La niña de la habitación número 11 8 Boscastle
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OCHO

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De vuelta en el coche, Sienna dejó la cajita de madera en el regazo.

Luego deslizó el pasador metálico, levantó un poco la tapa.

Sienna contaba con encontrar cualquier cosa: fotos, por ejemplo, cartas antiguas, dinero incluso, pero para nada una colección variopinta de joyas.

Abrió la tapa del todo, frunció el ceño.

A primera vista el contenido de la cajita no tenía ningún sentido. Había joyas de moda mezcladas con joyas artesanales, además de algún colgante, anillos y pendientes que bien podían pasar por antigüedades.

¿Qué era todo esto?

Cogió una mariposa de plata que al inspeccionarla resultó ser un colgante.

Lo estudió con suspicacia. No recordaba haber visto nunca esta pieza.

Aunque eso no tenía por qué significar nada.

Hacía tanto que se habían separado sus padres, que bien cabía la posibilidad de que el colgante perteneciese a la familia de su padre, que se lo hubiera regalado en su día a su madre, que esta ya no lo quisiese tener y que por eso venía a devolvérselo a su exsuegra.

¿Y el resto de las cosas?

Una pulsera de la amistad muy colorida, un osito de oro, un corazón partido en dos mitades. Le costó imaginarse a su madre llevando ese tipo de cosas. ¿O sí?

Cogió la pulsera, la estudió con más detenimiento. La habían cortado, pero los nudos indicaban que alguien la había llevado puesta, alguien que no tenía ni un kilo de más.

O el osito… Sienna hubiese jurado que su madre jamás llevaría algo así, ni siquiera tratándose de un regalo.

¿Y si no era de tu madre?

¿Y si te lo regalaron a ti?

Sienna cogió aire, cerró los ojos. Pero por mucho que se concentraba, no recordaba ningún colgante en forma de oso ni un corazón partido en dos.

Rebuscó algo más en la caja, sacó un par de pendientes de perlas, un anillo con una piedra verde, pero ninguna de estas piezas evocó ningún recuerdo en ella. Al final volvió a dejarlo todo en su sitio.

Tendría que esperar para obtener respuestas. Porque si había alguien que sabía si estas joyas formaban parte de una herencia familiar era su abuela.

Apenas media hora después estaba subiendo por el sendero que daba al hotel. Tenía tanto sueño que le costaba mantener los ojos abiertos. Tras identificarse en la caseta del aparcamiento, aparcó, cogió el bolso, metió la cajita debajo del brazo y se dirigió hacia el hotel.

Había un pequeño grupo de gente en la recepción, de ahí que tuviera que dejar para más tarde la queja que quería hacerle a la recepcionista con respecto a los niños ruidosos de anoche y de esta madrugada.

Cuando la mujer tras el mostrador la reconoció, le hizo señas para que se acercara, se disculpó con el grupo de jubilados que hablaban sin ton ni son, miró amablemente a Sienna.

—Han dejado algo para usted —le explicó en voz baja y sonrió—. Ha venido un policía muy amable y me ha dado esto. —Le entregó un sobre grande, luego la llave—. ¿Quiere que le reserve una mesa para la cena? —le preguntó.

Sienna le sonrió, pero declinó la propuesta.

—Voy a irme temprano para cama. Pediré algo al servicio de habitaciones.

Por fin en la habitación, quitó los zapatos, dejó el sobre encima de la cama y se concedió un botellín del minibar. Vertió la ginebra en uno de los vasos que había en el escritorio, lo llenó con tónica y vació el contenido casi de golpe.

Luego se desvistió y se dio una ducha larga y relajante.

Cuando volvió a sentirse persona, cogió el menú, pidió una ensalada césar y una hamburguesa, se acomodó con el sobre en la cama.

Contenía una breve nota del inspector jefe Jonathan Roth y el móvil de su madre.

Sienna lo cogió, lo contempló aguantando la respiración.

Luego buscó el cargador dentro del sobre, descubrió que no estaba.

Soltó un gemido de fastidio. Luego se dio cuenta de que el enchufe para el cargador era igual que el suyo.

—Menos mal —soltó aliviada. Pero ¿por qué no se había acordado Roth de meter el cargador? Tendría que saber que sin él no podría hacer nada con el móvil. Al menos no a bote pronto.

Vale, su madre llevaba el móvil cuando la agredieron. Por eso había sido lo primero que habían comprobado los agentes. El cargador debía de estar entre el resto de las cosas de su madre, o sea, seguía en posesión de la policía junto con el portátil y la ropa de su madre.

Se levantó, conectó el aparato a su propio cargador, suspiró impaciente al darse cuenta de que tendría que esperar un rato a que el móvil se hubiera cargado lo suficiente como para arrancar.

Durante la espera, se permitió otro botellín más del minibar.

Dado que ya no quedaba ginebra, tuvo que tirar del whisky.

Fue al cuarto de baño a enjuagar el vaso del gin-tónic, lo llenó con el whisky de malta, tomó un buen trago.

El líquido fue bajándole por la garganta hasta llegar al estómago, dejando una sensación de calor y recordándole de manera dolorosa que no había probado bocado durante todo el día.

El pin, le vino de repente a la cabeza. ¡Mierda, mierda, mierda! Ni había pensado en eso. Sin él no le serviría de nada el móvil de su madre.

Frunció el ceño.

Por otro lado, tampoco debía de ser tan complicado dar con él. Cuando la batería estuvo cargada al diez por cien, el primer número con el que lo intentó fue el cumpleaños de su madre.

Nada.

¡Mierda!

Se devanó los sesos. Luego probó con su propio cumpleaños. Nada tampoco.

Estaba visto, pensó.

Sienna resopló.

¡Venga, que tú la conocías! Si hay alguien puede dar con él, eres tú, le dijo la voz de su interior.

Y entonces recordó una conversación con su madre. Debió de ser hacía un año, cuando acababa de comprar el móvil. Dado que su madre siempre olvidaba el pin, Sienna le había recomendado cambiarlo por otro pin más fácil.

—¿Y qué números cojo? —Oyó la voz de su madre con total claridad en su cabeza.

—Algo fácil —le había contestado—. Algo del estilo cero ocho uno cinco, algo fácil de recordar.

A Sienna se le aceleró el pulso, introdujo los cuatro números. 0815.

—¡Bingo! —gritó al ver que el aparato se ponía en marcha y le dio las gracias a su madre. Cogió el vaso y brindó consigo misma.

Lo primero que miró fueron las últimas llamadas registradas, pero todas, a excepción de una, eran de Sienna o de amigos o compañeros de su madre.

Marcó el único número desconocido para ella y resultó ser de un hostal. Se disculpó con el joven al otro lado de la línea diciendo que se había equivocado de número. Luego comprobó los WhatsApp y los mensajes que su madre había mandado o recibido – con esto tampoco averiguó nada.

Por último, entró en el historial de búsquedas.

Pero aparte de algunos hoteles y restaurantes, así como el Cliff Ville, no descubrió nada revelador.

Aunque, ¡un momento!

Sienna dio un respingo al llegar a una página que hablaba sobre el cadáver de una joven de diecinueve años encontrado hacía unas semanas en Australia.

La chica llevaba muchos años desaparecida.

Leyó el artículo, se estremeció. La chica se llamaba Cassy Riley y estaba viajando como mochilera por Australia cuando desapareció.

Siguió buscando, encontró otro artículo que su madre había leído pocos días antes de la agresión. Este artículo también trataba de un cadáver encontrado tres años atrás, aunque esta vez en Estados Unidos.

Y finalmente un tercer artículo, en este caso trataba de una inglesa de veinte años que había sido asaltada y asesinada durante una acampada en Nueva Zelanda.

Pero ¿a qué venía este interés de su madre por historias tan espeluznantes?

Puede que estuviera trabajando en algo parecido, le recordó la voz en su cabeza. Al fin y al cabo, era periodista.

Sienna frunció el ceño. Últimamente su madre hacía sobre todo reportajes médicos y en ese sentido una posible investigación respecto a jóvenes asesinadas no encajaba en su repertorio.

Llamaron a la puerta y Sienna dejó el móvil a un lado. Las tripas le rujían a no más dar y le ardían a causa del alcohol ingerido.

Cogió la bandeja, le dio una generosa propina al camarero y se sentó a cenar delante del televisor.

¡Los niños!

Otra vez…

Sienna se despertó de golpe, parpadeó aturdida, miró el reloj. Casi las once. Tras la cena se había puesto a mirar una película. Se había quedado dormida viéndola.

La ira se apoderó de ella al escuchar las risas en el pasillo, luego un estruendo, seguido de sollozos fuertes.

Igual que esta mañana y la noche anterior, pero esta vez no iba a quedarse callada ante tanto ruido en plena noche.

Saltó de la cama, agarró el albornoz que colgaba de un gancho en el cuarto de baño, se lo puso.

Luego se dirigió con determinación a la puerta, la abrió de golpe.

Sin embargo, al igual que esta mañana, de repente no había nadie en el pasillo.

—No puede ser —murmuró Sienna, tragó para bajar la inquietud que se apoderó de ella. Finalmente decidió no dejar así las cosas. Sacó la llave que estaba metida por dentro, cerró la puerta con llave, se dirigió a la recepción.

Sin embargo, no era la señora amable de antes la que estaba tras el mostrador, sino un joven que la miró sorprendido.

—Soy Sienna Aschenbrenner de la habitación número once —le explicó—. Y he de pedirle que por favor haga algo para que esos niños dejen de hacer tanto ruido.

El hombre frunció el ceño.

—¿Qué niños?

Sienna se encogió de hombros.

—Y yo qué sé. Supongo que los que se alojan en la misma planta que yo. Tienen que ser como mínimo dos. El caso es que hicieron un montón de ruido anoche, hoy de madrugada y ahora otra vez. Me gustan los niños, pero, aun así, me gustaría poder dormir tranquilamente, ¿me entiende?

El hombre asintió con la cabeza, la miró de manera extraña.

—Lo siento mucho, Miss Aschenbrenner. Lo que pasa es que… En serio no tengo ni idea de a qué niños se refiere porque en estos momentos no tenemos ningún huésped menor de edad. Aparte de usted solo hay un grupo de jubilados alojado en el hotel.