7 Boscastle #2
—Necesito el móvil de mi madre —explicó finalmente siguiendo un impulso—. Y también su portátil —añadió—. Podría ser que tenga documentos importantes guardados en él. Papeles del seguro a los que necesito tener acceso.
El inspector jefe Jonathan Roth la miró dubitativo.
—A ver qué puedo hacer. Pero el portátil estoy seguro de que aún lo van a necesitar.
—¿Ya se sabe dónde estuvo mi madre las horas antes de la agresión?
—Hemos podido triangular unos cuantos puntos, pero no ha salido nada revelador. Parece que solo salió a pasear, cerca del pantano y en el bosque que linda con Boscastle. Hemos inspeccionado todo, pero no hemos encontrado nada que pueda tener relación con la agresión a su madre.
—¿Que mi madre fue a pasear al bosque en plena noche? ¿Y con una pala en la mochila?¡Eso no tiene ningún sentido!
El inspector jefe Jonathan Roth se encogió de hombros.
—Pero tampoco está prohibido. Su madre era periodista, puede que estuviera trabajando en un artículo.
Sienna negó con la cabeza.
—No solía aceptar encargos en el extranjero. Y ya le digo yo que por culpa de un encargo no volvería aquí después de tantos años. ¡Es que no me lo creo! —Alzó las manos—. ¡Y su ropa! Llevaba botas, ropa para ensuciar. ¿Para qué? ¿Y la pala y el agua? Para mí que estaba buscando algo.
—¿No debería saberlo usted, siendo su hija? ¿A quién si no iba a contarle sus planes?
El inspector jefe Roth había tocado un tema sensible para Sienna. Sus palabras la estremecieron, bajó la mirada.
—Pero no lo hizo —balbuceó.
Él la miró, de repente pareció sentir lástima por ella.
—Entiendo que quiera respuestas. Nosotros también, pero aun así hemos de mantener los pies en la tierra.
La pala, la ropa, pueden significar algo o no.
Y antes de lanzarnos en una dirección equivocada para al final acabar otra vez sin nada, mejor ocuparnos primero de aquello de lo que estamos seguros: la agresión en sí.
Estamos analizando el desarrollo de los hechos, interrogando posibles sospechosos.
Resumiendo: no estamos sentados rascándonos la barriga – por si era eso lo que pensaba.
Sienna tragó, evitó mirarle. Luego se levantó.
—¿Sería tan amable de ocuparse de las cosas de mi madre? Me refiero a las que puedan devolverme.
El hombre asintió.
—Hablaré con mis compañeros y le haré llegar lo que ya no necesitemos. ¿Dónde se aloja?
—¿Conoce el hotel Cliff Ville en Boscastle?
El hombre asintió, le tendió la mano.
—Siento no poderle decir más, en serio.
Sienna la aceptó.
—Y yo ser tan impaciente.
Cuando poco después estaba subiendo los peldaños de la residencia, notó el cansancio apoderándose de ella. Dos horas de descanso no eran suficientes. Deseaba con cada fibra de su cuerpo dormir, pero aún no tocaba.
Fue hacia la recepción, explicó por qué estaba allí y a los pocos minutos se acercó una mujer a ella. Según la identificación, se trataba de Joy Hunter, la jefa de enfermeras.
La joven le estrechó la mano, sonrió con amabilidad, aunque también distante. Sienna comprendió al instante que el tema de conversación sería la contención de daños por parte de la institución. Respiró hondo, miró a Joy.
—¿Qué pasó exactamente?
La mujer le sostuvo la mirada.
—La enfermera del turno de noche jura y perjura que los barrotes de la cama de Serafina estaban levantados y que la mujer estaba durmiendo cuando fue a ver cómo estaba.
Y que luego, en la siguiente ronda, estaba de repente tirada en el suelo.
No sabe cómo, pero de algún modo consiguió salir de la cama.
—¿Suele pasar muy a menudo?
—¿Con su abuela, se refiere?
Sienna ignoró la pregunta.
—No —respondió Joy—. Que uno de nuestros habitantes se haya caído de la cama y se haya lesionado solo ha ocurrido dos veces. Incluida Serafina.
Sienna asintió con la cabeza.
—¿Puedo verla? Me refiero a la cama, a su habitación. Quisiera verlo por mí misma.
La mujer asintió con movimientos secos, se levantó, le pidió a Sienna que la siguiera. Poco después estaban en la habitación de Serafina, Joy señalaba la zona libre entre la cama de su abuela y el armario empotrado.
—Estaba tirada allí, boca abajo, la cabeza enfocada al armario.
Sienna frunció el ceño.
—¿Puede ser que quisiera coger algo del armario?
La mujer se encogió de hombros.
—No veo el qué. Ahí dentro solo se guarda la ropa de su abuela, la ropa de cama y ese tipo de cosas.
—¿Le importa que eche un vistazo de todos modos? —preguntó Sienna.
La mujer asintió tiesa.
Sienna pasó a su lado, se acercó al armario, abrió las dos puertas.
En el interior se apilaban, efectivamente, montones de ropa, ropa de cama y toallas, pero uno de esos montones de ropa llamó la atención de Sienna.
Era un lote de toallas que, al contrario de los demás montones ordenados pulcramente, estaba desordenado.
Tiró de la toalla de debajo del todo hasta poder sacar todo el montón.
Vio una cajita escondida en la parte trasera del armario. Se giró hacia la enfermera.
—¿Le importaría?
Joy se acercó y la miró.
—La caja del fondo, sáquela, por favor.
Joy hizo lo que le pidieron, esperó a que Sienna hubo vuelto a dejar las toallas en su sitio. Le tendió la caja.
—Es la primera vez que la veo —explicó la enfermera.
Conteniendo el aliento, Sienna clavó los ojos en la estrecha caja, de unos veinte centímetros de largo. Era una de esas cajas de bambú con caracteres chinos. En casa de su madre había montones de ellas.
—Tiene que ser de mi madre —murmuró Sienna, miró a Joy—. ¿Y está usted segura de que no ha visto esta caja antes?
La mujer asintió.
—Completamente.
—Entonces tuvo que haberla traído mi madre la última vez que estuvo aquí —dijo Sienna, aunque más bien hablando sola. Miró a Joy, luego a la cama de su abuela—. Apostaría lo que fuera a que esta caja es la razón de por qué se levantó mi abuela. Se acordaría de repente de ella.