7 Boscastle
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SIETE
BOSCASTLE
—¡Escóndete mientras cuento hasta diez!
Pisadas fuertes, luego una alegre risa infantil que llegaba a oídos de Sienna como a través de una niebla espesa.
Medio adormilada buscó a tientas el interruptor junto a la cama, cerró los ojos con fuerza al encenderse la luz y deslumbrarla tanta claridad.
Echó un vistazo al reloj. Eran las cinco de la mañana, lo que significaba que no había dormido más de dos horas de un tirón.
Tras el ataque de pánico de ayer y a pesar de haberse tomado un largo baño relajante, no había conseguido tranquilizarse del todo, por lo que había encendido el televisor para distraerse.
Llegado un momento el cansancio se había apoderado de ella de tal manera que había quedado dormida, pero un estruendo la despertó.
Al igual que ahora, había oído niños delante de su puerta.
Estaban riéndose y chillando de alegría.
Por un breve instante, Sienna se sintió tentada de quejarse a la recepcionista.
A Sienna no le cabía en la cabeza que hubiera padres que permitieran este tipo de comportamiento y que, además, dejaran a sus hijos jugar hasta tan tarde por los pasillos de un hotel.
Soltando un gemido de protesta, apartó la manta, fue tambaleante hasta la puerta.
La ira recorrió sus venas al volver a oír otra risa, esta vez más fuerte que la anterior.
Extendió la mano, la retiró asustada al oír un fuerte golpe.
Era como si uno de los niños hubiera chocado precisamente contra su puerta. Oyó unos sollozos.
Sienna agarró la manilla, abrió la puerta de golpe y, a punto de reñirles a los causantes de tanto alboroto, se dio cuenta de que no había nadie en el pasillo.
Nadie excepto ella.
Atónita salió al pasillo, miró primero hacia un lado, luego hacia el otro, frunció el ceño.
¿Dónde se habían metido los niños?
Si uno de ellos acababa de hacerse daño y había llorado, no podía haber desaparecido ni medio segundo después.
Sienna sacudió la cabeza, se retiró, cerró la puerta con llave. A punto de meterse de nuevo en cama, sonó el móvil. Lo cogió con un suspiró, echó un vistazo a la pantalla, se asustó al ver que era el número de la residencia. Dudó un instante, pero acabó aceptando la llamada.
—Perdone por llamarla tan temprano —dijo la voz de una joven—. Se trata de su abuela, Serafina Ward. —La joven titubeó una milésima de segundo. Fue el instante en el que Sienna supo que había pasado algo.
—¿Cómo está? —consiguió preguntar a duras penas.
—Me temo que no estoy capacitada para decirlo —explicó la joven—.
Lo cierto es que no sé ni cómo pudo ocurrir.
—Se oyó un leve suspiro, luego un carraspeó que denotaba incomodidad—.
Disculpe, no me he presentado —dijo de repente la chica casi con un susurro de voz—.
Soy la enfermera Ireen y hoy estoy yo al cargo de la planta en la que vive su abuela.
Al hacer antes la ronda, estaba todo en orden.
¡Lo juro! Serafina estaba durmiendo tan tranquilamente, con la reja de la cama levantada.
Pero ahora, al volver a comprobar todo, estaba de repente tirada en el suelo, a un metro más o menos del armario.
No tengo ni idea de cómo lo hizo, pero tuvo que escurrirse de algún modo de la cama.
—Pero ¿qué dice? —Sienna frunció el ceño—. ¿Cómo iba a hacerlo? Tiene un lado paralizado y está encamada. ¿Cómo iba a levantarse sin ayuda?
—En serio, lo siento, pero no lo sé. La barandilla estaba levantada, estoy completamente segura.
Sienna respiró hondo.
—Como total no voy a conseguir dormir, ¿qué le parece si me paso por ahí? —propuso con voz de resignación.
—Eso no servirá de nada porque ya he llamado una ambulancia. Hay que hacerle unas radiografías a Serafina porque es posible que se haya fracturado la cadera. Si quiere verla, mejor vaya directamente al hospital.
Media hora más tarde, Sienna estaba metiéndose en el aparcamiento del hospital, fue como un déjà vu.
Hacía algo más de un mes, su madre había fallecido en este mismo hospital. Recordar aquel último encuentro la afectó mucho. Se le hizo un nudo en la garganta, se apeó. Lo mejor sería acabar cuanto antes con esto.
Fue corriendo hacia la entrada, le explicó al portero quién era y qué quería, la mandó que fuera a urgencias.
Por fin encontró a su abuela amarrada a una cama en mitad de un pasillo.
No había nadie con ella y al ver a su abuela llorando con gesto de dolor, se le hizo un nudo en la garganta.
Aquella situación reflejaba lo que había sido la vida de Serafina durante las últimas décadas: soledad y desolación.
Fue hacia ella, le cogió la mano, se la apretó con suavidad.
—Estoy aquí, abuela. Tranquila, voy a quedarme contigo. —Se inclinó sobre ella, le dio un beso en la mejilla, pero la anciana parecía completamente grogui.
—Tiene mucho dolor. —La voz surgió a sus espaldas. Sienna se giró de golpe. Un joven que según la identificación era un médico en prácticas, la miró con gesto amable—. He tenido que darle algo más fuerte —explicó—. Es posible que la descoloque algo.
—¿Cuánto tiempo tendrá que quedar aquí? —preguntó Sienna.
El hombre echó un vistazo al reloj.
—Están preparando todo en rayos. Calculo que unos diez minutos. Y en caso de que se confirmen mis sospechas, necesitaremos el consentimiento de usted para intervenir quirúrgicamente.
—¿Hay que operarla?
—Si se trata de una fractura, sí.
—Vale. A ver qué pasa. —Sienna le dio las gracias, se giró hacia su abuela—. Dentro de nada ya están contigo —murmuró, le acarició la mejilla, registró que su voz tenía un efecto calmante en la anciana.
Sienna se asustó cuando, de repente, Serafina abrió los ojos de golpe y los clavó en ella.
—Pero qué cosas haces —dijo más desbordada que asustada, soltó una risa de incomodidad.
Miró a su abuela, ladeó la cabeza.
—Mira que levantarte tú sola de la cama. Podrías haberte partido la crisma. —Al ver que su abuela ponía los ojos en blanco, a Sienna se le abrió la boca de golpe—. Te enteras de todo lo que pasa a tu alrededor, ¿verdad?
Serafina parpadeó. Luego Sienna vio el dedo de su abuela atravesado por unos espasmos.
—¿Por qué te levantaste? ¿Tuviste una pesadilla? ¿O la enfermera de noche sí olvidó subir los barrotes de la cama?
El dedo índice de su lado sano se movió de izquierda a derecha.
—Mamá ha muerto —dijo Sienna de repente sin poder contenerse a tiempo.
Miró asustada a Serafina, pero esta no reaccionó—.
La agredieron poco después de la última vez que vino a visitarte.
Debió de ser hace un mes. —Miró a Serafina—.
Lo que me trae por la calle de la amargura es no saber, y seguramente no descubrirlo jamás, a qué vino. ¿Por qué volver después de tantos años?
Miró a Serafina como si pudiera encontrar en el rostro de su abuela alguna respuesta, pero no fue el caso.
—Creo que vino por él. Por mi padre —añadió—. Ella lo quería tanto y él la abandonó sin más… nos abandonó sin más. Creo que vino a cerrar de una vez por todas ese capítulo. Es la única explicación plausible.
Miró a su abuela, de repente vio que tenía los ojos inundados en lágrimas.
—Voy a encontrarlo, ¿me oyes? A mi padre. Voy a encontrarlo y a hacerle todas las preguntas que le hubiera hecho mi madre. Por qué nos abandonó, por qué no contactó nunca más conmigo y por qué olvidó incluso a su propia madre.
Sienna se había ido calentando y se sobresaltó cuando de repente notó la mano sana de Serafina agarrándole el brazo.
La agarró con fuerza, sin soltarla y, si no fuera porque sabía que no podía ser, hubiese dicho que su abuela quería hacerle daño intencionadamente.
—¿Quieres que llame al médico? ¿Te duele?
Serafina negó con la cabeza, la miró fijamente.
—¿Qué pasa? —le preguntó y se inclinó sobre la anciana.
La respiración de Serafina le hacía cosquillas en la oreja. Luego oyó un muy sutil susurro.
—Tienes que repetirlo —le pidió y se acercó más a la boca de su abuela. Se asustó cuando el grito de la mujer casi le perforó el tímpano. Miró consternada a su abuela—. ¡Lo has hecho a propósito!
Los ojos de la anciana parecían estar lanzando rayos. Luego abrió la boca.
Sienna estaba tensa.
Oyó un gemido. Luego una tos estertórea.
Quiso ayudar a su abuela, incorporarla, pero Serafina no dejaba de dar golpes a su alrededor. Uno de los golpes dio a Sienna en el hombro.
—Pero ¿qué te pasa? Si solo quiero ayudarte.
Las lágrimas resbalaban por las mejillas de la anciana. Luego empezó a temblar, abrió la boca aún más. Miró a Sienna, clavó los ojos en su rostro.
—Tienes… —La anciana calló, en busca de palabras—. ¡Lárgate!
Tras una conversación rápida con el cirujano, resultó que la única opción era operar a Serafina.
El médico le indicó que se despidiera de su abuela.
Así lo había hecho, había esperado a que hubieron desaparecido tras la puertas de cristal que daban a la zona de quirófanos.
Luego se había encaminado al aparcamiento.
Lo siguiente en la lista era acudir a la policía y hablar del caso de su madre.
Por eso se había dirigido directamente a comisaría.
Ahora estaba sentada en el vestíbulo esperando a que la llamaran.
Tras una espera de unos quince minutos, apareció por fin el inspector jefe Jonathan Roth y Sienna respiró aliviada. Se levantó, fue hacia el hombre, le estrechó la mano.
—Espero que no le moleste que me presente así sin más —dijo ella.
El hombre asintió, aunque hizo una ligera mueca.
—Bastante estrés en estos momentos —admitió finalmente, la miró—.
He de confesar que apenas ha habido cambios en el caso de su madre.
Hemos interrogado a unos cuantos jóvenes, pero ninguno dice haber visto ni oído nada.
Seguimos cómo estábamos, sin nada a qué atenernos, ninguna pista, ninguna prueba.
—¿Y las cosas de mi madre? ¿La maleta? ¿Su móvil y su portátil?
El hombre se encogió de hombros.
—La científica está analizándolos, pero parece que hasta ahora no han encontrado nada.
Sienna suspiró.