Treinta años
A las seis y cuarenta y ocho, el parque todavía era de los perros.
Subieron por el camino de tierra, Nora dos pasos por delante porque Clara se lo había pedido así desde el primer año: tú delante, que yo miro.
La hierba seca pinchaba en los tobillos.
Abajo, Madrid se encendía por capas, primero las torres, después lo demás, como una casa grande donde alguien va abriendo habitaciones.
A esa hora no había nadie más que ellas y los perros. Las personas vendrían luego, con el sol ya alto. El cerro, de madrugada, era de otra gente: de los que sacan al perro, de los que no duermen, de las dos hermanas que subían una vez al año a contar un número.
Llegaron al banco de siempre con el rocío todavía en las tablas.
Clara se sentó. Sacó del bolsillo una piedra blanca, del tamaño de una almendra, y la puso junto a la pata del banco, donde el año pasado había puesto otra.
—Treinta —dijo.
No hizo falta preguntar treinta qué.
Nora se sentó a su lado y dejó que el número se quedara entre las dos, mirando la ciudad. Un perro sin correa pasó olisqueando las piedras y siguió a lo suyo. El dueño levantó una mano de disculpa desde lejos.
Nora le devolvió el gesto sin ganas. No le molestaba el perro. No le molestaba nada, a esa hora. Era el único rato del año en que se permitía no estar pendiente de nada.
—He venido en la línea uno —dijo Clara—. Hasta Buenos Aires. Sola.
—¿Cuántas paradas?
—Seis. —Una pausa—. Las conté para ti.
Nora sonrió sin mover apenas la boca. Su hermana sabía qué regalarle: números.
Se quedaron un rato calladas. Era el tercer agosto que subían y ya tenían un orden: primero el número, después el metro o lo que tocara contar ese año, después nada. El nada era la parte difícil y la mejor.
Clara había inventado el rito ella sola, el primer año, sin avisar.
Una mañana de agosto se presentó en casa de Nora a las seis y le dijo: vamos a un sitio.
No dijo a qué. Subieron, se sentaron, miró amanecer y al cabo de un rato dijo el primer número.
Veintiocho. Nora no preguntó. Lo entendió todo: los años que su hermana había estado fuera, lo que iban a hacer cada agosto a partir de entonces, lo que aquel banco iba a significar.
Algunas cosas se entienden sin que nadie las explique.
A las siete y media bajaron. La churrería de la cuesta estaba cerrada. AGOSTO, decía el cartel, sin fechas. Compraron café en un bar con las sillas todavía encima de las mesas y se lo bebieron andando, porque agosto en Madrid es la única época en que la ciudad deja sitio para andar despacio.
El portal de Clara olía a fregado reciente.
Clara abrió su buzón con la llave pequeña y se quedó quieta.
Entre la propaganda de una academia y un recibo, había un sobre acolchado, marrón, doblado a la fuerza para caber. Lo sacó con dos dedos. No pesaba ni cien gramos. En el frente, en letra de molde, dos palabras.
CLARA VIDAL.
Sin remite. Sello ordinario. Matasellos de Madrid, con la fecha comida por la tinta.
—¿Esperas algo? —preguntó Nora.
—Yo ya no espero paquetes. Los pido con seguimiento.
Nora abrió el bolso y sacó unos guantes de nitrilo. Llevaba guantes en el bolso como otras llevan pañuelos. Clara la miró hacer y extendió la mano.
—Es mi buzón. Es mi sobre.
—Clara.
—Lo abro yo. —Cogió los guantes—. Con esto, vale. Pero yo.
Subieron sin hablar. En la cocina, Clara puso el sobre encima de la mesa, sobre un paño limpio que sacó del cajón sin que nadie se lo pidiera.
Nora hizo una foto con el móvil. Luego otra del reverso.
Clara esperó a que terminara, se ajustó los guantes y abrió el sobre por el lado corto, con unas tijeras, sin romper la letra de molde.
Dentro había papel de seda blanco, doblado en cuatro.
Y dentro del papel, un muñeco.
Un conejo de trapo, de palmo y medio, con las orejas vencidas hacia el mismo lado. Estaba limpio. Olía a jabón de pastilla y a armario. Alguien lo había lavado a mano y lo había zurcido: una pasada en el cuello, otra en la tripa, con puntadas pequeñas de quien sabe.
Había sido amarillo. Ya no se sabía.
Clara no lo tocó. Se quedó con las manos a los lados del papel de seda, como se está al borde de un paso de cebra.
—Le falta el ojo izquierdo —dijo.
En el sitio del ojo había una cruz de hilo negro, vieja, distinta de los zurcidos nuevos.
—Se lo arranqué yo. Con los dientes, de bebé. Mamá me lo contó mil veces. La cruz se la cosió ella.
Nora miró la cruz y luego a su hermana. En algún cajón de su cabeza buscó el conejo y no lo encontró. Encontró el hueco: la forma de algo que había estado y que alguien, en algún momento, había dejado de nombrar en aquella casa.
Así eran muchas cosas de su infancia: huecos con forma. Sitios de la memoria donde antes hubo algo y luego, de un día para otro, dejó de haberlo, sin que nadie dijera por qué. Nora había crecido entre esos huecos sin preguntar. De pequeña creía que todas las casas los tenían.
—¿Es él? —preguntó, aunque ya sabía.
—Es él.
Clara acercó la cara al papel de seda sin llegar a tocar el muñeco. Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
—Huele a otra casa —dijo.
Fuera, un camión de reparto soltó el freno de aire. La nevera de Clara arrancó su motor con el ronroneo de siempre. La cocina siguió siendo una cocina: paño, tijeras, café enfriándose en dos vasos de llevar.
—¿Quién sabía cómo era? —preguntó Nora—. Lo del ojo. Lo de la cruz.
—Mamá. Papá. Tú, aunque no te acuerdes.
—¿Y quién más?
Clara envolvió otra vez el conejo en el papel de seda, despacio, como se tapa a alguien dormido.
—La casa donde estuve.
Capítulo 2