez?

La voz de Isak no era más que un gruñido.

—Por favor —rogó Sienna asustada—. Ya ha muerto demasiada gente. ¿Por qué no vamos a la policía?

Isak soltó una risa triste, parecía el vivo retrato de su padre y Sienna no pudo evitar preguntarse cuánto no habría heredado de su sangre fría.

—Hijo —soltó James nervioso—. No tenías que haber oído esto.

Lo de tu madre… Me entró el pánico, ¿vale?

¿Y si tarde o temprano se enteraba de todo?

Siento mucho lo que le tuve que hacer y ojalá pudiera deshacerlo.

Volver atrás en el tiempo y hacer las cosas de otra manera.

—Se calló, miró suplicante a Isak—. Baja el arma, hijo. Hablemos con calma.

—¿Por qué? —preguntó Isak con tono neutral—. ¿Por qué hiciste lo que hiciste? Esas chicas, eran casi niñas, la pequeña Amelie, mi madre.

James dirigía nervioso los ojos de un lado a otro, luego soltó un hondo suspiro.

—Ya he explicado lo de tu madre, no tenía otra opción. Y esas niñas… —Se calló, se encogió de hombros—. Por nada concreto. Lo hice porque quería hacerlo y porque se presentaba la ocasión. Es como ir a cazar, ¿sabes? Me gusta ver cómo mueren otros seres vivos.

—¡Amelie tenía seis años! —chilló Sienna como enloquecida—. ¡Tenía toda la vida por delante!

—Eso no fue cosa mía. Tendrás que buscar a otro que cargue con la culpa. No entraba dentro de mi catálogo de presas.

Se oyó una detonación que interrumpió el asqueroso discurso de aquel hombre, su cabeza explotó ante los ojos de Sienna.

Sienna gritó, la sangre y la viscosa masa encefálica salpicaron la pared, el suelo y también la salpicaron a ella.

Al notarlas en la cara, le entraron arcadas.

Todo su ser se negaba a mirar la cabeza destrozada de aquel hombre que había causado tanto mal, sin embargo, no conseguía apartar los ojos de él.

Y entonces…

Cayeron sobre ella todas aquellas imágenes.

Imágenes de sangre.

Mucha sangre.

Y de un cuerpo destrozado al pie del acantilado del hotel.

—¡No! —gritó Sienna y se levantó de golpe, quiso salir corriendo, pero la mano de Isak la agarró del brazo.

—¡Quieta! —le ordenó entre dientes.

—¡Suéltame! —rogó Sienna, luego volvió a desplomarse, empezó a sollozar.

—Siento lo de tu madre —dijo él y sonó sincero, pero Sienna lo hizo callar sacudiendo la cabeza vehemente.

—Fui yo —balbuceó en shock, miró primero a un Isak atónito luego al cadáver de James—. Lo de Amelie, ¿me oyes? No fue mi padre, ¡sino yo!