La niña de la esquina (Nora Vidal 5) El peritaje
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El peritaje

Nora había interrogado a mucha gente en veinte años, y de todo aquello había sacado una certeza incómoda: que la memoria es la testigo más mentirosa que existe, y la más convencida de decir verdad.

Había visto a testigos honrados jurar que recordaban algo que no había pasado, porque alguien, sin querer, les había metido el recuerdo a fuerza de preguntar mal.

Había visto a niños «acordarse» de lo que un adulto quería oír.

Sabía cómo se fabrica un recuerdo: con una pregunta cargada, una foto enseñada antes de tiempo, una hipótesis repetida hasta que la cabeza la adopta como propia.

Lo sabía porque su oficio era no hacerlo, y había visto lo que pasa cuando se hace.

Se acordaba de un caso de hacía años: una agresión, una víctima de verdad, un daño de verdad.

Pero alguien, con la mejor intención, le había enseñado a la víctima la foto del sospechoso equivocado antes de la rueda de reconocimiento.

Y la víctima, que no mentía, lo reconoció con toda el alma.

Estuvo convencida hasta el final. El inocente pasó meses dentro; el culpable, fuera.

No hubo mala fe en ninguna parte: solo una memoria a la que le habían puesto una cara y la había dado por suya.

Aquello le enseñó a tenerle más miedo a un testigo seguro que a uno dudoso.

Por eso, la mañana después de leer la cuartilla de su padre, no se sentó a recordar. Tenía demasiado miedo de lo que podía inventar.

Porque quería acordarse. Esa era la trampa.

Por un lado, una parte de ella se moría por que «la niña que miraba» fuera otra, por seguir siendo la hermana que no estuvo.

Por otro, una parte peor quería el recuerdo, el que fuera, con tal de llenar el hueco.

Y una cabeza que quiere acordarse de algo es justo la cabeza que se lo inventa.

Nora lo sabía mejor que nadie. Si se ponía a tirar de la esquina ella sola, en dos noches tendría una escena entera, nítida, falsa y suya para siempre.

Así que hizo lo contrario de lo que le pedía el cuerpo. En vez de recordar, buscó a alguien que le impidiera recordar mal.

No se le escapaba la ironía. Llevaba la vida entera sentada al lado bueno de la mesa, haciendo las preguntas, vigilando que el de enfrente no se contaminara.

Ahora le tocaba el otro lado: ser la que recuerda, la que puede equivocarse, la que quiere creerse a sí misma.

Le costó pedir la cita. Le costó más decir en voz alta, por teléfono, que la paciente era ella.

Pero un buen policía sabe cuándo no es de fiar, y Nora, esta vez, no se fiaba de Nora.

La doctora Quintana tenía la consulta en un primero sin placa grande, solo un nombre en el telefonillo.

Psicóloga forense. Nora la conocía de oídas, de algún juicio: la llamaban cuando había que valorar el testimonio de un menor o de una víctima, y tenía fama de aguafiestas.

Decía que no más de lo que decía que sí.

En boca de un fiscal con prisa, «aguafiestas» era un insulto.

Para lo que Nora necesitaba, era la única recomendación que valía.

La recibió sin ceremonias. Despacho pequeño, dos sillones, una caja de pañuelos que Nora miró de reojo y decidió que no iba a necesitar.

Le contó lo justo. Que tenía un hueco en la memoria de la infancia.

Que había motivos para pensar que en ese hueco había algo.

Que necesitaba saber si ese algo era un recuerdo o un invento, y que necesitaba no inventarlo por el camino.

No le dijo qué creía que había. No le dio la escena. Le dio el hueco y nada más.

Quintana la escuchó sin tomar notas, mirándola, y cuando terminó no le prometió nada. Al revés.

—Lo primero que tiene que entender —dijo— es que a lo mejor no hay nada que recuperar.

Y que, si lo hay, puede que no lleguemos a ello, o que lleguemos a algo que parezca un recuerdo y no lo sea.

Yo no hago magia. No voy a hipnotizarla para que «vuelva» a ningún sitio; eso vende mucho y no vale nada en una sala, ni fuera de ella.

Lo que voy a hacer es justo lo contrario de lo que usted teme: no voy a ayudarla a recordar.

Voy a quitarme de en medio para que, si hay algo, salga solo.

Le explicó cómo. Nada de enseñarle fotos, ni de contarle lo que otros habían dicho, ni de sugerirle escenas.

Preguntas abiertas, de las que no llevan la respuesta dentro.

Volver al contexto, no al suceso: el colegio, el autobús, las mañanas, lo de alrededor, no el centro.

Y, sobre todo, una regla que a Nora le sonó a música: que nada de lo que saliera de allí valdría por sí solo.

Un recuerdo recuperado, dijo Quintana, no es una prueba.

Es una hipótesis. Solo sirve si encaja con cosas de fuera que el que recuerda no podía saber ni inventar. Sin eso, es literatura.

—La memoria no es una cinta de vídeo —siguió Quintana—.

No se rebobina. Cada vez que recordamos algo, lo reconstruimos un poco, y en esa reconstrucción se cuela lo que sabemos ahora, lo que tememos, lo que nos han contado.

Por eso un recuerdo muy repasado es de los menos fiables: está leído por encima mil veces, con la letra de hoy.

Lo que a veces se conserva más limpio es lo que no se ha tocado: lo periférico, lo que parecía no tener importancia.

Un olor. Una luz. El frío de un cristal.

Eso no se reescribe, porque a nadie le interesa reescribirlo.

Por ahí vamos a entrar, si entramos. Por lo que no le importaba a nadie.

—Eso —dijo Nora— es lo más tranquilizador que me han dicho en semanas.

Quintana la miró con algo parecido a la simpatía. —Ya. Le pasa a la gente honrada. Los que vienen queriendo que les confirme lo que ya han decidido recordar se van enfadados.

Empezaron por lo de menos. Que respirara.

Que se fijara en la silla, en los pies en el suelo, en la luz de la ventana.

Quintana no tenía prisa, y la falta de prisa, en alguien, tranquiliza más que cualquier palabra.

Le dijo que en cuanto algo le diera miedo de verdad, pararían; que el objetivo no era abrir la puerta a la fuerza, sino comprobar si la puerta existía y de qué estaba hecha.

A Nora le costó soltarse. Estaba acostumbrada a controlar una sala, no a dejarse llevar dentro de la suya.

Las primeras preguntas las contestó como en un interrogatorio, en corto, midiendo.

Quintana no la corrigió; esperó. Poco a poco, sin darse cuenta, Nora empezó a hablar distinto: del frío de los cristales del autobús en enero, del vaho, de los nombres de los compañeros, de un conductor que llevaba siempre la radio en una emisora de música vieja.

Cuanto más tonto era el detalle, más se soltaba.

Quintana asentía de vez en cuando y no apuntaba nada, y esa falta de interés por lo importante, contra lo que cabría pensar, la fue desarmando.

Luego, despacio, el contexto. El barrio.

La casa de Monte Igueldo. El olor de los inviernos.

El autobús del colegio. Quintana no preguntaba por ninguna esquina, por ninguna hermana, por ningún octubre.

Preguntaba por el asiento del autobús, por la cremallera de la cartera, por la canción del conductor. Por lo aburrido.

Y, en algún momento, sin que Nora supiera cómo había llegado allí, hubo una luz.

No una escena: una luz. Una luz de otoño baja, dorada, entrando de lado por la ventanilla de un autobús, y el frío del cristal en la frente, y una sensación —solo una sensación, sin imagen— de que había algo fuera que no debería estar.

Le subió a la garganta sin pedir permiso y se le llenaron los ojos.

Paró. Quintana paró también, en el acto, sin tirar.

—Ahí hay algo —dijo Nora, con la voz rara—. Lo noto. Pero no veo nada. Solo… la luz. El frío. Que algo iba mal.

—Pues nos quedamos con la luz y el frío —dijo Quintana, tranquila—.

Ni un paso más hoy. Lo que acaba de notar es bueno: es periférico, es físico, no es una historia.

Las historias me preocupan; las que vienen ya hechas.

Una luz y un frío que se cuelan sin que usted los llame son otra cosa.

Pero todavía no son nada. No me cuente lo que cree que pasó.

Cuanto menos lo cuente, más limpio se queda.

Nora se quedó con las manos abiertas sobre las rodillas, mirándolas, hasta que el temblor de la garganta bajó.

Era una sensación rarísima: tener, por fin, algo —algo físico, real, que no se había inventado, porque no había querido inventarlo, porque ni siquiera lo había buscado— y que ese algo no fuera una respuesta, sino una puerta cerrada con una rendija de luz por debajo.

Toda su vida profesional consistía en abrir puertas.

Quedarse delante de una sin tocarla, sabiendo que detrás podía estar lo único que necesitaba, le dolía casi en el cuerpo.

Y, a la vez, era lo único decente que podía hacer.

Nora habría querido empujar. Tenía la puerta entreabierta y el cuerpo entero le pedía darle una patada. Quintana, como si lo viera, negó despacio con la cabeza.

—Si la abre usted a patadas, lo que salga lo habrá puesto usted.

Y entonces no sirve, ni a usted ni a nadie.

La gracia de esto es que no lo decida usted: que salga o que no salga.

Lo otro es escribirse un recuerdo a medida, y eso lo hace cualquiera.

Para inventarse el pasado no hace falta venir a un psicólogo.

Le recordó, antes de terminar, lo de siempre: que si algún día salía una escena, no se la creyera por bonita ni por terrible.

Que la guardara y la comparara con lo de fuera: con lo que dijera el papel de su padre, con lo que dijeran otros, con cosas que ella no hubiera podido saber.

Que un recuerdo solo vale acompañado. Solo, miente.

Nora pensó en la cuartilla, en la dirección que no reconocía, en Carmen y su esquina, en el conejo zurcido.

Pensó que, si la luz y el frío de aquella ventanilla llegaban algún día a tener una acera enfrente, ya había, esperando fuera, un montón de cosas con las que compararlo.

Y que, por primera vez, ese pensamiento no le dio miedo. Le dio una especie de suelo.

Porque esa era la diferencia entre lo que ella temía y lo que estaba haciendo.

Un recuerdo inventado se sostiene en el aire, en las ganas de quien lo inventa.

Uno verdadero cae sobre cosas que ya estaban ahí antes de recordarlo: una cuartilla escrita en 2003, una vieja que zurce, un buzón de Vallecas.

Si la escena llegaba y encajaba en todo eso como una llave en una cerradura que nadie había tocado, sería verdad.

Y si no encajaba, Quintana tenía razón: sería literatura, y la tiraría a la basura sin pena, por mucho que doliera tirarla.

Se levantó. Le temblaban un poco las piernas, como después de un esfuerzo físico, aunque no había hecho más que estar sentada y respirar.

—¿Qué quiere que haga hasta la próxima? —preguntó.

—Nada que tenga que ver con su hermana —dijo Quintana, acompañándola a la puerta—. Acuérdese del autobús. De la mochila. De qué desayunaba. De lo aburrido. Lo importante casi siempre llega por el lado de lo aburrido.

Capítulo 15