La niña de la habitación número 11 13 Boscastle
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TRECE

BOSCASTLE

Sienna seguía temblando cuando media hora más tarde se metió en el aparcamiento del hotel.

Aquel hombre le había infundido un miedo horrible, aunque lo que más la inquietaba eran sus palabras.

Las había pronunciado con mucha convicción, tanto que a estas alturas incluso Sienna dudaba de si el colgante pertenecería de verdad a su abuela.

Y eso que había un sinfín de explicaciones para lo ocurrido. Podía ser que la chica que había mencionado el hombre hubiera perdido el colgante y que su abuela lo hubiera encontrado. O más simple todavía: era un colgante muy parecido al del del hombre.

Sienna suspiró al apearse. Estaba a punto de ir hacia el hotel cuando cambió de idea.

Un sendero junto al aparcamiento iba a dar al acantilado, así que decidió que no le vendría mal echarles un vistazo a los alrededores.

Podría dar con alguna imagen útil que vender luego por un buen dinero.

Abrió el maletero, sacó su equipo fotográfico, se puso en marcha.

Mientras atravesaba la hierba que le llegaba hasta la rodilla y se dejaba envolver por el aire marino, se obligó a pensar en otras cosas. No en su abuela gravemente enferma, tampoco en su madre y mucho menos en su padre o en el tío horrible de antes.

Hizo una mueca al sentir cómo se le erizaban los vellos de la nuca y se preguntó cómo era posible que precisamente ella, siendo tan dura e imperturbable, llevara los últimos días luchando contra un sistema nervioso tan resquebrajado.

Inspiró hondo, aceleró el paso, como intentando huir del caos mental.

Cuando hubo llegado a suficiente altura como para ver el mar, se detuvo, sacó la cámara de la bolsa.

Empezó a hacer fotos, notó que le sentaba bien concentrarse en el trabajo.

Tras haber conseguido algunas imágenes bastante pasables, siguió caminando hasta una valla que cerraba el paso hacia el acantilado.

No vio ninguna señal que avisara del peligro de despeñarse por lo que Sienna no pudo evitar preguntarse si alguna que otra persona no habría encontrado la muerte en este lugar, bien por descuido bien por exceso de confianza.

De repente algo la empujó a pasar por encima de la valla para acercarse al borde del acantilado. Le costó tragar, rompió a sudar.

No le daban miedo las alturas, de hecho, se había lanzado varias veces ya en paracaídas, sin embargo, ahora… Se detuvo de golpe.

En su cabeza surgió una imagen salida de la nada.

Un cuerpo destrozado al pie del acantilado, delgado y pequeño, mucha sangre.

Soltó un jadeó, retrocedió, de repente creyó no poder respirar. ¿Qué demonios le estaba pasando?

Se obligó a seguir avanzando, notando cómo a cada paso que daba y se acercaba al abismo, las piernas cedían más y más.

Ya casi había llegado cuando oyó un murmullo inquietante. Era como… una risa o más bien una risita.

¿Sería el viento?

¿O los nervios jugándole una mala pasada, una vez más?

Se giró de golpe, el suelo pareció ceder bajo sus pies.

Durante una milésima de segundo todo se volvió negro.

¡Lárgate!, susurró la voz en su cabeza. ¿O venía de otro lado?

Sienna no estaba segura.

Se recompuso, dio una vuelta de tres cientos sesenta grados, luchó contra el pánico que amenazaba con apoderarse de ella.

Cuando por fin se hubo tranquilizado medianamente, agarró la cámara y salió corriendo.

¡Tenía que largarse de aquí!

Un grito atravesó el silencio de la noche.

Sienna abrió los ojos, todavía medio dormida.

Los clavó en la oscuridad, se percató de su respiración acelerada y de que estaba empapada en sudor.

Palpó en busca del móvil en la mesilla de noche, comprobó la hora en la pantalla.

Pasaba un poco de las dos de la madrugada, lo que significaba que había dormido apenas tres horas.

Tras el ataque de pánico en el acantilado – Sienna supuso que había sido uno – había intentado distraerse con algo de lectura y spa, pero no había conseguido calmarse de verdad.

Sus pensamientos habían vuelto una y otra vez hacia su abuela en el hospital o su padre dondequiera que estuviera.

Luego había tenido que pensar en el tío de la cafetería, seguramente el causante de la pesadilla que acababa de tener.

Se dio cuenta de que había tenido que ser ella la que había gritado.

Ya no le cupo la menor duda de que este lugar era el responsable de su desasosiego. Los recuerdos horrorosos de lo que había pasado aquí.

La desaparición de su padre veinte años atrás. El fallecimiento reciente de su madre. Incluso el más fuerte se rompía en un momento dado.

Se incorporó, se sobresaltó al oír unos golpecitos.

Frunció el ceño, buscó el interruptor de la luz, suspiró aliviada cuando la luz inundó la habitación.

¡Ahí!

De nuevo los golpes…

Sienna estaba segurísima de que procedían del cuarto de baño.

¡De su cuarto de baño!

Se levantó ignorando los latidos fuertes de su corazón, se dirigió con decisión hacia el baño, abrió la puerta de golpe.

Buscó el interruptor de la luz en la pared.

Parpadeó un momento cuando la luz le dio de golpe en las pupilas.

En pocos segundos recorrió con la mirada la estancia.

No había nadie.

Nadie excepto ella.

Tragó.

¿Podrían ser las tuberías en la pared las causantes de aquellos golpes?

¿O venían de otro sitio?

Abrió el grifo, se lavó la cara con agua helada, se enjuagó la boca. Tras haberse secado, apagó la luz, volvió a la cama.

A punto de meterse en ella, percibió un crujido leve al otro lado de la puerta de su habitación.

Sopesó si levantarse y comprobarlo, pero recordó la otra noche.

Había sido la misma situación y al final había hecho el ridículo.

Se sentó en la cama, cogió el móvil, se preguntó qué hacer. Seguir durmiendo quedaba descartado, para eso estaba demasiado nerviosa.

Acabó introduciendo el nombre de su padre en el buscador.

Tampoco en esta ocasión internet pudo proporcionarle nada nuevo.

Añadió la palabra Londres: nada tampoco.

Al igual que con Sidney, Oakland y Santa Mónica – todos ellos lugares desde donde su padre le había mandado postales.

Siguió intentándolo, introdujo otras ciudades de Australia, los Estados Unidos y Nueva Zelanda, pero no encontró ni una sola entrada con la que poder tirar del hilo. Acabó rindiéndose.

Tal vez sería mejor contratar a un profesional, especializado en localizar a gente.

Pero ¿valía la pena gastar su ahorros en eso?

Sienna no lo tenía muy claro.

Suspiró.

De nuevo el crujido.

Luego un golpe fuerte. Como si alguien hubiera caído desde fuera contra la puerta.

Sienna tiró el móvil sobre la mesilla, corrió hacia la puerta. Tras una milésima de segundo de titubeo, abrió la puerta, salió al pasillo.

Justo a tiempo.

El corazón le dio un vuelco al ver a una niña con un vestido de verano blanco y demasiado liviano despareciendo tras la esquina.

Ella misma vestida solo con una camiseta de tiras y un pantalón de pijama, además de descalza, corrió tras ella.

Tenía que pillar a esa niña como fuese, porque así, por fin, quedaría demostrado que no estaba loca, que todos esos ruidos de los últimos días no eran imaginaciones suyas.

Corrió tras ella, giró hacia las escaleras, ignoró la mirada del joven en la recepción, la buscó con la mirada.

¡Allí!

El corazón se le desbocó al ver a la niña desaparecer tras la puerta giratoria.

Sienna no se lo pensó dos veces, corrió tras ella.

Una vez en el exterior, cogió aire. El viento la envolvió, el frío penetró en sus huesos en cuestión de segundos.

¡Da igual!, pensó. ¡Sigue!

El vestido blanco brillaba en plena noche y Sienna distinguió unas manchas oscuras en la tela. ¿Sería sangre?

Corrió más rápido, pero por mucho que lo intentaba, no conseguía alcanzar a aquella niña.

Aceleró el paso, atravesó el parque, pasó junto la caseta del vigilante, ignoró también la mirada sorprendida de este.

Cuando Sienna se dio cuenta de que la niña iba corriendo hacia el acantilado, fue como una descarga eléctrica.

—¡Detente! —gritó, el pánico reflejado en su voz—. Tienes que detenerte. Es muy peligroso. ¿Me oyes?

Pero la niña ni se dio la vuelta ni aminoró el paso.

¡Joder!, pensó Sienna. ¡No puede ser!

Se centró en sus propias piernas, rezó para que no le fallaran, pero no pudo evitar el quedarse sin fuerzas ni aliento.

¡La valla!

La vio resplandecer en la oscuridad, jadeó consternada cuando vio que la niña la atravesaba de un salto y seguía corriendo.

A Sienna se le paró el corazón al ver que la niña se estaba acercando al abismo y, aun así, seguía corriendo, hasta que la oscuridad la tragó.

Un grito atravesó la noche y Sienna tardó un rato en darse cuenta de que había sido ella quien había gritado.

Otra vez.

Recordó la imagen que había aparecido en su cabeza.

La que había visto de repente por la tarde en este mismo sitio.

El cuerpo destrozado al pie del acantilado.

El miedo la tenía paralizada, aun así, se obligó a seguir corriendo, saltó también por encima de la valla, aminoró la velocidad, llegó con piernas tambaleantes hasta el borde. El corazón parecía salirle por la boca, seca como papel de lija.

Tuvo que obligarse literalmente a mirar hacia el fondo.

Parpadeó confusa.

Allí donde debería estar el cuerpo muerto de una niña… no había nada.

Tan solo una playa de piedras y una nada negra y bramante hasta donde alcanzaba la mirada.

Sienna se desplomó, clavó los dedos en la hierba, soltó un sollozo de desesperación.

Esto no estaba bien… ¡Si había visto a la niña con sus propios ojos! Viva y real, corriendo delante de ella. La había visto con total claridad saltar por encima de la valla, luego acercarse al abismo y de repente desaparecer.

Es decir, tenía que estar allí abajo, deshecha entre las piedras…

Sacudió la cabeza, jadeó, luego cayó hacia delante.