La niña de la esquina (Nora Vidal 5) Carmen, otra vez
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Carmen, otra vez

A Aranjuez se llega por una carretera que en agosto huele a campo seco y a río, y Nora la hizo un jueves por la tarde sabiendo que no debía hacerla.

El fiscal se lo había dicho con todas las letras: lo mejor que podía hacer por su hermana era no existir. Y ahí estaba, existiendo, conduciendo hacia la única persona a la que no podía visitar sin darle munición a Beatriz Vela. Se lo repitió en cada rotonda. No dio media vuelta en ninguna.

Iba por el conejo. Eso se decía. No por la causa de Riera, no por el muerto de Almagro, no por nada que estuviera en un sumario: por un muñeco amarillo que alguien había lavado y cosido y metido en el buzón de su hermana.

El conejo no era de nadie en el juicio. El conejo era de Sara.

Y a Nora le quedaba ese hilo, el único que sentía suyo, y no sabía soltarlo.

Era una distinción tramposa y lo sabía. En un juicio no hay hilos personales: hay actos de una inspectora apartada.

Si alguien la veía entrar en aquella residencia, no vería a una hermana preguntando por un juguete; vería a la instructora de la causa visitando a una de las personas señaladas en ella, en mitad de la vista.

A Vela no le haría falta más. Aun así, Nora aparcó, echó el freno de mano y se quedó un momento mirando el volante antes de bajar.

Había estado allí otra vez, meses atrás, cuando la instrucción aún era suya y visitar a Carmen Alcántara formaba parte del trabajo. Entonces tenía un papel para entrar. Ahora entraba como entra cualquiera: con el nombre apuntado en un cuaderno y una pegatina en la solapa.

La residencia era un edificio bajo, limpio, con jardín y con esa calma de los sitios donde el tiempo ya no lleva a ninguna parte. Una cuidadora la acompañó a una sala con ventanales y sillones de escay. —Hoy está tranquila —dijo—. Esta mañana ha conocido a su hijo. Por la tarde no sé. Va y viene.

Va y viene. Así hablaban de Carmen ahora: como del mar.

En la sala había otras tres o cuatro personas mayores, cada una en su isla: una mujer dormida con la boca abierta, un hombre que doblaba y desdoblaba una servilleta de papel, una televisión sin sonido.

La cuidadora bajó la voz al pasar. —El hijo viene casi todos los meses —dijo, sin que Nora preguntara—.

El que puede venir. Le trae caramelos de violeta.

Ella se los come y luego no se acuerda de que ha venido.

—Lo dijo sin juicio, como quien comenta el tiempo.

Carmen Alcántara estaba junto a la ventana, en un sillón, con una rebeca sobre los hombros y las manos en el regazo.

Setenta y dos años. Más pequeña de como Nora la recordaba, como si el deterioro encogiera también el cuerpo.

Tenía los dedos quietos, pero quietos de una manera concreta: la postura de unas manos que han cosido toda la vida y que, aun paradas, parecen sostener una aguja que ya no está.

—Carmen —dijo Nora, sentándose enfrente, despacio—. Soy Nora. Estuve aquí en invierno. ¿Se acuerda?

Carmen la miró con amabilidad y sin reconocerla. —¿Vienes por la costura? —dijo—. Yo cosía. Hacía arreglos. Bajos, cremalleras, lo que trajeran. —Se miró las manos—. Ahora ya no me dejan las tijeras.

No preguntó quién era Nora. Le bastaba con saber para qué viene una a ver a una mujer como ella: a que le arregle algo. Toda su vida cabía en ese ofrecimiento. Yo cosía. Como quien dice yo existí.

Nora sacó del bolso el sobre de fotos. No las del muerto de Almagro, no las del padrón: las del conejo.

Eligió una, la del lomo, donde se veían los dos zurcidos pequeños, la lana un poco más clara que el resto, las puntadas menudas y parejas.

La dejó sobre la mesa, delante de Carmen, sin decir nada.

Carmen miró la foto. Algo le pasó por la cara, un orden que llegaba de muy lejos. Acercó un dedo. No tocó el papel; lo siguió por encima, como se sigue una costura para ver si está bien rematada.

—Esto lo hice yo —dijo.

Y su voz, por un momento, dejó de ir y venir. Se quedó.

—Lo zurcí yo. Dos veces. —El dedo marcaba los dos puntos, uno y otro—. Aquí y aquí. La primera no me gustó, me quedó tirante, y lo deshice y lo volví a hacer. Hay que coser flojo lo que va relleno, para que respire. —Levantó la vista—. ¿Quién te ha dado esto?

Nora no contestó. Estaba haciendo una cuenta que le dolía hacer.

Aquellos zurcidos eran recientes; Lena lo había dicho en la primera mesa.

Y Carmen llevaba años en aquella residencia, sin tijeras, sin coser.

Si Carmen había zurcido el conejo dos veces, alguien le había llevado el conejo allí, hacía poco, con su lana y su aguja, se lo había dejado coser y se lo había vuelto a llevar.

Alguien que sabía que aquellas manos, aunque ya no sirvieran para casi nada, todavía sabían rematar una costura floja.

Alguien que cuidaba de Carmen lo bastante como para traerle un trabajo a medida. El último que le quedaba.

Mientras Nora pensaba todo eso, las manos de Carmen se habían puesto en marcha solas.

En el aire, sobre el regazo, los dedos cosían: pulgar e índice pellizcando un hilo que no existía, tirando, rematando.

No miraba lo que hacían. Hacía cincuenta años que no necesitaba mirarlo.

El cuerpo se acordaba de lo que la cabeza ya soltaba.

Nora no preguntó quién. No allí, no a Carmen, que ya empezaba a irse otra vez. Pero lo guardó por dentro, en el sitio donde metía lo que no podía escribir en ningún sitio: el que devolvía el conejo no solo lo había conservado treinta años. Conocía a Carmen. Venía a verla. Le dejaba coser.

—Era de la niña —dijo Carmen entonces, todavía con la foto delante—. El conejo. La niña lo llevaba siempre. A todas partes.

Nora se quedó muy quieta. —¿Qué niña, Carmen?

—La niña —repitió ella, como si fuera obvio, como si Nora debiera saberlo—. La del conejo. La que estuvo en casa. En el cuarto de atrás, el que daba al patio. Era pequeña. Tenía frío siempre, aquel otoño; era una casa fría. Le hice una rebeca con lana que me sobró de otra cosa.

—¿Cuándo estuvo en su casa la niña? —La voz de Nora salió más baja de lo que quería.

—En otoño —dijo Carmen—. Hacía frío ya. —Frunció el ceño, buscando—. No me hagas cuentas, que de años ando mal. Pero era otoño. Las castañas. Olía a castañas en la calle cuando la trajeron.

Un otoño con castañas, una casa fría, un cuarto que daba a un patio, una niña pequeña con un conejo amarillo y una rebeca que Carmen le había hecho con lana sobrante.

No era una fecha. Era mejor que una fecha: era una habitación.

Sara, su hermana, había estado en una habitación de Madrid, con frío, mientras en Vallecas su madre seguía poniendo un plato de más por si volvía.

Nora se acordó, sin querer, de aquellos años: su madre llamando a comisarías, su padre con los mapas, ella misma de niña aprendiendo a no hacer ruido en una casa que se había quedado en silencio.

Habían buscado a Sara por media España. Y Sara había estado a una hora de tren, en un cuarto frío con un conejo, con una mujer que le hacía rebecas y le daba de merendar.

Tan cerca y tan imposible de encontrar. El horror no siempre grita; a veces te abriga del frío para que no llores.

—¿Estaba sola la niña? —preguntó Nora.

Carmen tardó. —Estaba el chico —dijo al fin—. Mayor que ella. La niña le enseñó la hora. A leer el reloj de la cocina, los dos juntos en una silla. —Sonrió a algo que veía ella y Nora no—. El chico no hablaba casi. La niña hablaba por los dos.

Nora no preguntó por el chico. No quería un nombre que después no fuera a poder usar y que le quemara como le quemaba todo lo demás. Dejó al chico donde estaba: en una silla de una cocina de hacía treinta años, aprendiendo a leer la hora de una niña que iba a desaparecer.

Sin saber bien por qué, le vino a la cabeza una línea de la carta de su padre, la última, la que llevaba semanas sin atreverse a entender del todo.

Una línea que hablaba de octubre y de una niña que miraba.

La apartó. No era el momento. Pero se le quedó dentro, como se queda el zumbido de algo que ha pasado muy cerca.

—¿Está aquí la niña? —preguntó Carmen de pronto, mirando hacia la puerta—. ¿Ha venido contigo?

—No, Carmen.

—Dile que venga —dijo Carmen, y empezó a alisarse la rebeca de los hombros con las dos manos, un gesto de prepararse para una visita—. Que ya hace frío otra vez. Le tengo que mirar la rebeca, que la del año pasado se le habrá quedado pequeña. Crecen mucho a esa edad.

Nora no la corrigió. No le dijo que la niña tenía hoy treinta y siete años, que se llamaba Clara, que vivía con otro nombre en la pegatina del buzón y que esa misma semana había decidido no ir a mirar a la cara al hombre que la había metido en aquella casa fría.

No se lo dijo. ¿Para qué? Carmen vivía en un otoño que para ella no había terminado, cosiendo rebecas para una niña que dentro de su cabeza no iba a crecer nunca.

Y todo aquello —la costura reciente, el cuarto del patio, las castañas, el chico de la silla— era oro y era veneno a la vez.

Confirmaba que el conejo había pasado hacía poco por unas manos conocidas.

Situaba a Sara en una casa de Madrid en el otoño del 98, por primera vez con paredes y con olor.

Pero Nora no podía hacer nada con ello. Por la vía oficial, no: estaba apartada, y cualquier cosa que rozara a Carmen rozaba la causa y, por la causa, a Vela.

Por fuera, tampoco: las palabras de una mujer que confundía el presente con 1998 no valían en una sala si no se recogían con todas las garantías, por quien debía y en los intervalos buenos.

Y Nora no era quien debía. Nora era, ni más ni menos, la que no tenía que estar allí.

Lo correcto, además, ya se estaba haciendo sin ella: los médicos anotaban los intervalos lúcidos de Carmen, con fecha y hora, para que algún día sirvieran.

Lo que Nora oía aquella tarde lo oiría también, mejor recogido, quien tuviera derecho a usarlo.

Ella solo se lo estaba quedando antes, a escondidas, como una ladrona en su propia historia.

La cuidadora asomó. —Se cansa —dijo, con dulzura—. Más de media hora y luego pasa mala noche.

Nora asintió. Recogió la foto de la mesa. Carmen siguió el papel con los ojos hasta que desapareció en el bolso, como un niño al que le guardan un juguete.

—Gracias, Carmen —dijo Nora, ya de pie—. Por la costura. Cosía usted muy bien.

Y eso sí lo entendió Carmen entera, sin niebla, porque era lo único que de ella había sido siempre verdad.

—Cosía bien, sí —dijo. Y luego, como quien da un recado importante, mirando a Nora a los ojos por primera vez en toda la tarde:

—Ese conejo es de la niña. Yo se lo zurcí, dos veces, para que no se le saliera el relleno. Dormía mejor con él. —Bajó la voz—. Cuando la veas, dile que venga, que ya hace frío y le tengo la rebeca. Que no se va una así, sin despedirse. Que la estoy esperando.

Capítulo 10