La niña de la habitación número 11 15 Boscastle
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QUINCE

BOSCASTLE

A la mañana siguiente, Sienna fue la primera en bajar a desayunar. Había pasado el resto de la noche dándole vueltas a si lo que le había contado la anciana coincidía con ella y la niña que había visto.

Seguía estando segura de que la niña del artículo era la misma que había visto y no dejaba de preguntarse si efectivamente la había visto, si eran recuerdos que luchaban por emerger a la superficie.

Pero ¿y si no?

Sienna nunca había creído en esas bobadas de lo paranormal y seguía sin creer. Sin embargo, tras todo lo ocurrido, no podía evitar admitir que todo aquello empezaba a resultarle sospechoso.

Había visto a una niña caer por el acantilado, una niña que hacía muchos años que estaba muerta. Y no solo eso, veinte años atrás, una niña había efectivamente caído por ese mismo acantilado.

Pero daba igual cuál fuera el desencadenante o más bien la causa de todo esto que estaba percibiendo: tenía que tratar de averiguar por qué lo percibía ella y nadie más.

Tenía que haber una explicación lógica.

De repente, recordó a la joven de la cafetería. Había mencionado que en la zona en la que habían encontrado a su madre, ya había ocurrido algo horrible años atrás. ¿Se había referido al accidente de la pequeña Amelie?

Cuanto más pensaba en ello, más segura estaba Sienna de que no era el caso.

Le había contado a la dueña de la cafetería que a su madre la habían agredido. ¿Por qué entonces relacionar un crimen así con la tragedia de una niña?

Tenía que haberse referido a otra cosa.

¿Tal vez a la desaparición de la novia del tío ese que había asegurado que el colgante de su abuela era suyo?

Sienna resopló y de repente supo qué hacer.

Al pasar junto al letrero que indicaba que se encontraba en Stratton, los latidos de su corazón eran tan fuertes que creyó notar las vibraciones en la sien.

Se obligó a respirar con calma, se concentró en buscar un aparcamiento, con la intención de no cometer el error del otro día y aparcar demasiado lejos.

Al final encontró un hueco a dos calles del Victoria´s Dream y respiró aliviada.

Meditó un instante si remover un posible avispero sería la decisión correcta, pero entonces se dijo que no le quedaba otra.

Muy en su interior sentía que todo estaba relacionado.

La agresión a su madre, la caída de su abuela al intentar coger la caja en la que ella misma había encontrado el colgante, que poco después había introducido al tipo aquel en la ecuación.

Y luego los acontecimientos ominosos en el hotel que solo ella era capaz de oír y ver.

Sienna pensó que era más que evidente que en ese sentido también tenía que haber una relación con lo que le había pasado a su madre y poco después a su abuela.

Podía ser incluso que la desaparición de su padre tuviera algo que ver con todo esto.

Sienna se sobresaltó al darse cuenta de qué dirección estaban tomando sus pensamientos, pero no, no era tan descabellado.

Al fin y al cabo, a su madre la habían agredido cuando muchos años después había vuelto al lugar donde había desaparecido su exmarido. Y durante todos esos años le había ocultado la existencia de su abuela.

¿Por qué?

Porque quería evitar que ella, Sienna, le insistiera en ir a visitar a Serafina.

Pero ¿por qué había venido precisamente ahora?

Ese era el punto de partida.

La razón de por qué tras todos esos años su madre había regresado a este lugar.

Y precisamente ese punto – entre otras cosas – tenía que estar relacionado con el joyero que había encontrado en el armario de su abuela.

No había otra explicación para querer levantarse sola de la cama.

Ni para el ataque de ira que había desencadenado ver el colgante al cuello de Sienna.

O sea, no tenía más remedio que ir a la cafetería y preguntarle a la dueña dónde localizar al tío aquel para luego ir a buscarlo.

Necesitaba respuestas o al menos un comienzo que determinara los siguientes pasos.

Abrió la puerta de la cafetería, comprobó aliviada que aparte de ella solo había una parejita sentada a una mesa y que parecían muy concentrados el uno en el otro. Sienna se acercó al mostrador, le sonrió a la dueña.

A esta se le iluminó la cara al reconocerla.

—Entonces sí que le gustó mi tarta —dijo con una sonrisita.

Sienna asintió con la cabeza.

—No dije lo contrario. Hoy voy a probar los pastelitos. —Señaló un surtido de unas verdaderas obras de arte—. Dos de ese. Y una taza de té.

Se sentó a una de las mesas más alejadas de la pareja, se recostó. Cuando la mujer le trajera el pedido, aprovecharía para interrogarla.

—O sea, que ayer se largó usted por culpa de Gerry. —La mujer miró muy seria a Sienna—. Es inofensivo. Lo dicho, no mataría ni una mosca, a pesar de que a día de hoy la gente sigue hablando a sus espaldas.

—¿Lo conoce bien?

—Un poco. Viene a menudo. Parece que le gustan mis pasteles.

Sienna sonrió.

—Dice que el colgante que yo llevaba ayer era de su abuela.

La mujer frunció el ceño.

—¿Y? ¿Qué pasa con eso?

Sienna se encogió de hombros.

—No lo sé, la verdad. El caso es que a mí me lo ha dado mi abuela, pero Gerry dijo que pertenecía a la suya.

—¿Y usted qué opina?

—Creo que ha tenido que pasar por una experiencia traumática —dijo Sienna—. Se le ve en los ojos. Y por el efecto que tiene en los demás. He de admitir que a mí me da algo de miedo.

—Solo sé que hace muchos años perdió a su novia.

Era una veraneante, pero él estaba loquito por ella.

Encontraron la ropa de la chica en la playa, pero de ella ni rastro.

La policía sospechó de Gerry, lo tuvieron varias semanas en prisión preventiva por eso.

Hasta que tuvieron que dejarlo marchar porque no se pudo demostrar nada.

Él todavía habla de aquella chica y se pregunta qué pudo pasarle.

Sienna tragó.

—Eso es horrible.

La mujer bajó la mirada.

—Lo malo es que no fue un caso aislado —murmuró finalmente.

Luego alzó los ojos, observó pensativa a Sienna—.

Un año después de la desaparición de la novia de Gerry, volvió a desaparecer otra veraneante.

Más o menos de la misma edad que la chica de Gerry, muy parecidas.

Volvieron a encontrar sus cosas en la playa, pero de ella nada de nada.

La policía determinó que en ambos casos tuvo que tratarse de un accidente y archivaron los casos. Increíble, ¿verdad?

Sienna asintió con la cabeza.

—Esa veraneante desaparecida, ¿se refería usted a ella cuando me dijo que la agresión a mi madre no era la única tragedia de Boscastle?

La mujer suspiró. Luego negó lentamente con la cabeza.

—Susan, mi hermana. Me llevaba trece años —dijo por fin—.

Tenía una amiga inseparable. Se llamaba Patricia.

Mi hermana y ella eran como uña y carne hasta que, hará unos veintidós años, Pat desapareció sin dejar rastro.

Durante semanas la dieron como desparecida y cuando por fin la encontraron, se desató el infierno.

Yo era demasiado joven para enterarme o entender lo que pasaba.

Fue con el paso de los años que me di cuenta de que a la amiga de mi hermana la habían asesinado.

El asesino sigue libre. Al año de la muerte de Pat volvió a desaparecer una chica del pueblo de al lado, a ella también la encontraron poco después asesinada, igual que a la amiga de mi hermana.

Sí, detuvieron al exnovio, pero a día de hoy sigue habiendo gente que cree que metieron en la cárcel a un inocente y que las veraneantes desaparecidas y los asesinatos de las chicas en la zona están relacionados.

Veinte minutos más tarde, detuvo el coche delante de una destartalada casa de ladrillo.

Al dirigirse hacia la entrada, en su cabeza se agolpaban miles de pensamientos.

Se obligó a no pensar, llamó al timbre. Pasó un tiempo antes de que en el interior de la casa se percibiera algún movimiento, pero Victoria ya le había advertido que podía ser que Gerry tardara en abrir la puerta porque esta semana tenía turno de noche.

Al reconocer a Sienna, la mirada del hombre se ensombreció.

—¿Qué quiere? —preguntó y apretó los labios como queriendo impedir decir algo de lo que arrepentirse luego.

Ella inspiró hondo, le mantuvo la mirada.

—Quiero hablar con usted sobre lo del otro día. Sobre el colgante. Creo que nos puede venir bien a ambos. —Como muestra lo sacó, se lo mostró al hombre.

Este, sorprendido, miró primero la joya, luego a ella, parecía indeciso. Acabó asintiendo con la cabeza, se apartó.

—El salón está al fondo. Voy a preparar café.

A Sienna no le hacía ninguna gracia entrar en la casa de aquel hombre, pero si quería averiguar algo, tenía que fiarse de él y eso implicaba sentarse a una mesa con él y tomar café. A eso se le llamaba sentar las bases y Sienna se propuso dar lo mejor de sí.

Sentada en un sofá raído esperando a su anfitrión, aprovechó el tiempo para echar un vistazo. La casa había visto tiempos mejores, pero al menos estaba limpia y resultaba bastante acogedora.

Los muebles eran viejos y estaban gastados.

Sienna se recostó, preparó mentalmente unas cuantas preguntas, esperó.

Cuando por fin apareció Gerry con una bandeja en las manos, se había esfumado casi por completo su aspecto agresivo. Resultó casi amable cuando dejó una taza humeante delante de ella, cogió otra para él y señaló con la cabeza la caja de galletas que había traído para acompañar el café.

—Las ha hecho mi madre —explicó y se sentó en el sillón de enfrente. Luego la observó sin decir nada y mientras tomaban un trago de café, Sienna tuvo ocasión de observarlo también a él.

Supuso que tendría unos treinta y largos o tal vez cuarenta y tantos y, en otras circunstancias, Sienna incluso habría admitido que era bastante atractivo.

El cabello era oscuro y largo, lo llevaba atado en una coleta en la nuca. Le recordó a un joven Johnny Depp. Y sus ojos… a pesar de mirar con detenimiento no supo decir si eran grises o verdes.

Gerry notó que lo estaba inspeccionando e hizo una mueca.

—¿Qué quiere de mí? —arrancó la conversación.