El que devuelve I
Las cosas pequeñas no pesan. Por eso se guardan tanto tiempo.
Tuve una caja. Ahora ya casi no.
Dentro hubo un conejo de trapo. Es amarillo. Fue amarillo. Le falta el ojo izquierdo y tiene una cruz de hilo negro donde iba el ojo. La cruz no es mía. La cosió una madre, hace mucho, en otra casa que no era la nuestra. Yo solo lo guardé.
Hubo una rebeca de niño. Azul. Tiene un botón que no es el suyo.
Hubo unos patucos. Blancos. Con una cinta pasada por el canalé.
Las cosas que se guardan se rompen igual, despacio, dentro de un armario. Cada cierto tiempo las sacaba, las lavaba a mano y se las llevaba a ella, que tiene las manos para eso. Ella las cosía sin preguntar de quién eran. Sabíamos de quién eran sin decirlo.
El papel de seda es lo único que compro nuevo. Lo demás es viejo. Envuelvo cada cosa como se envuelve a alguien que duerme: para que no se despierte y para que no coja frío. Llevo treinta años haciéndolo. Treinta años es mucho para una cosa tan pequeña y poco para lo que esas cosas guardan dentro.
Devolver no es confesar.
Lo pensé muchas noches, por si me lo preguntaban, aunque no hay nadie que me lo pregunte.
Confesar es decir un nombre y ponerse delante.
Yo no digo nombres. No me pongo delante.
Pongo una cosa en un buzón y me voy. La cosa habla sola.
Dice: esto era tuyo, te lo quitaron. Yo no añado nada.
Una etiqueta en mayúsculas, para que nadie reconozca una letra.
Un matasellos de una ciudad de cuatro millones. Y ya.
Tampoco es pedir perdón. El perdón es para el que hizo algo, y yo no hice nada de lo que tenga que arrepentirme.
A mí me hicieron. Lo único que hago ahora es deshacer un poco: coger lo que se quedó en una casa que no era la suya y llevarlo a la casa de la que salió.
Eso no tiene nombre en el código penal. Lo he mirado.
No quiero que me encuentren. No por lo de antes: lo de antes ya no tiene dueño. Es por otra cosa. Si me encuentran, las cosas dejan de hablar solas y empieza a hablar un expediente. Y un expediente no devuelve nada. Eso lo aprendí de pequeño. Los papeles se llevan a la gente. No la traen.
Sé dónde viven. Me costó. Las casas cambian; las familias se mudan para dejar de ser quienes eran, se cambian de barrio, de teléfono, de vida. Pero un nombre deja un rastro fino si lo buscas con paciencia, y paciencia es lo único que me sobra. Tardé años. Tenía años.
Empecé por el conejo. Era el que más tiempo llevaba conmigo, y la niña a la que pertenecía ya no es una niña: es una mujer que volvió a tener un nombre. A esa casa la entrega fue distinta. A esa casa le devolvía algo que casi había llegado a su sitio sin mí.
A los niños de aquella casa nos cambiaron por dentro y nos dejaron por fuera casi iguales.
Por eso nadie nos buscó como había que buscarnos.
Volvíamos andando, con nuestra ropa y con nuestra cara, y la gente respiraba.
Está vivo, decían. Lo importante es que está vivo.
Y no miraban lo que faltaba, porque lo que faltaba no se ve.
Yo fui de los que volvieron andando. Con mi ropa puesta y mi cara de siempre. Tardé años en saber qué se me había quedado dentro de aquella casa para no salir nunca.
Las otras dos las mandé después. Tuve que ir a buscarlas a donde estaban guardadas, y a donde estaban guardadas no fui hasta que pude. Hasta que el sitio se quedó vacío y ya nadie iba a notar que faltaba una caja.
Podría haberlo hecho antes. No pude. Hay una clase de miedo que no se va con los años: se queda quieto, como un mueble grande en mitad de una habitación.
Un día alguien se muere y el mueble ya no está.
Y entonces te das cuenta de que llevabas la vida entera sin entrar en esa habitación por culpa de un mueble que ya no estaba.
Queda una cosa en la caja. Esa no la suelto todavía. Cada cosa tiene su momento, y el de esa no ha llegado.
A las familias les devuelvo lo que se les llevó. Un conejo. Una rebeca. Unos patucos. Cosas que caben en un sobre acolchado y pesan menos de cien gramos.
Devuelvo deprisa ahora, todo en la misma semana, porque tengo la sensación de que, si paro, vuelvo a no poder. La puerta lleva treinta años cerrada y se ha abierto sola. No sé cuánto va a quedarse así.
Lo mío no cabía en un sobre.
A mí no me devolvió nadie.
Capítulo 7