La niña de la esquina (Nora Vidal 5) El conejo
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El conejo

A las nueve y cuarto del miércoles, el Instituto Anatómico Forense olía a café de máquina y a suelo recién fregado, en ese orden.

Pero llevaba toda la vida tratando las cosas de su familia como si fueran pruebas. Era la única manera que conocía de quererlas sin que le doliera demasiado: ponerles una etiqueta, una fecha, un número. Convertir el dolor en procedimiento. Le salía solo.

Lo había precintado igual.

Lena salió a buscarla en bata, con un café en cada mano. Le tendió uno.

—Te he visto entrar por la cámara —dijo—. Traes cara de venir a pedir un favor que no se puede pedir.

—Vengo a pedirte un favor que no se puede pedir.

—Pues pasa antes de decirlo en voz alta.

El laboratorio pequeño estaba al fondo, lejos de las salas donde Lena trabajaba con lo que sí tenía expediente. Había una mesa de acero, un flexo y una bandeja vacía. Lena puso la bandeja bajo la luz y esperó. No preguntó qué era. Con Lena las preguntas venían después de mirar.

Nora dejó la bolsa de pruebas sobre la mesa.

—No es de nadie que haya muerto —dijo—. Llegó ayer por correo. Al buzón de mi hermana. Sin remite.

—¿Y qué quieres saber?

—Lo que tú le sacarías a un cuerpo. Pero de esto.

Lena se puso los guantes. Abrió el precinto por el lado que Nora no había firmado, retiró el papel de seda con dos dedos y dejó el conejo en la bandeja, boca arriba, las orejas vencidas hacia el mismo lado. Lo miró un rato largo, como se mira a alguien al que van a destapar.

—Palmo y medio. Trapo. Relleno de borra, no de espuma; esto es viejo. —Lo giró sin levantarlo del todo—. Lo han lavado. A mano. Si lo metes en lavadora, la borra se apelmaza y queda con bultos. Esto está parejo. Alguien lo lavó despacio y lo dejó secar a la sombra.

—¿Cuánto hace?

—Poco. Huele a jabón de pastilla, no a detergente. El olor de pastilla se va en unas semanas. —Acercó la nariz sin tocar —. Y huele a armario. A guardado. Lo lavaron y lo guardaron envuelto. Las dos cosas, hace poco.

Nora pensó en unas manos lavando aquel muñeco en una pila, despacio, sin prisa, hacía tres semanas. No podía verles la cara. Solo las manos. Unas manos que habían tenido el conejo todos esos años y que, en agosto, habían decidido lavarlo. No se le iba la imagen.

Nora no apuntó nada. Tenía el café entre las manos y no se lo había bebido.

Lena le levantó una oreja con el dorso del dedo.

—Aquí, mira. —Señaló el cuello, luego la tripa—. Dos zurcidos nuevos. Hilo de algodón, del que venden en cualquier mercería, blanco roto. Puntada pequeña, regular, siempre del mismo lado. Lo cosió alguien con la mano hecha. Una persona que ha zurcido mucho en su vida. No un aficionado de una tarde.

—¿Hombre o mujer?

—El hilo no tiene sexo, Nora. —Una pausa clínica—. Pero quien hizo esto remató por dentro para que no se viera el nudo. Eso no lo enseñan en ningún sitio. Eso se aprende de tanto hacerlo.

Le dio la vuelta entera. En el lado izquierdo de la cara, donde tendría que haber ido un ojo, había una cruz de hilo negro. El negro estaba descolorido, gastado en los bordes, distinto del blanco roto de los zurcidos.

—Esto es de otra época —dijo Lena—. Mucho más viejo que el lavado. El que lo arregló ahora respetó la cruz. No la tocó. La dejó como estaba.

—Sé lo de la cruz —dijo Nora—. Mi madre la cosió. De niña, mi hermana le arrancó el ojo de un mordisco.

Lena dejó el conejo en la bandeja con cuidado y se quitó un guante.

—Entonces ya sabes lo que importa de esto, y no es el conejo. —Tiró el guante a la papelera—. Lo que importa es quién lo tuvo todo este tiempo, lo lavó hace tres semanas y respetó una cruz que cosió tu madre. Esto no lo manda un desconocido. Un desconocido no sabe que no se toca esa cruz.

Las dos se quedaron un momento con eso encima de la mesa, sin tocarlo, como antes el conejo.

Significaba una cosa sola, y la significaba con fuerza: que quien había mandado aquello no era de fuera.

Era alguien de dentro. Alguien que había estado lo bastante cerca de su familia como para saber lo del ojo y lo de la cruz, y que llevaba treinta años callado.

Nora dejó el café en la mesa sin haberlo probado.

—No es un caso —dijo, más para ella que para Lena.

—No. No lo es. —Lena la miró con la cara que ponía cuando recomponía un cuerpo para que la familia pudiera verlo sin asustarse—.

Y por eso te voy a decir una cosa de amiga y no de forense.

Lo que acabas de traerme no tiene número de diligencia.

Si esto algún día llega a un juzgado y alguien pregunta de dónde salió y quién lo manoseó, la respuesta va a ser: la inspectora, en la cocina de su hermana, con unos guantes que llevaba en el bolso.

—Recogió el papel de seda y se lo tendió doblado—.

Llévatelo. Guárdalo como si fuera alguien.

Pero no lo metas en una bolsa con tu firma. Tu firma, en esto, vale en contra.

Nora cogió el papel de seda. No el conejo.

—¿Qué le digo a mi hermana?

—La verdad. Que está limpio, que está cosido con cariño y que lo guardó alguien que sabía cómo era. —Lena apagó el flexo—. Lo demás no es trabajo mío. Tampoco debería ser el tuyo.

Volvió a meter el conejo en la bolsa de papel ella misma, sin precinto, y se la puso a Nora en las manos como se le da algo a quien tiene que llevarlo con las dos.

En el coche, en el aparcamiento, Nora no arrancó. Sacó la libreta del bolsillo de la chaqueta y, en una página en blanco, escribió una columna corta. No la de un caso. La de quién había sabido lo del ojo izquierdo y la cruz.

Su madre. Viva, en Segovia. Con las manos para coser, todavía.

Su padre. Trece años muerto.

Ella misma, que no recordaba el conejo y solo recordaba el hueco que el conejo había dejado.

Clara.

Cuatro nombres. Le cabían en una mano.

Miró la lista y entendió lo que llevaba sin querer entender desde la cocina.

Su madre no había lavado aquel conejo: lo habría traído ella misma, no por correo.

Su padre no podía. Ella no lo había tenido nunca.

Clara lo había mirado anoche desde el borde, como se mira un paso de cebra, sin reconocer las manos que lo habían cosido.

Los tachó a los cuatro, uno por uno, con la mente.

Su madre, no. Su padre, no podía. Ella, no.

Clara, no. Y al tacharlos se quedó con lo que quedaba debajo de la lista, que no era un nombre sino una certeza incómoda: que había una quinta persona.

Alguien que también sabía. Alguien que no estaba en la familia y que, sin embargo, conocía a la familia por dentro.

El conejo no volvía de 1998. Alguien lo había guardado todos estos años, lo había lavado en agosto y había esperado a ahora.

Alguien que sabía lo de la cruz. Y no estaba entre los cuatro.

Capítulo 3