3 Stratton/Boscastle
TRES
STRATTON/BOSCASTLE
La despertó el móvil. Sienna se despertó aturdida, alargó la mano hacia la mesita de noche junto a la cama, cogió el móvil. Reconoció el número del hospital, despertó de golpe.
Aceptó la llamada, se sentó.
Una joven llamada Sofie estaba al otro lado de la línea, se presentó como la enfermera del turno de noche, al cargo de su madre.
Cuando por fin llegó a la razón de su llamada, Sienna saltó de la cama como si le hubiera picado un bicho, se vistió con el aparato a la oreja.
—Entonces ¿reacciona? ¿Puedo hablar con ella?
—Más o menos —fue la respuesta titubeante—. Despertó hará media hora, parecía relativamente estable. Luego le dije que estaba usted aquí, eso debió de alterarla bastante. Será mejor que venga y que trate de calmar a su madre.
Dado que la casa de huéspedes se encontraba a escasos cinco minutos a pie del hospital, pasó de coger el coche.
De camino al hospital, Sienna no paró de preguntarse a qué se debía la reacción tan dramática de su madre ante su presencia allí.
Pero luego se dijo que seguramente era por las circunstancias.
Su madre había sufrido un fuerte trauma craneal, normal que sus reacciones resultaran algo extrañas.
Tras salir ayer de la clínica y haberse dirigido a su alojamiento, se había planteado si no ir directamente a comisaría, pero al final había optado por no hacerlo.
El Dr. Jackson tenía razón. Estaba tan exhausta que había tenido que meterse en cama y dormir un par de horas.
Incluso ahora, tras apenas seis horas de sueño, Sienna seguía sintiéndose aturdida.
Tenía la esperanza de que el café flojo del hospital la espabilara y echara de su cuerpo los últimos restos de cansancio.
Cuando giró en la esquina y vio la construcción plana al otro lado de la calle, se le aceleró el corazón.
No era una persona temerosa de dios, mucho menos creyente, sin embargo, anoche, por primera vez desde su infancia, había rezado. Una oración muda sí, pero oración al fin y al cabo, en la que pedía que su madre se pusiera bien.
Al llegar a la entrada, llamó al portero, esperó con el corazón en un puño.
Cuando el hombre, un señor mayor de unos sesenta años, le abrió la puerta, estaba tan nerviosa que se olvidó de darle las gracias, emprendió sin más el camino hacia la habitación de su madre.
El Dr. Jackson, despeinado, ya la estaba esperando.
Llevaba en cada mano una taza humeante, le tendió una.
Por el olor distinguió que era café, suspiró aliviada. Tomó un trago, miró al médico.
—¿Ya la ha visto? La enfermera me dijo que parecía alterada.
El Dr. Jackson asintió serio.
—He intentado hablar con ella, pero no resulta nada fácil. Se queda dormida a cada instante, despierta y grita. Cuando la enfermera la mencionó a usted, la cosa empeoró. Supongo que se debe a la lesión cerebral, parece confusa y desorientada.
—Aun así, ¿puedo verla? —preguntó Sienna.
—De hecho, debería hacerlo —respondió el médico. Luego señaló la taza de café—. Pero primero tómese eso.
Mientras tomaban cada uno su café caliente, Sienna notó que el médico la estaba observando de reojo.
—No se parece usted nada a su madre —dijo finalmente.
Sienna se encogió de hombros.
—Debí de heredar el aspecto de mi padre. Al igual que el talento profesional. —Miró al médico—. Soy fotógrafa. Igual que él.
—Entonces deduzco que su padre y su madre… —No terminó la frase.
—Están divorciados —explicó Sienna—. Mi padre nos abandonó cuando yo tenía siete años. Se largó sin más.
El médico hizo una mueca.
—Lo siento. No pretendía…
—No pasa nada. Hace mucho de eso y ya da igual.
Tomó un trago.
—¿Qué tal la habitación? ¿Está bien?
Sienna se rio.
—Parece más bien el cuarto de la limpieza. Una cama, un armario pequeño y una mesilla de noche diminuta y ya. Para ducharse o ir al baño hay que salir al pasillo.
El médico hizo una mueca.
—Bueno, al menos está cerca del hospital.
Sienna asintió.
—Aun así, creo que me buscaré algo más cómodo si es que tengo que quedarme más tiempo aquí, hasta que mi madre mejore o… —Se calló, acabó el café.
—¿Entramos? —preguntó el médico.
Sienna asintió.
Al entrar en la habitación, reconoció de inmediato el terror reflejado en el rostro de su madre. Fue corriendo hacia la cama, le cogió la mano, se la apretó, la miró con dulzura.
—Estoy aquí, mami. Y voy a quedarme hasta que estés bien.
Sienna era consciente de que bajo ningún concepto podía mencionar el estado de salud real de su madre. Ya estaba lo bastante mal, debía sentirse segura, cuidada, sin miedos.
—¿Cómo estás? ¿Te duele algo?
—Eso es prácticamente imposible —intervino el Dr. Jackson—. Le hemos suministrado analgésicos muy fuertes. En ese sentido no debería sentir nada de nada.
Sienna se giró hacia él y él pareció captar el significado.
—Ahora voy a dejarlas solas —dijo—. Si pasa algo, pulse el botón rojo de emergencias junto a la cabecera de la cama.
Sienna asintió con la cabeza, esperó a que se hubo ido, volvió a girarse hacia su madre.
—¿Recuerdas algo? Quiero decir, ¿sabes quién te ha hecho esto?
Su madre la estaba mirando fijamente, observándola. Pero no había ningún movimiento, tan solo sus ojos que parecían estar mirando el vacío.
—Mamá —le insistió—. Luego voy a ir a comisaría. La policía está investigando lo ocurrido. Pero para eso necesitan tu ayuda. Si sabes algo, tienes que…
—Qué… cerdo —soltó su madre de repente, no más que un halo de voz.
Sienna se asustó al oír la fragilidad de la voz de su madre.
—¿A qué te refieres? ¿Quién es un cerdo?
Pero su madre empezó a parpadear, señal inconfundible de que estaba a punto de volver a perder la conciencia.
Sienna notó la boca seca. Quería preguntarle tantas cosas a su madre, decirle tantas cosas, pero dudó que en su estado sirviera de algo.
Así que le dijo mientras le apretaba la mano para tranquilizarla:
—Duerme un poco.
Pero en vez de sumirse en el reino de los sueños, su madre empezó a sacudir la cabeza como loca.
Sienna se asustó, intentó detenerla.
—¡Para! —gritó—. Tu lesión… Tienes que estar quieta.
No sirvió de nada. Obviamente. Su madre estaba muy alterada, casi agresiva. Miró fijamente a Sienna.
—El niño. —Su voz se apagó, luego se le cerraron los párpados y Sienna se fijó en que las extremidades de su madre temblaban bajo la manta—. Un niño precioso.
Una convulsión, pensó Sienna, la razón también de que dijera cosas sin sentido. Estaba a punto de apretar el botón de emergencia cuando notó que el cuerpo de su madre dejaba de temblar, de repente pareció muy tranquila. Sienna la miró, vio que estaba llorando.
—Mamá —susurró y se inclinó hacia delante para darle un beso en la mejilla—. Todo va a salir bien, ya verás.
Sienna volvió a mirarla y tuvo la impresión de que ahora los ojos de su madre no miraban al vacío, sino lo más profundo de su ser. Estuvieron mirándose durante un rato, entonces Sienna notó la mano de su madre dentro de la suya moverse.
—Tu padre… es… —De repente, su cabeza cayó de lado.
Se oyó un pitido alargado, luego estalló el caos.
Al salir, a Sienna se le pasó de todo por la cabeza.
Lo principal, por supuesto, que los médicos y las enfermeras del hospital estaban, en aquel preciso instante, luchando por mantener con vida a su madre.
Pero también la duda de si lo que había dicho no eran más que palabras sin sentido o si, efectivamente, significaban algo.
El Dr. Jackson le había dicho que la llamaría tan pronto hubiera novedades, así que Sienna decidió que no le vendría mal comer un bocado.
Sin embargo, cuando por fin encontró un pub abierto a hora tan temprana, se dio cuenta de que no tenía apetito. Sacó la tarjeta de visita del agente de policía, le echó un vistazo, fue hacia su alojamiento, donde había dejado el coche de alquiler.
El inspector jefe Jonathan Roth era un hombre alto, de unos cuarenta años, con un pelo fino entre rojo y rubio y una penetrante mirada azul. Era el tipo de policía que te hacía sentir mal, aun teniendo la conciencia tranquila.
Sienna le tendió la mano, carraspeó.
—El Dr. Jackson me ha dado su tarjeta —le explicó—. Se trata de mi madre, Marlene Aschenbrenner. Está en el hospital de Stratton con lesiones cerebrales muy graves.
El hombre frunció el ceño, luego recordó.
—El estado de su madre, ¿ha cambiado? —quiso saber.
Sienna negó con la cabeza.
—He estado dos veces viéndola, pero está demasiado débil y desorientada como para… recordar el atraco. —Miró al hombre—. ¿Están seguros de que ha sido un atraco?
—Es la base de la que tenemos que partir. Son heridas demasiado graves como para tratarse de una simple caída. Por no mencionar que encontramos su coche en perfecto estado. Definitivamente, iba a pie.
—El Dr. Jackson me ha entregado las cosas de mi madre. Llevaba todo consigo cuando la agredieron. Lo tengo todo aquí. —Alzó la bolsa, vio que el policía parecía aliviado.
—Esto nos será de gran ayuda —dijo el hombre y cogió la bolsa—. ¿Ha echado un vistazo?
—Por supuesto —respondió Sienna—. La ropa está muy sucia y en la mochila solo están el móvil y la cartera. Además de una pala y agua.
El policía frunció el ceño.
—Qué raro.
—A mí también me lo ha parecido. —Sienna se encogió de hombros—.
Lo dicho, me hubiese gustado poder preguntarle a mi madre qué significa esto y también tratar de averiguar quién le hizo algo así, pero no hubo manera.
Los médicos están ahora mismo intentando estabilizarla porque hace un rato ha sufrido una convulsión.
El policía la miró.
—Lo siento mucho —dijo.
Sienna asintió con la cabeza.
—Yo también —soltó—. Mi madre es un ser maravilloso. No se merecía esto.
El policía parecía a punto de querer decir que nadie se merecía algo así, pero se contuvo.
—Lo más raro es —dijo Sienna— que en la cartera de mi madre hay un montón de dinero en efectivo. Además del móvil, un aparato nuevecito del todo y que cuesta un ojo de la cara. ¿Por qué no se lo llevaron?
El policía miró a Sienna, ladeó la cabeza.
—Eso es lo que vamos a intentar averiguar ahora —explicó—. ¿Sabe si su madre tenía enemigos?
Sienna negó con la cabeza.
—No que yo sepa. Mi madre trabaja para un periódico en Múnich. De vez en cuando se mete con alguien, pero nadie que la castigaría de esta manera por ello.
—¿Y sabe qué la ha traído hasta aquí? Quiero decir, viviendo en Alemania, en Baviera concretamente…
Sienna negó con la cabeza.
—Me lo he estado preguntando, pero hasta ahora no he dado con la respuesta —explicó—. Mi padre… es inglés y, antes de divorciarse mis padres, vivíamos todos en Londres. Solíamos venir de vacaciones a esta región. Puede que sintiera la necesidad de volver tras tantos años.
El policía asintió, anotó algo, luego miró a Sienna.
—¿Le importa si nos quedamos con las cosas de su madre? Hemos encontrado, además, un bolso de viaje en el coche que alquiló su madre. Se lo devolveré todo tan pronto ya no lo necesitemos para la investigación.
—Sí. Vale. —Sienna asintió—. ¿Y qué tienen pensado hacer ahora?
El inspector jefe Jonathan Roth la miró muy serio.
—Para empezar, esperemos que su madre se mejore pronto porque no solo ha sido víctima de un delito, sino que es la principal testigo.
Sienna se sobresaltó cuando de repente empezó a vibrar el móvil en el bolsillo del pantalón. Lo sacó, miró la pantalla.
—Tengo que cogerlo —le explicó al policía y se giró para aceptar la llamada.
—Lo siento muchísimo —oyó acto seguido la voz del Dr. Jackson, consciente al instante de lo que había pasado. Se le hizo un nudo en la garganta, tan grande que le costó respirar. Vio puntitos brillantes ante sí. Le costó seguir sosteniendo el móvil, apretar la oreja contra la pantalla.
—Está… quiero decir… mi madre…
Se calló, incapaz de pronunciar aquello porque en el fondo significaba algo definitivo. Al notar la mano del policía en el hombro, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Quiere que le traiga un vaso de agua?
Sienna oyó la voz del hombre como a través de algodones. Asintió aturdida, rompió a sudar, poco después se mareó. El móvil se le escapó de la mano sudada.
—Mami —balbuceó indefensa sintiendo ya en el pecho el dolor de la pérdida. Luego se apoderó de ella la desesperación, la arrastró.