La niña de la habitación número 11 14 Boscastle
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CATORCE

BOSCASTLE

—¿Necesita ayuda?

Sienna alzó los ojos de golpe. Vio a un señor mayor junto a ella, mirándola preocupado. Le resultó conocido.

—Soy Ted, el vigilante del aparcamiento —le explicó.

Sienna asintió débilmente con la cabeza.

Exacto. Por eso le resultaba familiar.

Se incorporó no sin esfuerzo, limpió lo mejor que pudo la tierra del pantalón del pijama.

—Pero ¿qué hace a estas horas aquí fuera? —quiso saber el hombre—. No es que sea asunto mía, pero cuando la he visto antes… me he preocupado. —Se calló, la miró muy serio.

Sienna suspiró. De repente tuvo una ocurrencia.

—¿Me ha visto?

Él asintió.

—Hace unos minutos. Pasó usted corriendo como alma que lleva el diablo. Le he gritado si estaba todo bien, pero se ve que no me oyó. Esta noche hace mucho viento.

—¿Y a la niña? ¿También la ha visto? Llevaba un vestidito blanco e iba corriendo delante mía.

Ted frunció el ceño.

—¿Una niña dice? —Negó con la cabeza—. Aparte de usted, no había nadie más. Por eso pensé que sería mejor comprobar si estaba usted bien. —Se detuvo, observó a Sienna.

Aquella mirada hizo que Sienna se sintiera cada vez más incómoda. Tragó.

—Así que, ¿aparte de mí no vio a nadie más salir corriendo?

—No —respondió Ted y Sienna detectó que el hombre no sabía muy bien cómo tratarla.

Se acercó a él.

—Le juro que había una niña. De unos siete años, melena castaña. Y el vestido. Estoy segura de que estaba manchado de sangre. Tiene que haberla visto, Ted. Pasó justo delante de su caseta.

Él se encogió de hombros, miró dubitativo alrededor.

—Aquí solo estamos usted y yo.

Sienna asintió, cogió aire.

—La niña, creo que se ha caído por el acantilado. He intentado detenerla, pero la niña no paraba de correr.

Ted sacó un objeto alargado del bolsillo de su chaqueta, pasó junto a Sienna, se acercó al abismo. Sienna se dio cuenta de que se trataba de una linterna y que, de hecho, estaba observando con ella la playa allá al fondo.

Suspiró aliviada.

Por fin alguien que la creía.

Se acercó con cuidado, siguió el haz de luz.

—Lo dicho, ni alma —murmuró Ted—. Y mucho menos una niña. —Se giró hacia ella, la miró con una mezcla de pena y desconfianza—. ¿Cabe la posibilidad de que haya tomado alguna copita de más?

Sienna sacudió perpleja la cabeza.

—Estaba durmiendo —le espetó finalmente a Ted—. Y entonces oí los golpes. Venían del cuarto de baño, pero cuando fui a mirar, no había nada. Y acto seguido un estruendo delante de mi habitación. Me levanté, abrí la puerta y vi a esta niña escapándose. Le juro que estaba ahí.

Ted miró incómodo al suelo, dirigió una vez más la luz hacia la playa. Suspiró. Luego la miró.

—¿Qué le parece si la llevo de vuelta al hotel? Voy a encargarme de que le preparen un té bien calentito. Mañana será otro día.

Cuando Sienna comprendió que había vuelto a ocurrir y que había hecho el ridículo una vez más, se encogió de hombros, asintió avergonzada.

Siguió a Ted hacia el hotel, dejó que la llevara hasta unos sillones ubicados en el vestíbulo, se sentó. Esperó tiritando de frío y frustración a que le trajera poco después una bandeja con té y galletas. Notó que estaba a punto de echarse a llorar, miró al hombre.

—Estoy completamente convencida de que allí había una niña. ¿Por qué si no iba a…?

—Tómese el té —la interrumpió Ted con voz suave y señaló con un gesto de la cabeza la taza humeante que tenía delante. Ella la cogió, dio un pequeño sorbo, cerró agradecida los ojos.

—Siento estar causando tantas molestias —murmuró finalmente y alzó los ojos hacia Ted.

—¿Seguro que está bien? —preguntó este—. ¿O quiere que llame a un médico?

Sienna sacudió la cabeza con vehemencia. Lo que faltaba. Una confirmación oficial de que, sin prisa, pero sin pausa, se estaba volviendo loca.

—Estoy bien —respondió con firmeza—. En serio.

Ted asintió indeciso, echó un vistazo al reloj.

—Tengo que volver… tengo trabajo…

Sienna asintió con la cabeza.

—En serio, estoy bien. No se preocupe.

Lo siguió con la mirada, notó los ojos del recepcionista clavados en ella. La estaba mirando igual que lo acababa de hacer Ted y a Sienna no le cupo la menor duda de que el joven se había dejado comer el tarro por el otro. Esbozó una sonrisa relajada.

—Estoy bien. De verdad —le gritó al joven—.

Voy a acabar de tomarme el té y vuelvo para cama.

—Para afianzar sus palabras dio otro trago.

Se asustó cuando por el rabillo del ojo vio una sombra que se acercaba a ella.

Soltó un grito de dolor al derramar el té caliente sobre el pantalón y quemarse la pierna.

—Parece que usted tampoco puede dormir —preguntó una voz femenina y, al girar la cabeza, Sienna vio que se trataba de una anciana, de unos setenta años, de pie junto a ella, escrutándola con curiosidad.

Sienna trató de sonreír, pero sin lograrlo. Soltó un pequeño suspiro.

—¿Le importa si le hago compañía? —preguntó la mujer.

—Si es usted real, no me importa —fue la respuesta que se le escapó a Sienna antes de darse cuenta —Al ver la mirada confundida de la mujer, se encogió de hombros—. Lo siento, no he debido decir eso. Por favor, tome asiento.

Esperó a que la mujer se hubo sentado frente a ella.

—¿Le apetece un té? Yo invito.

La mujer negó con la cabeza.

—Muy amable, pero a estas horas de la noche prefiero no tomar nada. Si no, luego no hago más que ir al baño —se rio al ver la mirada sorprendida de Sienna—. Si es que vuelvo a quedar a dormir.

Sienna asintió.

—Parece usted triste —observó la mujer—. ¿Quiere contarme lo que le pasa? A veces viene bien contar las penas para librarse de la carga que nos impide respirar y vivir.

Sienna reflexionó un instante, luego sacudió la cabeza. ¿Por qué no?, pensó. ¿Qué más da que otra persona más piense que estás pirada?

Cogió aire y empezó a contar. La llamada del médico contándole lo de la agresión a su madre. La muerte de esta. Las mentiras que su madre le había contado con respecto a su abuela. La caída de esta. La reacción extraña al ver el colgante.

También habló de su padre y de aquel tipo raro de por la tarde. Y por fin le contó lo de los ruidos que oía desde que había llegado al hotel, de los ataques de pánico cada vez más frecuentes, de las cosas extrañas que veía y que seguramente ni siquiera eran reales.

A cada palabra de Sienna, a la anciana se le abrían más los ojos, no dejaba de taparse la boca con la mano.

Cuando Sienna llegó al final de su relato, la mujer sacudió lentamente la cabeza.

—Esa es una de las historias más horribles que he oído jamás —admitió—. Y mira que he oído unas cuantas.

Sienna suspiró.

—Parece que me estoy volviendo loca, sin prisa, pero sin pausa.

La mujer negó con la cabeza.

—Yo más diría que está traumatizada —explicó y ladeó la cabeza—.

Soy psiquiatra, así que créame cuando le digo que sé el aspecto que tiene alguien loco o loca de verdad.

—Se rio y Sienna hubo de admitir que aquella señora empezaba a caerle bien.

Y era cierto, haber hablado de todo lo que la preocupaba la había calmado.

—¿Así que traumatizada? —repitió mirando dubitativa a la mujer—. Pero ¿por qué oigo ruidos… veo gente donde no la hay? ¿Eso no son síntomas de alguna enfermedad mental?

La mujer sonrió con dulzura.

—Perdió usted a su padre siendo todavía una niña, la crio su madre, a la que también ha perdido recientemente. Luego está lo de su abuela, que se encuentra en coma. Esas son muchas pérdidas para una joven como usted. Porque no llega usted a los treinta, ¿o me equivoco?

—Tengo veintiséis años —le confirmó Sienna—. Cumplo los veintisiete el mes que viene.

—¿Lo ve? —La mujer asintió con la cabeza—. Ha sufrido tanto a lo largo de los últimos veinte años que es normal que el alma se ponga de huelga en un momento dado.

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a que los ataques de pánico se deben a que ha llegado usted al límite. Tiene los nervios saturados y por eso su alma está pidiéndole ayuda a gritos. Mi recomendación sería que descanse.

—¿Y mi padre?

—Búsquelo si siente la necesidad de tener que hacerlo. Pero si lo hace, no deje de prestar atención a cómo se siente. Si nota que se le hace demasiado cuesta arriba, déjelo. Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Cómo explica las cosas que veo y oigo? ¿Son extensiones de los ataques? A mí me parecen completamente reales.

—Dado que me hospedo en la habitación número nueve y estas noches pasadas no he oído ni risas infantiles ni llantos ni pasos ni nada de nada, estoy por decir que los ataques de pánico son los desencadenantes de estas alucinaciones.

Aunque… —La mujer se interrumpió, miró dubitativa a Sienna—.

Ha dicho que está usted segura de haber estado aquí en este mismo hotel, de niña, con su familia.

Sienna se encogió de hombros.

—Eso creo.

—¿Recuerda el accidente de alguna niña?

Sienna se encogió de hombros.

—Lo dicho, apenas recuerdo nada. No son más que suposiciones.

—La niña se llamaba Amelie y era un encanto.

Lo recuerdo tan bien porque vengo de vacaciones a este mismo hotel desde hace treinta años.

Antes en compañía de mi marido, pero desde que falleció, viajo sola.

La pequeña Amelie también solía venir todos los años.

Siempre en julio. ¡Era un verdadero terremoto!

Pero todo el mundo le tenía mucho cariño.

Pero entonces… —La mujer se interrumpió, con gesto de repente apenado.

—¿Qué? —preguntó Sienna nerviosa—. ¿Qué pasó con Amelie?

—Cayó por el acantilado. Nadie sabe cómo pudo suceder, pero sucedió. Su familia estaba desolada, intentaron averiguar qué había pasado exactamente, pero nadie parecía haber visto nada.

Sienna miró confundida a la mujer.

—Eso es una historia terrible. Pero ¿qué tiene que ver con mi problema?

La mujer ladeó la cabeza, miró pensativa a Sienna.

Una idea repentina le vino a Sienna a la cabeza, la hizo sonreír a pesar de todo.

—No me diga que cree en fantasmas. ¿Es eso lo que intenta decirme? ¿Que la pobre Amelie ronda el hotel para asustar a turistas ingenuas como yo?

La anciana soltó una carcajada, sin embargo, se detuvo de golpe.

—Lo siento, reírse no es lo más apropiado dada la envergadura de la tragedia.

—Suspiró, miró muy seria a Sienna—. Como respuesta a su pregunta: no, no creo en fantasmas, como tampoco usted, me imagino.

Le he contado lo que le aconteció a Amelie porque es posible que usted y ella se conocieran.

Amelie tendría ahora su edad, así que no resulta descabellado pensar que hayan podido coincidir en el hotel.

Y quién sabe, puede que eso que ve y oye no sean más que recuerdos reprimidos que intentan salir como sea a la superficie.

Sienna asimiló las palabras de la mujer y dejó que hicieran su efecto, luego asintió con la cabeza.

—Suena plausible —admitió.

La anciana sonrió, se levantó.

—Espero haberla ayudado un poco, pero me está llamando mi cama. —Le guiñó un ojo a Sienna—. Y si necesita ayuda, del tipo que sea, ya sabe en qué habitación estoy. Voy a quedarme hasta el viernes. —Frunció el ceño, abrió la boca como para añadir algo más, pero no lo hizo. Miró a Sienna.

—¿Qué? Por favor, dígalo.

La anciana tragó.

—En el pasado he podido ayudar a algunos de mis pacientes mediante una terapia de hipnotismo. Si quiere, puedo probar con usted. Piénselo. Ya sabe dónde encontrarme.

Poco después, Sienna también había regresado a su propia habitación. Repasó lentamente todo lo que le había dicho la anciana. Por muchas vueltas que le daba, todo tenía sentido.

Sienna suspiró, cogió el móvil que estaba en la mesilla de noche, entró en internet, introdujo el nombre de Amelie y del hotel en el buscador de Google. Pinchó en algunos enlaces, pero sin resultado.

Acortó la búsqueda.

Introdujo el nombre de Amelie, el del hotel, Boscastle y accidente mortal.

Aún no había transcurrido ni un minuto cuando el buscador no paraba de escupir resultados.

Sienna empezó a leer. Sin embargo, estos artículos no aportaban mucho más de lo que le había contado la mujer de la habitación número nueve.

A punto de rendirse, le llamó la atención una foto minúscula junto a un artículo.

La amplió, poco después tenía la vista clavada en el rostro pixelado de una niña encantadora que desencadenó en ella una sensación de… miedo.

Y algo más…

Cuanto más miraba a la niña de la foto, más segura estaba Sienna de que se trataba de la niña de antes. Solo la había visto durante unos segundos en el pasillo y el resto del tiempo la había visto de espaldas, pero estaba completamente segura de que era la misma niña.