La niña de la habitación número 11 1 Augsburgo
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La niña de la habitación número 11

La niña de la habitación número 11

Por Daniela Arnold

© inepub.com

1 Augsburgo

UNO

AUGSBURGO

—¿Por qué no vuelves a la cama? —murmuró Daniel y miró somnoliento a Sienna. —Es más, ¿por qué tienes que levantarte en plena noche para fumar un pitillo tras otro junto a la ventana?

Ella se giró hacia el tío que estaba en su cama, se encogió de hombros.

—No puedo dormir —dijo finalmente y dio una calada profunda al cigarrillo. Ladeó la cabeza y miró a Daniel—. Pero, ya que estás despierto, podrías aprovechar para largarte. Así aún podré dormir un par de horitas antes de salir mañana para Berlín.

Al ver la perplejidad reflejada en el rostro de él, giró la cabeza de manera significativa.

—¿No estarás hablando en serio?

Ella puso los ojos en blanco, dio otra calada. Luego se giró hacia Daniel, lo miró fijamente.

—Sí. Ya sabes que necesito mis horas de sueño. Despertarme por las mañanas junto a alguien me molesta.

Observó cómo apartó las mantas, se levantó, se vistió con cara de pocos amigos.

—Mira el lado bueno. Así podrás cambiar esa ropa arrugada por una limpia antes de ir a la oficina.

—Cosa que también podría hacer si me dejaras tener un par de cosas aquí.

Quiero decir… —Se calló, la miró, parecía enfadado—.

Dormimos juntos desde hace seis meses y eso para algunos significa algo.

Por ejemplo, que va siendo hora de pasar juntos una noche entera.

O ir de vez en cuando a cenar juntos. Hacer algo.

Conocer a los amigos y a la familia del otro. —Se detuvo, la miró expectante.

Sienna le devolvió la mirada sin inmutarse, dio otra calada. Luego tiró el cigarrillo a medio fumar por la rendija de la ventana abierta.

—No tengo tiempo para esa basura sentimental —respondió ella de manera lacónica, consciente de inmediato de lo mucho que había herido a Daniel con ese comentario.

Lo curioso era que se sintió bien al hacerlo.

Sabía que era enfermizo, pero no podía evitarlo.

No era ese tipo de mujer que solo se siente completa si tiene a un tío al lado.

Ella era autosuficiente. Siempre lo había sido.

Le gustaba la soledad, hacer lo que le diera la gana, estaba completamente convencida de que las relaciones serias estaban sobrevaloradas.

La única razón por la que aceptaba una y otra vez quedar con Daniel era porque era un amante de mucho aguante.

Cuando le apetecía, lo llamaba, le decía un par de palabras dulces. Con eso solía bastar para que se presentara en su casa en un abrir y cerrar de ojos y follarla hasta dejarla hecha polvo.

Lo vio ponerse los zapatos, se preguntó si esta vez no se habría pasado y qué pasaría si este era su último encuentro.

Pero, tal como cabía esperar, que Daniel perteneciera a partir de este momento al pasado no desataba nada en ella.

Mirándolo ahora, consciente de que podría ser la última vez, no sentió lo más mínimo, y mucho menos sentimiento romántico alguno por él.

Lo siguió hasta el pasillo, esperó a que se hubo puesto la chaqueta e ido a la puerta. Llegado allí, él volvió a darse la vuelta, aparentemente a la expectativa de algo.

—Vale, pues ya te llamaré un día de estos… —le dijo con tono aburrido y sin poder mirarlo a la cara.

No por vergüenza, sino más bien porque le daba completamente igual. Porque ÉL daba igual.

Sonrió para sus adentros cuando lo vio girarse negando con la cabeza, soltando un taco no apto para todos los públicos y dando un portazo de despedida.

Por fin sola, encendió otro cigarrillo, se sentó en el alféizar de la ventana, miró hacia abajo, hacia las luces intermitentes de los coches que pasaban.

Su trabajo era razón suficiente para que en su vida no tuviera cabida un romanticismo desenfrenado.

Trabajaba como fotógrafa freelance para distintos medios que exigían de ella ser independiente. A menudo tenía que hacer la maleta de un momento para otro para pasar varios días seguidos en un lugar determinado para llevar a cabo un encargo.

Y luego estaban los proyectos soñados, los que le llenaban el corazón.

Recorrer miles de kilómetros solo para un par de fotos o volar a la otra punta del mundo para una sesión de fotos.

Su sueño era exponer sus propias fotografías, despertar emociones con ellas, tal vez incluso promover un cambio.

Es decir, que, gracias a su profesión, contaba con una vena sensible, aunque los hombres con los que se había cruzado hasta ahora no lo vieran así.

Según su madre, esa negativa suya tan vehemente a una estabilidad emocional en su vida se debía seguramente a su padre, a lo que les había hecho.

Sienna apenas se acordaba ya de él dado que hacía casi veinte años que había abandonado a su familia.

Ocurrió durante el verano del año 2000. Por aquel entonces vivían todos en Londres y solían ir de vacaciones a la costa sur de Inglaterra. Durante una de esas vacaciones familiares, se había largado sin más.

Su madre mencionaría años más tarde que ya hacía mucho que se imaginaba que algo así ocurriría. Por sus líos de faldas, su padre no era hombre de una sola mujer.

Pensándolo ahora retrospectivamente, Sienna recordó una tarde, poco después de su desaparición, en la que había encontrado a su madre borracha y llorando en su antigua casa de Londres, delante de ella un montón de fotos de su padre, todas ellas hechas trizas.

Sienna había querido salvar al menos una, como recuerdo de su padre, pero su madre se la había arrebatado furiosa.

—¡No necesitas a ese cerdo! —había soltado sin apenas poder mover la lengua—. Y yo tampoco. —A continuación, había hecho una bola con la foto y la había quemado con el mechero.

A la mañana siguiente se había disculpado por haberle hablado así y Sienna se preguntó por qué recordaba, tantos años después, precisamente esa escena.

Tenía siete años cuando su padre las abandonó y al principio no comprendía cómo había podido largarse y haberla dejado sola.

Estaba tan triste que se sentía completamente sola y, llegado un punto, se preguntó si la marcha de su padre había sido por culpa suya o de su madre.

Fue por eso por lo que durante una temporada se comportó con maldad con ella, hasta que el dolor por la pérdida del padre se convirtió en rabia.

Durante los primeros años aún le había enviado una tarjeta por Navidad o por el cumpleaños, hasta que un día dejó de hacerlo, sin más.

Para ser sincera, tenía que admitir que aquellas diminutas señales de vida de su padre ya no significaban gran cosa para ella. Había demasiada rabia acumulada por haberlas cambiado sin más a ella y a su madre por otra familia.

Y fue entonces que el recuerdo de ese hombre desapareció casi por completo.

Los dos primeros años aún recordaba sus ojos tiernos, cómo brillaban cuando hacían tonterías juntos.

La llamaba su princesita y Sienna tenía que reconocer que había disfrutado de las atenciones de su padre y de que la llevara en palmitas.

Tal vez por eso resultaba tan insoportablemente horrible su repentina desaparición.

Porque habían estado muy unidos y a ella no le quedó más remedio que reconocer que para él aquello no había sido más que un juego.

Porque ¿qué padre abandonaba a su hija si de verdad la quería tanto como siempre decía?

Su madre le había repetido lo mismo una y otra vez, hasta que un día fue consciente de la gran verdad que albergaban sus palabras, por muy dolorosas que fueran.

Y de repente, desapareció todo. Ya no más pinchazos en el pecho al pensar en él, nada de soñar con su padre y despertar a la mañana siguiente con la cara hinchada de tanto llorar.

Desapareció de un día para otro. Borrado. Tan solo la sombra de un recuerdo con el que no relacionaba nada bueno.

Por aquel entonces, su madre ya se había enamorado de nuevo, estaba incluso muy feliz y por eso, dispuesta a darle a aquel nuevo hombre en su vida la oportunidad de demostrar que un matrimonio también podía ser algo bueno.

Sin embargo, eliminar su matrimonio anterior no había resultado tan fácil: su padre no quería que lo encontraran impidiendo así un divorcio oficial.

Al final había tenido que ser un divorcio público, otra razón más para que ella, Sienna, despreciara a su padre…

o mejor dicho a su progenitor. Esa fue la única razón de por qué permitió que Carl, el nuevo marido de su madre, la adoptara y así no tener que seguir apellidándose Ward, sino Aschenbrenner.

Los niños del colegio se habían metido con ella por eso, pero a ella le daba igual. Se sentía genial siendo Sienna Aschenbrenner porque aquel nombre significaba que a partir de ese momento dejaría de ser la pobre niña abandonada por su padre.

Por desgracia, el matrimonio no duró mucho, aunque no por culpa de la parte masculina. Más bien por culpa de los celos y la desconfianza de su madre, hasta el punto de no dejar respirar a Carl.

Sienna se sobresaltó cuando la colilla del cigarrillo le quemó los dedos, la tiró por la rendija de la ventana.

Quizás fuera la vida de su madre la que la frenaba para no cometer el mismo error.

Porque su madre, definitivamente, había cometido un error enamorándose del hombre equivocado. La consecuencia de ese error era su incapacidad de confiar en ningún hombre.

Si el amor, el matrimonio, la convivencia eran eso, entonces Sienna podía prescindir de todo eso sin remordimiento alguno.

De vez en cuando un tío con el que follar, no necesitaba más.

Así al menos no tendría que dejar a un lado su personalidad ni cambiarla, y mucho menos correr el peligro de convertirse en una copia de su madre: una mujer amargada que todavía no había asimilado el trauma de hacía veinte años, por mucho que intentara ocultarlo.

Sienna se levantó, se estiró, miró el reloj. Si quería descansar aún un par de horas más, tenía que acostarse ya, de lo contrario sería el segundo día consecutivo a sobrellevar sin apenas haber dormido.

Acababa de acomodarse bajo la manta mullida cuando empezó a sonar el móvil. Ojalá no fuera Daniel, llorando porque no quería entender que no era más que un pasatiempo para ella.

Se levantó, desconectó el móvil del cargador, echó un vistazo a la pantalla.

Era un número desconocido. Bastó el prefijo para que la invadiera un mal presentimiento.

—¿Diga? —dijo conteniendo la respiración.

La otra persona se presentó: el Dr. Jackson del Hospital Stratton. Usaba un inglés muy remilgado y culto, sin acento, lo que le transmitía un tono de voz arrogante.

Sienna había nacido en Londres y vivido allí hasta cumplir los siete años por lo que el inglés era como otro idioma materno más, así que no le costó seguir el discurso de aquel hombre.

—Sí, soy Sienna Aschenbrenner y Marlene es mi madre —explicó impaciente al hombre que se encontraba al otro extremo de la línea, a la vez que se preguntaba por qué tenía que molestarla en plena noche un médico de su antigua patria.

Aquella llamada no tenía ningún sentido, pero en plena noche, resultaba de algún modo inquietante.

El médico carraspeó y Sienna se dio cuenta de que a aquel hombre la situación le estaba resultando incómoda.

—Se trata de su madre —explicó—. Marlene Aschenbrenner. Hemos encontrado su pasaporte y también el móvil en el bolso de su madre, de ahí que pudiéramos contactarla con tanta premura.

Sienna frunció el ceño, no pillaba ni por asomo el significado de las palabras del médico.

—¿Qué hace usted con las cosas de mi madre? —quiso saber, no pudo evitar sonar desconfiada e irritada.

El médico guardó silencio, como tratando de encontrar cómo formular lo que vendría a continuación.

—Hace un par de horas su madre ha sido ingresada en nuestro hospital con lesiones graves en la cabeza. Si me permite ser franco… —Se detuvo, soltó un suspiro apenas audible—. La cosa no pinta bien. No sé si entiende a qué me refiero. Lo mejor será que venga cuanto antes.