6 Boscastle
SEIS
BOSCASTLE
—Quiero verla —dijo Sienna con voz firme y sin poder evitar la profunda rabia que estaba sintiendo por su madre—.
Si hubiera sabido que mi abuela seguía viva, la hubiese visitado mucho antes.
—Se levantó, sacudió la cabeza—. Lo cierto es que no entiendo a mi madre.
Vale, estaba furiosa con mi padre, pero no me entra en la cabeza por qué había que castigar a Serafina por eso.
No fue culpa de la pobre que mi padre se largara.
De hecho, fue otra víctima más de su desaparición, como mi madre y yo.
La enfermera Kristin la miró compungida.
—La única persona que hubiera podido aclararle eso hubiese sido su madre. Pero ahora… —La mujer se calló, sonrió a Sienna—. Que haya venido ahora es un buen comienzo. Es usted su nieta. Seguro que se va a alegrar mucho con su visita.
Sienna siguió a la mujer, consciente de que a cada paso le costaba más respirar.
En su cabeza se había desatado el caos y no pudo menos que preguntarse cómo conseguir todas esas respuestas que le faltaban.
—¿Cómo se encuentra mi abuela ahora mismo? —quiso saber y detuvo a Kristin cogiéndola del brazo.
La mujer se giró, la miró con cara de pena.
—Desde el ataque del otro día, ha empeorado aún más.
Mucho más rápido que en los últimos meses y años.
El parálisis ha empeorado, se ha extendido al lado sano, además ahora le ha afectado también al habla.
Le cuesta dar con las palabras y también concentrarse.
Supongo que la edad en este caso es un factor en su contra.
Pero para serle sincera, creo que la última visita de su madre la perjudicó más de lo que la favoreció.
—¿A qué se refiere?
Kristin se apartó un rizo de la cara, suspiró.
—Como ya le he comentado, Serafina sufría mucho por culpa de la soledad y de que su hijo no se ocupara de ella. Pero estaba estable, le gustaba salir al exterior, comía bastante bien – su estado no era bueno, pero tampoco malo. Sin embargo, desde que vino su madre… —Kristin se calló.
—Está bien —la tranquilizó Sienna—. No quiero saberlo.
Kristin asintió con la cabeza.
—Cuando se hubo ido su madre, encontré a Serafina exhausta en su habitación.
Había llorado, temblaba de pies a cabeza, como si la visita de su madre le hubiera quitado la poca energía vital que le quedaba.
Por la noche le dio un ataque de pánico, nos costó mucho tranquilizarla y al poco le dio el ictus.
Sienna resopló.
—¿Sabe qué era lo que quería mi madre? ¿A qué vino?
—No dijo nada. Apareció, pidió ver a su suegra.
Me dio la impresión de que estaba hecha polvo.
Estaba inquieta, nerviosa y… muy afectada.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue que había recibido una mala noticia.
Y, sinceramente, creo que así fue. Vino para contárselo a Serafina y la anciana reaccionó como cabía esperar.
Sienna tragó.
—Mi madre no me comentó nada. Estuve en su casa en Augsburgo un par de días antes de la agresión.
Todo parecía en orden. Estaba normal y no mencionó para nada su intención de viajar a Inglaterra.
Lo siguiente que supe de ella fue lo que me comunicó telefónicamente el médico del hospital de Stratton.
Kristin frunció el ceño.
—Tal vez encuentre alguna respuesta en el móvil de su madre. Quiero decir, si recibió malas noticias, podría dar con la llamada.
Sienna suspiró.
—El móvil sigue en poder de la policía. Al igual que su portátil.
Kristin asintió comprensiva.
—Puede que Serafina le aclare algo. Hoy por la mañana estaba bastante lúcida, la primera vez desde hace días. No habla, pero de vez en cuando escribe alguna palabra suelta para comunicarse.
Reemprendieron el camino, se detuvieron delante de la puerta número 89. Kristin le guiñó un ojo para animarla.
Al entrar, Sienna se sobresaltó. Recordaba a Serafina como una mujer corpulenta, morena, con la mirada bondadosa de su padre y una sonrisa muy tierna.
La anciana demacrada tendida en aquella cama no tenía nada que ver con la abuela que recordaba Sienna.
Serafina estaba extremadamente delgada, no era más que una sombra de lo que había sido.
La cara pálida como la de un cadáver, los ojos clavados en el vacío, rotos, señal de lo que debía de estar pasando en su interior.
—Serafina, han venido a visitarla —dijo Kristin con voz alegre, facilitándole así las cosas a Sienna—.
¿Sabe quién es esta joven? —La enfermera hizo una pausa significativa, empujó a Sienna hacia la cama—.
Es su nieta de Alemania —le explicó a la anciana y enmudeció al ver que, en cuestión de una milésima de segundo, el cuerpo de la anciana sufrió una fuerte sacudida.
Sienna tuvo la sensación de estar viéndolo todo a cámara lenta. Serafina giró la cabeza, la miró durante unos segundos a través de unos ojos muy abiertos, emitió un sonido agudo que Sienna no supo si presagiaba algo bueno o algo malo.
Le echó una mirada de inseguridad a Kristin.
—Dele un momento —le susurró la enfermera con una sonrisa—.
Supongo que esta visita inesperada ha abrumado un poco a su abuela, aunque esta vez de manera positiva.
—Señaló con la cabeza hacia la cama y al mirar Sienna de nuevo a Serafina, se fijó en que a la anciana le temblaban los labios y la barbilla.
Se inclinó hacia ella, la abrazó con cuidado.
—Estoy aquí, abuela —le susurró al oído—. Me alegro tanto de volver a verte después de todos estos años. Siento muchísimo haber tardado tanto en venir.
Le dio un beso tierno en la mejilla, se asustó al contacto de la piel, casi apergaminada.
Se giró hacia Kristin.
—¿Toma suficientes líquidos?
—Hasta hace un mes, sí. Pero desde que regresó del hospital no quiere comer ni beber. Tenemos que insistirle mucho, casi obligarla.
Sienna se giró hacia la abuela, sopesó si contarle que su nuera había muerto, pero optó por no hacerlo.
—Mi madre no me contó que seguías viva. Me dijo que habías muerto de un ataque.
Por eso he tardado tanto en venir, ¿entiendes?
No tiene nada que ver contigo. Fue por culpa de una mentira de mi madre.
Supongo que estaba cabreada con papá por habernos abandonado, por eso mintió también con respecto a ti.
¿Sabes?, que se largara fue muy doloroso.
De repente Serafina empezó a ladearse y a estremecerse bajo las mantas, las miró con los ojos muy abiertos, primero a Sienna, luego a Kristin.
Acabó extendiendo la mano sana, agarró el brazo de Sienna, lo apretó.
No fue un apretón doloroso, sin embargo, Sienna tuvo la sensación de percibir que de su abuela emanaba una rabia increíble.
Miró sin saber qué hacer a la enfermera, sacudió la cabeza sin entender nada.
—Pero ¿qué le pasa?
La propia Kristin parecía sobrepasada por la situación.
Cuando Serafina empezó a jadear, incapaz de coger aire, estalló el caos.
Kristin pulsó el botón de emergencia, corrió hacia Serafina, le soltó la mano que seguía aferrada al brazo de Sienna.
—Por favor, espere fuera. Tengo que tranquilizarla como sea.
Tras resultar que la fuerte reacción de Serafina había sido una convulsión cerebral, la enfermera Kristin le pidió a Sienna que volviera más tarde, o mejor aún, al día siguiente.
Sienna se encontraba ahora camino de Boscastle para hacerle una visita al inspector jefe Jonathan Roth.
Quería mirarle a los ojos cuando le preguntara por qué seguían sin poder decirle quién era el responsable de la muerte de su madre.
Además, exigiría que le devolvieran el móvil de su madre para seguir el consejo de Kristin.
Tal vez, encontrara, efectivamente, en la lista de llamadas la respuesta a su pregunta de por qué había venido.
A pocas millas de Boscastle reconoció a lo lejos un edificio impresionante que se erguía majestuoso sobre el acantilado.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al percatarse de que esas vistas le resultaban extrañamente familiares, a la vez que la ponían nerviosa.
Estaba completamente segura de haber visto ese edificio anteriormente. Tras recorrer otras tres millas más, pasó junto a una señal que invitaba a los turistas a coger la siguiente salida hacia el hotel Cliff Ville.
Sienna se dio cuenta al instante de que debía de referirse al edificio que acababa de ver.
A pocos metros de la salida decidió que no estaba de más ir a echar un vistazo al hotel.
Puso el intermitente, se apartó de la carretera general y notó que a cada metro que avanzaba se le iba acelerando el pulso.
La carretera fue a parar a un sendero de grava que atravesaba un extenso páramo pantanoso.
Bajó la ventanilla, respiró hondo, disfrutó del aroma fresco y ligeramente acre de la tierra húmeda, suspiró.
El aire le sentaba bien y, aun así, tenía que reconocer que necesitaba descansar.
Por qué no aprovechar este pequeño desvío para digerir todas las novedades que habían caído sobre ella a lo largo de las últimas horas.
Cuando por fin apareció ante ella un portal de hierro adornado con arabescos, volvió a sentir otro escalofrío.
Subió de nuevo la ventanilla, sin embargo, la sensación de frío persistió.
Tras cruzar el portal, siguió un camino estrecho que desembocaba en un aparcamiento de grandes dimensiones y a cuya entrada había una caseta.
Al acercarse, salió un hombre vestido de traje, le sonrió con exagerada amabilidad.
Ella detuvo el coche a su altura, volvió a bajar la ventanilla.
—Me gustaría quedarme unos días si hay alguna habitación libre —le explicó ella.
—Estupendo —dijo el hombre y señaló con la mano derecha la colección de aparcamientos libres—. Escoja uno.
Aparcó, se apeó, rodeó el coche, abrió el maletero. Sacó el bolso de viaje y, a punto de bajar el maletero, apareció a su lado el hombre de la caseta.
—Hasta la casa principal hay unos cuantos metros —explicó—. Si quiere, me encargo yo del bolso. Un compañero se lo subirá de inmediato a la habitación.
Sienna miró al hombre indecisa, finalmente asintió con la cabeza.
—Avisaré a recepción para que le envíen un buggy. Así no tendrá que caminar.
—¡Qué va! —respondió Sienna—. Me vendrá bien el paseo.
El hombre sonrió tímidamente, extendió la mano para coger el bolso de Sienna.
—En ese caso le deseo una feliz estancia. Coja el camino principal que atraviesa el jardín. Es el camino más corto.
El jardín resultó ser un parque. Era enorme, sin embargo, estaba muy bien cuidado y denotaba muy buen gusto.
El sendero hacia la casa estaba bordeado por parterres de flores y arbustos tan altos como una persona.
La atmósfera creada le recordó a Sienna un jardín hechizado sacado de un cuento de hadas.
Al subir la escalera que daba al vestíbulo, la sobrevino un déjà vu. Un presentimiento le dijo que no era la primera vez que pisaba estos peldaños.
Cuando hubo llegado a la recepción, la recibió una señora mayor que se presentó como la propietaria del establecimiento.
—Me llamo Sienna Aschenbrenner. Quisiera una habitación para dos noches de momento si es posible.
La señora asintió sonriente.
—Tenemos muchas habitaciones libres —respondió—. Aún no estamos en temporada alta.
Le entregó un formulario a Sienna para que lo rellenara con sus datos personales.
—Me gustaría ofrecerle la habitación número 11. Es un poco más cara que las demás, pero las vistas sobre la bahía son impresionantes. Es una de nuestras habitaciones más solicitadas. ¿Le parecen bien 160 libras la noche? Desayuno incluido, al igual que el poder hacer uso de nuestro spa.
—Suena genial —dijo Sienna y le pasó por encima del mostrador el formulario cubierto.
La mujer repasó los datos, asintió satisfecha. Luego se giró hacia el armario que estaba a su espalda, sacó una llave monstruosa con llavero incluido y que indicaba el número de la habitación.
—No usamos todavía esas tarjetas tan modernas —explicó alegre—. Los huéspedes no hacen más que perderlas y cambiar ese tipo de cerraduras cuesta una pequeña fortuna. Esto, sin embargo —dijo mientras dejaba la pesada llave sobre el mostrador y sonreía a Sienna —, aún no lo ha perdido nadie.
—Me imagino —dijo Sienna sonriente, la cogió, se asustó un poco al notar el metal helado de la llave, estaba tan frío que casi resultó doloroso sostenerla en la palma de la mano.
—La habitación número 11 se encuentra en el entresuelo —le indicó la recepcionista—. Suba las escaleras junto al ascensor y luego a la izquierda. Le deseo una feliz estancia. Y si necesita algo, tenemos servicio de habitaciones durante toda la noche.
Al llegar a la puerta de su habitación, a Sienna la sobrevino una sensación de inquietud interior.
Respiró hondo, metió la llave en la cerradura, la hizo girar.
Al abrirse la puerta, Sienna se sobresaltó.
Desde el interior de la habitación, la golpeó un frío glacial, sin embargo, las ventanas estaban cerradas.
Hizo una mueca, echó un vistazo al termostato junto a la puerta y vio que estaba a 22 grados.
Acabó por achacar ese frío interior al cansancio y sueño acumulados, cerró la puerta tras de sí.
Al entrar, asimiló el ambiente. Los muebles eran una mezcla de antigüedades con detalles modernos y, aunque Sienna se sentía identificada con este estilo, le resultó extrañamente asfixiante.
Miró el reloj, deseó que le trajeran pronto el bolso para poder darse una ducha.
Decidió mientras tanto estirarse en la cama y descansar unos minutos.
Sacó los zapatos, se sentó en el colchón duro de muelles, se dejó caer hacia atrás.
Acababa de cerrar los ojos cuando, de repente, sintió mucho frío y acto seguido mucho calor. Rompió a sudar, tenía las palmas de las manos pegajosas. Se levantó de golpe, trató de coger aire, pero le costó respirar. Vio destellos de luz, las paredes parecían moverse hacia ella.
¡Vete!, pensó llevada por el pánico. ¡Tienes que salir de esta habitación! Pero sus piernas se negaron a obedecerla.
Se desplomó, gimió, notó cómo la boca se le secaba cada vez más a cada segundo que pasaba, le costó pensar con claridad.
De niña solía sufrir algún que otro ataque de pánico, por lo que sabía que a pesar de lo peligroso que parecían, no lo eran.
Aun así, tuvo la necesidad de pedir ayuda, pero no consiguió emitir ningún sonido.
Jadeó desesperada, luchó contra las lágrimas de impotencia, soltó un gemido cuando de repente llamaron a la puerta.
—Su bolsa —dijo una voz agradablemente profunda y de repente, Sienna pudo respirar de nuevo. Tragó una bocanada de aire, notó cómo el hormigueo en el cuero cabelludo iba a menos y cómo se iba tranquilizando poco a poco.
El ataque de pánico había remitido.