La niña de la habitación número 11 9 Boscastle #3
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9 Boscastle #3

Tras detenerse el ascensor, recorrió el pasillo a prisa, abrió la puerta de su habitación. A punto de meterse en el baño para darse una ducha caliente, se fijó en el móvil que había dejado encima de la mesilla de noche. Estaba parpadeando.

Se acercó, lo cogió, se asustó al ver que había llamado el hospital.

Un mal presentimiento se apoderó de ella. De golpe volvió a ver la mirada furiosa de su abuela. El tirón de la cadena. Marcó el botón de rellamada, dejó que la operadora la comunicara con planta.

A los pocos minutos, oyó la voz de una joven que se presentó como la Dra. Fielding. El tono de voz de esta bastó para indicarle a Sienna que había ocurrido algo.

—Su abuela ha sufrido una severa embolia pulmonar —dijo sin rodeos—.

A raíz de la misma hemos tenido que inducirle un coma artificial.

—La médica calló, parecía estar escogiendo bien las próximas palabras—.

Ahora mismo solo nos queda esperar. Esperar y rezar para que esté lo suficientemente fuerte y poder enfrentar también esto.

—¿Puedo verla? —preguntó Sienna sin pensar.

—Si quiere, sí, pero no se lo aconsejo —fue la respuesta de la Dra. Fielding—. Al menos no de momento. Su abuela está completamente ausente y, para ser sincera, no resulta nada agradable verla conectada a tantos cables y máquinas.

—Lo que pasa es que mañana no voy a estar por aquí y regresaré muy tarde, puede que incluso no hasta pasado mañana —explicó Sienna—. Es por trabajo —añadió Sienna.

—No se preocupe. Hasta entonces puede que ya haya cambios —la tranquilizó la Dra. Fielding—. Y en caso de que ocurriera algo grave, contactaríamos con usted. Tenemos su número.

Un ruido fuerte sobresaltó a Sienna y la arrancó del sueño.

Se incorporó, buscó a tientas el interruptor de la luz, parpadeó cuando el destello de la lámpara le dio de pleno en los ojos.

Echó un vistazo al reloj, soltó un gemido de frustración.

Las malas noticias del hospital la habían mantenido mucho tiempo despierta, pensando si ir a Londres o no, aunque al final había decidido que sí iría.

Y en medio de tanto pensar, había quedado dormida. Hasta ahora.

De nuevo ese golpe. Esta vez más fuerte. Sonaba como una palmada.

Luego oyó una risita contenida. Era evidente que venía del pasillo y Sienna supuso que serían los mismos gamberros del día anterior.

Apartó las mantas, fue hacia la puerta, sin tener en cuenta de que iba en bragas y camiseta, la abrió de golpe.

El pasillo estaba iluminado solo con la luz nocturna, suficiente para que Sienna viera que no había nadie.

Y mucho menos un niño. Tragó, cogió la llave y salió corriendo.

Acababa de oír las palmadas, por lo que esos gamberros no podían andar lejos.

Aceleró hasta llegar por fin a la esquina. Allí se detuvo, miró alrededor.

Nada.

Ni alma.

De repente oyó una risa a sus espaldas. Luego pisadas que parecían venir corriendo hacia ella. Se giró de golpe… nada.

Allí no había nadie.

No puede ser, pensó sin poder dar crédito.

Dio media vuelta, pasó delante de su habitación en dirección a las escaleras, pero aquí tampoco había nadie.

Bajó hasta el vestíbulo, miró a hurtadillas hasta la recepción, pero al ver que aquí abajo también estaba todo en orden, decidió regresar a la habitación.

Estaba llegando al final de las escaleras cuando notó una corriente de aire frío.

Luego de nuevo la risa, muy cerca de su oído izquierdo.

Se asustó, dio un paso atrás, notó que algo la agarraba de la mano.

Algo que no podía ver, pero sí sentir. Sienna soltó un grito, tropezó llevada por el miedo, se golpeó la pierna contra el borde del escalón. Un dolor agudo le recorrió la tibia.

—¿Se encuentra bien? —Era la voz de la recepcionista a sus espaldas y Sienna cerró los ojos en un acto de rendición. Al volver a abrirlos, notó que la mujer estaba muy cerca detrás de ella. Se giró, miró su rostro de preocupación—. ¿Se ha hecho daño?

Sienna le restó importancia.

—Qué va… No es nada… Es solo que… —titubeó, indecisa de si contarle a la mujer lo que acababa de pasarle sin resultar ridícula.

—¿Ha vuelto a oírlos? ¿A los niños? —preguntó echándole un cable.

Sienna asintió lentamente con la cabeza.

—Por eso he salido a comprobarlo.

—¿Y?

Se encogió de hombros.

—No había nadie.

La mujer la miró con cara amable, le sonrió para tranquilizarla.

Sienna se enfureció de golpe.

—No estoy loca, ¿vale? —soltó finalmente—. Había alguien en el pasillo. Justo delante de mi puerta. No hace ni dos minutos de eso. He oído varias palmadas. Luego risas y pisadas que se alejaban corriendo. ¡Cómo voy a imaginarme algo así!

La mujer ladeó la cabeza, suspiró por lo bajo. Parecía no acabar de decidirse, a Sienna le pareció que estaba sopesando las posibilidades.

Acabó asintiendo con la cabeza, le dirigió a Sienna una mirada que era una mezcla de empatía y confianza.

—Vale. En ese caso solo hay una manera de salir de dudas y aclarar este posible malentendido. ¿Qué le parece si echamos ahora mismo un vistazo a las cámaras de vigilancia?