20 Boscastle #2
James negó con la cabeza. De repente pareció abatido, casi triste, pero Sienna tuvo la sensación de que justo eso era la impresión que quería causar en ella.
—Tras la desaparición de Mary, Isak se fue con mis padres porque yo viajaba mucho por trabajo.
Me planteé en alguna ocasión si llevarlo conmigo, pero el niño prefería quedarse con los abuelos.
A día de hoy sigue sin gustarle lo de volar, prefiere quedarse en la patria.
Supongo que tiene que ver con la desaparición de su madre.
Aquí todo le recuerda a ella. Por eso me visita tan a menudo y eso que hace años que vive con su familia en Stratton.
Sienna asintió, señaló la foto de James en Canadá.
—¿Y esto cuándo fue?
James frunció el ceño.
—Eso fue en otoño del 2003. Era mi sueño ver con mis propios ojos el verano de san Martín en Canadá. ¡Qué colores! ¡Un sueño!
—¿Y en Nueva Zelanda cuándo estuvo?
—Eso fue en primavera del 2004. Tuve que ir por trabajo y aproveché para quedarme una semana más. ¿Ha estado alguna vez?
Sienna asintió.
—Tres días, por trabajo. Aunque no tuve ocasión de ver gran cosa.
—¿A qué se dedica si me permite preguntarlo?
Sienna tragó.
—Soy fotógrafa. Trabajo para una editorial especializada en guías turísticas. Supongo que heredé el talento para ello de mi padre.
El hombre asintió, pareció darse por satisfecho.
La ira en el interior de Sienna iba en aumento.
Vio la foto en Estados Unidos que mostraba a James en un helicóptero sobrevolando el Gran Cañón.
—Esto es impresionante.
James se hinchó de orgullo.
Fue una locura. Aquel vuelo me mostró lo insignificantes que somos las personas en comparación con los milagros de la naturaleza. Esa foto es del 2005, el día de mi cumpleaños. Es la única experiencia en la que a Isak le hubiera gustado estar.
Sienna asintió y se esforzó por mostrarse impresionada mientras que en su interior se le estaban encogiendo las tripas.
—Qué envidia. —Esbozó una sonrisa falsa, deseando que resultara creíble—. ¿Puedo usar el baño?
El hombre asintió.
—Al final del pasillo a la derecha.
Mientras salía de la sala, notó la mirada de James clavada en su espalda. Se preguntó si sus preguntas le habrían hecho sospechar o si el brillo de preocupación en sus ojos no eran más que imaginaciones suyas.
En el cuarto de baño cerró la puerta con llave, se arrodilló, soltó un sollozo ahogado.
¡Qué estúpida había sido!
Aunque no solo ella…
Su madre también estaba completamente equivocada.
Pensamientos absurdos y hechos cristalinos se fueron transformando en una imagen global.
Empezó a temblar, le costó no dejarse llevar por la ira. Tenía que mantener la calma, parecer relajada para no levantar sospechas en James.
Cogió aire.
¡La había engañado!
A todos ellos, a lo largo de décadas.
No había sido su padre quien había matado a todas esas chicas, sino él.
Primero en la zona, hasta que su padre lo había descubierto.
Por eso estaban las fotos de las chicas en su poder y por eso le había dicho a Ria que de momento no podía trabajar, sino que tendría que ocuparse primero de otra cosa.
Había tenido sus sospechas.
¿Era esa la razón de por qué se había peleado con Mary? Ella no le había creído y había acudido a su marido. Y por eso James arrojó a la pequeña Amelie por el acantilado. Porque había sido testigo de la riña entre la esposa de James y su padre.
Y Mary… Todo le daba vueltas a Sienna.
A ella también la había matado… era un riesgo demasiado grande después de que un desconocido le hubiera contado todas esas cosas horribles sobre su marido.
Puede que James temiera que tarde o temprano ella también empezaría a sospechar.
A Sienna le entraron arcadas cuando fue consciente de a dónde iba a parar todo. Se arrastró hasta el inodoro, subió la tapa, vomitó.
Cuando ya solo expulsó bilis, se limpió la boca, se levantó, respiró hondo.
Su padre…
No había sido él quien había enviado todas aquellas postales, sino James.
Pero ¿por qué iba a mandarle un desconocido postales? ¿Y firmadas con el nombre de su padre?
Sienna soltó un gemido de dolor.
Porque está muerto… ¡Hace mucho que lo está!
Aquello fue como un puñetazo. Durante una milésima de segundo le cortó la respiración, la hizo tambalearse.
James había matado a su padre aquel verano y había enterrado su cadáver en algún sitio.
Luego lo había hecho pasar como un marido que abandona a su familia. Lo había hecho porque sabía que su padre lo descubriría todo. Y luego había manipulado las pruebas para que fuera su padre el culpable a ojos de los demás. Por si las moscas…
Lo que significaba que de ahí en adelante no podía seguir matando dado que su padre, el supuesto asesino, ya no vivía en Inglaterra, sino que se había largado. Había convertido a su cazador en chivo expiatorio y por ello había tenido que seguir con sus asesinatos en el extranjero.
Y su madre…
Sienna sacudió la cabeza.
¿Cómo encajaba ella en todo esto?
¿Qué papel había desempeñado ella?
¿Sabía que su padre estaba muerto?
¿Que las postales no eran suyas?
Sienna recordó aquel momento de su infancia cuando le había contado a su madre cuál era su mayor deseo.
Su deseo era pasar un día con su padre, uno solo, eso debió de ser uno o dos años después de su desaparición.
Le había rogado a su madre, le había preguntado una y otra vez si vendría, pero la cara de su madre se lo había dicho todo.
Claro que lo sabía.
Puede que incluso estuviese implicada.
Pero ¿cómo?
Sienna cerró los ojos, repasó todo punto por punto. Era como un puzle de mil piezas del que tenía que averiguar por dónde empezar.
Su madre creía que su esposo era un asesino en serie.
Sienna asintió.
Puede que incluso permitiera que Janes lo matara.
¿Por qué?
¿Por chantaje?
Al fin y al cabo, creía que su marido era el culpable de la muerte de la esposa de James y de una niña. Más todas las chicas de los años anteriores.
Por miedo a que la verdad saliera a la luz, cosa que hubiera afectado tanto a ella como a Sienna, había urdido un plan con James para ocultar la muerte de su marido.
De ahí las postales.
Y un día descubrió los artículos sobre las chicas desaparecidas y asesinadas en el extranjero. Todas ellas asesinadas tras la muerte de su esposo.
Solo tuvo que sumar dos más dos para comprender que la habían engañado. Que su marido no era el asesino, sino el hombre al que había encubierto todos estos años.
Por eso había regresado.
Para hacer justicia.
Le había confesado todo a su suegra, los hechos y los motivos. Eso había desencadenado el ataque de Serafina, al comprender que, durante todos esos años, había esperado en vano a su hijo.
Su madre había ocultado la caja en el armario de Serafina, por temor a que James la encontrara y la hiciera desaparecer junto a ella. Había quedado con él, pero antes quería conseguir otra prueba para la policía.
Por eso aquella noche había salido con una pala en la mochila. Porque había querido desenterrar los restos de su marido…
Sienna rompió a llorar.
Más arcadas.
—¿Está bien? —oyó de repente la voz de James, un miedo atroz se apoderó de ella.
De nuevo esa voz al acecho.
¿La había desenmascarado?
¿O había levantado sus sospechas al quedar tanto tiempo encerrada en el baño?
—Estoy bien —respondió Sienna rápidamente, pero no pudo evitar que su voz sonara como un balbuceo.
Se levantó, se enjuagó la boca en el lavabo, se lavó la cara con agua helada.
Cuando creyó ser de nuevo dueña de la situación, abrió la puerta, salió al pasillo y se encontró con una escopeta apuntándola.