4 Augsburgo
CUATRO
AUGSBURGO
Aquella tumba abierta atraía de manera extraña a Sienna.
Era como si la estuviera absorbiendo a medida que se acercaba.
Al llegar al borde, arrodillarse, meter la mano en el recipiente con tierra, tuvo que concentrarse en no caer dentro.
Echó un último vistazo al ataúd de roble, se levantó tambaleante, soltó la tierra sobre él, se echó hacia atrás.
Una mano la agarró del brazo derecho, luego oyó la voz tranquilizadora de Carl, el exmarido de su madre.
Llevaban años separados, pero su muerte parecía afectarle tanto como a ella. Estaba pálido, tenía ojeras pronunciadas y en general no tenía muy buen aspecto.
Lo admiró por ser capaz de brindarle consuelo cuando él mismo estaba tan apenado, tal vez porque ella no podía.
Cuando lo había visto antes, después de mucho tiempo, apenas había conseguido emitir dos frases seguidas.
No era capaz de decir, como los demás participantes en el sepelio, cosas como lo maravillosa que había sido su madre y qué pérdida tan grande y trágica.
Miró alrededor y se fijó en Ingeborg Walter, que estaba también muy afectada.
Era la redactora jefa del Correo Bávaro y, a pesar de ser la jefa de su madre, también era una buena amiga.
Y, aun así, había sido la primera en llamarla y preguntar si sería posible publicar una breve noticia sobre el trágico final de su madre.
Sanguijuelas, pensó Sienna. Lo primero, pensar en la tirada del periódico…
Deseó que se largara todo el mundo de una vez, poder estar a solas ante la tumba de su madre y poder despedirse de ella con calma.
Pero había planeada una reunión con café y pasteles que iba a gastos del periódico y siendo la hija de la fallecida quedaría feo que no se presentara en el acto conmemorativo a su madre.
—Después volvemos —le susurró Carl, se giró ligeramente hacia él para mirarlo.
Asintió con la cabeza.
Cuando se hubo tirado el último puñado de tierra sobre el ataúd y hubo un momento de silencio, Sienna respiró aliviada.
—He hecho una reserva en Leonardo —le comunicó Ingeborg con voz suave—. Ya sabes que a tu madre le encantaba comer allí. Creo que le gustaría sabernos allí reunidos para recordarla juntos.
Sienna tragó, quiso decir algo, pero no fue capaz. Tan solo asintió débilmente, siguió como sedada al séquito de gente vestida de negro.
Lo cierto era que en estas últimas semanas no había tenido tiempo ni de llorar la muerte de su madre o de pensar en qué significaba.
Tras fallecer su madre había tenido que hablar un sinfín de veces con la policía para aclarar todos los detalles que rodeaban la inminente investigación.
Había arreglado los papeles para traer el cuerpo finalizada la autopsia, soportado un interrogatorio oficial de varias horas y, por fin, cuatro días tras la muerte de su madre, había llegado a Alemania para pasar al siguiente turno de estrés.
Había tenido que informar a los amigos y compañeros de su madre, arreglar la burocracia, planear el entierro y negarse a un banquete fúnebre.
Que Ingeborg no hubiera respetado su deseo, la molestó, pero no se sentía con fuerzas para discutir.
Haría de tripas corazón para soportar las charlas intrascendentes, las preguntas estresantes y la compasión hipócrita.
La amiga de Sienna, Anna, se había ofrecido ayer a acompañarla, pero dado que Anna estaba en el octavo mes de embarazo, le había agradecido el ofrecimiento, pero lo había rechazado.
Su amiga era completamente opuesta a ella y Sienna seguía preguntándose cómo, aun así, bastaba una mirada entre ellas para entenderse.
Anna llevaba diez años en una relación seria, de hecho, estaba felizmente casada. El bebé en su vientre ya era el número 3 y a ojos de Sienna, Anna representaba la dicha personificada.
Su amiga había intentado un sinfín de veces liar a Sienna con un colega de su marido, pero dado que prácticamente todas las citas habían sido un desastre, había dejado de ejercer de Eros.
Anna le había ofrecido su ayuda a la hora de recoger la casa de su madre, pero Sienna aún no estaba preparada.
De momento iba una o dos veces por semana para mirar el buzón y regar las plantas, pero estaba claro que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ese desafío.
La casa de su madre era una casa adosada, pagada, en las afueras de Augsburgo.
Gracias a los altos precios inmobiliarios de Baviera, valía tranquilamente medio millón de euros.
Sin embargo, Sienna ni se planteaba su venta por el momento, aunque tampoco se veía a sí misma viviendo en ella.
—Voy a echarla mucho de menos. —Era la voz de Carl abriéndose camino hasta su subconsciente.
Sienna lo miró.
—¿Por qué? —preguntó con más dureza de la intencionada—. ¿Acaso no fuiste tú quien pidió el divorcio?
Él se sobresaltó, pero asintió con la cabeza.
—Tu madre era una mujer extraordinaria. La quise como a nadie en este mundo.
Lo malo es que siempre he tenido que compartirla con otro hombre.
Nunca se olvidó por completo de tu padre.
Estaba casi obsesionada con él. Ella creía que yo no me daba cuenta, pero el hecho de que intentara como fuera borrar cualquier recuerdo de su vida y también de la tuya me demostraba que en el fondo seguía importándole.
—¿A qué te refieres?
—Se negaba a hablar de él. Ni siquiera contigo.
Y si lo hacía, lo denigraba tanto que al final acababas convencido de que, efectivamente, era mala persona.
Y eso que tú al principio hablabas con mucho cariño de tu padre, intentabas sacarle información a tu madre tratando de averiguar la razón de su desaparición, en vano.
Es culpa de tu madre que el interés que tenías por tu padre cambiara un momento dado.
Un día te quitó las postales que te mandaba él.
¿Recuerdas que desaparecieron de repente?
Sienna frunció el ceño.
—Hace mucho de eso. Yo era una adolescente. Pero, sí, me di cuenta de que ya no estaban en la estantería y, cuando le pregunté a mamá, me dijo que no sabía dónde estaban.
—Las tiró porque en la última postal tu padre había escrito que tenía una familia nueva y que quería empezar de cero.
Consciente de que iba dirigida a ti, te quitó todas.
Supuestamente porque no quería que sufrieras y esperaras a que llegara otra postal al año siguiente.
Sin embargo, en el fondo las tiró por ella misma.
Estaba furiosa con tu padre, por haber vuelto a encontrar el amor.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que mi matrimonio con tu madre no duraría.
Sienna miró a Carl, tragó.
—¿Tú no te preguntas también por qué volvió a Cornwall después de todos estos años? Quiero decir, si no hubiera vuelto, aún estaría viva.
Él asintió ensimismado.
—Puede que supiera dónde estaba tu padre. A lo mejor quería hablar con él. O simplemente regresar al lugar donde le había roto el corazón.
—¿Quieres decir porque mi padre desapareció durante unas vacaciones?
—Tal vez fue su manera de despedirse de una vez por todas.
—¿En serio crees eso?
Carl se encogió de hombros.
—¿Y la policía? ¿Te han llamado?
—No sueltan prenda. Ni siquiera sé qué descubrieron en la autopsia. Lo único que me han dicho es que mi madre murió, efectivamente, a consecuencia del traumatismo craneal.
—O sea, que no saben nada.
—Eso parece. El policía con el que estoy en contacto dice que pudo haber sido una banda de adolescentes. Unos pirados que perdieron el control.
Por fin terminó todo. El banquete fúnebre se había disuelto hacía dos horas por lo que Carl y ella, efectivamente, pudieron volver al cementerio antes de que anocheciera. Habían permanecido de pie junto a la tumba ya cubierta y llorado, luego se habían despedido.
Carl le había ofrecido su ayuda, obviamente, le había pedido que lo llamara si necesitaba algo o si había novedades.
El dilema de Sienna ahora era si volver directamente a su casa o si pasarse antes por la de su madre para comprobar que todo estuviera en regla.
Le pudo la nostalgia.
Se seguía percibiendo el aroma de su madre en la casa, daba la impresión de que su madre tan solo se había ido un par de días, al cabo de los cuales regresaría sana y salva.
Sabía que no era más que un sueño, pero por una milésima de segundo, la hizo sentirse bien.
Aparcó al cabo de media hora delante de la casa de su madre. Notó cómo se le iba formando un nudo en la garganta.
Cuadró los hombros, se apeó, se encaminó decidida hacia la puerta. En su fuero interno deseó que no apareciera ninguno de los vecinos de su madre porque no sabía si sería capaz de lidiar con más muestras de pésame.
Lo primero que hizo fue vaciar el buzón, desbordado con lo que parecían documentos oficiales.
Fue con ellos hasta el salón, se sentó, repasó las cartas. La mayoría eran facturas de tres cifras que Sienna metió en el bolso para pagarlas desde la banca online en su casa. La última carta venía de Inglaterra, de una residencia para la tercera edad.
Frunció el ceño, abrió la carta, se sobresaltó al ver que se trataba de otra factura más, aunque en este caso de cuatro cifras.
Sacudió la cabeza, releyó la carta. No cabía duda.
La factura iba dirigida a su madre y abarcaba cuidados y gastos de alojamiento por el valor de 1745 libras.
Sienna dejó caer el papel, tragó. No tenía ningún sentido.
Sus abuelos maternos eran de Baviera y hacía años que habían fallecido y no sabía de nadie dentro de la familia por parte materna que estuviera en una residencia.
Y muchos menos en Inglaterra. Su madre era de Augsburgo por nacimiento, se había trasladado a Londres solo por amor, de modo que, si había alguien en la isla viviendo en una residencia, tenía que tratarse de algún familiar de su padre.
La cuestión era por qué, aparentemente, había aceptado su madre correr con los gastos del cuidado de su familia política. ¿No debería ocuparse su padre de eso?
Tragó, guardó también esta carta, obedeciendo a un impulso se levantó y fue al dormitorio de su madre.
Abrió todos los cajones de la cómoda ubicada junto a la ventana, inspeccionó su contenido.
Su madre siempre había insistido en que Sienna no pisara aquel dormitorio.
Aquella habitación era el santuario de su madre.
Hoy era la primera vez en años… qué va… en décadas que echaba un vistazo.
Al llegar al último cajón, se detuvo en seco.
Contenía varias cajas de té de distinto tamaño, todas de madera.
Sienna se preguntó para qué demonios almacenaba su madre té en el dormitorio.
Sacó una de las cajas, la abrió, pero no contenía té, sino muchos papeles que al inspeccionarlos más a fondo resultaron ser documentos para la jubilación.
Sienna se dio cuenta de que este cajón era donde su madre guardaba todos los documentos oficiales. Abrió una caja tras otra, se detuvo finalmente en una que estaba abarrotada con extractos bancarios. Sacó los papeles, los repasó, encontró un montón de transferencias enviadas a la residencia.
Tras terminar con esa caja, cogió otra, se sobresaltó al encontrar en ella las postales de su padre. Así que su madre no las había tirado lo que significaba que Carl no iba mal encaminado con su teoría de que su madre seguía prendida de su primer marido.
Aunque…
Tragó. Aquello no tenía ningún sentido. Si su madre seguía llorando un amor perdido, ¿por qué se había negado todos estos años a hablar de ello con su hija?
¿Y por qué había removido cielo y tierra para que Carl pudiera adoptarla sin el consentimiento de su padre biológico? Sienna había tenido la impresión de que su madre ya no soportaba que su hija fuera la única que siguiera con el apellido del exmarido.
Por muchas vueltas que le daba, nada cuadraba.
Sacó las postales de la caja, miró una y cada una de ellas.
Procedían de todos los países imaginables, casi todas contaban algún tipo de aventura que había vivido y Sienna no pudo evitar preguntarse si su padre no habría abandonado a su familia precisamente por eso. Por la libertad, por poder hacer lo que le viniera en gana.
La última postal venía de Londres. En ella contaba que tras todos esos años por fin había llegado y estaba listo para echar raíces. Que había encontrado una nueva familia, que estaba muy feliz y que deseaba de todo corazón que Sienna se alegrara por él.
Soltó un gruñido de desprecio, colocó las postales junto a los extractos bancarios, quedó unos segundos mirando la pila de papeles, se levantó de golpe.
Llevaba días pensando qué pasaría ahora, qué podía hacer para no volverse loca y, de repente, en este preciso instante, por fin lo descubrió.
Intentaría aclarar en persona el asunto de las facturas de la residencia. Si su madre había estado tan loca como para pagarle las facturas al cabrón de su ex, era cosa suya. Sienna por su parte no quería saber nada del asunto.
—Así que Inglaterra —murmuró—. Cornwall para ser más exactos.
Viajaría al último destino de su madre. Puede que se le presentara la oportunidad de dar con lo que su madre había buscado tan desesperadamente.