2 Londres/Boscastle
cAY
DOS
LONDRES/BOSCASTLE
Al bajar por la pasarela, Sienna tomó conciencia del cansancio que se estaba apoderando de ella.
Tras la llamada del médico había cogido el portátil e intentado conseguir un vuelo directo a la costa sur, pero por desgracia, en el aeropuerto Newquay solo aterrizaban una vez a la semana vuelos procedentes de Stuttgart.
No le quedó más remedio que coger un vuelo a Londres para luego seguir el viaje con un coche de alquiler.
Hacía siglos que no circulaba por la izquierda y su miedo era que el cansancio, junto con el miedo y la incertidumbre por su madre, se convirtieran en una seria fuente de peligro.
Por un momento sopesó si no coger el próximo autobús a la costa, pero se impuso el factor comodidad.
En el bus estaría apretujada entre un montón de desconocidos, esperando a que el conductor parara para dejarlos ir al baño.
Así que emprendió el camino hacia el mostrador de una conocida cadena de alquiler de coches y a los pocos minutos ya tenía en sus manos las llaves de un VW Golf.
De camino al parking paró en un Starbucks, se permitió el lujo de un latte macchiato con un dónut para, con la ayuda de la cafeína y el azúcar, estar lo suficientemente apta para emprender el viaje de casi cinco horas que la llevaría a Stratton.
Tras dejar el bolso de viaje en el maletero y sentarse por fin al volante, trató de ignorar el nudo en la garganta.
Las palabras del médico la habían conmocionado profundamente, la paralizaban y atemorizaban, sin embargo, no conseguía derramar ni una sola lágrima.
Sienna no sabía por qué, supuso porque desde la llamada estaba en shock.
Su madre era el único referente fijo en su vida y la quería como a nadie en este mundo. Solo pensar que la perdería, resultaba insoportable.
Arrancó el coche, se introdujo en el tráfico sin mayor problema, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida.
Ya era bastante tarde cuando llegó por fin a Stratton. Por culpa del tráfico denso en los alrededores de Londres, las cinco horas calculadas se convirtieron en casi siete. Sienna estaba tan agotada que llevaba dos horas luchando por mantener los ojos abiertos.
Los últimos kilómetros hasta el hospital fueron como un trayecto kamikaze, porque a pesar del agotamiento, Sienna recorrió a toda velocidad esos últimos metros hasta el aparcamiento del hospital.
Tras aparcar el coche, se apeó rápidamente, fue corriendo hacia la entrada. Allí le explicó al portero quién era y a los pocos minutos vino un hombre moreno a su encuentro. Por la tarjeta que colgaba de la bata supo que era el Dr. Jackson.
El hombre le tendió la mano, le sonrió, le pidió a Sienna que lo acompañara. Pero en vez de llevarla directamente a ver a su madre, la hizo tomar asiento en su despacho.
—¿Puedo ofrecerle una taza de café? ¿O un té? Parece usted cansada si me permite decirlo.
—Café, por favor. —Sienna se lo agradeció con una sonrisa—. Cuando me llamó estaba a punto de meterme en cama. Como podrá imaginar, al final no fue el caso.
El Dr. Jackson pulsó un botón del teléfono, le indicó a su secretaria que trajera café. Luego se recostó, miró a Sienna por encima de las gafas.
—La policía ya ha estado aquí. Querían hablar con su madre, pero dado el estado en el que se encuentra, les he tenido pedir que se fueran. Les he dicho a los agentes que estaba usted de camino y me han pedido que le transmita que la quieren ver en comisaría lo antes posible.
Sienna frunció el ceño.
—¿La policía? No comprendo…
La expresión facial del médico cambió.
—No le he contado todo para no… bueno… como iba usted a emprender el viaje ya… —Se interrumpió buscando las palabras adecuadas.
—¿Qué le pasa exactamente a mi madre? —soltó Sienna—. Ha dicho usted que la cosa no pinta bien. ¿A qué se refiere?
El Dr. Jackson la miró apenado.
—La ingresaron con graves traumatismos craneales.
El cráneo estaba fracturado, al igual que el tabique nasal.
Además, tenía el cuerpo cubierto de contusiones y magulladuras.
—Respiró, guardó silencio durante varios segundos—.
Para asegurarnos, decidimos hacer una resonancia magnética.
Descubrimos una hemorragia cerebral causada por las lesiones.
Tengo que repetirle que las cosas no pintan nada bien.
Sienna se sobresaltó al oír esto último.
—¿Está intentando decirme que va a morir? ¿Que no pueden tratar esa hemorragia?
El Dr. Jackson hizo una mueca.
—Obviamente, mis colegas y yo hemos estado intentando reparar lo máximo posible, pero la lesión cerebral es mucho más grave de lo que temíamos. Sigue sangrando. Ya no podemos hacer nada más por su madre. Excepto esperar y ver si la hemorragia se detiene por sí sola.
—Pero si todavía es muy joven —balbuceó Sienna—. Acaba de cumplir los cincuenta y cinco.
El Dr. Jackson extendió el brazo por encima del escritorio para cogerle la mano, se la apretó con suavidad.
—Me temo que esto no tiene nada que ver con la edad. También temeríamos por la vida de una joven de veinte años si presentara estas lesiones.
—¿Tuvo un accidente? Quiero decir, ¿qué fue lo que pasó? ¿Es por eso por lo que quiere hablar conmigo la policía?
El médico le dirigió una mirada empática a Sienna.
—Espero no adelantarme a la policía al decirle esto, pero no creo que haya sido un accidente. Unos paseantes encontraron a su madre tirada en una cuneta cerca de Boscastle. Parece que iba a pie.
Sienna frunció el ceño, seguía sin comprender.
—¿Y las heridas? Quiero decir, si no fue un accidente de coche, ¿cómo se lesionó? Nadie se lesiona de tal gravedad solo por caerse en una zanja mientras está paseando.
El médico carraspeó.
—A estas alturas habrá que partir de la base de que su madre ha sido agredida.
A Sienna se le abrieron mucho los ojos.
—¿Que han agredido a mi madre? ¿Quién? Y… ¿la han violado?
—En cuanto a eso no tiene por qué preocuparse. No hay indicios de que se trate de un delito sexual.
Sienna jadeó.
—Pero entonces, ¿qué ha pasado? Quiero decir… ¿quién hace algo así?
Jackson se encogió de hombros.
Supongo que esa es la razón de por qué la policía quiere hablar con usted.
Sienna resopló, de repente notó un hormigueo por todo el cuerpo.
—¿Puedo verla?
Jackson asintió.
—Pero he de avisarle. No va a ser agradable. Además, no podrá intercambiar ni una sola palabra con su madre.
—¿Está en coma?
—Más o menos. Seguramente por lo dura que ha sido la operación cerebral a la que la hemos tenido que someter.
—Pero ¿va a volver a despertar? —La propia Sienna se percató de lo implorante que sonó su voz.
Jackson hizo una mueca.
—Eso tampoco puedo decírselo. Está débil, muy débil. Y la presión ejercida sobre su cerebro aumenta con cada hora que pasa. Sin embargo, otra operación queda descartada porque no la sobreviviría.
—Entonces ¿de verdad que de momento no queda otra que esperar?
El Dr. Jackson se levantó, miró a Sienna.
—Ojalá pudiera decirle otra cosa. Si quiere, la llevo ahora a verla.
Sienna también se levantó, tambaleó durante una milésima de segundo.
Por fin pudo seguir al hombre a lo largo de un pasillo, subir unas escaleras que llevaban a la UCI.
Al detenerse ante la habitación número 217, Sienna se armó de valor ante lo que la esperaba tras la puerta. Esperó a que el Dr. Jackson la hubo abierto y entrado y le siguió.
Se asustó al ver a su madre.
Tenía la cabeza afeitada y lo único que quedaba de su preciosa melena rubia eran unos cuantos pelillos sueltos repartidos por la parte izquierda de su cabeza. La parte derecha estaba cubierta en su totalidad con un vendaje, al igual que la nariz y el ojo derecho.
Incluso los brazos y las manos estaban vendadas, al igual que el tórax, o al menos la parte que Sienna vio por encima de la sábana.
Nada de aquella mujer tendida en una cama de hospital le recordó ni de lejos a su preciosa y fuerte madre.
Sienna intentó controlar las lágrimas, se acercó a la cama. Extendió unas manos temblorosas para tocar la mejilla de su madre.
Su piel estaba fría, al igual que la atmósfera deprimente de aquella habitación. Del cuerpo de su madre salían tubos conectados a máquinas y aparatos, no se oían más que pitidos y zumbidos por todas partes.
Sienna acercó su cabeza a la de su madre, la besó en la mejilla.
—Estoy aquí, mamá —le susurró al oído derecho, esperó unos segundos a ver si había alguna reacción.
—Lo dicho, está en coma —le recordó el Dr. Jackson y Sienna se apartó.
—Será mejor que piense en usted misma —sugirió el Dr. Jackson—. Tiene usted sueño y está agotada. Necesita urgentemente dormir un poco. Si hay algún cambio, la llamaré de inmediato al móvil. Y, por favor, no olvide pasarse por comisaría. —Le entregó una tarjeta de visita con el nombre de un agente.
—Primero tendré que buscar alojamiento —murmuró Sienna, guardó la tarjeta en el bolsillo del pantalón sin prestarle demasiada importancia y notó cómo una nueva ola de agotamiento amenazaba con apoderarse de ella.
—En eso podría ayudarla —dijo el médico y sonrió—. A una calle de aquí hay una casa de huéspedes. Conozco al dueño. Si quiere, lo llamo y le pregunto si tiene alguna habitación libre.
Sienna asintió con la cabeza.
—¡Espere! —soltó, miró al Dr. Jackson, que ya casi estaba fuera—. ¿Dónde están las cosas de mi madre? Su bolso, la ropa.
El médico asintió.
—Las ha guardado una enfermera porque en las habitaciones de la UCI no puede haber nada del exterior.
Sienna respiró aliviada.
—¿Puedo verlas? Quiero decir, puede que me llame la atención algo que a la policía le haya pasado desapercibido.
El médico asintió.
—Veré qué puedo hacer.
Le echó un último vistazo a su madre, siguió al hombre. Cuando llegaron a su consulta, le pidió que lo esperara fuera. Un minuto después salió una enfermera, bajó por el pasillo, desapareció en una de las habitaciones. Al poco rato salió con una bolsa, se la entregó a Sienna.
—Esto es todo lo que llevaba su madre encima. —La joven le dedicó una sonrisa como de disculpa y dejó sola a Sienna.
Esta inspeccionó el contenido en un abrir y cerrar de ojos.
Unos vaqueros arrugados y muy sucios, una camiseta – también sucia –, una chaqueta de punto y ropa interior, incluidos unos calcetines.
En la bolsa no había ningún bolso, sino una mochila con una pequeña pala plegable, una botella de agua, el móvil de su madre y su cartera.
Sienna estaba a punto de comprobar el contenido de la cartera cuando volvió a aparecer el Dr. Jackson.
—¿Está todo? —preguntó.
Sienna lo miró, hizo una mueca.
—Eso parece, aunque… ¿no le parece raro que la policía crea que se trate de un atraco habiendo en la cartera de mi madre más de quinientas libras y siguiendo aquí su móvil?