La niña de la habitación número 11 12 Boscastle
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12 Boscastle

DOCE

BOSCASTLE

Ver a su abuela rodeada de máquinas y cables había afectado mucho a Sienna, así que decidió no regresar directamente al hotel, sino ir antes a comer algo por ahí y tomar una taza de té bien caliente.

Tomar el té era como un ritual para Sienna, una especie de celebración de la relajación total.

Por eso le pareció lo correcto, para calmar la preocupación por el estado de salud de su abuela.

Optó por dejar el coche en el recinto del hospital y dirigirse a pie al centro, con la esperanza de pillar algo de aire fresco y despejar la cabeza.

Aparte de la tensión que se había apoderado de ella, estaba la cuestión de qué pasaría ahora.

Al menos sabía que quería quedarse hasta dar con una pista que la llevara hasta su padre, sin embargo, cuanto más lo pensaba, más consciente era Sienna de que no iba a ser nada fácil.

Dado que no había vuelto a contactar a su antigua compañera de trabajo y que esta no había sabido nada de él, quedaba casi descartado que su padre se encontrara en Inglaterra. La cuestión era entonces, ¿por qué había mandado la última postal desde Londres?

¿Estaba de paso? ¿Había venido a pasar las vacaciones a su país natal?

Pero en ese caso, ¿por qué no dedicarle al menos un par de horas a su madre?

El viaje de Londres a Boscastle llevaba cinco horas en coche y a Sienna le pareció que era lo mínimo que podía hacer por su exesposa: visitarla al menos después de tantos años.

Sienna tragó. Por otro lado, las había abandonado sin dudarlo ni un momento y no había vuelto a dar señales de vida, aparte de esas ridículas postales. Así que, ¿por qué iba a tener ese detalle con ella?

Todas esas preguntas y reflexiones afectaron tanto a Sienna que, sin darse cuenta, había acelerado el paso. Iba jadeando y el sudor le caía por la espalda.

Al descubrir una cafetería al otro lado de la calle, se dirigió hacia ella.

Algo dulce para acompañar el té era justo lo que necesitaba en estos momentos.

La cafetería, de nombre Victoria´s Dream, era un local minúsculo, embutido entre una ferretería y una tienda de objetos de decoración.

Sienna abrió la puerta con la esperanza de encontrar un sitio libre en el interior y poder distraerse un poco.

Al comprobar que, de las seis mesas, efectivamente, una estaba libre, suspiró aliviada. Se plantó delante del mostrador de pasteles, los estudió a fondo, consciente por primera vez de lo hambrienta que estaba.

—Tienen todos una pinta tan deliciosa que cuesta decidirse —le dijo sonriendo a la joven de detrás del mostrador—. ¿Qué me recomienda?

La joven (Sienna supuso que se trataba de la propietaria del local) sonrió.

—¿Qué tal un trozo de la tarta de Victoria? El bizcocho es muy esponjoso y la crema que lleva en el medio es de fresa.

A Sienna se le hizo la boca agua.

—Pues que sea un trozo de tarta de Victoria. Y una taza grande de té, por favor. —Señaló la mesa que estaba desocupada—. ¿Puedo sentarme allí?

—Por supuesto —dijo la joven y le guiñó un ojo—. ¿Ha venido de vacaciones a la zona?

Sienna estuvo a punto de mentirle, pero cambió de idea.

—A mi madre la asaltaron hace unas semanas por esta zona y poco después falleció —explicó—. Además, tengo familia en Boscastle. A mi abuela. Está en el hospital de aquí.

La joven miró apenada a Sienna.

—Pobre, lo siento muchísimo. —A punto de añadir algo más, se detuvo, miró a Sienna—. ¿Se sabe…? Quiero decir… —Volvió a callarse.

—Desafortunadamente no —dijo Sienna que imaginó a lo que se refería la mujer—. La hipótesis de la policía es que ha sido una banda de adolescentes. Aunque hasta ahora no han encontrado a nadie, ya no hablemos de detener.

La mujer inspiró hondo, miró indecisa a Sienna.

—¿Dónde ocurrió exactamente?

—En Boscastle —respondió Sienna—. La encontraron cerca del pantano, junto al bosquecillo a la derecha de la carretera principal.

La mujer tragó, bajó incómoda la mirada.

—Creo recordar que en esa misma zona ya ocurrieron más cosas horribles —dijo en voz baja—. Aunque de eso hace más de veinte años.

Sienna estuvo a punto de preguntarle a la mujer a qué se refería cuando se fijó en que se había puesto pálida. Así que cogió el plato con el pastel, le dio las gracias.

La mujer soltó un suspiro hondo.

—Será mejor cambiar de tema. —Esbozó una sonrisa forzada—. Que aproveche. Invita la casa. El té se lo llevo ahora.

Pero tras sentarse a la mesa, Sienna seguía pensando en aquellas palabras ominosas. ¿A qué se había referido esa mujer al hablar de cosas horribles ocurridas en la zona?

¿Cabía la posibilidad de que su madre no fuera la única víctima?

Pero en ese caso, la suposición de la policía de que era cosa de una banda de adolescentes no tendría sentido.

A Sienna se le aceleró el corazón, rompió a sudar.

Se obligó a pensar en otra cosa, clavó el tenedor en el pastel, metió un trozo en la boca. Estaba delicioso, dulce y a la vez afrutado, sin embargo, a Sienna le costó saborearlo.

Miró a través de la cristalera, observó durante unos minutos a los viandantes, pero con esto tampoco consiguió distraerse.

Al dirigir la atención de nuevo al pastel, vio que le habían dejado el té. Se lo agradeció con un gesto a la dueña de la cafetería y tomó un trago.

Recordó las palabras de la enfermera. La agresividad a causa de la joya no había ido dirigida solo a ella. Lo que a su vez significaba que el ataque del otro día no tenía nada que ver con Sienna, sino solo con el colgante. Lo sacó del bolso, lo dejó encima de la mesa, clavó los ojos en él.

¿Qué significaba todo esto?

¿Por qué reaccionaba Serafina así cada vez que veía el colgante?

Si se tratara de una pieza que formaba parte de las joyas familiares, debería alegrarse por haberla recuperado.

Entonces ¿por qué esa rabia?

¿Era porque su madre lo había tenido todo este tiempo?

¿O había otra explicación completamente distinta?

Recordó la primera conversación con la cuidadora de la residencia. El día de su llegada.

La cuidadora llevaba más de treinta años en la institución, era la que mejor conocía a Serafina. Le había contado a Sienna que la anciana había estado de bastante buen humor dadas las circunstancias, cosa que había cambiado tras la visita de su madre.

Y fue entonces que le dio el ictus. El segundo después de mucho tiempo…

Luego la fractura de la cadera por querer levantarse sola de cama.

Ahora el coma por culpa de la embolia.

¿Qué le había dicho su madre a la mujer que había sido su suegra como para cambiarlo todo?

—¿De dónde lo ha sacado?

La voz llevaba rabia y sonó dura, la trajo al presente en cuestión de segundos. Alzó los ojos y vio a un hombre de pie frente a la mesa, mirándola con gesto sombrío, primero a ella, luego al colgante. El hombre había estado sentado en una de las otras mesas comiendo pastel.

—¿A qué se refiere? —preguntó Sienna tanteando.

Él señaló el colgante.

—A eso. ¿De dónde lo ha sacado?

Ella cogió la pieza, la metió en el bolsillo del pantalón, miró furiosa al tipo aquel.

—No es asunto suyo.

El hombre cruzó los brazos delante del pecho, la taladró con la mirada. Estaba poniendo nerviosa a Sienna. No sabía si era por su estatura (seguro que más de metro noventa) o por cómo la estaba mirando. Con recelo, con desconfianza, casi con hostilidad.

Sienna apartó el plato, tomó lo que quedaba de té, luego se levantó, pasó junto al hombre y fue hacia el mostrador.

—La cuenta, por favor —le dijo a la joven ignorando la mirada de preocupación de esta.

—¿No le ha gustado la tarta?

—Sí —soltó Sienna—. Es solo que… —Se calló, señaló con la mirada el hombre que había vuelto a sentarse, pero que no la perdía de vista.

—¿Es por Gerry? —preguntó la joven—. No se preocupe por él. A pesar de su aspecto intimidatorio, es completamente inofensivo.

—Vale. Es solo que… Da igual, tengo que irme de todos modos.

La mujer asintió con la cabeza, le cobró el té.

Sienna salió del local. Ojalá hubiera aparcado cerca, pero por desgracia había dejado el coche en el recinto del hospital.

Emprendió la vuelta con un suspiro, se giró varias veces al notar un hormigueo extraño en la nuca, pero no vio a nadie siguiéndola.

El tío de la cafetería la había asustado muchísimo, hubo de admitir Sienna. Caminaba cada vez más rápido. Ya casi veía los tejados del hospital cuando alguien la agarró del brazo y la hizo girarse.

Se le cayó el alma al suelo al ver quién era.

—Tengo que saberlo —gruñó con tono sombrío—. ¿De dónde ha sacado el colgante?

Sienna sopesó si empezar a chillar, pero optó por no hacerlo. Se obligó a respirar con calma para impedir un ataque de pánico, miró fijamente a los ojos del hombre.

—De mi abuela —explicó por fin—. Lo he encontrado en su armario y creo que se trata de una herencia familiar.

El gesto del hombre se volvió pétreo.

—¡Mientes! —le espetó a Sienna—. ¡Dime la verdad! ¿De dónde lo has sacado!

Sienna retrocedió, no sabía qué hacer.

—¡Es la verdad! —balbuceó indefensa—. Lo encontré en una cajita en el armario de mi abuela.

En la residencia en la que vive. —Echó un vistazo rápido a los alrededores, pensó si sería capaz de salir corriendo hacia el aparcamiento del hospital, pero entonces se dio cuenta de que no serviría de nada.

Él la hubiera alcanzado en un abrir y cerrar de ojos.

Por no mencionar que una huida la convertiría en sospechosa.

Respiró hondo, miró al hombre.

—Soy alemana. Es la primera vez en veinte años que he vuelto aquí y le juro que este colgante pertenece a mi familia. Puede que lo esté confundiendo con otro.

El hombre la miró hostil. Luego la agarró por los hombros.

—¡El colgante! ¡Dámelo ya!

El miedo paralizó a Sienna. Le costó no desplomarse allí mismo. Tiraba del brazo para soltarse de las garras de aquel tipo, pero este no cedía, la miraba con maldad, la zarandeaba.

—Es el colgante de mi abuela, ¿me oyes? ¡De la mía, no de la tuya! Se lo robé hace más de veinte años del joyero para regalárselo a una chica muy especial. Y precisamente esa chica desapareció poco después sin dejar rastro – junto con el colgante.

Sienna cogió aire, consternada, y estaba a punto de ceder cuando vio un matrimonio al otro lado de la calle. Reaccionó de inmediato, apartó al hombre de un empujón, pidió socorro.

La pareja se detuvo, la miraron indecisos.

—Este hombre… —gritó Sienna lo más fuerte que pudo—, está loco. ¡Por favor, llamen a la policía!

El hombre reaccionó de repente. Soltó asustado a Sienna, miró hacia la pareja al otro lado de la calle, se puso en marcha.

Ya casi había alcanzado la esquina cuando volvió a girarse, le lanzó una mirada sombría y articuló con los labios que volverían a verse.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sienna al ver el brillo en sus ojos.

Y entonces, por fin, desapareció.