La niña de la esquina (Nora Vidal 5) La autopsia que no firma nadie
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La autopsia que no firma nadie

El sábado, la Pecera tenía la luz floja de los fines de semana y la mitad de las mesas vacías.

Nora había ido igual. No tenía nada que hacer allí —el caso que le quemaba en el bolsillo no era un caso, y el caso que era de verdad no era suyo—, pero en casa el conejo pesaba más, así que se había llevado el peso a la oficina, donde por lo menos había café malo y ruido de impresora.

A las ocho y diez, Lena llamó a la Pecera y preguntó por Sergio. No por Nora.

Nora entendió el gesto y se lo agradeció. Lena le estaba ahorrando a su nombre figurar en una llamada sobre Garrido. Sergio puso el manos libres y dejó el móvil en la mesa, entre los dos, como se deja una cosa que pueden mirar dos y tocar uno solo.

—Corazón —dijo Lena—. Lo que parecía. Un infarto sobre un músculo que ya iba con tres stents y las paredes finas.

Ni un golpe. Ni una marca de sujeción. Ni un pinchazo raro.

Los tóxicos tardan una semana, pero no espero nada: un hombre de setenta y nueve años con ese corazón no necesita que nadie le ayude a morirse.

—Es una muerte natural de libro —siguió—. La he firmado. Y luego la he vuelto a firmar, como te dije. Si alguien la abre dentro de un año, va a encontrar dos firmas mías diciendo lo mismo.

—¿Cuándo? —preguntó Sergio.

—Entre el miércoles por la noche y el jueves por la mañana.

Había hecho la digestión de la cena, así que comió y se acostó.

Murió durmiendo, o casi. No se peleó con nada.

—Lena hablaba como recogía, poniendo cada dato donde no estorbara—.

Lo encontraron el viernes. Eso son, lo menos, día y medio de un hombre solo en una cama.

Y ahí está lo único que de verdad te tengo que decir y que sí roza vuestro terreno: día y medio da para que pase mucha gente por una casa sin que un forense se entere.

—Entonces se acabó —dijo Sergio, sin creérselo del todo.

—La autopsia, sí. Eso lo firmo yo y duermo bien.

—El tono de Lena bajó un grado—. Lo que no firmo es el piso.

El piso no es mío. El piso es vuestro. —Y antes de colgar, como quien deja una propina—: Una cosa que no va en ningún papel, porque no es medicina.

El hombre estaba afeitado y con el pijama planchado.

Un viejo solo, al que le quedaban días, no se plancha el pijama para morirse. Os lo digo y me callo.

Colgó como colgaba siempre, sin despedirse, dejando la última frase de pie.

El piso era de ellos, y el piso lo había declarado esa misma mañana la mujer que llevaba seis años limpiándolo.

Sergio tenía su declaración en dos folios y la leyó en voz alta, despacio, porque sabía que Nora no podía leerla por encima de su hombro y porque las cosas, leídas en voz alta, se oyen mejor.

La mujer no entendía la insistencia. El señor Garrido se había muerto en la cama, ¿no? Pues eso. Pero los guardias le habían preguntado una y otra vez si la casa estaba como él la dejaba, y ahí la mujer, que limpiaba ese piso desde antes del primer stent, había empezado a dudar.

—La cama —leyó Sergio—. «El señor no hacía nunca el otro lado. Dormía en el lado de la ventana y el otro lo tenía con la colcha echada por encima sin estirar, igual desde que enviudó. Estaba hecho. Estirado.»

—Puede haberlo estirado él —dijo Nora, en voz baja, para el aire.

—Las pastillas —siguió Sergio—. «Las dejaba en la mesilla en un montón, las del día y las de la noche juntas.

Yo se las ordenaba los viernes. Estaban en fila.

» —Pasó el folio—. La sábana de la camilla, la de la consulta, la cambiaba ella los viernes.

Estaba cambiada, limpia y estirada. Y ella no la había cambiado.

Cada cosa, por separado, era nada. Un viejo ordenado que un día estira una colcha. Una asistenta que se confunde de semana. Una sábana que a lo mejor cambió y no recuerda. Cada una se caía sola en cuanto la mirabas.

Juntas, no se caían.

Y había una más, que Sergio dejó para el final porque era la que no se explicaba con un viejo maniático.

—En la consulta, detrás del cristal, en una balda, había un cerco sin polvo.

Rectangular. Del tamaño de una caja de zapatos.

La asistenta limpiaba esa balda una vez al mes y dice que ahí siempre hubo algo.

No sabe qué. Nunca lo abrió, nunca preguntó; Garrido no era de los que enseñaban lo que tenían.

—Sergio dejó el folio sobre la mesa—. El cerco estaba. La caja no.

Un rectángulo limpio en una capa de polvo. La huella de una ausencia. La única cosa de todo el piso que decía, sin discusión, que una mano que no era la de Garrido había estado allí y se había llevado algo.

Y no había forma de probarlo. Una muerte natural no es una escena.

Nadie había precintado el piso, nadie había buscado huellas, nadie había fotografiado nada antes de que entraran la asistenta, los de la funeraria y dos guardias con los pies llenos de calle.

Para cuando alguien se preguntó si había pasado por allí una mano de más, ya habían pasado por encima diez manos de menos.

El cerco de polvo existía porque la asistenta le había hecho una foto con el móvil, sin saber por qué. Era lo único que quedaba.

Nora se levantó. Anduvo hasta la pizarra y no escribió nada, porque no podía escribir nada.

Se quedó delante, con las manos en los bolsillos, una de ellas en el de la cremallera, donde seguía el sobre de fotos de la cocina de Clara.

No lo sacó. Solo lo notó, como se nota una piedra en el zapato que uno decide no quitarse todavía.

Lo entendía, y no le gustaba entenderlo.

Garrido se había muerto solo, de su propio corazón.

Eso era verdad, y Lena lo firmaba dos veces.

Pero entre el momento en que Garrido dejó de respirar y el momento en que la asistenta abrió la puerta con su llave, alguien había entrado en aquella casa.

Alguien que no forzó nada, que no rompió nada, que no se llevó el televisor ni el reloj.

Alguien que hizo la cama, alineó las pastillas, cambió una sábana, planchó un pijama y se llevó una caja de zapatos de detrás de un cristal.

No era un ladrón. Un ladrón deja desorden. Esto era lo contrario. Alguien había pasado por el piso de un muerto y lo había dejado más ordenado que en vida, como quien recoge un cuarto antes de cerrarlo para siempre.

Y había entrado sin forzar. La asistenta había abierto con su llave, y la cerradura no tenía un arañazo ni la puerta una marca.

Quien hubiera estado dentro tenía cómo entrar y cómo salir cerrando: una llave.

La llave de un hombre que, según la asistenta, cerraba siempre con dos vueltas y no le había dado copia a nadie en veinte años.

—Una llave —dijo Sergio—. ¿De dónde saca alguien la llave de un hombre que cierra con dos vueltas?

—De Garrido. En algún momento, alguien la tuvo.

—Nora habló despacio, como cuando ordenaba en voz alta lo que todavía no entendía—.

Un paciente. Un conocido. Alguien que le subía la compra antes que esta mujer.

Hace veinte años o hace tres. Una llave no caduca: se copia una vez y dura para siempre.

Lo que dice esa puerta sin un arañazo es que quien entró no descubrió a Garrido aquella noche.

Lo conocía. Lo conocía desde hacía lo suficiente para tener su llave y para que Garrido dejara de contarla entre las que vigilaba.

—Eso no es un ladrón —dijo Sergio.

—No. Eso es alguien de dentro. De hace mucho.

—¿Y esto qué es? —preguntó Sergio, que también lo había entendido—.

¿Allanamiento de la casa de un muerto? ¿Hurto de una caja que nadie sabe qué tenía?

No hay delito que sostener. No hay denuncia.

No hay perjudicado, porque el único perjudicado está en una nevera con dos firmas que dicen que se murió solo.

—No hay nada que sostener —dijo Nora—. Hay algo que contar. Y no es lo mismo.

—Ya. Pero piensa en quién lo cuenta, Vidal.

—Sergio no levantó la voz—. Si tú firmas un informe que diga que alguien entró en casa de Garrido en vísperas del juicio de Riera, ¿sabes lo que tienes?

Un regalo para Vela. Una sombra. Otra muerte rara alrededor de la misma causa y de la misma inspectora.

No necesita probar que es un asesinato. Le basta el ruido.

Nora lo sabía. Era justo lo que había pensado mirando la foto de la cama hecha: que la verdad de aquel piso, dicha en voz alta, no ayudaba al juicio. Lo hundía.

Pensó en Clara. Esa mañana le había escrito tres palabras —¿novedades del conejo?

— y Nora todavía no había contestado. Iba a tener que decirle que no, que de momento nada, que lo guardara en el armario y siguiera con su vida.

Callarle algo a su hermana para proteger un juicio que era, en el fondo, por su hermana.

No encontró la manera de que eso no doliera.

Así que el cerco de polvo se quedó en una foto. La caja que faltaba se quedó sin denunciar. La cama hecha y el pijama planchado se quedaron en dos folios de una mujer que no entendía por qué le preguntaban tanto por un señor que se había muerto en paz.

El fiscal lo cerró por teléfono a mediodía, con una frase que no era una orden pero lo parecía: muerte natural, sin diligencias, archivo.

Lo que no cabía en «muerte natural» —la cama, las pastillas, la caja— no cabía en ningún sitio.

No había una casilla para «alguien estuvo aquí y fue cuidadoso con el muerto».

Lo que no se le iba de la cabeza no era la caja.

Era el orden. Quien entra a robar, roba y se va.

Quien entra a matar, mata y se va, y si es listo deja un desorden creíble.

Pero quien entra en casa de un muerto y le estira la colcha del lado vacío, le alinea las pastillas y le plancha el pijama no está borrando un crimen.

Está haciendo otra cosa, algo que se parece más a un velatorio que a una huida.

Alguien había cuidado el cuerpo de Garrido como no lo había cuidado nadie en vida, se había llevado una caja y había cerrado con llave.

Nora no tenía nombre para eso. Tenía la sensación incómoda de estar mirando un gesto de cariño hecho por la persona equivocada.

A Garrido no lo había matado nadie.

Le habían hecho la cama, le habían puesto las pastillas en fila, le habían cambiado una sábana y le habían planchado el pijama. Y se habían llevado una caja.

Una muerte natural y una visita. La muerte tenía dos firmas.

La visita no iba a tener ninguna.

Capítulo 5