La niña de la habitación número 11 18 Boscastle
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18 Boscastle

DIECIOCHO

BOSCASTLE

Sienna seguía temblando cuando metió el coche en el recinto del hotel y se apeó. Las piernas parecían de mantequilla, el corazón estaba desbocado.

Quería largarse de aquí.

Ya.

Volver a casa. Pero no podía.

No antes de que todos, TODOS los cabos sueltos estuvieran atados y llevaran a la imagen global. Para ello seguían faltándole un par de diminutas piezas.

Tambaleando rodeó el coche, abrió la puerta del acompañante, sacó el bolso. Luego cerró el coche, cogió el camino hacia el hotel.

Ahora se prepararía una copa, la tomaría con calma mientras repasaría todo hasta dar con esa imagen final. Pero antes…

Recordó que había pedido que le subieran comida a la habitación y que al final no la había tocado. Así que antes de arrancar, comería algo porque con el estómago vacío nunca había hecho gran cosa.

Una vez en la habitación, tiró el bolso sobre la cama, levantó el cubreplatos, quedó mirando el bocadillo de pollo asado, verduras, queso y beicon y que seguía teniendo un aspecto muy apetitoso.

Se sentó, empezó a comer, se obligó literalmente a masticar y tragar cada uno de los bocados porque cada fibra de su cuerpo parecía negarse a ingerir cualquier alimento y todo por culpa de la rebelión desencadenada en su cabeza.

Tras acabar, se levantó, fue al minibar, cogió un botellín, lo mezcló con Cola, tomó un buen trago. A pesar de que su estómago seguía luchando con la comida, notó que los carbohidratos y las proteínas le estaban aportando un poquito de energía.

Se sentó en la cama, sacó la caja del bolso, la abrió.

Luego cuadró los hombros.

No podía ser casualidad que estas piezas se parecieran a las de las chicas desaparecidas y asesinadas. La explicación tenía que ser que su madre había encontrado las joyas en su día. La cuestión era si había captado lo que significaban.

Sienna suspiró al darse cuenta de que esta pregunta ya no recibiría respuesta. Sin embargo, podía tratar de descifrarla dejándose guiar por la lógica.

Cogió el móvil, buscó una vez más todos los artículos, comparó las fechas. Al descubrir que todas esas jóvenes habían desaparecido o muerto antes de que se largara su padre, se quedó sin aire. La última chica… Clara… desapareció el mismo año en que su padre las abandonó a ella y a su madre.

Para ser más exactos, dos meses antes.

Todas las demás desaparecieron o murieron en los años anteriores.

Sienna recordó que su padre solía venir a Boscastle sin su familia. Venía a visitar a la abuela.

O sea, había tenido ocasiones de sobra para dejar rienda suelta a ese asqueroso lado de su personalidad.

Una vez hubo desaparecido él, ya no hubo más desapariciones ni muertes de chicas.

Sienna se preguntó cómo era posible que la policía no hubiera visto que esas jóvenes tenían que estar relacionadas de algún modo. Habían preferido condenar al exnovio de Rowan y archivar los demás asesinatos como casos sin resolver.

Su madre había sido periodista, una de las mejores. Y ella, Sienna, había heredado algo de su capacidad deductiva y asociativa.

¿Y si su madre lo había descubierto todo veinte años atrás?

Podía ser que hubiera encontrado la colección de joyas… los trofeos de su marido… y que empezara a investigar.

Sienna recordaba a su madre como una persona a la que le importaba mucho lo que los demás pensaran de ella.

Jamás se le hubiera ocurrido salir en pijama a tirar la basura o a la compra en chándal.

Aparte de en el hospital, tampoco la había visto jamás sin maquillar. Esta mujer había dado tanta importancia a lo que su entorno pensaba de ella que Sienna se había metido en más de una ocasión con ella por eso.

Motivo más que suficiente para que su madre no hubiera acudido a la policía.

Si se hubiera descubierto que el marido de la gran periodista Marlene – por aquel entonces Ward – era un loco matachicas, ¿qué no pensaría la gente de ella?

A Sienna no le costó imaginarse a su madre debatiendo consigo misma. Por un lado, su sentido de la justicia que la instaría a presentarse ante la policía con todas la pruebas. Pero al final había prevalecido su instinto de autoprotección y la había hecho optar por guardar silencio.

¿O lo había hecho por su hija?

Sienna también habría sufrido en caso de condenar a su padre por asesino en serie.

¡Sigue!, le instó la voz en su cabeza. Estás muy cerca…

Sienna cerró los ojos, apretó las sienes con la punta de los dedos.

Así que su madre estaba al tanto de los asesinatos y de que el asesino era su marido, sin embargo, había decidido, por el bien de su hija y el suyo propio, mantenerlo en secreto.

No cabía duda de que ya no se veía capaz de convivir con un loco. Así que él se había largado.

¿Se lo habría impuesto Marlene? ¿Sería la condición que le había puesto? ¿Desaparecer de inmediato y no volver nunca más?

Eso explicaría la lucha de su madre en el juzgado de familia para que Sienna pudiera adoptar el apellido del nuevo marido de Marlene sin necesidad de un consentimiento por parte de su padre biológico.

Luego las postales que le había sacado y escondido.

Su madre detestaba a aquel hombre, lo había querido expulsar de sus vidas, con todas sus fuerzas, ahora cobraba todo sentido.

Pero ¿por qué había regresado aquí?

¿Porque estaba en posesión de las joyas y, tras tantos años, había decidido desprenderse de ellas?

De ahí que escondiera la caja en el armario de Serafina.

¿Y el ataque de la anciana?

¿Le había contado su madre la verdad? ¿Que su hijo era un asesino? ¿Que por eso no venía a visitarla, porque su esposa le había exigido desaparecer para siempre?

Es posible, pensó Sienna, resopló.

Pero ¿por qué habían agredido a su madre?

Desde el primer momento Sienna se había negado a aceptar que había sido cosa de una banda de adolescentes borrachos.

No, a su madre la habían atacado única y exclusivamente para matarla.

Pero ¿por qué?

¿Después de tantos años?

Sienna agarró la copa, la apuró de un trago.

¿Y si había vuelto a aparecer su padre?

Tal vez se había cansado de andar por ahí, lejos de su tierra.

¿Quería restablecer el contacto con su hija o con Serafina?

¿Había matado a su exesposa después de que esta lo amenazara con acudir a la policía?

Sienna dejó que estas ideas se asentaran en su cabeza, sin embargo, algo parecía no encajar.

Al menos no del todo.

Faltaba algo.

La imagen seguía incompleta, le causaba casi dolor físico.

De repente notó un pinchazo en el pecho.

Los artículos en el historial del móvil de su madre.

Sienna se levantó de golpe, abrió la mesilla de noche, sacó el aparato del cajón.

Lo encendió, abrió el historial, leyó los artículos.

¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Estas chicas habían desaparecido o habían sido encontrado muertas en los mismos lugares desde donde su padre le mandaba las postales. Uno de los cadáveres había sido encontrado poco antes de la agresión a su madre.

Así que su madre había descubierto que ese hombre había seguido asesinando en el extranjero y no había querido seguir conviviendo con la certeza de que esas chicas habían muerto por su culpa.

De modo que había venido a Inglaterra, establecido contacto con él y… Sienna sacudió la cabeza.

¿Y qué?

Soltó un quejido al recordar la pala que su madre llevaba en la mochila.

Ir a la policía hubiera significado tener que admitir que había guardado silencio durante demasiado tiempo. Su madre pensaría que la acusarían de cómplice.

Así que había decidido matar a su exmarido y, a continuación, deshacerse de las pruebas. Por eso había regresado y se había puesto en marcha en plena noche con una pala en la mochila.

Sin embargo, su plan no había salido bien.

No había conseguido matar a su exmarido… No, en vez de eso, ella misma se había convertido en una víctima más.