11 Boscastle/Stratton
ONCE
BOSCASTLE/STRATTON
De vuelta en Boscastle, Sienna se sintió por fin, después de mucho tiempo, descansada y relajada.
El encuentro con Ria y Helen le había sentado muy bien y le pareció que aquellas mujeres también habían disfrutado con su compañía.
Habían quedado hasta tarde en aquel local, bebido bastante, tanto que Ria había llamado a un taxi que la había llevado primero hasta su coche a coger el bolso de viaje y luego a un hotel cercano.
Había reservado la habitación desde el móvil en el propio bar y temió haber dado con un lugar de mala muerte, dado el precio, sin embargo, la casa resultó una verdadera joya.
La habitación era pequeña, pero estaba amueblada con mucho gusto y, aunque el desayuno del día siguiente no era nada del otro mundo, para tratarse de un sitio en Londres, estaba más que bien.
Sienna había temido no ser capaz de dormir, pero las grandes ingestas de alcohol junto a aquellas dos mujeres resultaron ser algo bueno. Sienna había quedado dormida nada más tirarse en cama. Había dormido de un tirón sin ningún tipo de incidente.
Se despertó sintiéndose una persona nueva y por primera vez en mucho tiempo el día se presentaba lleno de optimismo.
Había decidido no regresar a Alemania, sino quedarse un poco más, al menos hasta que Serafina estuviera mejor.
Y seguiría buscando a su padre, aunque la conversación con Ria no había aportado ninguna pista útil.
Vale, su padre había tenido algún tipo de problema antes de desaparecer, pero Sienna dudaba que fuera tan grave como para TENER que largarse.
No. Estaba convencida de que era tal como se lo había contado su madre: se había largado en plena noche, así sin más, y por voluntad propia.
Ria había alabado lo poco complicado que solía ser su padre. Que se apuntaba a cualquier gamberrada. Lo cierto era que esa descripción encajaba con su marcha misteriosa. Se había hartado de su familia y por eso había puesto pies en polvorosa. Sin hacer mucho ruido, así, sin más.
Sienna respiró hondo, se concentró en la autopista.
Anoche se había percatado de otra cosa más.
No era culpa suya que pasara las noches en blanco en el Cliff Ville.
De ser así, también hubiese pasado la noche despierta en el hotel de Londres.
No, Sienna estaba convencidísima de que era por el lugar o por el propio hotel, que desencadenaban algo en ella.
Cuanto más lo pensaba, más segura estaba de que de niña había pasado con sus padres unas o incluso más vacaciones en el Cliff Ville.
Al fin y al cabo, la casa le había resultado extrañamente familiar desde el primer momento.
La había atraído casi por arte de magia.
La había asustado un poco desde el principio.
Si su madre aún estuviera viva, le preguntaría si no sería en el Cliff Ville donde habían pasado las últimas vacaciones en familia.
¿Sería aquí donde había hecho las maletas su padre para largarse?
Había tenido que ser un verdadero shock para su yo de siete años despertar a la mañana siguiente y enterarse de que su padre ya no quería saber nada más de ella.
Seguramente lo había buscado por todas partes, llorado y albergado la esperanza de que regresaría, pero al final habían regresado a Londres solo ella y su madre.
¿Había transcurrido así?
Y si sí, ¿por qué no lo recordaba? ¿Por qué tenía que ir atando cabos?
Por otra parte, si había sido de esa manera, había sido el peor recuerdo de su infancia, no era de extrañar entonces que su mente no estuviera dispuesta a colaborar. Sienna respiró hondo.
El hecho de no poder dormir en el hotel e incluso de imaginar cosas tal vez no fuera indicio de que se estaba volviendo loca – dios mediante –, sino que estaba relacionado con el miedo a perder a alguien y eso resultaba muy doloroso.
O podía ser que estuvieran saliendo a la superficie recuerdos para los que todavía no estaba preparada.
Al pasar junto al cartel que indicaba la llegada a la localidad de Boscastle, decidió de manera espontánea seguir hasta Stratton. No le apetecía regresar al hotel. Sintió la necesidad impetuosa de ir a ver a su abuela, de preguntarles a los médicos si había novedades con respecto a su recuperación.
Pero cuanto más se acercaba al hospital, más se hacía notar la tensión y la inquietud, dos viejas conocidas ya.
Estaban más que justificadas por supuesto por el estado de salud de Serafina, pero Sienna era plenamente consciente de que también tenían que ver con su pasado, el olvidado o el reprimido, y que la estaba afectando aquí y ahora, más en Cornwall que en Alemania.
Estaba decidido: no regresaría a su país hasta haber intercambiado al menos un par de palabras con su padre.
Como si era por teléfono, daba igual. Tenía que contárselo todo.
Lo mucho que había sufrido su madre por culpa de él, lo mucho que la madre de él seguía sufriendo.
Y que ella, Sienna, lo odiaría por ello durante el resto de sus días.
Tragó para combatir las lágrimas que estaban amenazando con surgir. Aparcó el coche, se apeó, corrió para liberar la ira que se estaba acumulando en su interior.
¡Cálmate!, le dijo la voz en su cabeza. Serafina te necesita. Y ella no se merece tu rabia.
Sienna consiguió, efectivamente, llegar a la UCI con la mente medianamente despejada. Por suerte, nada más timbrar, ya le abrió una enfermera.
—Vengo a ver a mi abuela —le explicó a la mujer que parecía bastante estresada—. Serafina Ward.
La enfermera asintió, le pidió que la siguiera.
—Aunque todavía no ha despertado del coma —dijo la enfermera al detenerse delante de la habitación—. Puede entrar aquí y ver a su abuela a través del cristal. Tengo que preguntarle al médico si la puedo dejar pasar a la sala.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó Sienna mientras observaba a su abuela a través del cristal. Parecía más frágil todavía que unos días atrás, era casi como si ya estuviera muerta.
La enfermera soltó un pequeño suspiro.
—Voy a preguntar, ¿vale? Hoy hay mucho ajetreo por aquí.
Antes de que se marchara, algo llamó la atención de Sienna.
—La última vez que estuve con ella, después de la operación, pero antes de la embolia, le dejé un colgante de plata en la mesilla de noche. Tiene forma de mariposa. No sabrá usted por casualidad dónde está, ¿o sí? —Miró expectante a la enfermera.
—Recuerdo que antes de ayer no dejaba de tirar algo al suelo.
Puede que fuera eso. Lo dicho, tenemos mucho lío y no me acuerdo de todo.
Si es lo que su abuela no dejaba de tirar al suelo, ahora debería estar guardado con sus cosas en el armario.
—Miró a Sienna—. ¿Quiere que lo compruebe y se lo traiga?
—Si no es mucha molestia…
Mientras que la enfermera desaparecía en la habitación donde estaba su abuela, tuvo un mal presentimiento.
Su abuela le había arrancado el colgante del cuello.
Estaba muy enfadada. Furiosa. De hecho, le había dado un ataque a raíz de eso.
Aun así, antes de irse, Sienna había dejado el maldito colgante en la mesilla.
¿Sería la joya la causante del estado de Serafina?
¿Le había dado literalmente un susto de muerte?
¿Por ser lo primero que había visto nada más recuperarse del ataque?
Al final lo de la embolia ¿no sería culpa de Sienna?
—Por cierto, ¿qué desencadenó que mi abuela esté ahora en coma? Vale, fue la embolia, pero… ¿por qué le dio? —le preguntó a la enfermera cuando esta hubo regresado a este lado del cristal.
La mujer tranquilizó a Sienna.
—He oído que le dio un ataque. Eso fue por la tarde, antes de la embolia.
Seguramente una especie de preaviso. Pero no se preocupe por eso.
Suele ocurrir después de alguna intervención quirúrgica, sobre todo en pacientes mayores con operaciones tan largas y complicadas como la de su abuela.
—Ladeó la cabeza, miró preocupada a Sienna—.
¿Se encuentra bien? Está usted muy pálida.
Sienna asintió con la cabeza.
—¿Entonces puedo dejarla un momento sola para ir a buscar al médico?
—Estoy bien —dijo Sienna, consciente del tono poco convincente—. Váyase tranquila, ya me las apaño.
La mujer asintió, pero antes de girarse recordó algo.
—Antes de que se me olvide… —Puso algo en la mano de Sienna.
Era el colgante.
Su mera visión le provocó malestar.
Sienna se preguntó cómo había podido sentir la necesidad de ponerse eso al cuello.
Le dio las gracias a la mujer, quedó mirando fijamente la joya en la palma de su mano, respiró hondo para disipar esa inquietud interior que iba cada vez a más. El colgante estaba helado, tan frío que casi le quemaba la piel.