La niña de la habitación número 11 10 Londres
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10 Londres

DIEZ

LONDRES

Pasaba poco de las once cuando Sienna llegó a Londres.

Dejó el coche en un parking exorbitantemente caro, pero al menos vigilado, luego siguió a pie.

Era demasiado pronto para ir a ver a Ria, así que decidió aprovechar y desayunar.

Buscó un sitio junto a la ventana en un bonito bistró, pidió una ración de alubias con huevo frito y beicon, acompañado de tostadas y té.

Hacía siglos que no desayunaba de manera tan opípara, pero hoy le apetecía.

Lo achacó a la tensión interior y a la inquietud que la atormentaban, que le exigían más de lo habitual, tanto que casi la agotaban.

Mientras esperaba por la comida, evocó los acontecimientos de la noche pasada.

Definitivamente, había oído unas palmadas. Y no solo una vez. Y también risas infantiles. Pasos incluso. Pisadas de alguien corriendo hacia ella. Y luego la situación en las escaleras. La corriente de aire detrás de ella. Una risita pegada al oído. ¡Imposible imaginarse todo eso!

Además, la habían tocado. Juraría por lo más sagrado que alguien la había agarrado del brazo.

Sienna tragó al notar que se le estaba acelerando el corazón una vez más y que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

Igual que la otra noche.

Junto con la recepcionista habían repasado las grabaciones de las cámaras.

Las del pasillo y también las de las escaleras.

Se había visto a sí misma correr por el pasillo, mirar por la esquina.

Efectivamente, no había niños por ninguna parte.

Ni durante los minutos previos ni en ningún momento dado de la tarde ni de la noche.

Tampoco en las escaleras. Las imágenes no dejaban lugar a dudas.

Ella era la única presente, la que había espiado por la esquina hacia el vestíbulo, la que luego había emprendido la retirada.

Nadie la había perseguido, nadie le había reído al oído ni respirado en la nuca. Y nadie pudo haberla tocado.

Pero ¿por qué demonios había oído y sentido todo eso?

La recepcionista la había mirado del mismo modo que el joven la noche anterior y a Sienna no le había quedado más remedio que pedir disculpas y admitir entre dientes que tuvo que haberse equivocado.

O que efectivamente estaba perdiendo el juicio.

Le había costado mucho no romper a llorar, no tener un ataque de histeria.

Había acabado contándole todo a esa mujer.

La agresión a su madre a raíz de la cual esta había fallecido.

La abuela de la que creía que estaba muerta, pero resultaba que estaba viva, aunque ahora en coma.

La recepcionista había empatizado con ella y la había acompañado a la habitación.

Le había dicho que eran los nervios que le estaban jugando una mala pasada y Sienna había acabado incluso creyéndola.

Se había metido en cama y pasado horas mirando el techo, lidiando consigo misma para no hacer la maleta y regresar de inmediato a Alemania.

A las tres de la mañana le había dado un ataque de pánico.

A las cuatro el siguiente, hasta que no aguantó más y decidió arrancar ya a Londres.

Estaba tan nerviosa, tan de los nervios, que, a pesar de no haber dormido, no se había detenido ni una sola vez a descansar.

Sienna se asustó cuando una joven con rastas y ropa hippy dejó el plato de comida en la mesa.

—Que aproveche —le dijo y le guiñó un ojo a Sienna. Esta cogió el tenedor, se obligó a pensar en otra cosa, empezó a comer.

Después del desayuno Sienna mató el tiempo dando un paseo por la ciudad, comprando incluso algunos detallitos.

La distracción le vino bien. Ahora iba camino de Camden, que era donde se encontraba el estudio de Ria.

La fachada del edificio estaba cubierta de grafitis y parecía más bien el refugio de una banda de okupas.

Sin embargo, al abrir la puerta, el rellano ya era otra cosa.

El suelo estaba revestido de baldosas de mármol blanco y negro y parecía estar impecablemente limpio.

Junto a las escaleras había maceteros coloridos y farolillos de cristal.

Alguien se había tomado muchas molestias para compensar el aspecto exterior de la casa.

Sienna sabía que el estudio de Ria estaba en la primera planta, así que se dirigió directamente hacia arriba.

Al llegar, vio que la puerta estaba entreabierta. Frunció el ceño, se acercó, llamó con cuidado al marco.

—¡Entra! —gritó Ria desde dentro y Sienna respiró aliviada. Abrió la puerta del todo, cruzó el umbral, se asustó al ver en mitad de la estancia a una mujer de unos setenta años, desnuda, sentada con las piernas abiertas en un taburete.

Ria estaba arrodillada delante de ella, con una Nikon Z6 delante de la cara, enfocando directamente la zona íntima de la mujer.

—Ya casi estoy —dijo y Sienna distinguió por su tono de voz que era muy consciente de lo incómoda que esta situación le hacía sentir a Sienna.

La mujer desnuda miró a Sienna, sonrió con picardía.

—Parece que no contabas con esto.

Sienna esbozó una sonrisa forzada. A pesar de la edad, la mujer seguía teniendo un cuerpo bastante atractivo y Sienna dedujo que había sido modelo de profesión, o que todavía lo era, de ahí que conociera a Ria.

—¿Eres la que está buscando a Allen?

Aquello pilló a Sienna por sorpresa.

—Sí. ¿Lo conocía usted?

—No todo lo bien que me gustaría —respondió guiñándole un ojo—. Me fotografió un par de veces, pero se ve que era demasiado vieja para él. —La mujer se rio con malicia.

—Sabes que es su hija, ¿verdad? —le aclaró Ria a la mujer, granjeándose una mirada de consternación fingida. Luego se giró hacia Sienna—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a tu padre?

Sienna se encogió de hombros.

—De niña. Yo tenía siete años y lo único que sé es que desapareció durante unas vacaciones familiares. Hizo las maletas y se largó.

—¿Y aun así quieres dar con él después de todos estos años? ¿Por qué?

—¡Helen! —la reprendió indignada Ria—. No seas tan descarada. La chiquilla tendrá sus razones.

La anciana, Helen, se encogió de hombros y sonrió con malicia.

—Tengo curiosidad, qué se le va a hacer.

Sienna carraspeó, le sonrió a Helen. La mujer le caía bien, igual que Ria.

—Los primeros años fueron horribles —admitió Sienna—.

Con el paso del tiempo resultó más fácil.

La rabia es mejor de llevar que el dolor, la pena y la impotencia.

—Se interrumpió para dar con las palabras correctas—.

Quiero encontrarlo, tengo que encontrarlo, porque tengo que decirle que mi madre ha muerto.

Y quiero preguntarle si lo que tiene ahora vale la pena, tanto como para habernos hecho tanto daño a mi madre y a mí.

Tengo que saber por qué se fue y por qué cortó en seco con su vida anterior. Quién tuvo la culpa.

—¿Y estás segura de querer oír la respuesta? —Helen sonó escéptica.

—Ya soy mayor, así que creo que sí.

Observó a Ria: hizo unas cuantas fotos más, dejó la cámara a un lado y se levantó. Se acercó a Sienna, le dio un breve abrazo y un beso en la mejilla.

—Siento haberte hecho esperar, pero esto —dijo y señaló hacia Helen— ha sido un encargo de última hora.

Sienna asintió.

—No pasa nada. Conozco bien este mundo. Parece que he heredado el talento de mi padre.

Ria abrió mucho los ojos.

—¿También eres fotógrafa?

Sienna asintió.

—De vez en cuando también trabajo con modelos, aunque hago sobre todo reportajes de viajes para una editorial especializada en hacer guías turísticas.

—Eso suena muy bien —admitió Ria sonriendo—. ¿Entonces no has tenido que fotografiar nunca la vagina de una mujer para el folleto publicitario de una clínica de estética?

Sienna se rio.

—Pues hasta ahora no.

Ria le guiñó un ojo, se giró hacia Helen.

—Hemos acabado. ¿Qué tal una copa para festejar el fin de jornada? ¿En el Bobs?

Helen ladeó la cabeza, miró primero a Ria, luego a Sienna.

Sienna asintió y sonrió.

—A mí no me importaría.

El Bobs resultó ser un local pequeño y acogedor en el que había que sentarse en el suelo, encima de cojines, se fumaba en cachimba y se era agasajado con cócteles.

Había incluso tentempiés, cosa que aprovecharon Helen y Ria para probar todo lo que había en la carta.

Al final, el camarero tuvo que juntar dos taburetes alargados para dejar en ellos todo lo que habían pedido.

—Así que te mandaba postales —comentó Ria y miró a Sienna por encima del borde del vaso.

Esta asintió con la cabeza.

—Desde América, Nueva Zelanda, Australia y otros sitios muy agradables.

Solía escribir por toda la postal, sin dejar ningún hueco libre, pero nunca nada de índole personal.

Era como esas postales que se les manda a los vecinos o a un compañero de trabajo cuando se está de vacaciones, pero no a un niño.

Ria hizo una mueca, miró a Helen.

—¿Cuándo recibiste la última?

—Poco antes de cumplir los doce, creo. Me la mandó desde Londres y decía que por fin había encontrado lo que siempre había deseado y que ahora era feliz.

—¿Y desde entonces nada más?

Sienna negó con la cabeza.

—Eso es muy duro —observó Helen—. Y para ser sincera, jamás me hubiera imaginado algo así de él.

—Yo tampoco —murmuró Ria apenada—. Estaba loco por su hija y en el fondo también por Marlene, a pesar de todas sus aventuras amorosas.

Helen esbozó una sonrisa, asintió sin decir nada.

—¿Y tú? —le preguntó Sienna a Ria—. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Poco después de la exposición que hicimos juntos y de eso hace siglos.

Apenas lo recuerdo. —Se calló, tomó un trago, suspiró—.

Sí recuerdo que me llamó la atención que de repente estuviera tan…

cambiado. Allen era un hombre simple, sin complicación alguna.

Tanto a nivel profesional como privado. Siempre dispuesto a cualquier tontería, siempre de buen humor, ¿entiendes?

—Cerró los ojos, sonrió con el recuerdo—.

Podías fiarte de él y no había nadie en quien yo confiara más.

Tuvimos una historia, sí, una noche, en el campo, pero se ve que funcionábamos mejor como colegas, así que lo dejamos todo como estaba.

—Resopló—. Allen era un hombre muy atractivo, todas se lo quedaban mirando.

Estoy segura de que para tu madre no tuvo que ser nada fácil.

Sobre todo, porque él también lo sabía y se aprovechaba de ello.

Me imagino que como marido no era ni la mitad de enrollado que como colega o compañero de trabajo.

Sienna hizo una mueca.

—El caso es que Allen cambió. Completamente. Cancelaba encargos importantes, no acudía a las reuniones, tenía mal aspecto, dormía mal. Y cuando le preguntaba qué le pasaba, su reacción resultaba casi agresiva. No sé qué le pasaba, pero tenía que ser algo grave que le afectó muchísimo.

—¿Era por el trabajo? Quiero decir, ¿podría ser que tuviera problemas con el curro? ¿O con un curro en concreto? ¿Algún problema legal? Suele ocurrir en esta profesión, más de lo que se cree.

Ria se encogió de hombros.

—No lo sé porque él no quería hablar de ello. Sin embargo, eso imaginé después de encontrarme un día aquellas fotos en su estudio.

—¿Qué fotos?

Ria se encogió de hombros.

—De chicas. Le pregunté qué tenía pensado hacer con ellas y se cabreó un montón.

Creo que no quería que yo las viera. Durante varios días no mantuvimos ningún tipo de contacto, hasta que un día volvió a aparecer ante mi puerta.

Charlamos, nos tomamos un porro y en un momento dado dijo que tenía que sumergirse en algo importante y que por eso no iba a tener tiempo para nada más, si no me parecería mal.

Le dije que no pasaba nada y que se tomara el tiempo que necesitara y eso fue todo. Poco después desapareció para siempre.