Garrido
A las ocho y veintidós del viernes, el nombre llegó a la Pecera dentro de un fax de la Guardia Civil de Ciudad Real, que era el último sitio del mundo donde seguían usando faxes.
Sergio lo descolgó de la bandeja, lo leyó de pie y se lo llevó a Nora sin sentarse. Le dejó el papel delante y el café al lado, en ese orden.
Nora leyó el papel sin tocarlo. Tres párrafos de letra de máquina vieja.
Varón. Domicilio en la calle de las Bernardas.
Hallado en la cama, en pijama, sin signos de violencia.
Sin desorden. Sin forzar. El médico del pueblo apuntaba parada cardíaca en un hombre con tres stents y dos cajas de pastillas en la mesilla.
Todo encajaba. Todo cuadraba con un anciano que se muere mientras duerme.
—¿Qué te chirría? —preguntó ella, porque Sergio seguía de pie.
—Que no me chirría nada. Esta vez lo raro es que no hay nada raro. —Señaló la cuarta línea sin tocar el papel él tampoco —. Aquí. «La vivienda se encontró ordenada.» Un guardia no escribe eso salvo que algo le haya hecho escribirlo.
La mujer que limpiaba iba los martes y los viernes.
El martes lo había dejado bien. Esta mañana abrió con su llave, vio la persiana del dormitorio sin subir a las nueve y media —Garrido madrugaba— y lo llamó desde el pasillo antes de entrar.
No contestó. Eso era todo lo que sabía una mujer que llevaba seis años subiéndole la compra a un viejo que apenas hablaba.
Garrido era el más viejo de los tres. El médico.
El que había cerrado la consulta en 2005 y se había ido a un pueblo de Ciudad Real a envejecer entre cal y silencio mientras Riera firmaba traslados en Madrid y Alcántara cumplía condena.
Nunca lo habían detenido. No había hecho falta.
Garrido era un nombre en una lista, una firma en convenios viejos, un hombre al que el caso había rozado sin llegar a tocar.
Iba a sentarse en el juicio de Riera como testigo. Ahora ya no.
El juicio de Riera estaba a las puertas.
Nora dejó el café enfriarse y pidió las fotos.
Llegaron a media mañana, reenviadas por el fiscal del caso, que las había pedido por la misma razón que las habría pedido ella: un nombre de la causa amanecía muerto a las puertas de la vista, y nadie quería que esa frase se quedara sin una carpeta detrás.
Las miró en la pantalla, una a una, con Sergio a su espalda.
El piso de Garrido era un piso de médico viejo.
Baldosa hidráulica gastada en el centro de cada cuarto, donde habían pisado cuarenta años.
Persianas de librillo a media altura. Olía, hasta en una foto, a cera vieja y a alcohol antiguo, ese olor de las consultas que ya no curan a nadie y que nadie desmonta.
Porque Garrido no la había desmontado. La tenía dentro de casa, al fondo, detrás de una puerta de cristal traslúcido: una camilla con la sábana limpia y estirada, un biombo, un armario de frascos y, en la pared, un título enmarcado con el cristal sucio y el marco torcido.
Un hombre que había dejado de ejercer hacía veintidós años y había seguido viviendo dentro de su consulta como dentro de una concha.
En una balda, detrás del cristal, una foto en blanco y negro de una promoción de médicos jóvenes. Garrido era el tercero por la izquierda, serio, con bata, mirando a la cámara como se mira a un tribunal.
El cuerpo estaba en el dormitorio. Boca arriba. Las manos por encima del embozo, una sobre otra.
Nora se quedó en esa foto más de lo que hacía falta.
—Las manos —dijo.
—Ya.
Manos colocadas. Como en una residencia.
Como en Los Naranjos, como en Las Adelfas, como en todas las camas que había mirado el verano de 2027, donde alguien moría natural y alguien le ordenaba las manos después, por costumbre o por despedida.
Solo que en aquellas camas había auxiliares, turnos, gente entrando y saliendo.
Aquí vivía un hombre solo. Aquí no había nadie que colocara nada.
—Puede colocárselas uno mismo —dijo Sergio, que le leía el pensamiento desde hacía años—. Te duermes con las manos así y te quedas así. A veces pasa.
—A veces.
Siguió mirando. La cocina, recogida. Un vaso boca abajo en el escurridor, uno solo.
El lado de la cama de Garrido, deshecho; el otro lado, intacto, con la colcha sin una arruga, como llevaría intacto veinte años.
La mesa del comedor, despejada. Una bata de cuadros en el respaldo de una silla. Las zapatillas, paralelas, debajo.
Era el piso de un hombre ordenado. O el piso de un hombre al que alguien había ordenado.
Nadie había avisado a nadie. Garrido no tenía a quién.
Un hijo en Alemania, decía la ficha, con un teléfono de hacía años; la Guardia Civil seguía intentando localizarlo.
Un hombre que había manejado durante décadas los hilos de otras vidas se había muerto sin que ninguna de esas vidas se enterara hasta que una mujer abrió una puerta con su llave.
Y ahí estaba la trampa, y Nora la vio mientras la pensaba: que no había forma de distinguir las dos cosas.
Que un viejo metódico y un visitante cuidadoso dejaban justo la misma habitación.
Que el orden no era una huella; era lo contrario de una huella.
Era el sitio donde alguien había borrado las suyas. Si es que había habido alguien.
—Hay que pedir autopsia de verdad —dijo—. No la de firmar y enterrar. Y que la mire Lena.
—Ya la ha pedido el fiscal. El cuerpo sube a Madrid mañana y lo coge Lena. —Sergio se sentó por fin, al borde de la mesa—. Pero, Vidal, escúchame antes de que sigas.
Nora levantó la vista del monitor.
—Tú con esto no estás.
Lo dijo despacio, sin dureza, como quien aparta la mano de la cara de alguien dormido.
—Garrido es de la causa de Riera. La causa de Riera la instruiste tú.
Y la víctima de origen de esa causa es tu hermana.
—Contó tres dedos sin levantarlos de la mesa—.
Si tú te acercas al cadáver, pasado mañana hay una letrada en la Audiencia diciendo que la inspectora que investigó a su propia familia ahora también firma la muerte del testigo que iba a declarar.
No hace falta que sea verdad. Le basta con poder decirlo en voz alta.
Nora no contestó enseguida. Tenía razón, y lo sabía igual que sabía que iba a costarle obedecerlo.
—Yo no quiero acercarme al cadáver —dijo al fin—. Quiero saber quién entró en ese piso.
—Para Vela es lo mismo —dijo Sergio—. No mide lo que tú quieres. Mide lo que ella puede contar.
—¿Quién lleva la defensa?
—De oficio ya no. Han puesto a Beatriz Vela.
El nombre se quedó un momento en el aire.
Vela no levantaba la voz nunca y no perdía casi nunca.
Trabajaba despacio y por escrito. Buscaba el defecto de forma como otros buscan la coartada: con paciencia, sabiendo que a un proceso largo siempre se le suelta un hilo y que basta con encontrarlo y tirar.
No iba a discutir si Riera era culpable.
Iba a discutir si el papel estaba limpio.
Y el papel tenía, escrito en la primera página, el apellido de Nora.
Sonó el teléfono de la mesa. Era Lena.
—Todavía no lo tengo —dijo, sin saludar—.
Lo tengo mañana. Pero he visto las mismas fotos que estás viendo tú, así que te adelanto lo único que te puedo adelantar: por ahora es lo que parece.
Un corazón viejo que se para. —Una pausa de las suyas—.
Y aun así voy a abrirlo entero y voy a firmarlo dos veces.
Una porque es lo que es. Y otra para que, cuando alguien diga que no lo miramos bien, exista un papel que diga que sí.
—Gracias, Lena.
—No me las des. Me las vas a deber. —Colgó.
Nora dejó el teléfono en la mesa y cerró las fotos. No del todo. Dejó la del dormitorio abierta en una esquina de la pantalla, pequeña, como se deja encendida una luz del pasillo.
Abrió el bolso. Sacó el sobre con las fotos que se había hecho en la cocina de Clara —el conejo, la cruz, los zurcidos— y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, el de la cremallera, donde ya viajaba la carta de su madre.
No en el ordenador. No en ninguna carpeta del trabajo.
Las cosas que no eran un caso iban juntas, y lejos.
Pensó en el conejo.
No quiso pensarlo y lo pensó igual. El conejo había llegado el martes.
A Garrido lo habían encontrado esta mañana.
Tres días. Treinta años de quietud y, de golpe, en la misma semana, alguien devolvía un juguete por correo y un viejo aparecía muerto con las manos colocadas a trescientos kilómetros de allí.
Su cabeza, que llevaba toda la vida ordenando cosas que no se dejaban ordenar, puso las dos al lado —el sobre y el cadáver, la cruz de hilo y las zapatillas paralelas— y vio que encajaban demasiado bien.
Y se obligó a separarlas.
Porque ese era justo el error que Vela estaba esperando.
Una inspectora que junta el caso de su familia con el caso del juicio y los hace uno solo.
Una inspectora que, en vez de instruir, recuerda.
El conejo era suyo, de Clara, de la cocina, de un sobre sin remite.
Garrido era del fiscal, de Lena, de un fax de Ciudad Real.
No podían tocarse. Si se tocaban, no había juicio.
Los separó con la misma mano con la que esa mañana se había bebido medio café frío. Le salió peor que el café.
A la una y diez, el fiscal llamó. Habló cuatro minutos. Nora escuchó casi todo de pie, mirando por la ventana de la Pecera el aparcamiento, donde un agente intentaba que un coche patrulla arrancara a la primera y no lo conseguía.
Un testigo muerto no se interroga, no se contradice, no se rompe en la sala.
Pero un testigo muerto tampoco se defiende, y eso, en manos de Vela, valía más: un nombre que ya no podía explicar nada y alrededor del cual se podía insinuar cualquier cosa.
La muerte de Garrido no abría una pregunta sobre Garrido.
Abría una pregunta sobre todos los que seguían vivos y cerca.
Si la nulidad prosperaba, no se repetía el juicio con otro instructor. Se caía la pieza entera. Meses de trabajo, un hombre en prisión preventiva, una red a medio desmontar. Todo colgando de si el papel estaba limpio.
El fiscal lo dijo al final, sin adornos, como quien deja una factura sobre la mesa.
—Vela va a pedir la nulidad. La causa entera. Y va a empezar por usted.
Colgó.
Nora se quedó con el teléfono en la mano y la foto pequeña encendida en la esquina de la pantalla. Un hombre de setenta y nueve años había muerto solo, en orden, en un pueblo de Ciudad Real, a unos días de un juicio en el que su nombre ya no iba a pesar.
El que iba a pesar, ahora, era el de ella.
Capítulo 4