La niña de la habitación número 11 19 Boscastle
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19 Boscastle

DIECINUEVE

BOSCASTLE

Sienna cogió con manos temblorosas otro botellín del minibar y vertió su contenido en el vaso.

Sopesó si mezclar el ron con Cola o con zumo de naranja, pero decidió que las circunstancias bien justificaban tomarlo a palo seco.

Lo tomó de un solo trago, notó el alcohol llegar al estómago, calentar su interior convertido en hielo.

Todo le daba vueltas. No por culpa del alcohol, sino por los pensamientos sombríos que campaban a sus anchas y le quitaban la respiración.

Su padre un asesino…

¿Estaría cerca?

¿La estaría observando?

De solo recordar que aquel hombre, siendo ella niña, la había llevado a caballito, la había llamado princesa y se había pasado horas leyéndole cuentos, se le revolvía el estómago.

¿Le haría daño a ella, sangre de su sangre?

Lo dudaba.

¿O lo deseaba?

Por otro lado, había matado a chicas, niñas casi, a su propia mujer.

¿Por qué entonces no hacer lo mismo con ella?Sienna se dobló hacia delante, jadeó.

En su interior se había desencadenado una tempestad, una especie de tsunami emocional, pero si lo analizaba a fondo, había algo más, algo mucho más sombrío. Como un volcán a punto de despertar y Sienna no sabía si sería mejor sofocarlo o dejarlo explotar.

De repente, salida de la nada, surgió una imagen en su cabeza.

Una niña, rodeada de sangre, mucha sangre, al pie de un acantilado.

Sienna cerró los ojos con fuerza, pero la imagen no desapareció.

¿Por qué veía constantemente a esa niña?

¿Por qué la oía?

¿Por qué soñaba con ella?

¿Podía ser que su muerte no hubiera sido un accidente?

¿Sería una víctima más de su padre?

A Sienna le entraron arcadas.

Pensar que su padre había podido hacerle daño a Amelie, teniendo una hija de su misma edad, era demasiado.

Los sollozos se abrieron paso en su garganta.

Por mucho que deseara que las cosas fueran diferentes, sabía que habían sido así y no de otra manera. ¿Por qué si no iba a mandarle su subconsciente pistas en forma de alucinaciones e imágenes repentinas?

¿Y la mujer?

¿Y Mary?

Trabajaba en esta misma casa.

Desapareció poco antes de morir Amelie.

Sienna estaba convencida de que no se había ido voluntariamente.

Tantas chicas muertas, Amelie y luego… Mary.

Tenía que estar involucrada también.

Cierto que la mujer era algo mayor como para entrar en el tipo de presa de su padre. Así que tenía que haber otra razón para haberse desecho también de ella.

¿Acaso había presenciado algo?

Y Amelie…

¿También había visto algo que no debiera?

Algo en el interior de Sienna se partió.

Como un muro hecho añicos dentro de su cerebro.

Recordó las palabras de la anciana.

Se levantó de golpe, corrió al pasillo, golpeó la puerta de la habitación número nueve.

Al cabo de un rato, la mujer abrió y Sienna rompió a llorar de alivio.

—Me dijo que usted ayudaba a las personas a recordar.

La anciana asintió con la cabeza, miró preocupada a Sienna.

—Sí, pero no sé si en su estado…

—Por favor —la interrumpió Sienna con voz suplicante.

La mujer suspiró, se apartó.

—Está bien. Pase.

—Tiene que relajarse, ¿vale? Respire tranquila, deje la mente en blanco, déjese llevar solo por mi voz. ¿Entendido?

Sienna asintió con la cabeza.

—Cuando funcione y esté usted hipnotizada, será como si estuviera durmiendo y soñando. Da igual lo que vea, da igual lo que oiga: no le pasará nada. Está usted completamente a salvo.

Otro gesto de asentimiento.

—Vale, pues allá vamos.

Sienna se recostó contra las almohadas de la cama, cerró los ojos, intentó alejar de sí los pensamientos y emociones, se concentró en su respiración y escuchó atenta las palabras de la anciana.

Le entró el sueño, sus extremidades pesaban.

Entonces surgió cual relámpago la primera imagen en su cabeza.

Una niña.

Corría escaleras abajo, por un pasillo oscuro, finalmente se detuvo delante de una puerta.

Por una milésima de segundo Sienna fue consciente de la inminencia de un ataque de pánico, pero entonces oyó las palabras de la anciana llegándole como a través de una niebla espesa, respiró hondo para combatir el miedo.

Se obligó a quedarse, vio cómo la niña estiraba la mano y llamaba a la puerta. Reconoció el número once en la madera, se asustó cuando ni un segundo después salió una segunda niña de la habitación.

Sienna corrió tras ellas, las vio correr por las escaleras y hacia fuera, jugando al pillapilla.

Era una escena armoniosa, pero entonces…

Sienna jadeó, se puso tensa. Vio que la niña que había salido de la habitación número once le decía algo a la otra niña y la enfurecía. Se empujaron.

Las niñas se pegaron, se gritaron, pero por mucho que Sienna intentaba captar las palabras, no consiguió entenderlas.

¿O no quiso entenderlas?

Un dolor agudo le atravesó la cabeza, luego empezaron a pitarle los oídos.

Luego un crujido.

Como si alguien hubiera bajado de golpe el volumen.

La cogió por el cuello…

Sienna frunció el ceño.

¿De dónde había salido esa voz?

Se pelearon y luego él la cogió por el cuello.

Sienna empezó a temblar. No sabía si esa voz salía de su propio ser, si la estaba oyendo realmente o si solo era un recuerdo.

¡CONCÉNTRATE!

Resopló, inspiró.

Cogió aire y volvió a soltarlo.

¡OTRA VEZ!

Coge aire.

Despacio.

RESPIRA.

Por fin consiguió tranquilizarse y se concentró de nuevo en las niñas.

Habían salido del hotel, corrían hacia el acantilado.

Una de las niñas parecía muy enfadada. Y completamente consternada, casi desesperada.

La otra niña, la niña de la habitación número once – Amelie – Sienna estaba convencidísima de que era ella, estaba aterrada.

Déjame en paz, le gritaba por encima del hombro a la otra niña.

Pero su perseguidora no la soltaba, igual que un pitbull.

Admite que estás mintiendo.

¡Admite que solo quieres enfadarme!

¡No!

¡Te odio!

¡Me da igual!

¡Admite que te lo has inventado todo!

No lo he hecho. Tu padre le gritó a esa mujer. Estaban peleándose. Y él parecía furioso. Tenía cara de ogro. Y entonces la agarró.

Sienna vio cómo la otra niña alargó el brazo, agarró a la niña de la habitación número once por el pelo y tiró de ella.

Las dos fueron a trompicones acercándose al borde cuando la niña de la habitación número once se soltó y…

Sienna soltó un grito.

—¿Ha visto algo revelador? —quiso saber la mujer.

Sienna se la quedó mirando, incapaz de pensar con claridad. Entonces asintió levemente.

Vaya si había visto, mucho más de lo que estaba dispuesta a soportar.

La bilis le llegó hasta la garganta.

—¿Quiere que pida ayuda? Parece estar a punto de desmayarse.

—Estoy bien —balbuceó Sienna con voz rota y se incorporó. Miró a la mujer, tragó—. Tengo que irme.

—No creo que sea una buena …

—¡Tengo que hacerlo! —la interrumpió Sienna—. Muchas gracias por su ayuda. Ni se imagina lo mucho que esto significa para mí. —Se levantó, trató de dominar el mareo, miró a la mujer—. En serio, estoy bien.

De vuelta en su propia habitación, Sienna se puso el abrigo, bajó al vestíbulo. Al ver que hoy era la jefa la que se encargaba del turno de noche, respiró aliviada.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

La mujer de detrás del mostrador asintió con la cabeza, miró preocupada a Sienna.

—¿Se encuentra bien? Está usted pálida. ¿Le ha sentado mal la comida? ¿Quiere que llame a un médico?

—Estoy bien, por dios —dijo Sienna con más brusquedad que la intencionada. Alzó las manos para disculparse al ver que sus palabras habían afectado a la mujer—. Lo que pasa es que necesito averiguar algo acerca de una mujer que estuvo empleada en este hotel hace unos veinte años. Se llamaba Mary.

Sienna se dio cuenta de que, por una milésima de segundo, la mujer frente a ella se sobresaltó, pero recuperó el control al instante.

—¿Por qué quiere saberlo?

Sienna suspiró.

—Porque ese mismo año en el que desapareció Mary también desaparecieron la pequeña Amelie y mi padre. No sé, pero tengo la sensación de que está todo relacionado.

La mujer miró a Sienna con ojos amables.

—Amelie estaba jugando junto al acantilado cuando cayó al vacío.

Era un terremoto, no paraba quieta. Y se dice que Mary huyó de su marido.

No se encontró ningún cadáver, ningún indicio de que hubiera sido víctima de un crimen.

—Calló, miró a Sienna—. ¿A qué se refiere cuando dice que su padre también despareció?

—Nos abandonó a mi madre y a mí. Creo que fue cuando estábamos veraneando en este mismo hotel.

—Pero ¿qué tiene que ver con el accidente de Amelie y la desaparición de Mary? Creo que está usted imaginando cosas.

Sienna sacudió la cabeza con impaciencia.

—Por favor, necesito saber de dónde era Mary. Sé que se apellidaba Wood, pero en esta zona hay varios que se apellidan así.

La mujer soltó un suspiro hondo.

—Mary era de Boscastle, o, mejor dicho, lo era su marido James.

Nació y se crio aquí. Ella se mudó aquí tras la boda.

Creo que era originaria de Londres, pero no lo puedo asegurar.

El caso es que vino a pedirme trabajo porque no tenía carné de conducir.

Tanto daba que diluviara o que hiciera un sol de justicia, ella siempre venía en bicicleta al trabajo. Hasta que un día dejó de venir.