La niña de la habitación número 11 20 Boscastle
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VEINTE

BOSCASTLE

Sienna tenía el corazón desbocado al dirigirse hacia la casa de la familia Wood. Titubeó un instante, luego extendió la mano, tocó al timbre.

Nada.

Volvió a intentarlo, esperó.

Por fin oyó un chirrido en el interior, se preparó.

Se abrió la puerta y ante ella apareció un hombre en silla de ruedas.

La observó atentamente, de hecho, con gesto cordial, ladeó la cabeza.

—Deje que advine: quiere venderme algo o soltarme algún rollo… —Sonrió, soltó una sonora carcajada al ver cómo a ella se le abría la boca de asombro—. Estaba bromeando, señorita. Por favor, no se enfade con este viejo por una broma.

Sienna quedó mirando al hombre, sin saber muy bien cómo manejar su forma de ser. Por un lado, parecía relajado y resuelto, casi simpático, pero por otro lado había algo que le decía que se anduviera con ojo.

Cogió aire, le devolvió la sonrisa.

—Ni quiero venderle nada ni convencerlo de nada tampoco —explicó—. Soy Sienna Aschenbrenner y estoy aquí… —Calló de golpe.

¿Por qué estaba aquí? ¿Qué quería de este hombre? Por una milésima de segundo estuvo tentada de dar media vuelta y salir huyendo, pero entonces comprendió que era la silla de ruedas la que la desconcertaba.

—Tengo esclerosis múltiple —dijo el hombre, como leyéndole los pensamientos—. ¿Sabe lo que es?

Sienna asintió avergonzada.

—Siento mucho haberlo mirado de esa forma —se disculpó.

—No se preocupe —respondió el hombre—. Llevo con esta mierda desde hace casi doce años. Por suerte, solo tengo que tirar de la silla en ocasiones especialmente jodidas. O cuando tengo una crisis aguda.

—Entonces ¿hoy no tiene un buen día? ¿Prefiere que vuelva en otra ocasión?

El hombre sonrió.

—Ni siquiera sé a qué ha venido.

Sienna tragó.

—Eso… no es fácil de explicar. He venido porque quiero hablar con usted sobre Mary. Desapareció hace mucho tiempo, igual que mi padre. —Calló, miró alrededor, volvió a dirigirse al hombre—. ¿Le importaría si hablamos dentro? Lo que le quiero comentar no es algo que convenga hablar en la calle.

Poco después estaban sentados uno frente a otro en un salón muy acogedor. Sienna se sentía embotada. De repente, no supo por dónde empezar, abrió la boca un par de veces, pero volvió a cerrarla.

—Tranquila —trató de ayudarla el hombre mirándola con amabilidad en los ojos.

Ella asintió con la cabeza, tragó.

—Su esposa, Mary, trabajaba en el Cliff Ville.

—De eso hace mucho —respondió James Wood asintiendo.

—Mi padre también desapareció por esa época… o, mejor dicho, nos abandonó. De la noche a la mañana y no apareció nunca más. Por aquellas fechas y también en el Cliff Ville perdió la vida una niña llamada Amelie. Cayó por el acantilado.

Sienna se detuvo, miró expectante al hombre.

—Recuerdo a la niña —explicó él—. Su muerte causó una gran conmoción. Tanto que eclipsó casi por completo la desaparición de mi mujer. De todos modos, todo el mundo creía que se había largado, que me había abandonado para no volver.

—Y usted, ¿qué cree?

James Wood suspiró.

—Ojalá esté bien y ojalá fuera eso: que quería largarse, pero para ser sincero, creo que ha muerto hace mucho.

Sienna se asustó al ver el rostro del hombre, en cuestión de segundos pareció envejecer años. Pero había algo más que no supo identificar.

—Mi padre —prosiguió ella—, creo que hizo cosas horribles. Y creo que esas cosas tienen que ver con la desaparición de su esposa. —Cogió aire, guardó silencio un instante—. ¿Sabe por casualidad si su esposa conocía a mi padre? Se llama Allen Ward.

El hombre frunció el ceño, reflexionó. Finalmente, negó con la cabeza.

—No me suena de nada. ¿Por qué quiere saberlo?

Sienna se encogió de hombros.

—Lo dicho, los dos desaparecieron casi al mismo tiempo. Y creo que existe una relación. Y si es así, tenían que conocerse.

James miró a Sienna.

—No necesariamente. Quiero decir, Mary limpiaba las habitaciones del Cliff Ville. Y si usted veraneaba allí con su familia, su padre y mi mujer tuvieron que cruzarse, sin por ello tener que conocerse.

Sienna negó lentamente con la cabeza.

—Hay algo que usted no sabe. —Calló, meditó sobre cómo formular lo que quería decir, tragó para combatir el malestar en su interior.

—En todos estos años yo no supe qué había pasado exactamente durante ese verano, pero ahora…

ahora lo recuerdo—. Inspiró hondo, decidió omitir lo de la sesión de hipnotismo, empezó por lo más importante—.

Esa niña… Amelie… era mi amiga —explicó Sienna—.

Estaba alojada con sus padres en la habitación número once del Cliff Ville y ella y yo estábamos siempre juntas.

Un día me dijo que había visto a mi padre discutir con la chica de la limpieza.

Que la agarró del cuello, que la asustó.

—Le falló la voz, carraspeó, eludió la mirada de James.

—¿Qué pretende decirme? —preguntó él en voz baja—. ¿Que su padre le hizo algo a mi Mary?

—Quizás —admitió Sienna con voz cortada—. Al menos le daría sentido a la pelea que vio Amelie.

—¿Y si pelearon por otro motivo? ¿Algo relacionado con el trabajo de Mary?

Sienna negó con la cabeza.

—No creo —logró emitir—. Mi padre no es… no es… una buena persona, ¿entiende? —Titubeó de nuevo en busca de palabras—. Como también creo que el accidente de la niña no fue tal.

—¿Qué insinúa? —De repente la voz de James adquirió un tono duro, casi… al acecho.

—Está claro —explicó Sienna en voz baja—. Amelie me habló de la pelea que vio. Poco antes de desaparecer su esposa. Y luego… creo que dos días después… Amelie cayó por el acantilado. Ella – la única testigo de la riña entre mi padre y su esposa. Eso no puede ser casualidad.

James le cogió la mano, se la apretó con fuerza, clavó una mirada de acero en su rostro.

—¿A dónde quiere ir a parar? ¿Y por qué cree que su padre es una mala persona? ¿Qué ha hecho?

Sienna inspiró hondo. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Creo que ha matado a mi madre. Porque sabía algo de él que no podía salir nunca a la luz. Algo muy, muy malo.

El hombre la miró con lástima.

—Siento lo de su madre. ¿Qué pasó?

Sienna sacudió la cabeza.

—Hacía siglos que no venía a esta zona. Creo que desde que desapareció mi padre. Y de repente, hará un mes, viene así sin más y la agreden. Los golpes que le dieron fueron muy graves, tanto que murió a los pocos días.

El hombre la miró preocupado.

—¿Y cree que fue el padre de usted?

—¡Lo sé! —respondió Sienna más fuerte de lo intencionado—. Porque sabía lo que había hecho.

—¿Y qué hizo?

El sabor de la bilis le llegó a la boca, Sienna tragó, jadeó.

El hombre abrió asustado los ojos.

—¡Dios mío! ¿No se encuentra bien? ¿Quiere un té?

Sienna asintió agradecida, siguió luchando contra las lágrimas. Se concentró en respirar, se obligó a no perder la compostura.

James asintió con amabilidad, se dirigió en su silla a la cocina.

Sienna se preguntó si no debería ofrecer por lo menos su ayuda, echarle una mano, pero decidió que sería mejor para todos seguir allí sentada tratando de poner algo de orden en el caos que tenía en la cabeza.

Se recostó en el sofá cuando se fijó en las fotografías enmarcadas y expuestas en la repisa de la chimenea.

Sabía que era de mala educación levantarse para mirar las fotos privadas de desconocidos, pero no pudo controlar la curiosidad.

Era como si aquellas fotos la estuvieran llamando misteriosamente.

Algo en su interior se removió al ver en una de las fotos una familia feliz. Reconoció a James, a Mary, que abrazaba cariñosamente a un niño de unos seis años.

Algo en su interior empezó a despedazarse. Ese niño…. Algo en su rostro le resultaba familiar. Sintió que lo había visto antes.

Puede que Mary lo llevara de vez en cuando al trabajo al hotel.

¿Habían ella y Amelie jugado con él?

Pero había algo más…

Notó un cosquilleo en su interior, como mariposas en el estómago, y de repente lo supo.

Su madre…

En el hospital había mencionado a un niño pequeño.

Sienna lo había achacado como algo sin sentido debido a la lesión cerebral, pero ahora comprendió que se había equivocado.

¿Podría su madre haberse referido a este niño?

Y si sí, ¿por qué?

¿Qué pintaba en todo esto un niño que en aquella época tendría unos seis años?

¡Puede que tanto o nada como Amelie!, sugirió la voz de su cabeza.

Sienna suspiró, luego estudió las demás fotos.

Mostraban a un joven y atractivo James pescando salmones en Canadá, buscando oro en Australia y haciendo parapente en Nueva Zelanda y los Estados Unidos.

Aquellas fotos tenían algo inquietante, pero Sienna no supo decir por qué. Cuando todo empezó a darle vueltas, cerró los ojos para sofocar el mareo. ¿Qué demonios le estaba pasando?

¿En serio eres tan idiota?, la voz estaba furiosa. Lo tienes delante de tus narices ¿y sigues sin verlo?

Cuando por fin todo encajó y Sienna comprendió por fin, creyó que iba a desplomarse. Se agarró a la repisa, no pudo apartar los ojos de las fotos.

Canadá.

América.

Australia.

Nueva Zelanda.

¡Las postales!

Y de repente… dejaron de llegarle.

Supuestamente porque su padre quería empezar de cero.

Sienna parpadeó cuando empezó a ver borroso. Tuvo que concentrarse para no desmayarse y seguir mirando las fotos de James mientras la ira se iba abriendo paso en su interior. No sabría decir con quién estaba más furiosa, si con ella misma o con este cerdo asqueroso o su propia madre.

—Hace mucho que quiero deshacerme de esas fotos. —La voz de James se abrió camino entre la espesa niebla.

Sienna se giró de golpe, asustada.

—Lo siento —farfulló—. No quería… es decir… —Se calló.

James sonrió.

—No pasa nada. La verdad es que son unas fotos fantásticas. A mí también me gusta mirarlas, pero en días como hoy me ponen triste.

¡Disimula!, susurró la voz en su interior y Sienna se concentró en parecer lo más relajada y neutral posible.

—¿Cuándo estuvo en Australia? Qué emocionante lo de buscar oro. ¿Encontró algo?

—Eso tuvo que ser en primavera del 2003. —James se rio—. No fue tanto, pero llegó para pagar un par de buenos chuletones.

—¿Y su hijo? ¿También lo acompañaba?