La niña de la habitación número 11 16 Boscastle
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16 Boscastle

DIECISÉIS

BOSCASTLE

Sienna regresó a su habitación con un zumbido en la cabeza. Se sentó aturdida en la cama, la vista clavada en la pantalla del móvil.

Primero, la desaparición de Mary; poco después el accidente de Amelie y finalmente, la marcha de su padre. Y todo durante el mismo verano. Tenía que haber una relación… La que fuera…

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Sienna, no consiguió establecerla. Tenía la sensación de tener la cabeza rellena de algodón. No comprendía qué relacionaba el accidente de una niña de siete años con la desaparición de dos mujeres adultas.

¿Estaba liado su padre con Mary?

Pero ¿cómo encajaba el accidente de Amelie en la ecuación?

¿Y si el accidente fue un caso aislado? ¿Y si no tenía nada que ver con Mary y su padre? Al fin al cabo, los rumores del populacho eran que Mary había huido de su marido. Y a su padre por aquella época tampoco se lo tenía por un esposo fiel. ¿Se había largado con su amante?

Miró fijamente la imagen de la foto, le pareció que esta hipótesis era bastante plausible.

Mary era una belleza, seguro que entraba dentro del tipo de presa de su padre.

Pero, si efectivamente Mary había desaparecido hacía veinte años, eso significaba que había dejado a su hijo pequeño con el padre, igual que había hecho su padre con ella.

Sienna sacudió la cabeza con los ojos todavía clavados en la foto. Los de Mary resultaban suaves y bondadosos, su sonrisa, sincera, nada en ella indicaba que fuera el tipo de madre que abandonaría a su hijo así sin más.

Sienna se dejó caer en la almohada, cerró los ojos. Por otro lado, a ella tampoco se le habría pasado jamás por la cabeza que su padre la abandonaría de la noche a la mañana.

Suspiró, notó que el gin-tónic estaba peleándose con su estómago vacío. Se levantó, llamó a recepción, pidió que le subieran algo de comer. Resopló indecisa, volvió a coger el móvil.

Tanto Gerry como Victoria, la dueña de la cafetería, habían mencionado la desaparición de varias chicas. A algunas las habían encontrado, asesinadas; de otras, entre ellas la Jessi de Gerry, se suponía que habían sido víctimas del Atlántico.

Sienna tecleó, se quedó de piedra al ver poco después la imagen de Jessica B.

En la red había un sinfín de artículos sobre su desaparición, la última entrada era de hacía un año.

En una de las fotos se veía a una chica preciosa con el colgante en forma de mariposa.

Según el pie de la imagen, se trataba de la última foto que le habían hecho en vida a Jessica.

Sienna rompió a sudar.

Una cosa era lo que decía Gerry, pero ver ahí, blanco sobre negro, que había dicho la verdad era otra muy diferente. Redujo la búsqueda tecleando «encontrada asesinada Boscastle», dio a Enter.

Volvieron a aparecer unos enlaces que llevaban a una chica llamada Clara W.

Sienna los miró por encima. Luego sustituyó el nombre de Boscastle por el de otros lugares de la zona.

Volvió a dar con algo. Esta vez apareció en pantalla la foto de una chica llamada Rowan L.

Rowan había desparecido dos años antes que Jessica, sin embargo, habían encontrado su cadáver poco después en el bosque.

La policía suponía que había sido el amante quien la había matado por celos tras ser sustituido por otro.

Introdujo «asesinatos Stratton», vio la foto de la amiga de Susan, Patricia.

Leyó un par de artículos, consciente de que a cada renglón se le revolvía más el estómago.

Finalmente introdujo «veraneante desaparecida Boscastle alrededores».

Tal como había temido, también en esta ocasión encontró muchos enlaces que encajaban con su búsqueda.

Leyó algo sobre una tal Sandra de Alemania, desaparecida hacía veinticinco años y cuya última señal de vida había sido una postal enviada a sus padres desde la playa de Crackington Haven.

Sienna dio con otra entrada sobre una veraneante que llevaba décadas desaparecida. También en su caso, la policía creía que se trataba de un trágico accidente en el mar, dado que habían encontrado su ropa en una de las playas de la zona.

Alguien llamó a la puerta, sobresaltando a Sienna.

Recordó que había pedido que le subieran algo de comer a la habitación.

—¡Un momento! —gritó. A punto de guardar el móvil e ir a la puerta, quedó paralizada de golpe. Era como si de repente una mano helada le estuviera arrancando el corazón del pecho.

De nuevo la llamada a la puerta.

El pánico se apoderó de Sienna. Consternada y hastiada a la vez, tiró el móvil sobre la cama, cogió la cartera del bolso, sacó un billete y abrió la puerta.

Le tiró el dinero a los pies del camarero, le arrancó la bandeja de las manos, le cerró la puerta en las narices.

Luego dejó la comida en la mesita junto a la ventana, regresó a la cama, se sentó.

Todo le daba vueltas.

Le estaba costando respirar.

Tranquila, le dijo la voz en su cabeza. No servirá de nada que pierdas los nervios ahora.

Con el corazón desbocado, cogió el móvil, clavó los ojos en la imagen de la joven que se veía en la pantalla.

Esos pendientes…

Sienna estaba convencida de haberlos visto antes.

Volvió atrás para ver las fotos de las otras chicas, las inspeccionó a fondo, de repente la bilis le subió disparada a la garganta.

Jadeó, llegó al baño justo a tiempo, vomitó. Una vez se hubo calmado un poco su estómago, fue al armario, sacó la cajita con las joyas.

La madera parecía quemarle la piel mientras regresaba con ella a la cama, sin embargo, ignoró el dolor, sabiendo que no era más que una sensación.

Se sentó, abrió la caja, sacó los pendientes de perlas, los comparó con los de Sandra. Tragó, un sudor frío le empapó la espalda.

Volvió a las fotos de Pat, la amiga de Susan comparó la pulsera de la foto con la de la caja.

Sienna soltó un gemido.

Sigue, le insistió la voz. ¿No dices que quieres saber la verdad? Pues aquí la tienes.

Fue comparando las imágenes de las chicas muertas y desaparecidas con las joyas de su caja de madera. Además de los pendientes de perlas y la pulsera, encontró dos coincidencias más: un colgante en forma de corazón que había pertenecido a Clara y un broche.

Aumentó la foto de Rowan, quedó mirando consternada la ranita de plata sujeta al cuello de la camiseta.

En el artículo hablaban de su desaparición y cómo habían encontrado su cadáver.

Cuando Sienna comprendió que habían condenado al exnovio de Rowan por tan horrible crimen, tiró la caja al suelo, acompañando el gesto de asco con un grito de desesperación.

El grito rebotó en las paredes de la habitación, la hizo ver de manera explícita que hacía mucho que había superado su límite, pero hoy era definitivo.

—No puedo más —susurró con voz ahogada, luego rompió a llorar.