El que devuelve III
La comisaría está en una calle por la que no tengo que pasar. Paso igual. Llevo unas semanas pasando.
Tiene una luz azul encima de la puerta, encendida de día y de noche, y una puerta de cristal que se abre sola cuando alguien se acerca lo suficiente. Lo he comprobado: se abre a un metro, más o menos. Yo me quedo siempre a metro y medio. A un paso de que se abra. Sin darlo.
He mirado lo de siempre, lo que miro en todas partes sin querer: por dónde se entra, por dónde se sale, dónde está el de uniforme, cuántos hay.
Es una costumbre vieja, de cuando saber las salidas era lo único que me mantenía en pie.
En aquella casa, de pequeño, el que sabía dónde estaban las puertas vivía un poco mejor que el que no.
Aprendí a contarlas antes que a contar otras cosas.
Ahora ya no huyo de nadie, pero los ojos siguen contando puertas.
Tardan más que uno en enterarse de que ya no hace falta.
En aquella casa había tres puertas y una ventana que daba al patio. Lo sé todavía. Podría dibujarlo. Hay cosas que se aprenden tan fuerte que se quedan después de que ya no sirven para nada, como una llave de una cerradura que cambiaron.
Devolver no es confesar. Eso lo decidí hace tiempo y lo sigo pensando. Meter una cosa en un buzón es ponerla donde tenía que estar. No le digo a nadie quién soy. No pido perdón. No es asunto mío, el perdón. Las cosas vuelven y yo me quedo fuera, que es mi sitio.
Pero entrar por esa puerta es otra cosa. Entrar es decir un nombre. El mío. Es ponerme yo donde tendría que estar, igual que pongo las cosas. Y eso es más difícil, porque a mí no me devuelve nadie a ningún sitio: tengo que devolverme yo solo, y no sé muy bien a dónde.
Además, si entrara, no sabría qué decir.
Lo que sé no cabe en las palabras que se usan ahí dentro, las de tomar declaración.
Ellos querrían fechas, nombres, sitios. Yo no tengo casi nada de eso.
Tengo una casa fría, una mujer que cosía, una niña que me enseñó la hora.
Tengo lo que se siente, no lo que se firma.
Y lo que se siente no sirve en un papel.
Todavía no. Me queda una cosa por sacar de la caja, y mientras me quede esa cosa, tengo trabajo.
Alguien con trabajo no entra en una comisaría a decir su nombre; lo deja para cuando ya no tenga nada que hacer con las manos.
Cuando suelte la última, entraré. O me encontrarán. Da un poco igual el orden.
Porque sé que esto se acaba. Las cosas que devuelvo dejan rastro: un matasellos, una cara en una cámara que esquivé pero no del todo, una vieja que habla a ratos y dice más de lo que cree.
Tarde o temprano, alguien tira del hilo hasta aquí.
No me importa. Llevo treinta años esperando que algo se acabe; que se acabe esto no es lo peor que me ha pasado.
Lo que no sé es qué pasa después. Devuelvo las cosas a su sitio, pero yo no tengo sitio al que volver.
Cuando se acabe esto, cuando entre o me encuentren, se acabará también lo único que me ha tenido en pie estos meses: tener algo entre las manos que hacía falta hacer.
Después de eso no hay un después. Nunca lo ha habido.
A veces, hasta me gustaría que fuera más rápido. Que la puerta se abriera ella sola, a metro y medio, y me ahorrara el paso. Pero las puertas no entran a buscarte. Eso lo aprendí hace mucho.
Mientras estoy ahí parado, entra y sale gente normal.
Uno con una denuncia. Una pareja que ha perdido algo.
Dos de uniforme que vuelven de comer, riéndose por algo suyo.
Ninguno me mira. Para ellos soy alguien mayor parado en una acera, esperando a otra persona. No saben que estoy esperando a poder.
Hoy tampoco he entrado. Me he quedado un momento delante, con la luz azul cayéndome encima, contando los segundos como cuento las horas: por costumbre, para tener al menos una cosa segura.
He pensado en la última cosa, en su papel de seda, en que todavía está caliente de tenerla yo. Y he dado media vuelta.
He vuelto a casa por donde había venido. Mañana a lo mejor paso otra vez. Pasar no cuesta nada. Es no entrar lo que cansa.
Detrás de mí, la luz azul siguió encendida sobre la puerta de cristal, esperando a cualquiera que se acercara un metro. A mí no. Yo me llevé el frío de la calle en la cara y, en el bolsillo, contra la palma, el bulto pequeño y blando de lo único que todavía no he sido capaz de soltar.
Capítulo 17