La niña de la habitación número 11 5 Boscastle
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CINCO

BOSCASTLE

La residencia se llamaba Sunview, “Vistas al Sol”, y Sienna tuvo que admitir que el nombre no había podido ser más acertado.

La parte principal de la casa había sido construida sobre un altiplano y estaba rodeada de un parque precioso.

Desde la parte trasera de dicho parque había unas vistas de ensueño sobre el Atlántico y los acantilados.

Sienna pensó que había sitios peores que este para pasar lo que quedaba de vida.

Bostezó disimuladamente de camino al vestíbulo, echó un vistazo al reloj.

Esta vez había tenido suerte, había conseguido un vuelo directo y, aun así, su cuerpo se quejaba como si hubiera pasado veinticuatro horas encerrado en un avión.

En parte se debía al hecho de que desde la muerte de su madre dormía mal y no conseguía comer lo suficiente, y mucho menos sano.

Para ser sincera consigo misma, deseaba que este viaje le ayudara a cerrar este capítulo.

Tanto con lo que le había pasado a su madre, como con su propio trauma de la niñez por la pérdida del padre, además de con esta extraña obligación financiera.

Sienna no era tacaña, nada más lejos de la realidad.

En el peor de los casos se le podía pedir el último céntimo que le quedara que ella lo entregaría, pero hacerles frente a los gastos de alguien perteneciente a la familia del hombre que le había hecho tanto daño no solo a ella, sino también a su madre, eso era pasarse cuatro pueblos.

De ahí que la primera parada hubiera sido este lugar: para aclarar que quién vivía tras estos idílicos muros de aquí en adelante ya no sería financiado por la familia Aschenbrenner.

¿Y si es tu padre el que vive aquí? ¿Y si no tuvo ningún accidente? ¿Y si estaba enfermo?

Aunque la voz en su cabeza apenas se oía, tenía el efecto de un martillo neumático.

Sienna inspiró hondo, sacudió la cabeza.

Vale, se dijo, sería sin duda una explicación de por qué su madre sentía una especie de obligación y asumiera estos gastos.

Pero ¿qué significaba para ella?

Sienna volvió a inspirar hondo.

—Esto no va a cambiar nada —murmuró. Este hombre la había abandonado y no pensaba mover ni el dedo meñique por él.

Entró en el vestíbulo, inspiró hondo, se maravilló con aquel vestíbulo tan imponente. A primera vista este lugar no se parecía en nada a las residencias de ancianos que conocía de Alemania.

Como fotógrafa había tenido que acudir alguna que otra vez a este tipo de instituciones para alguna sesión comercial y por eso reconocía la diferencia, aunque sutil.

Esta casa invitaba y recordaba más a un hotel de lujo que a un lugar para la tercera edad.

En el vestíbulo olía a una mezcla de romero y mentol, lo que en Sienna evocó de inmediato un lugar de relajación y la trasladó a un spa de lujo.

De las paredes colgaban cuadros alegres y fotografías bonitas de los empleados y los asientos que ocupaban la parte central del vestíbulo estaban ocupados por un grupo de jubilados, entretenidos con una partida de ajedrez o de cartas y disfrutando de un cóctel.

Sienna echó un vistazo al reloj y sonrió.

Aún no eran ni las cuatro, pero dudaba que los vasos coloridos con sombrillitas contuvieran zumo ni nada por el estilo.

El grupo estaba de buen humor, de ahí que cupiese pensar que se trataba de una reunión de gente disfrutando de una especie de happy hour.

Siguió hacia la recepción, esperó hasta que un matrimonio mayor delante de ella cambió el menú para la cena.

Cuando le tocó el turno, se acercó al mostrador, sonrió y expuso su petición.

Para respaldar sus palabras, sacó la factura del bolso, se la entregó a la mujer.

Esta miró por encima el escrito, finalmente miró a Sienna.

—¿Y de verdad que no sabe de qué se trata?

—Lo dicho, mi madre falleció hace poco y hasta ahora era ella la que se ocupaba de esto.

La mujer asintió, empezó a teclear algo. Luego se le iluminó la mirada y miró a Sienna.

—Se trata de Serafina Ward, querida. Y por lo que estoy viendo, su madre, Marlene Aschenbrenner, está anotada como la persona de contacto. Y desde hace casi veinte años.

A Sienna le pareció que se abría el suelo a sus pies. Se tambaleó, dio unos pasos hacia atrás, notó la mirada de preocupación de la señora tras la recepción.

—¿No se encuentra bien? ¿Quiere que llame a alguien?

Sienna tragó, le costó pensar con claridad.

—Ya se me ha pasado, gracias. Es solo que…

—Se detuvo, buscó las palabras adecuadas, notó que rompía a sudar, cómo el sudor le iba resbalaba por la espalda—.

Tiene que tratarse de un gran error —balbuceó por fin y no reconoció ni su propia voz.

Sonó sin fuerzas y rota, tal como se sentía desde hacía semanas—.

Mi madre… me contó hace años que mi abuela paterna había muerto de un ictus.

Tras haber superado el primer susto, Sienna cogió el vaso de agua que le había tendido la recepcionista.

Había invitado a Sienna a tomar asiento y esperar a la enfermera de la estación número dos.

Sienna tomó un buen trago, notó el frío del agua recorrerle el estómago.

Soltó un gemido al sentir un pinchazo en el interior, tomó otro trago.

Tenía que comer algo urgentemente, pensó, y al mismo tiempo se preguntó cómo asimilar aquella novedad.

En el fondo debería haberse alegrado de que su abuela estuviera viva, porque sus pocos y vagos recuerdos de esa señora eran sin duda positivos.

Recordó que mucho tiempo atrás Serafina vivía en una bonita casita en cuya terraza había una mecedora chirriante.

Sienna, siendo niña, había pasado muchas horas acostada en los blandos almohadones dejándose mecer por el viento.

¿Por qué demonios le había mentido su madre?

¿Por qué le había impedido durante todos estos años mantener contacto con su abuela Serafina?

¿Y por qué demonios pagaba su madre esta casa cara cuando debería ser el hijo, el padre de Sienna, quien se hiciera cargo?

Una pregunta tras otra a las que Sienna no encontraba respuestas.

Para deshacer el nudo que tenía en la garganta, tomó otro trago de agua.

Al ver de repente a una mujer de unos cincuenta años acercarse a ella, supo sin necesidad de ver la tarjeta identificativa que se trataba de la enfermera Kristin.

La única cuidadora del establecimiento que llevaba más de treinta años en el mismo.

Si había alguien que pudiera contestar medianamente sus preguntas, era ella.

Sienna se levantó, le estrechó la mano.

—Gracias por dedicarme unos minutos —dijo y volvió a sentarse.

Kristin se sentó en el sillón de enfrente, miró a Sienna con empatía.

—Siento mucho la pérdida de su madre —dijo e hizo una mueca—. ¿Estaba enferma?

Sienna negó con la cabeza.

—La asesinaron —dijo finalmente y acto seguido se apoderaron de ella los remordimientos al ver la cara de espanto de la cuidadora—. Un atraco —añadió—. La policía parte de la base de que fueron unos adolescentes descarriados. La mataron a golpes la última vez que estuvo por aquí.

Kristin abrió los ojos consternada.

—¿Ocurrió aquí?

—Muy cerca de aquí —respondió Sienna—. Hace un mes aproximadamente.

Kristin resopló asustada.

—Hace un mes aproximadamente volví a ver a su madre después de muchísimos años. Hacía tanto tiempo que al principio no la reconocí.

—¿Estuvo aquí? —preguntó Sienna sorprendida.

Kristin asintió.

—Y precisamente el día que vino su madre de visita, a Serafina le dio otro ictus. El segundo después de más de veinte años.

—¿Hace veinte años que mi abuela vive aquí?

—Hace más. —Kristin frunció el ceño—. Creo que serán más bien veintitrés.

Vino una semana después de que le diera el primer ictus.

Los primeros años estaba en uno de los apartamentos tutelados, pero luego tuvo que trasladarse a la residencia.

Su hijo fue quien le consiguió un lugar en nuestra institución, vendió la casa de su madre para poder pagar las facturas.

—¿Y por qué era mi madre la que pagaba ahora las facturas?

—No lo sé. —Kristin se encogió de hombros—.

Lo único que recuerdo es que fue ella misma la que lo dispuso así.

Debió de ser unos tres años después de que Serafina se trasladara aquí.

La madre de usted vino un día, me entregó sus datos de contacto y me dejó bien claro que solo la contactara en caso de extrema urgencia.

Por ejemplo, en caso del fallecimiento de su suegra o si había que tomar decisiones médicas importantes.

Obviamente le pregunté qué pasaba con el hijo de Serafina, a lo que ella me respondió que la había abandonado y desaparecido.

Sienna miró a la mujer, asintió.

—Es verdad. Mi padre nos abandonó cuando yo apenas tenía siete años.

Mi madre y yo regresamos a Alemania, desde entonces no he tenido más contacto con mi padre.

Ella intentó localizarlo un par de veces por el divorcio, pero nada.

Lo único que teníamos eran unas cuantas felicitaciones de cumpleaños que me mandaba de vez en cuando.

—Sienna se detuvo, reflexionó—. ¿Vino últimamente por aquí?

Mi padre, me refiero. Quiero decir, ¿vino a visitar a su madre a lo largo de estos últimos veinte años?

Kristin la miró con ojos tristes.

—No que yo sepa. Nadie venía a visitar a la pobre.

Siempre estaba sola, por Navidades o en su cumpleaños.

Solo nos tenía a las cuidadoras y a sus amigas de aquí.

Incluso cuando el otro día le dio el ataque y hubo que llevarla al hospital, no vino nadie a interesarse por ella.

Intentamos localizar a la madre de usted, pero no respondió a nuestras llamadas.

Sienna tragó, notó que se estaba enfureciendo.

—Porque ya estaba muerta —respondió con más dureza de la intencionada.

Kristin se asustó.

—No estaba reprochándole nada. Solo quería decir que esa soledad constante debió de ser la razón de por qué la salud de Serafina empezó a decaer de manera dramática.

Al principio, estaba fuerte, a pesar del parálisis que le afectó a un lado, y siempre estaba de buen humor.

Pero con el paso de los años la pena se hizo notar en su cuerpo.

Se fue debilitando cada vez más, por eso no pudo quedarse en el apartamento y hubo que trasladarla a planta.

Serafina es la persona que más tiempo lleva viviendo en esta institución y hace años que se rumorea que no se ha rendido porque en el fondo sigue con la esperanza de que algún día vuelva a aparecer su hijo por aquí.