La niña de la habitación número 11 15 Boscastle #2
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15 Boscastle #2

—Este colgante. Usted dijo que se lo había regalado a una chica.

Gerry asintió con la cabeza.

—Y esa chica hace años que ha desaparecido.

El rostro de Gerry se ensombreció.

—Hará unos veinte años —explicó—. Jessi era de Manchester.

No era de esas a las que les gustaba veranear en el propio país.

Ella prefería Hawaii, las Maldivas, arena blanca en el Caribe.

Pero sus padres se habían propuesto pasar al menos una vez las vacaciones en Inglaterra, así que a Jessi no le quedó otra que venir con ellos.

Me contaba que lo odiaba. Y estaba tan loca por mí como yo por ella.

Nos dijimos que mantendríamos el contacto, por eso le regalé el colgante de mi abuela.

Era como una especie de prenda, bueno, una promesa.

Y de repente desapareció, la noche antes de regresar a Manchester.

Se calló, de repente pareció muy cansado.

—Sigue pensando en ella, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza.

—No consigo olvidarla. Desde que desapareció no hay un solo día que no me pregunte por qué diablos salió de casa aquella noche.

Sienna hizo una mueca, entendía perfectamente a qué se refería Gerry.

—Quería verlo una última vez, ¿verdad? ¿Es eso lo que cree?

—Lo sé —susurró él casi inaudible—. Jessi era así.

No le temía a nada. Era cabezona y un poco loca.

—Suspiró—. El caso es que un día se presentó la pasma, me llamaron y me machacaron a preguntas.

Querían saberlo todo. Acabaron encontrando las cosas en la playa, pero de ella, ni rastro.

La policía sospechó de mí al principio, pero luego tuvieron que dejarme ir porque no tenían pruebas.

Luego archivaron el caso diciendo que había sido un lamentable accidente en el mar.

Me sigo preguntando qué pasó realmente aquella noche y por qué calvario no pasaría Jessi.

—¿No cree que fuera un accidente nadando?

—No. —Él la miró, luego bajó la mirada. Soltó un suspiro—.

Jessi no es la única que desapareció. Y luego están los asesinatos de las otras chicas de la zona.

Voy a serle sincero… —Se interrumpió, en busca de las palabras adecuadas.

Dejó caer los hombros y de repente pareció encoger al menos veinte centímetros—.

Creo que alguien la mató. Y dado que yo no fui, aunque las malas lenguas digan lo contrario, el verdadero asesino sigue suelto.

De vuelta en el hotel, Sienna repasó la conversación mantenida con Gerry.

Durante todo el trayecto de vuelta no había dejado de preguntarse si creerle o no, finalmente decidió hacerlo.

El tamaño y la rabia reprimida de Gerry transmitían una falsa impresión porque, dejando a ambas de lado, era un bonachón.

Había hablado de su Jessi con mucha tristeza y por eso Sienna le había dado el colgante.

Fue una decisión espontánea. Por un instante, Gerry no dio crédito.

Luego le había dado la mano, agradecido y le había mostrado un grabado en el revés que Sienna no había visto hasta ese momento: la prueba definitiva de que el colgante pertenecía sin lugar a dudas a la familia de Gerry.

Sienna tragó. Esto todo se le estaba haciendo demasiado cuesta arriba. Las tragedias de su propia familia. Enterarse ahora de Jessi, cuya desaparición seguía inquietando al que era su novio en aquella época. Susan y Pat, las otras chicas desaparecidas y asesinadas.

Cuando metió la llave en la cerradura, mandó al mismo tiempo una oración al cielo agradeciendo el minibar que la estaba esperando en la habitación.

Sienna se preparó un gin-tónic, lo bebió de un solo golpe.

Luego se sentó en la cama, hizo una par de inspiraciones, cogió finalmente el móvil.

A punto de poner en marcha el buscador, oyó un llanto silencioso en el pasillo.

Se levantó, fue hacia la puerta, miró fuera.

Nadie, como cabía esperar.

Volvió a cerrar la puerta, escuchó pegada a ella.

Seguía oyendo el llanto, a veces contenido, otras algo más fuerte.

Abrió la puerta de golpe, recorrió el pasillo hasta llegar a la habitación número nueve.

Golpeó la puerta como loca. Al cabo de un rato, abrió la anciana de anoche.

Parecía haber estado durmiendo la siesta, pero no había tiempo para andarse con rodeos.

—¿Lo está oyendo? —soltó Sienna, consciente de lo áspera e ida que debió de sonar su voz.

La anciana frunció el ceño, confusa.

—¡Los llantos en el pasillo! —aclaró Sienna y como muestra señaló con el dedo hacia arriba—. ¡Ahí! Ahora son más fuertes. Es como una mezcla de llanto y lloriqueos.

La anciana hizo una mueca y Sienna supo de inmediato que había fracasado en su intento.

—Lo siento —murmuró, dio media vuelta, pero la anciana la detuvo agarrándola del brazo.

Sienna sopesó si soltarse, sin embargo, se giró y miró a la mujer.

—No tiene buen aspecto, querida, si se me permite decirlo… ¿Por qué no entra y me lo cuenta?

Sienna meditó un instante, luego negó con la cabeza.

—Solo necesito una ducha fría y dormir un poco —fue la excusa—. Ya se me pasará.

Al regresar a su habitación, se puso unos tapones en los oídos.

Luego volvió a coger el móvil. Introdujo la frase «Desapariciones en Boscastle» y a los pocos segundos aparecieron, efectivamente, un par de entradas.

Empezó a leer, se sobresaltó, leyó de nuevo.

El artículo hablaba de una mujer que por aquel entonces tenía treinta años y que había desaparecido sin dejar rastro tras finalizar su jornada laboral en el Cliff Ville.

La mujer se llamaba Mary Wood y, según la información, trabajaba de camarera de piso en el hotel. El artículo citaba a un marido desconsolado que solo quería recuperar a su mujer.

Llevada por la emoción, Sienna se levantó de golpe y se dirigió de nuevo a la habitación número nueve.

Incapaz de controlar su nerviosismo, aporreó la puerta hasta que la anciana abrió por fin. Le acercó el móvil a la Cara.

—La mujer desaparecida, Mary Wood, ¿la conocía?

La mujer cogió el móvil, estuvo mirando la pantalla un rato, luego asintió lentamente con la cabeza.

—Vagamente. Si mal no recuerdo, su marido denunció su desaparición poco antes del accidente de la pequeña Amelie.

La tragedia por lo sucedido a la niña dejó en segundo plano la repentina desaparición de Mary.

Aunque la gente estaba convencida de que en realidad no había desaparecido, sino que había huido del marido.