La niña de la esquina (Nora Vidal 5) El juicio
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El juicio

La Audiencia, a las nueve y media, olía a moqueta vieja, a papel y al perfume de quienes se visten distinto el día que van a un juicio.

A Nora la habían citado como testigo, y a los testigos se los deja fuera. Esperó en un pasillo de bancos corridos, entre otros citados que no la conocían y con los que no podía hablar, mientras al otro lado de una puerta de madera oscura empezaba a jugarse el trabajo de un año.

En el vestíbulo, antes de que la mandaran al pasillo de testigos, había reconocido dos o tres caras de los peores días de la instrucción: familias que llevaban años esperando a que alguien se sentara en aquel banquillo y que ahora iban a mirar a Riera como se mira a quien te quitó algo y sigue sin parecerse al monstruo que una necesita que parezca.

Las horas en un pasillo de juzgado no se parecen a ninguna otra clase de hora.

No puedes leer del todo, no puedes irte, no puedes saber qué ocurre a tres metros, detrás de una puerta, sobre tu propio trabajo.

Solo puedes esperar a que alguien salga y te cuente una parte.

Nora, que había hecho esperar a tanta gente en pasillos parecidos, descubrió aquel día desde qué lado se mira una puerta cuando no te dejan entrar.

A su lado, en el banco, un hombre mayor citado por otra causa cualquiera daba vueltas a una citación doblada y desdoblada hasta dejarla blanda.

Le preguntó la hora dos veces. Nora se la dijo las dos veces, con suavidad, y volvió a su silencio.

Esperar acompañada de desconocidos es una manera particular de estar sola.

Había llevado aquella investigación calle por calle.

Conocía cada folio, cada acta, cada nombre.

Y el día en que todo aquello se ponía a prueba, su sitio era un banco de pasillo, con el móvil en silencio y las manos quietas.

La sala tenía su propia gramática —turnos, fórmulas, gente que se levanta cuando entra el tribunal—, y en esa gramática Nora no era una frase: era una palabra que la defensa pensaba tachar.

La puerta se abrió un momento para que saliera un ujier, y por el hueco vio el estrado con tres sillas altas, la presidenta en el centro, la bandera, el escudo. Y, abajo, en el banquillo, a Riera.

Lo vio un segundo. Sesenta y cinco años.

Una americana que le quedaba algo grande después de un año largo de prisión preventiva.

El pelo blanco, peinado con raya. Las manos sobre las rodillas.

La cara de un hombre que ha ido a una reunión que no le interesa demasiado.

La misma cara con la que, en una consulta del barrio de Salamanca, le había contestado a casi nada.

La puerta volvió a cerrarse y Nora se quedó con la imagen pegada a los ojos un rato, como queda la bombilla cuando la apagan.

Por debajo de la puerta llegaban retazos: la voz de la presidenta, plana, leyendo la filiación del acusado; un «sí» seco que debía de ser de Riera confirmando su nombre y poco más; el roce de las togas al sentarse.

La sala tenía sus pasos contados, y los daba uno detrás de otro, sin prisa, con la seguridad de algo que ha hecho lo mismo mil veces y sabe que volverá a hacerlo mañana.

De Riera, en los meses de instrucción, había aprendido una cosa: que escuchaba como había escuchado toda su vida profesional, midiendo.

No miraba a quien hablaba; miraba lo que hacía con las manos, hacia dónde se le iban los ojos, qué callaba.

Un psicólogo no deja de serlo porque lo sienten en un banquillo.

Riera estaba estudiando la sala igual que había estudiado a tantos, y lo que la sala le devolvía, de momento, le daba la razón para seguir callado.

Riera no iba a declarar. Lo sabía la sala entera antes de empezar: el acusado se acogería a su derecho a no declarar, como llevaba más de un año haciendo.

Su marca —aquella palabra, VISTO, que había dejado escrita en tantos sitios— iba a hablar por él en los papeles mucho más de lo que él pensaba hablar con la boca.

Riera había decidido ser un silencio con americana, y desde ese silencio dejaba que peleara otra.

Esa otra era Beatriz Vela.

Vela no daba golpes de efecto. No miraba al público, no buscaba la cámara, no levantaba la barbilla. Trabajaba con papeles y con tiempo, como quien lija una madera: despacio, sin que se note, hasta que un día la pieza cede por donde menos se esperaba. Su tranquilidad no era educación. Era el arma.

Nora no necesitaba estar dentro para saber lo que Vela estaba haciendo.

Lo llevaba semanas viéndolo venir, desde la mañana del fax de Almagro.

Vela no iba a discutir si Riera era culpable.

No iba a tocar el fondo. Iba a hacer lo que mejor sabía: buscar el defecto de forma, encontrar la grieta y meter por ella la causa entera.

Y la grieta estaba a la vista. Estaba sentada en un banco de pasillo, esperando.

La planteó al principio, como cuestión previa, antes de oír a un solo testigo.

Un escrito de varios folios, leído despacio, con esa voz que nunca subía, citando artículos y sentencias.

Pero, por debajo de los artículos, el escrito decía una sola cosa de muchas maneras: que la investigación de aquella causa la había dirigido una inspectora que era hermana de una de las víctimas.

Que nada de lo que esa investigación había encontrado podía sostenerse, porque quien la había mandado tenía un interés personal incompatible con la imparcialidad.

Que procedía anular las actuaciones. Todas.

No la nombraba con rabia. La nombraba con su cargo y sus dos apellidos, una y otra vez, con la frialdad de quien no necesita insultar porque le basta con repetir un hecho.

Inspectora Nora Vidal Cabrera. Hermana de la víctima.

Responsable de la investigación. Tres líneas que, puestas juntas, valían para Riera más que cualquier coartada.

Nora lo supo con algo de detalle al final de la mañana, cuando el fiscal salió al pasillo, la localizó y se sentó un momento a su lado. No le dio la mano. Le contó lo justo, porque ella seguía siendo testigo y había cosas que no podían hablar. Pero lo esencial cabía en una frase.

—La han planteado —dijo—. Y el tribunal la deja para sentencia.

Para sentencia. Es decir: no se resolvía ahora.

La nulidad se quedaba colgada sobre todo el juicio, como una gotera de la que no sabes si va a aguantar el invierno.

Declararían los testigos, verían las pruebas, oirían a Riera no decir nada durante días, y solo al final, al dictar sentencia, el tribunal decidiría también si todo aquello servía o si se caía por una grieta con forma de parentesco.

—¿Y nosotros? —preguntó Nora.

—Nosotros contestamos lo que hay que contestar —dijo el fiscal—.

Que no manipulaste nada. Que cada acto está documentado y controlado, con más garantías de lo normal, justo porque sabíamos lo que eras.

Que se te apartó en cuanto se pudo. Que la verdad de lo que se encontró no cambia porque la encontraras tú.

—Una pausa—. Es buena defensa la nuestra.

La de ella también. Por eso lo dejan para sentencia: porque ninguno de los dos lados es de tirar a la basura.

—Una cosa más —dijo el fiscal, ya de pie—. Si te llaman a declarar, contesta a lo que te pregunten y nada más. Ni un dato de menos ni uno de más. Lo que sobra, ahí dentro, no ayuda: cuelga. —La miró por fin—. Sé que es justo lo contrario de lo que se te da bien.

Se levantó. Antes de volver dentro, dijo una última cosa, sin mirarla, mirando la puerta:

—Lo mejor que puedes hacer por tu hermana estas semanas es no existir. Ya lo sabes.

Ya lo sabía. Era lo más difícil que le habían pedido nunca.

A los demás se les pide que hagan algo. A ella le estaban pidiendo que no fuera nadie durante unas semanas, y ella no sabía ser nadie ni un cuarto de hora.

Porque ahí estaba la trampa entera, y aquella mañana la entendió por primera vez con el cuerpo y no solo con la cabeza.

No era solo que no pudiera investigar el muerto de Almagro, ni los sobres, ni el padrón, ni al hombre que devolvía.

Era que tampoco podía defenderse. Su existencia, su parentesco, su nombre eran munición.

Cualquier cosa que tocara, cualquier hilo del que tirara, no ayudaba a Clara: la ponía en riesgo.

La forma más segura de que Riera acabara condenado era que la inspectora Nora Vidal no hiciera nada de nada.

Y eso, en cuarenta y un años, era lo único que no había aprendido a hacer.

Llevaba en el bolsillo, con la cremallera cerrada, las fotos de un conejo que probaban que alguien de dentro de aquella historia seguía vivo y cerca.

Llevaba en la cabeza un muerto demasiado ordenado y un remitente que conocía el padrón de 1998.

Cualquiera de esas cosas, en otra causa, habría sido oro.

En esta no podía sacar ninguna, porque sacarla la sacaba a ella, y sacarla a ella era justo lo que Vela estaba pidiendo a gritos sin levantar la voz.

Pensó en Clara, que esa mañana no había querido ir.

Se lo había dicho días atrás, con su precisión de siempre: «No quiero verle la cara.

No la necesito. Yo ya sé lo que pasó; el que tiene que saberlo es el tribunal.

» Tenía razón, como casi siempre. La que tenía que estar dentro de aquella sala era Nora, y a Nora la habían dejado fuera.

La que podía quedarse fuera era Clara, y Clara, además, había elegido bien.

Ese día no la llamaron a declarar. Su turno vendría más adelante, cuando la sala hubiera oído a otros. Le dijeron que podía marcharse y que siguiera localizable.

Recogió el abrigo del banco y salió. La calle seguía igual que siempre, con su tráfico y su gente, indiferente a que dentro de aquel edificio se estuviera decidiendo si su hermana iba a poder, por fin, dejar de ser una víctima sin sentencia.

En la puerta había unos pocos periodistas esperando una declaración que no iba a darse. Ninguno la reconoció. Para ellos, la inspectora del caso era un nombre en un sumario, no una mujer con un abrigo gris saliendo deprisa. Mejor así.

Caminó hasta el metro mirando el suelo. En una papelera, alguien había tirado un ramo de flores aún con el plástico puesto, sin estrenar, como si lo hubieran comprado para una visita que al final no se hizo.

Lo miró un segundo de más. Luego siguió andando.

No todo lo que ves un día así significa algo; el problema es que ese día todo lo parece.

Llevaba treinta años queriendo ver a alguien sentarse en aquel banquillo por lo de su hermana. Ahora había alguien sentado, y resultaba que el peligro no era que Riera hablara. El peligro era ella.

Antes de doblar la esquina se permitió pensarlo una vez, entero, y luego guardarlo: Riera no había dicho una sola palabra en toda la mañana.

No le hacía falta.

Su abogada le había encontrado una grieta por la que colar la causa entera, y la grieta tenía nombre y dos apellidos.

Nora Vidal Cabrera.

Capítulo 9