La libreta, columna octubre
La cuartilla había sido la punta. Debajo había una libreta.
Estaba también en las copias que Nora guardaba de la caja de su padre, y tampoco la había abierto nunca del todo.
Una libreta cuadriculada, de las baratas, con las tapas blandas, llena por las dos caras con la letra de Alfonso.
No la letra de las felicitaciones de cumpleaños: la otra. La de comisario. La de trabajar.
Su padre tenía dos letras y Nora las conocía las dos.
La de casa era redonda, lenta, de hombre que escribe poco y con esfuerzo: la de las notas en la nevera, la de «vengo tarde, cenad».
La de trabajo era otra: más rápida, más pequeña, llena de abreviaturas que solo entendía él, con esa prisa de quien escribe para acordarse, no para que lo lean.
Ver la letra de trabajo en una libreta que hablaba de Sara era ya, antes de leer una palabra, una manera de entender a su padre que no había tenido en vida: el hombre que en casa decía poco era, a solas, este, el que llenaba páginas.
Aquella noche la leyó como lo que era: el expediente que un policía había abierto, en secreto, sobre su propia hija.
Y lo leyó como se lee a un colega bueno: con respeto, fijándose en el método, aprendiendo.
Porque su padre, en aquellas páginas, trabajaba bien.
Trabajaba como trabajaba ella. Tirando de cosas pequeñas.
Había empezado tarde, hacia 2003. Cinco años después del parque.
Nora entendió por qué: durante mucho tiempo no hubo nada de lo que tirar, y luego, de pronto, su padre debió de pillar un cabo —una declaración, un soplo, un nombre— y se puso a reconstruir hacia atrás un día concreto de octubre de 1998.
Matrículas. Había anotado matrículas de vehículos, con sus comprobaciones al lado, tachando las que no llevaban a ninguna parte.
Horarios. Había levantado, hora por hora, el movimiento de aquella esquina: cuándo paraba el autobús, cuándo abría la papelería, a qué hora pasaba la gente.
Un comisario reconstruyendo una mañana de cinco años atrás a base de paciencia, como quien rehace un jarrón roto con los trozos que va encontrando por el suelo.
Había una página que a Nora se le quedó pegada.
Su padre había dibujado, a mano, un pequeño plano de la esquina: la papelería, las dos aceras, la marquesina, una flecha con el sentido del autobús.
Al lado, una lista de líneas y de horas.
Lo había hecho bien, con la cuadrícula de la libreta de pauta, midiendo.
Era igual que lo que habría hecho ella; lo que hacía, de hecho, en sus propios casos.
Y le dio un vuelco entender que aquella manera suya de trabajar, que siempre había creído propia, la había aprendido sin saberlo de un hombre que nunca le enseñó nada de su oficio en voz alta, solo con la nuca inclinada sobre papeles que no enseñaba.
Y, en medio de las matrículas y los horarios, una frase, repetida, subrayada: «la mujer de la rafia».
Su padre la había visto. No en persona —llegó cinco años tarde—, sino reconstruida: alguien de la zona, algún testigo al que él tiró de la lengua, recordaba a una mujer que por aquellas fechas se movía por la esquina con una bolsa de rafia y a veces con niños.
Su padre no tenía su nombre. La llamaba así, por lo único que de ella le habían sabido decir: la mujer de la rafia.
Nora dejó la libreta un momento sobre la mesa, porque le temblaba la mano y no quería emborronar una copia.
La mujer de la rafia era Carmen.
La mujer a la que su padre persiguió sin nombre, hacía veinte años, a base de matrículas y de horarios, era la misma vieja a cuyo lado se había sentado ella la semana pasada, en una residencia de Aranjuez, viéndola coser en el aire con los dedos.
Su padre y ella habían perseguido, con veinte años de diferencia y sin saberlo, a la misma mujer.
Él la había llamado «la de la rafia». Ella la había llamado «Carmen».
Era la misma puerta, y los dos habían llamado a ella.
Le entró una pena rara, doble. Pena por su padre, que había dado con aquella mujer hacía veinte años y se había muerto sin sacarle nada.
Y pena por sí misma, que había dado con ella ahora y tampoco iba a poder sacarle nada, por motivos distintos pero con el mismo resultado: una vieja que cose en el aire y se lleva lo que sabe a ratos, según la marea.
Padre e hija, los dos, sentados delante de la misma puerta cerrada, con veinte años entre uno y otra, y la puerta sin abrirse para ninguno.
Había algo casi cómico en ello, de no ser por lo que era.
En la libreta, su padre había llegado hasta esa puerta.
Había una dirección —la misma que en la cuartilla, la que a Nora no le decía nada— y, al lado, dos palabras: «ya no».
Debajo, con la letra más apretada, como quien escribe deprisa para no sentir lo que escribe: la casa estaba vacía, la mujer se había ido, el rastro tenía años.
Había llegado tarde. Otra vez tarde. Cinco años tarde a un sitio donde su hija pequeña había estado, según todo, dos meses después del parque.
Nora se imaginó a su padre delante de aquel portal, en 2003, con su gabardina y su cuaderno, llamando a un timbre que ya no era de nadie, preguntando a vecinos que apenas se acordaban.
Se lo imaginó volviendo al coche, anotando «ya no» con esa letra apretada, y quedándose un rato dentro, como se había quedado ella la semana pasada después de Aranjuez, mirando un sitio que había guardado a su hija y ya no la guardaba.
Padre e hija, otra vez, repitiendo el mismo gesto con veinte años de diferencia: quedarse quietos en un coche delante de una puerta, sin poder llorar del todo y sin poder marcharse.
Y entonces, donde otro habría parado —porque el rastro se acababa, porque dolía, porque no llevaba a la niña—, su padre hizo lo que iba a matarlo: siguió hacia arriba.
Las últimas páginas de la libreta ya no hablan de la esquina.
Hablan de por encima de la esquina: de quién mandaba sobre la mujer de la rafia, de quién mandaba sobre ese, nombres tachados y vueltos a escribir, flechas hacia arriba.
Nora reconoció algunos. Subían, y subían, hasta gente que ella misma había metido en la cárcel en otra vida.
Hasta el hilo que, en 2015, le devolvió a su padre el golpe en forma de caída por un patio.
La esquina no lo mató en octubre de 1998. Lo mató despacio, durante doce años, y terminó de matarlo en 2015. Pero empezó en aquella esquina.
Pasó las páginas de los nombres y las flechas con cuidado, como quien camina detrás de alguien por un sitio peligroso.
Iba viendo a su padre subir. De la mujer de la rafia a un encargado.
De un encargado a un nombre con despacho.
De un nombre con despacho a otro que Nora conocía demasiado bien.
Cada flecha hacia arriba era un año más de su vida, una cena más en silencio, un domingo más mirando el mantel.
Su padre había subido aquella escalera él solo, sin contárselo a nadie, durante doce años, hasta el escalón en el que alguien decidió que ya estaba subiendo demasiado.
Leerlo era como ver venir un coche hacia alguien y no poder gritar, porque el atropello había ocurrido hacía ya nueve años.
Nora habría cerrado la libreta ahí, con bastante. Pero pasó una hoja más, la penúltima, casi en blanco. Y en el margen, torcida, fuera de todo el orden de policía de las demás páginas, había una nota que no era para ningún expediente. Era para él.
Tres palabras. «Que Nora no.»
Nada más. «Que Nora no.» Sin terminar. Como si su padre no hubiera sido capaz de escribir el verbo. Que Nora no… ¿qué? ¿No sepa? ¿No cargue? ¿No se entere nunca?
Y Nora, que llevaba toda la vida completando las frases que la gente no se atreve a terminar, completó también aquella, sin querer, y se quedó helada.
Porque para que su padre escribiera «que Nora no» en mitad de un expediente sobre la esquina, tenía que saber algo de Nora y de la esquina.
Algo que había decidido que ella no supiera. Algo que se llevó.
No era el caso de Sara lo que le ocultaba.
El caso de Sara lo compartían. Era otra cosa, pequeña y suya, de ella, de Nora, que pertenecía a aquella esquina, que su padre había encontrado entre sus matrículas y sus horarios y había tapado con tres palabras a medio escribir para que su hija mayor no la encontrara nunca.
Lo peor era que Nora seguía sin saber qué era.
Tenía la prueba de que había algo —la letra de su padre temblando en un margen— y no tenía el algo.
Su padre había trabajado cinco años para reconstruir una mañana de octubre, había puesto a su hija mayor en esa mañana de alguna manera que él entendió y ella no recordaba, y se había muerto guardándoselo.
Le había dejado el agujero y, encima, la certeza de que el agujero tenía forma.
Pensó, con una frialdad que la asustó, que su padre le había hecho lo mismo que la doctora Quintana le pedía no hacerse: le había dejado una corroboración sin el recuerdo.
Solo que su padre lo había hecho al revés, por amor: para protegerla le había escondido el recuerdo y, sin querer, le había dejado la prueba de que existía.
La había dejado a medio camino. Sabiendo que había una esquina, que había una niña, que había algo suyo en ello, y sin saber qué.
Era el peor sitio para dejar a alguien: no en la mentira, no en la verdad, sino en el borde, con la luz por debajo de la puerta.
Se acordó de Quintana. «No me cuente lo que cree que pasó.
» No lo iba a contar, porque no lo sabía.
Pero ahora tenía algo que la doctora valoraría: una corroboración de fuera, escrita en 2003, que ella no había podido inventar, esperando a que la luz y el frío de aquella ventanilla, algún día, le pusieran delante lo que su padre ya sabía.
Y, debajo de todo, el mismo cepo: que aquella libreta era pieza, que ella estaba apartada, que su padre le había dejado una corroboración que ella, por lo oficial, no debía ni estar mirando. Su padre le había dejado la llave de una puerta que un juez le había prohibido abrir.
Cerró la libreta. Se quedó un rato con la mano encima de las tapas blandas, como se deja la mano en el hombro de alguien.
Le habría gustado poder decirle algo. Que ya casi lo entendía. Que había llegado, con veinte años de retraso, al mismo sitio que él. Que esta vez, a lo mejor, no llegaban tarde los dos.
Durante treinta años, Nora había creído saber por qué se había muerto su padre: por no soltar el hilo de Sara, por seguir tirando hacia arriba hasta que arriba le devolvió el golpe.
Aquella noche, con la libreta cerrada bajo la mano, entendió la otra mitad. Que su padre no se había muerto solo por buscar a una hija. Se había muerto, también, por callarle algo a la otra. Y que en él, las dos cosas habían sido siempre la misma: querer.
Capítulo 16