9 Boscastle
NUEVE
BOSCASTLE
Sienna despertó sobresaltada, el corazón le palpitaba con mucha fuerza. Parpadeó, registró que ya era de día y que, efectivamente, parecía que había dormido un par de horas de un tirón.
Recordó la conversación con el joven recepcionista. La había mirado de manera tan extraña que aún ahora el recuerdo la hizo sentirse incómoda. La había hecho sentirse como una mentirosa.
No.
Como una loca se acercaba más.
La había mirado y hablado con ella como si estuviera pirada. Y eso que estaba convencidísima de que delante de su puerta habían estado jugando niños.
Se incorporó, se frotó los ojos.
Volvería a intentarlo, ojalá pillara esta vez a la jefa del hotel.
La mujer le había causado una impresión muy buena, parecía muy simpática, seguro que la creería e investigaría a qué se debían esos gritos nocturnos y tempraneros.
Al fin y al cabo, pagaba como cualquier otro huésped y tenía derecho a poder descansar por las noches.
Además, que no hubiera niños en el hotel en estos momentos no tenía por qué significar nada. El hotel estaba abierto día y noche. Bien podían colarse un par de niños para fastidiar a los huéspedes del hotel.
Y luego estaba el hecho de que el joven de recepción también iría en algún momento al baño o a hacer una ronda por la casa, es decir, que no tenía la entrada permanentemente vigilada.
Sienna se levantó, fue al cuarto de baño. Estaba cepillando los dientes cuando oyó vibrar su móvil. Escupió, dejó el cepillo en el vaso, se enjuagó la boca con agua limpia. Luego corrió a la otra estancia y cogió el móvil, que había dejado en la mesilla de noche.
Vio que era el número del hospital, respiró hondo.
—Aquí Aschenbrenner —dijo por fin, dándose cuenta de lo tensa que había sonado su voz. No podía remediar el estar preocupada por su abuela, a pesar de no saber nada de su existencia hasta hacía muy poco.
—Soy el doctor Ruppert —explicó el hombre al otro lado de la línea—. He sido yo quien operó ayer a su abuela. Por la cadera fracturada.
—¿Qué tal se encuentra mi abuela? —lo interrumpió Sienna.
—Dadas las circunstancias, bien —respondió el médico—. Está estable, ahora tiene que recuperarse. Lo importante es que ya no tiene dolor.
Sienna respiró aliviada.
—¿Cuándo puedo ir a verla?
—Cuando quiera, pero no espere gran cosa. La paciente es mayor, está impedida y ya no está muy en forma. Podría llevarle bastante tiempo estar lo suficientemente lúcida como para poder comunicarse medianamente bien.
Sienna le dio las gracias al hombre, finalizó la llamada. Luego se vistió, se dirigió a desayunar.
Al llegar al vestíbulo vio a la mujer tras el mostrador. Cuando la mujer también la vio a ella, le hizo señas para que se acercara.
—Me gustaría comentar con usted lo de anoche —dijo la mujer dirigiéndole una sonrisa amable—.
Siento mucho que considere que su descanso se vea perturbado en nuestra casa y puedo asegurarle de que nos tomamos muy en serio las quejas de nuestros huéspedes.
—La mujer calló, miró a Sienna—. Sin embargo, he de confesar que no logro entender de dónde podría proceder ese ruido que dice usted haber oído.
Lo que le ha dicho mi empleado es cierto.
Ahora mismo no hay niños en el hotel, ni siquiera adolescentes.
—¿Y si se trata de niños de fuera? —objetó Sienna—. ¿Y si se colaron en el hotel para jugar? Ya sé que suena raro, y más siendo en plena noche, pero… —Se interrumpió, inspiró hondo—. Sé lo que he oído —añadió, consciente de que sonaba a justificación.
La mujer ladeó la cabeza.
—Lo cierto es que a mí fue lo primero que se me pasó por la cabeza.
Que algunos niños del pueblo se hubieran metido a escondidas en la casa para molestar a la gente.
Sin embargo, he comprobado las cámaras de seguridad y en ninguna de ellas se ve a ningún niño.
Y tampoco a la hora que bajó usted había nada extraño ni en los pasillos ni en las escaleras.
He comprobado incluso las cámaras en los ascensores.
Sienna se quedó mirando a la mujer, sin saber qué decir.
—Vale —consiguió articular a duras penas, miró consternada a la mujer—. Gracias de todos modos.
Dio media vuelta, fue hacia el comedor, pero ya no tenía apetito. Por eso tomó un café a prisa y corriendo, sin poder evitar que sus pensamientos giraran una y otra vez alrededor de los acontecimientos de anoche.
Tenía sueño, estaba agotada y había tomado bastante alcohol con el estómago vacío. ¿Cabía la posibilidad de que no fueran más que imaginaciones suyas?
Pero entonces recordó que el ruido la había despertado también temprano por la mañana y eso, definitivamente, no tenía nada que ver con el alcohol.
Por muchas vueltas que le daba, no encontraba una explicación razonable.
Al final volvió a subir a la habitación, se sentó en el borde de la cama, reflexionó. De ahora en adelante ignoraría a esos niños o los enfrentaría ella misma. Hoy, por lo de pronto, iría al hospital a ver cómo estaba Serafina.
A punto de coger el bolso, recordó algo.
Fue al armario, cogió la cajita con las joyas y quiso guardarlas en la caja fuerte cuando, de repente, de manera impulsiva, sacó el colgante en forma de mariposa y lo colgó de su propia cadena.
Luego se miró en el espejo, sonrió. Aquella pieza la enternecía de manera extraña.
No sabría decir por qué, pero su instinto le decía que había pertenecido a la abuela antes de que su padre se lo regalara a su madre.
Ahora es tuyo, pensó y sonrió con malicia.
Puede que fuera el causante del accidente de su abuela.
Marlene había venido a devolver las joyas para cortar el último lazo entre ella y su ex, además de con toda la familia de este.
Puede que Serafina deseara que de aquí en adelante fuera Sienna quien llevara el colgante.
¿Se había levantado por eso? ¿Porque quería coger la cajita para que la próxima vez que viniera su nieta, tuviera un recuerdo de ella?
Sienna se encogió de hombros. Posible es, pensó.
Luego cogió el bolso y se puso en marcha.
Al cabo de una hora escasa, se encontraba en el hospital ante la habitación de su abuela, respiró hondo.
Lo cierto era que no sabía qué decirle. Serafina y ella se habían distanciado a lo largo de los años, tanto que cualquier intento de mantener una conversación con ella parecería forzado.
Extendió la mano, accionó la manilla, entró.
Al ver el cuerpo frágil de su abuela tendido en aquella cama demasiado grande, rodeada de goteros y aparatos emitiendo pitidos, se le encogió el corazón.
Se acercó, notó que la anciana estaba despierta y que tenía los ojos clavados en la pared. A Sienna le pareció que hoy tenía todavía peor aspecto si cabía que el otro día, más pálida, más demacrada, más alejada de la vida.
—Hola, abuela, soy yo —susurró y se acercó, se inclinó sobre la anciana, le dio un beso en la mejilla—. Vas a ponerte bien, ¿me oyes?
Serafina parecía relativamente lúcida porque reaccionó a su voz, giró la cabeza despacio hacia ella. Durante un rato se estuvieron mirando en silencio hasta que Sienna se percató que los ojos de Serafina se estaban llenando de lágrimas.
—¿Te duele algo? —preguntó asustada, pero Serafina no reaccionó.
Sin embargo, Sienna no consiguió deshacerse de la sensación de que su abuela parecía deprimida. Como si en los últimos días hubiera perdido las pocas ganas que le quedaban de vivir.
Sienna se preguntó si tendría algo que ver con el último ataque que la había mermado todavía más.
Ya no podía caminar, apenas podía comunicarse, estaba condenada a la cama o a una silla de ruedas. Sienna sabía que una fractura de cadera podía limitar mucho a la gente mayor. ¿Qué le quedaba a la mujer? ¿Para qué vivir?
Una de las enfermeras le había contado hacía poco que Serafina seguía con la esperanza de volver a ver a su hijo.
Sienna suspiró. Bien sabía ella lo que era desear ver a alguien cuando a esa persona le daban completamente igual los sentimientos de los demás. Saber que ese anhelo jamás se vería cumplido. Tragó.
—Voy a buscarlo, ¿vale? —le susurró a su abuela—.
Y cuando lo haya encontrado, lo traigo a rastras si hace falta.
—Se le hizo un nudo en la garganta, notó que su abuela le miraba fijamente al escote.
Entonces recordó el colgante. Lo agarró de manera automática—.
Encontré la cajita en tu armario y me la llevé.
Creo que mi madre vino a devolvértela porque casi todo eran regalos de mi padre y ya no los quería.
—Titubeó un instante, seleccionó bien las siguientes palabras—.
Me imagino que este colgante era tuyo. Por eso me lo he puesto, a no ser que tú…
Sienna se asustó cuando la mano sana de su abuela salió disparada de debajo de las mantas y le arrancó la cadena de un tirón.
La mujer estaba furiosa y para corroborar esa rabia lanzó la cadena con colgante incluido a través de la habitación.
Sienna lanzó miradas asustadas hacia su abuela y luego a la cadena tirada en el suelo. No pudo remediar sentirse molesta y algo decepcionada.
—¿No quieres que la lleve puesta? Pues vale —murmuró, se incorporó. Luego inspiró hondo.
Un pitido repentino la asustó. Al segundo se percató de que el pecho de su abuela se alzaba y bajaba de manera compulsiva, que le costaba respirar.
Llevada por el pánico pulsó el botón de emergencias, se apartó consternada de la cama.
A los diez segundos la habitación estaba llena de médicos y sanitarios que le pidieron que saliera.
Recordó el colgante. Lo recogió del suelo, lo sacó de la cadena, lo dejó en la mesilla de noche.
Luego, todavía herida y asustada, se retiró.