La niña de la esquina (Nora Vidal 5) El remitente sin remite
24%

El remitente sin remite

El martes por la tarde, en una sala pequeña que no era la Pecera —porque lo que iban a mirar no debía mirarse en la Pecera—, Sergio extendió sobre la mesa un mapa de Madrid y dos fotos de dos sobres.

Nora, en la cabeza, puso un tercero. No lo dijo. Hacía días que vivía con un sobre invisible encima de cada mesa.

Habían pasado tres días desde que las dos carpetas llegaron a su mesa, y en esos tres días Nora había aprendido a vivir con la boca medio cerrada.

Aportaba, ordenaba, leía mapas; pero no firmaba, no llamaba a las familias, no aparecía en ningún papel.

Era buena en esto y odiaba hacerlo así, a media voz, como quien toca el piano con sordina para no despertar a nadie.

—Matasellos —dijo Sergio—. Los dos de Madrid. Pero de oficinas distintas. El de los Bermejo, de una de Carabanchel. El de los Acosta, de una del centro, junto a Sol. Echados con un día de diferencia.

Nora miró el mapa. Carabanchel al sur, Sol en mitad de todo. Y, sin marcarlo, situó el tercero: el de Clara se había echado en un buzón del este, ni cerca de uno ni cerca de otro. Tres puntos que no hacían triángulo. Tres puntos que no llevaban a ninguna parte.

—No los echó cerca de su casa —dijo Sergio—. Ni cerca de las casas de las familias. Los repartió por la ciudad, en días distintos, en sitios sin relación. Como quien no quiere que, si alguien junta los sobres, salga una línea.

—Porque sabe que alguien los iba a juntar —dijo Nora—. Contó con nosotros.

Era la primera cosa que aquel hombre les decía de sí mismo sin querer: que pensaba como ellos. Que sabía que tres objetos devueltos a tres familias de la misma causa terminarían en una misma mesa, y se había preparado para esa mesa antes de que existiera.

Sergio había pedido, por lo bajo, las cámaras de las dos oficinas.

En la de Carabanchel, el buzón estaba en la calle, fuera de ángulo.

En la del centro, la cámara enfocaba la puerta, no la fila de buzones de la acera.

No era casualidad dos veces. Quien echó aquellos sobres había mirado antes dónde no lo veían.

Otra vez la misma firma: la de alguien que borra su rastro mientras deja el de otros.

Sergio había mirado también las horas. Los buzones de calle se vacían una vez al día, a media mañana.

Los tres sobres habían entrado en la franja de antes de la recogida, para que salieran ese mismo día y no se quedaran una noche en la boca del buzón, a la vista.

Hasta en eso había cuidado. No era un hombre con prisa: era un hombre con método.

La prisa deja huellas; el método las evita.

Del resto, nada. Sobres de estanco. Papel de seda de mercería.

Etiquetas en mayúsculas de imprenta, hechas despacio para que no se reconociera una letra.

Ni una huella útil: el papel de seda no las coge bien y, además, nadie había precintado nada a tiempo.

Por el continente, aquel hombre no existía.

Pero había algo que el continente no podía esconder, y era lo único que de verdad le interesaba a Nora: las direcciones.

—Mira los Bermejo —dijo—. Asunción lleva en el mismo piso de Carabanchel desde antes de que naciera Diego. A esa la encuentra cualquiera. Está en la guía, está en el padrón, está donde ha estado siempre. Mandarle algo a Asunción no tiene mérito.

—Los Acosta sí —dijo Sergio.

—Los Acosta son lo difícil. —Nora se inclinó sobre el mapa—.

Se fueron de su casa de 1998 al año siguiente.

De ahí a otro piso. De ahí a Móstoles. Cambiaron de provincia administrativa, de teléfono, de todo.

El padre se mudó de barrio aposta para dejar de ser el padre de Marta.

No están en ninguna guía. Y, aun así, el paquete los encontró en el buzón de ahora.

El padre de Marta había hecho, además, lo que solo hace quien quiere desaparecer de una historia sin desaparecer del mundo: empadronarse un tiempo en casa de un cuñado, alquilar a nombre de su mujer, abrir los recibos en una cuenta nueva.

Pequeñas roturas en la línea, una detrás de otra, para que nadie pudiera seguir al padre de Marta desde 1998 hasta hoy tirando de un solo hilo.

—Alguien que los conocía —dijo Sergio.

—Alguien que los conocía en 1998 —dijo Nora—. Y eso es distinto.

Lo explicó despacio, porque era el centro de todo y quería oírlo ella misma.

Para encontrar hoy a los Acosta no podías empezar por hoy: hoy no estaban en ningún sitio buscable.

Tenías que empezar por atrás. Por el único momento en que los Acosta sí figuraban en un papel, con nombre y dirección: 1998.

La casa de la que se fueron. El barrio que abandonaron. El punto de partida.

—Quien mandó esto sabía dónde vivían los Acosta en 1998 —dijo—. No dónde viven ahora. En 1998. Y desde ahí, con paciencia, tiró del hilo hasta el buzón de Móstoles.

El padrón. En 1998, cada una de aquellas familias estaba empadronada en una dirección.

Nombres, edades, puertas. El padrón de aquel año era una foto fija de quién vivía en cada casa de Madrid.

Quien tuviera esa foto —quien supiera al detalle quién había en cada puerta en 1998— tenía el principio de todos los hilos. Lo demás era tiempo y paciencia.

Y aquel hombre tenía las dos cosas. Lo había dicho él, sin que ellos lo oyeran, en cada sobre echado con cuidado: tiempo le sobraba; paciencia, también.

Pero el padrón de 1998 no lo tiene cualquiera, y, sobre todo, no lo tiene de memoria.

Lo que aquel hombre sabía no era un dato de archivo que se pide con una instancia.

Era un mapa que llevaba dentro: qué niño vivía en qué casa, de qué familia, en qué calle, el año en que a esos niños se los llevaron.

No conocía direcciones. Conocía a las familias de las que habían salido los niños.

Conocía la lista por el lado por el que se hace una lista así: desde dentro.

Había una posibilidad peor que el padrón, y Nora la dejó dicha en voz baja, porque pensarla en alto la obligaba a mirarla.

El que devolvía no necesitaba haber consultado ningún registro municipal si tenía algo mejor: la lista de la propia red.

La relación de niños, familias y domicilios que la red había usado en 1998 para elegir a quién se llevaba.

Esa lista existía; era, de hecho, el corazón de la causa de Riera.

Y si el remitente la conocía, no era porque la hubiera robado de un archivo: era porque, de un modo u otro, había estado al otro lado de ella.

Había una diferencia entre saber un dato y haberlo vivido.

Un funcionario que hubiese manejado aquellos papeles sabría direcciones, fechas, números de expediente.

Lo que aquel hombre sabía tenía otra textura.

Sabía qué niño dormía con qué muñeco. Sabía que a un niño de Carabanchel su madre le hacía las rebecas a ganchillo.

Eso no está en ningún padrón. Eso se sabe estando.

—Esto no lo sabe un cartero —dijo Sergio, bajando la voz aunque estaban solos—. Ni un vecino. Esto lo sabe alguien que estuvo en aquello.

—Alguien de dentro —dijo Nora—. De entonces.

Lo lógico habría sido pedir el padrón de 1998, cruzar quién tenía acceso a aquella información en aquellos años, mirar empleados, intermediarios, gente de los centros.

Lo lógico era investigar. Pero investigar quién conocía la lista de niños de 1998 era investigar la red.

Y la red era la causa de Riera. Y la causa de Riera la había instruido Nora.

Cada hilo, por donde lo cogiera, le quemaba en la misma mano.

—No podemos pedir nada —dijo Nora—. Pedir el padrón con esta excusa, en esta semana, es escribir el primer renglón del recurso de Vela. «La inspectora reabre la red a cuenta de unos juguetes.»

—Entonces lo dejamos. —Sergio no preguntaba. Decía lo que les tocaba.

—Lo dejamos donde está —dijo Nora—. Que no es lo mismo que tirarlo.

Porque, aunque no pudieran tocarlo, ya sabían casi quién era.

Un hombre solo. Con tiempo y paciencia de sobra.

Que conocía desde dentro la lista de niños de 1998 y sus casas.

Que había guardado las cosas de esos niños treinta años y había esperado a un momento exacto para empezar a devolverlas.

Que no amenazaba: devolvía. Que no quería que lo encontraran.

Un hombre que sabía pensar como un policía, quizá porque llevaba la vida entera escondiéndose de uno.

Lo que no encajaba en ese retrato era la palabra que todos habían usado el primer día: amenaza.

Un hombre que quiere amenazar no lava la ropa de un niño ni le cose un botón.

No manda un patuco: manda una nota. Aquel hombre daba miedo por lo que sabía, no por lo que quería.

Y eso, para un juicio, era casi peor: no había a quién acusar de nada y, aun así, estaba dentro de la vida de tres familias como si nunca hubiera salido.

Quedaba, además, lo de las familias. Asunción, los Acosta.

La oficina de víctimas les había ofrecido apoyo, pero ninguno de los dos sabía de qué protegerse, porque nadie sabía si había de qué.

¿Se protege a alguien de que le devuelvan la ropa de su hijo?

Nora no tenía respuesta, y no tenerla la incomodaba más que cualquier amenaza con nombre.

Y había una cosa más que Nora sabía y no podía poner en el mapa.

El tercer sobre. El de Clara. Después de todo lo que habían pasado, Nora se había encargado de que su hermana fuera difícil de encontrar: cuentas, contratos, hasta una pegatina con otro apellido en el buzón.

Y el sobre había llegado igual, con su nombre verdadero en mayúsculas.

CLARA VIDAL. Quien lo mandó no había buscado a la mujer que vivía en aquel portal.

Había buscado a Sara. Y a Sara la había encontrado.

Eso tampoco iba al mapa. Eso se quedaba, otra vez, en el bolsillo de la cremallera.

Mañana empezaba el juicio.

Mañana, a las diez, en la Audiencia, se sentaba Riera y se levantaba Beatriz Vela, y todo lo que Nora no podía tocar —el muerto ordenado de Almagro, los sobres, la lista de 1998, el remitente sin remite— se quedaba fuera de la sala, esperando, mientras dentro se decidía si la causa entera seguía en pie.

Sergio se quedó de pie un momento, con el mapa enrollado en la mano, como si pesara más de lo que pesa un mapa. —Cuando pase el juicio —dijo—, esto sigue aquí.

—Sí —dijo Nora—. Si pasa el juicio.

Sergio se fue. Nora se quedó un rato más en la sala pequeña, a oscuras, con la raya de luz del pasillo entrando por debajo de la puerta.

Sacó del bolsillo el sobre de fotos —el conejo, la cruz, los zurcidos— y lo tuvo un momento en la mano sin abrirlo.

Tres días llevándolo encima. Mañana tendría que entrar en la Audiencia, sentarse donde la sentaran y contestar solo a lo que le preguntaran, sabiendo todo lo que sabía y sin poder usar nada de ello.

Guardó las fotos. Cerró la cremallera. Se fue a casa a no dormir.

El padrón de 1998 seguía en alguna parte: en un servidor, en un archivo muerto o en la cabeza de un hombre que se lo sabía de memoria. Seguía sabiendo, puerta por puerta, qué niño había vivido en cada casa el año en que se los llevaron.

Y alguien lo había estado leyendo durante treinta años.

Capítulo 8