La niña de la habitación número 11 17 Boscastle
78%

17 Boscastle

DIECISIETE

BOSCASTLE

Sienna se planteó por un instante si llamar un taxi e ir comisaría, pero al final, a pesar del alcohol en sangre, optó por ir en su coche.

Concentrarse en el tráfico y la carretera le ayudó a librarse, al menos por un breve período de tiempo, del caos mental que la atormentaba.

Aparcó, se apeó. Estaba a punto de dirigirse a la entrada cuando de repente se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué decirle al detective Roth.

Aquella misma tarde le había devuelto el colgante a Gerry y las otras piezas… Sienna tragó.

En el fondo todo eso no significa nada, fue la voz en su cabeza la que tomó la palabra.

Sienna era plenamente consciente de que había otras explicaciones, completamente diferentes, mucho más optimistas, pero, aun así… No conseguía dominar esa sensación que la estaba horadando por dentro, dominar su respiración; era como si de repente su propia piel le quedara pequeña.

Los pensamientos se estrellaban en su cabeza, le causaban dolor.

Soltó un leve gemido.

Puede que tu abuela haya, efectivamente, encontrado el colgante…

Sienna negó con la cabeza.

Demasiado vago.

La pulsera de la amistad… las hay a miles. Tú misma tuviste una muy parecida.

Pero la de la cajita era idéntica a la de la chica de internet. Y los pendientes de perlas eran igualitos a los de la turista alemana desaparecida.

Son piezas que prácticamente todas las mujeres tienen en su joyero.

No, pensó Sienna y se asustó cuando un hombre pasó aprisa a su lado y la miró irritado.

¿Acababa de pensar en voz alta?

Suspiró.

Y estaba el colgante en forma de corazón de Clara, el broche en forma de rana de Rowan.

Imposible que fuera coincidencia.

Cuadró los hombros, metió la mano en el bolso, la sacó de golpe al tocar con la punta de los dedos la madera de la caja.

—El detective Roth ya se ha ido —le explicó poco después un joven agente que la observó con detención—. ¿Puede ayudarla yo? Por cierto, me llamo Isak, ¿y usted?

Sienna se sintió extrañamente vulnerable, casi desnuda incluso, bajo aquella mirada penetrante.

—Soy Sienna. —Miró al suelo, en busca de palabras—.

El detective Roth está al cargo del caso de mi madre, murió de muerte violenta.

Se llamaba Marlene Aschenbrenner. La asaltaron hará unas cuatro semanas en Boscastle y falleció poco después en el hospital a consecuencia de las graves lesiones en la cabeza.

El agente frunció el ceño, acabó asintiendo con la cabeza.

—Conozco el caso —dijo—. ¿Ha venido a preguntar si hay algún avance?

Sienna negó con la cabeza.

—No exactamente. Quiero decir, sí, por supuesto, me interesaría saberlo, pero lo cierto es que he venido por otro motivo. —Señaló una silla delante del escritorio del agente—. ¿Puedo sentarme?

El hombre asintió.

Tras haberse sentado, Sienna sacó la caja de madera del bolso, la dejó en la mesa, frente al agente.

—He venido por esas chicas que fueron asesinadas hace más de veinte años o que llevan desaparecidas desde entonces.

—Se calló, se encogió de hombros—. No sé cómo explicarlo, pero creo que lo de mi madre podría tener algo que ver.

Al igual que el hecho de que mi padre se largara así sin más por esa época.

—Miró al hombre, le costó mantener la calma y sonar segura.

Señaló la caja—. Ahí dentro hay un montón de joyas.

La he encontrado en el armario de mi abuela.

Lleva más de veinte años en una residencia y las enfermeras están completamente seguras de que esta cajita no estaba ahí antes de que fuera mi madre a visitarla.

El hombre frunció el ceño.

—Me temo que no la sigo.

Sienna respiró hondo.

—Estoy convencida de que mi madre escondió la caja en el armario de mi abuela. No sé por qué, pero es un hecho que, tras varias décadas, regresó aquí y poco después la agredieron. Tiene que estar relacionado con la caja. O al menos con lo que les ocurrió en su día a esas chicas.

Sienna observó al agente mientras este abría la caja y contemplaba las joyas.

Al final, la miró a ella.

—¿Podría explicarme de manera concreta a qué se refiere exactamente?

—En la caja había un colgante en forma de mariposa.

Una pieza muy antigua. Pensé que pertenecía a mi abuela, pero luego resultó que era de una chica que había desaparecido hacía más de veinte años en Boscastle.

La chica se llamaba Jessica y era de Manchester.

Gerry, un amor de verano, le había regalado el colgante.

El policía sacudió la cabeza.

—¿Y cómo sabe usted eso?

Me lo contó el propio Gerry. Y he reconocido el colgante en la foto que los padres de Jessi le dieron en su día a la policía y a la prensa.

—¿Y todo esto? —El hombre señaló la caja.

—Algunas piezas pertenecían a las otras chicas desaparecidas o muertas.

—Se inclinó hacia delante, señaló la rana—.

Era de una tal Rowan L. Desconozco su apellido.

Pero sé que responsabilizaron a su exnovio, a pesar de que este siempre aseguró ser inocente.

Y esa pulsera de la amistad… era de una tal Patricia, de aquí, de la zona. Su amiga Susan tenía una igual.

—¿Y todo eso lo ha sacado de las fotos de las desaparecidas?

Sienna asintió.

—El corazón era de una tal Clara y los pendientes de perlas, de una chica llamada Sandra.

El agente estuvo mirando fijamente las piezas, hizo una mueca. Luego miró muy serio a Sienna.

—¿Qué es lo que quiere decirme?

Sienna se encogió de hombros, de repente creyó romperse por dentro. Abrió la boca, pero no consiguió articular palabra. Era como si su voz se hubiera puesto en huelga. Casi como si se negara a pronunciar la verdad.

Ella asintió sin fuerzas.

—Creo que tiene los nervios destrozados por lo que le ha ocurrido a su madre.

Y ahora trata de buscarle como sea una explicación a todo esto.

—La miró, extendió la mano por encima de la mesa y le cogió la suya—.

Este tipo de joyas se fabrican a miles. Eso ya era así antes.

Y todas estas chicas, lo que les pasó, fue hace más de veinte años.

Era otra moda. Y su madre… —Se calló, la miró meditabundo—.

Hace veinte años su madre era una joven.

Es normal que tuviera este tipo de joyas que era lo que se llevaba en aquella época.

Seguro que todo esto era de su madre y que fue su marido quien se lo regaló.

Y como este las abandonó, a usted y a su madre, esta quiso deshacerse de ellas.

Y lo que le pasó… —Suspiró—. Estoy de acuerdo con el detective Roth: fue una banda juvenil.

Sienna negó con la cabeza.

—Hay algo más. Cuando hace veinte años desapareció mi padre, también desapareció una mujer llamada Mary. Mary Wood. Y poco después falleció una niña llamada Amelie en el acantilado junto al Cliff Ville. Siento que todo eso está de alguna manera relacionado. Lo sé.

—¿Y qué propone?

Sienna miró al hombre.

—Quiero que le diga al detective Roth que he estado aquí y que espero su llamada. Quiero saber si lo que pienso es posible o si simplemente me estoy volviendo loca.

—¿Qué piensa exactamente?

Sienna resopló, creyó que iba a desplomarse sobre la mesa.

—Que mi padre podría ser un monstruo. Un monstruo que mató a un sinfín de chicas. Y que, al descubrirlo mi madre, se largó.

El agente miró sorprendido a Sienna.

—¿Y por qué no acudió su madre a la policía en su día? Quiero decir, si realmente fue como usted cree, ¿por qué no agarró la caja y denunció a su marido?

Sienna se encogió de hombros, estaba a punto de llorar.

—Puede que le tuviera miedo —consiguió articular a duras penas—.

O por cobardía. Tal vez no quería que todo el mundo supiera que había convivido durante años con un demente.

Puede que fuera esa la razón por la que vino, después de tantos años.

Porque quería por fin cerrar ese capítulo del pasado y contar la verdad, firmando con ello su condena de muerte.

Pocos minutos después, Sienna estaba sentada en su coche, preguntándose cómo alguien con miras tan estrechas podía ser policía. Le había aportado muchos datos a ese tal Isak, pero este tan solo la había mirado con lástima. Y con cierto recelo, como si estuviera loca de remate.

Su mirada le había indicado que estaba sola en esto. O que como mínimo tendría que esperar a que la llamara Jonathan Roth. Siempre y cuando este no creyera que estaba chiflada.

Suspiró, sacó el móvil, buscó Rowan L.

Luego buscó los artículos sobre las demás jóvenes. Escrutó sus rostros.

Todas ellas eran preciosas, algunas de ellas, poco más que niñas, pero podían haber pasado por modelos en el momento de su desaparición o muerte. Tragó una bocanada de aire al recordar las palabras de Ria.

La compañera de trabajo de su padre había encontrado unas fotos entre las cosas de su padre, fotos de un montón de chicas. Y según Ria, eso lo había incomodado.

Sienna sintió una ola de frío y calor a la vez al comprender lo que eso significaba.

Su padre era fotógrafo.

Y por lo visto había usado su profesión para engatusar a esas chicas prometiéndoles un contrato como modelo.

Sienna tragó.

Esas chicas estaban muertas porque creían que su padre las estaba ayudando a conseguir su sueño más grande.

Se habían echado confiadas a los brazos de un monstruo. Y esa ingenuidad acabó costándoles la vida.

Así tuvo que ser, así y de ninguna otra forma.

Solo eso tenía sentido.

¿O?

¿O?